LA AUTOGNOSIS EN JUAN BAUTISTA ALBERDI.

Un recorrido por sus obras

 

 

Ricardo Sebastián Piana

 

 

1. Introducción

 

Juan Bautista Alberdi nació en Tucumán el 29 de agosto de 1810, muy pocos días después de la revolución de Mayo, cuyo Bicentenario estamos conmemorando. Su vida atravesó los períodos más importantes de la formación de la Nación Argentina incluyendo el período de organización del Estado nacional que finaliza en 1880.

Su pensamiento es complejo, ya que tenemos por un lado un Alberdi romántico y socialista y por otro un Alberdi francamente positivista y liberal a ultranza; uno defensor de los intereses nacionales y otro por momentos indefinido; un iluminista y un historicista; un teórico y un pragmático[1]. Pero su obra es, dentro del pensamiento político latinoamericano, la primera que, luego de la acción revolucionaria, intenta establecer un pensamiento americano que permita consolidar la gesta independentista.

Una muestra de esa complejidad es la visión que tuvo respecto a España y lo que ella representaba. Esta visión es relevante pues es parte del proceso de autognosis que recorre toda la obra de Alberdi. Sin saber de dónde venimos, quiénes somos y para qué hemos hecho la Revolución de Mayo, sería imposible cumplir con la ley providencial de la civilización. Pero también es relevante la visión que tuvo de la Europa anglosajona, de Brasil y de los Estados Unidos. Es este el eje que le da coherencia al pensamiento alberdiano, pues sin cumplir con esa tarea de autoconocimiento sería imposible cumplir los fines de la Revolución.

La generación de 1837 advirtió el error de los hombres de la Revolución y de los unitarios. Si bien se consideraba sucesora de los ideales de Mayo, repudiaba los medios puestos en práctica por el unitarismo para hacer triunfar sus concepciones; veía a esa tradición política esterilizada por su ciega adhesión a los principios y su incapacidad para adaptarlos a las necesidades reales, lo que la hacía inservible para afrontar la transformación de la realidad social argentina. Todos los hechos señalaban el fracaso de los unitarios y de su democracia doctrinaria. Para Alberdi, su error estuvo en no comprender el sentimiento religioso del pueblo, en  proclamar el dogma de la voluntad pura del pueblo, sin restricción ni límite.

            Tan arraigado como el sentimiento localista y los hábitos rurales estaban estas formas fanáticas de religiosidad que el pensamiento liberal había ignorado. Ni la generación de Mayo ni el unitarismo habían descubierto los problemas económicos y sociales del país. Pese a haber luchado por los derechos del pueblo, este había levantado contra los unitarios sus propias e irreductibles reivindicaciones y había preferido con categórica decisión al hombre que consideraba genuino intérprete de su propia concepción de la vida: Rosas. El partido federal significaba, a los ojos de la juventud ilustrada, no sólo la concreción del localismo, sino también la perduración de las formas coloniales de vida.

            Era necesario, a sus ojos, sustituir a Rosas, pero no era menos urgente eliminar toda posibilidad de que volviera a resurgir un despotismo semejante; este peligro subsistiría de mantenerse el principio de soberanía total del pueblo, porque la mayoría, dada la situación social y espiritual del país, se hallaba incapacitada para el ejercicio reflexivo de la democracia representativa. Esta concepción de los hechos inclinó a cierto desdén aristocrático por el pueblo, a una especie de despotismo ilustrado, traducido en la opinión de que era necesario reducir en el futuro la influencia que éste ejercía sobre la vida política.

            No era difícil descubrir la senda por donde encauzar a la nación. En cuanto representaban formas políticas definidas, tanto el unitarismo como el federalismo habían fracasado como formas puras; pero parecía evidente que había en ambas doctrinas elementos valiosos y era necesario combinarlas en formas mixtas. Entre la cosmovisión de las masas antiprogresistas que representaba el federalismo y de las minorías utopistas del partido unitario, Alberdi encontrará la solución en la superación dialéctica de ambas posiciones, en la conciliación de la realidad nacional con los ideales doctrinarios, esto es, en la idea de una soberanía nacional que reúna las soberanías provinciales sin absorberlas en la unidad panteísta.

            Sus Bases no son sino el resultado un esfuerzo titánico para hallar las fórmulas jurídicas de esa conciliación. Y en mérito a esa convicción buscó, con elementos de  unidad y elementos de federación, la salida para la antinomia que había devorado la República. Y si esa política triunfó, fue porque trataba de abrazar todos los elementos del complejo social.

            Pero no era la propuesta de Alberdi una construcción teórica sino la consagración legal de una situación de hecho, porque el Estado rosista había realizado ya, como lo reconocían sus propios enemigos, esa fusión de principios; sólo era necesario substituir a la despótica voluntad el imperio de la ley. Y este anhelo comenzó a ser, por obra de la experiencia, la aspiración general de todos los sectores del país hartos de sangre y de opresión que encontró respaldo en la figura de Urquiza.

            Pero la institucionalización política de un orden suponía la existencia de un elemento social que abrazara dicha causa. Y dada esta lógica, la realidad social argentina mostraba tan sólo una vaga imagen de la necesidad de este cambio. Además poseía poca consciencia de su naturaleza como nación. Pareció entonces imprescindible e impostergable para Alberdi trabajar en el fortalecimiento de la conciencia nacional, único medio de dar vida y vigor a los pueblos sudamericanos.

            La Argentina necesitaba una audaz política social que modificara de raíz hábitos que no eran los adecuados para la emergencia de un orden estable y progresista. Se requería para eso barrer con trabas y reglamentaciones y abrir la economía para permitir el ingreso irrestricto de personas y de capitales desde el exterior. Para alcanzar este resultado, Alberdi propuso una política de muy amplias libertades civiles (religiosas, culturales, económicas, de prensa, de asociación, etc.).

            El cambio podía hacerse por caminos diversos. En forma radical, abrupta,  rompiendo con hábitos y tradiciones criollas, o con ritmo evolutivo, gradual, prestando respetuosa atención a las costumbres heredadas del pasado. Alberdi optó por el segundo camino. Esta aproximación gradualista a la realidad surgía de un genuino temor al caos y a la guerra civil.

            Las bases de Alberdi para la organización del país se encontraban en hallar una fórmula para construir lo que llamó “la república posible”, sin caer en los abismos de la utopía. Es que los males de Sudamérica provenían, para él, de haber intentado infructuosamente un salto al vacío desde la monarquía absoluta a la “república verdadera”. Debería haber una etapa intermedia entre uno y otro modelo.

            Así, la república posible era la herramienta provisoria para contener las embestidas del caos político hasta que las libertades civiles se asentaran en hábitos y  costumbres que permitieran el  pasaje a la “república verdadera”. La solución ofrecida por Alberdi y recogida por la Constitución de 1853, era la institución de un Poder Ejecutivo fuerte, de un Presidente republicano (en cuanto limitado por una ley superior),  que tuviera algunos de los rasgos del viejo monarca. Era un camino intermedio entre la experiencia estadounidense y la chilena.

            En este contexto, Alberdi sentó bases concretas, dentro del marco de una nueva legitimidad estatal –la república posible–, que posibilitaría la realización del ideal bolivariano y sanmartiniano de la unión americana. Es por ello que entendemos que esa tarea de autognosis realizada por Alberdi es esencial para comprender el proceso de nuestra Revolución y los caminos que tomó.

           

2. Breve reseña de la vida de Juan Bautista Alberdi

 

            Hijo de Salvador de Alberdi y de Josefa de Araoz, Juan Bautista Alberdi nace en Tucumán el 29 de agosto de 1810. Era Alberdi un hombre físicamente endeble y sensible a las artes de la música  y la poesía. Alberdi no fue en su infancia y adolescencia un estudioso. Sin embargo, fue un joven despierto e inquieto ante las teorías económicas y políticas de su momento. Cursa la escuela elemental en su provincia natal y llega a Buenos Aires en 1824, beneficiado con una beca que el Colegio de Ciencias Morales otorgaba a jóvenes del interior que se destacasen por sus capacidades intelectuales.

            El régimen de disciplina y de estudios practicado en el colegio de la Universidad no se ajustó a su temperamento y pronto abandona las aulas para dedicarse al comercio.  En 1827 reingresa al Colegio de Ciencias Morales y concluye sus estudios en 1831. El Colegio congregaba entonces a buena parte de la futura intelectualidad política: allí conoce a Vicente F. López, José A. Wilde, Facundo Corvalán, Andrés Somellera, Gervasio A. de Posadas, Francisco Javier Villanueva, Ángel Navarro, Domingo French, Jerónimo Costa y Juan Ramón Quiroga, entre otros.

            Durante esta etapa se dedica a la música, las tertulias, los salones sociales, el estar al día en la moda, las aventuras y el romanticismo. Sus relaciones sentimentales se dividieron entre la frivolidad de sus tres primeras décadas de vida y su ascetismo posterior, manteniendo siempre su soltería.

            En 1832 se inscribe en los cursos de derecho de la Universidad, que abandona en 1838 sin graduarse, pues se niega a jurar con la fórmula impuesta por Rosas. Pero por entonces, Alberdi mantiene una estrecha relación con los caudillos provinciales federales Alejandro Heredia y Facundo Quiroga.

            En 1837 participa del Salón Literario junto a Juan María Gutiérrez, Esteban Echeverría y José Mármol. En 1838 edita La Moda, gacetilla semanaria de música, de poesía, de literatura, de costumbres y de modas, dedicada al bello mundo federal. Logra popularidad, bajo el seudónimo de Figarillo, con agudos e irónicos comentarios al mejor estilo de Larra. Ya entonces había aparecido su obra de juventud más ambiciosa: el Fragmento preliminar al estudio del Derecho.

            Cuando cierra sus puertas el Salón Literario, Echeverría funda la Joven Argentina; sus miembros, iniciados en la oposición rosista, deben emigrar luego a Montevideo.

            La vida de Alberdi se dará en un marco de una emigración constante. Su naturaleza de emigrado provocó un sentimiento de desarraigo, pero le permitió, con su aguda capacidad de observación y análisis de la realidad, la independencia necesaria para su actividad crítica. Señala en su Autobiografía que su vida ha estado marcada por cuatro estancias diferenciales: Argentina (veintiocho años), Banda Oriental (cuatro años), Chile (diez años) y Europa (veinte años).

            En Montevideo se convierte en el asesor ideológico del general Juan Lavalle, jefe militar de los levantamientos contra Rosas, y actúa en el seno de la emigración política opositora, realizando una intensa labor periodística (El Nacional, Revista del Plata, El Porvenir) y apoya el bloqueo económico-militar impuesto por Francia al régimen argentino a través del puerto de Buenos Aires. Pero la falta de éxitos político-militares de significación termina por decepcionarlo y así decide emigrar a Europa, previa obtención del título de abogado en la Universidad de Montevideo.

            Ese viaje a Europa durará tres meses, pero influirá en su obra posterior. A su regreso se instala en Valparaíso, donde ejercerá como abogado, a la vez que se desempeñará como funcionario en calidad de secretario de la Intendencia de la ciudad sureña de Concepción. 

            En 1847 lanza a la difusión pública el periódico El Comercio de Valparaíso que transmite las bases de sus ideas económicas, institucionales, de organización política, migratorias, transporte, etc. Sin embargo destaca su labor constitucional, dado que es allí donde proyecta sus “bases” para la organización constitucional de su país en obras que darán una sólida estructura a su pensamiento político, económico, constitucional y americanista. Con ello Alberdi se convierte en el principal ideólogo de la organización política, constitucional y económica de la República Argentina.

            Después del triunfo de Caseros, es designado encargado de negocios para obtener el reconocimiento de las convalidaciones externas de la Confederación Argentina ante las Cortes de Londres, París y Madrid.

            En abril de 1855 se embarca en Chile, pasa por Estados Unidos y llega a Liverpool a principios de junio; así se inicia la última etapa de su vida caracterizada por la acción diplomática, su lucha contra los hombres de Buenos Aires como desvirtuadores de los principios liberales y su militancia en la causa de la paz. Este período es vivido casi íntegramente en una Europa dominada por las guerras (Crimea, franco-prusiana, guerras carlistas en España), por las revoluciones (Comuna de París), por las luchas por la unidad nacional (Italia, Alemania) y por la continuidad de la expansión colonial. El clima político en América Latina no variaba demasiado: hay pugnas por la organización de las naciones en diferentes unidades territoriales, conflictos regionales como la guerra del Pacífico y distintos proyectos de inserción en el mercado mundial.

            Al llegar a Europa, Alberdi se instala en París desde donde viaja a España e Inglaterra y despliega una intensa acción diplomática. Visita las cortes de Napoleón III, a la reina María Cristina en Madrid y a la reina Victoria en Londres. Su interés se concentra en lograr el reconocimiento de la independencia argentina y en ofrecer la gestión de un proyecto de construcción de una línea ferroviaria que cruzara el norte argentino.

            Pero los acontecimientos de 1860 lo llevaron a renunciar a sus empleos diplomáticos. A partir de entonces, su trabajo intelectual  se orienta a la crítica de la  nueva dirección política  que surge en la Argentina encabezada por el general Mitre, a la  vez que en su actividad demuestra su sentido de autonomía con respecto a esas directivas y la necesidad de superar los enfrentamientos pasados para lograr la consolidación nacional

            Cuando en 1865 hasta 1870 se produce la guerra del Paraguay frente a la alianza constituida por Argentina, Brasil y Uruguay, Alberdi se constituyó en una de las pocas voces que denunciaron el crimen implícito que significaba dicha guerra.

            Vuelve a Buenos Aires en 1879 para hacerse cargo de una banca en el Congreso Nacional, después de cuarenta años de ausencia. Allí presencia las nuevas luchas contra la élite porteña que se opone a la federalización de la ciudad de Buenos Aires y a la nacionalización de la Aduana de Buenos Aires. La victoria de los ideales del interior representados por el general Roca constituyó para Alberdi una victoria personal. Sin embargo, su posición le costó un nuevo y último alejamiento de su país.

            Enfermo, agobiado por la práctica política concreta, rechaza ofrecimientos para ocupar altas magistraturas y retorna a Europa en 1881. Lejos de sus amigos y con dificultades económicas, muere en París el 19 de junio de 1884. 

 

3. España y América

 

¿Cómo pretender salvar los fines de Mayo, diría Alberdi, sin realizar una tarea de autognosis? Al presentar en su Discurso del Salón literario el programa de estudios que debía asumir la juventud, Alberdi había señalado como la tarea primera de la inteligencia argentina la investigación sobre los factores nacionales de nuestra civilización, nuestras circunstancias de formación, evolución, lugar y tiempo. Ésta era la tarea de autognosis a que convoca, con una impronta historicista, el prefacio del Fragmento preliminar al estudio del Derecho.

La reflexión debía comenzar, consiguientemente, por nuestro pasado colonial, o más atrás todavía, por nuestro pasado español propiamente dicho. La “historia de España en América” lo ocupó muchas veces a lo largo de sus escritos. ¿Pero por qué estudiar a España, si es que la Revolución americana había cortado con ella sus lazos? Porque, en España, estaban las raíces de nuestra lengua y de nuestra administración, la clave de nuestra índole y carácter. Su acción y poder pasados se hallaban radicados hasta en las formas de nuestros cráneos y en la sangre de nuestras venas. Sólo con este reconocimiento, podríamos entender los problemas de América.

Subyace en el pensamiento alberdiano la tesis de que las guerras de independencia fueron guerras civiles dado que aún no existía una consciencia de nacionalidad. Es que la independencia no había hecho más que separar en dos familias una sociedad única, con un tipo de civilización, creencias, molde de carácter, forma de sus ciudades, conducta y régimen de vida.

España nos ha traído lo mejor que había en Europa en el siglo XV, la última expresión de la Edad Media y del Renacimiento.

            Piensa que España conquistó a América para la gloria de su corona y el ensanche de la fe católica, librándola de infieles y paganos. No la conquistó para la industria, ni el comercio, ni el bienestar de su propio pueblo. Ya en el Fragmento había inventariado sin concesiones los aspectos negativos de ese país, cuya influencia retrógrada era necesario anular por todos los medios posibles. Había dicho que España carecía de un desarrollo inteligente sin el cual toda libertad era imposible. Ella había tenido siempre horror por el pensamiento y por eso lo había perseguido de todas las maneras posibles. Es que el pensamiento se identificaba con causas por las que sentía antipatía profunda, se llamasen islamismo o luteranismo. Por once siglos ese país se había consagrado a luchar contra las creencias que amenazaban su fe católica. Pero no había sido cristiana sino fanática.

 

La América española fue guerrera, no industrial, comercial ni agricultora, desde la cuna. Mal poblada, porque lo fue por una nación despoblada ella misma por una guerra de ocho siglos, recibió en herencia orgánica la ignorancia y el desdén al trabajo; el odio a la fe disidente; el amor a la adquisición de oro sin trabajo; el error de que tener minas era ser rico, con tal de tener esclavos para hacerlos trabajar; el error de que extender los dominios de la Corona era extender su poder y grandeza; el odio a todo extranjero disidente en religión; su comercio y trato mirado como crimen peligroso a la seguridad de la tierra; el aislamiento como principio de existencia social y garantía de seguridad contra la condición del extranjero: la prohibición de todo comercio con el extranjero y entre las colonias mismas: la falta de caminos, de puentes, de puertos, hechos inaccesibles por sistema de gobierno; grupos de indios salvajes dejados inconquistados en hordas viajeras, para estorbar la comunicación de las colonias unas con otras; la multiplicidad de los conventos, de los recargos del diezmo y de la mano muerta de la limosna y mendicidad con que la agricultura estaba impedida de medrar; el amor a las fiestas; el vicio y el lujo que traen las fiestas; la táctica de dividirlas para mejor dominarlas; la predilección dada a los países montañosos de Méjico, Nueva Granada, Quito, Perú, como ricos en minas, en indios capaces de trabajar para sus dominadores ociosos, y propios para vivir aislados del extranjero; el abandono de las tierras orientales de Sud América que veían a la agricultura, al pastoreo y al comercio excluidos y prohibidos, por sistema, para seguridad de la colonia; el temor al trabajo como causa de enriquecimiento y a la riqueza del país como causa de independencia y libertad; el cultivo de la ociosidad agradable, como causa de pobreza, es decir, de impotencia y dependencia.[2]

 

 

            España había dado a sus colonias su propia condición económica. Los intereses económicos eran los intereses sociales más difíciles de cambiar porque se refieren a la condición civil de las personas, a la familia, a la propiedad, al trabajo, a la producción, a la distribución y consumo, al orden social y político en el más alto grado. América heredó de su madre patria la condición guerrera, católica y antieconómica. Aquélla no trajo agricultores, comerciantes o industriales, sino aventureros, monjas y funcionarios. Los que vinieron buscaban la fortuna, pero con propósito no de producirla sino de recogerla.

El medio más eficaz de mantener a un país en dependencia de otro es mantenerlo pobre. La pobreza es la dependencia, como la riqueza es el poder y el poder la libertad. El medio más eficaz de mantenerlo pobre era mantenerlo ignorante y ajeno a la inteligencia y uso del trabajo, porque el trabajo es la causa de la riqueza, es decir, del poder.  Esta primera educación de la América del Sur hizo que la ociosidad, el lujo, la ignorancia de las artes productivas se convirtieran en costumbres seculares.

             El espíritu español, decía, no se ocupa de lo racional; no abstrae, no generaliza, no idealiza, no reflexiona, no explica y por ello vive sin filosofía y donde no hay filosofía es imposible la historia, porque la historia no es sino la filosofía social. Esa incapacidad de generalizar la condenaba al individualismo, al egoísmo, a la ausencia de todo espíritu público.

            No había en sus palabras el resentimiento que podíamos encontrar durante los discursos de tiempos de la independencia, sino que eran las crudas palabras de nuestra realidad. A España, tan mal tratada por nosotros, diría Alberdi, a causa de la pugna por la independencia, le debemos lo que somos.

 

“Quejarse en plena paz de sus padres, por la figura, color y condición que se ha recibido de ellos al nacer, es monstruosidad moral que más bien daría a los padres el derecho de horrorizarse de haber producido tales hijos.”[3]

 

“España, sean cuales fueren tus faltas hacia nosotros, eres nuestra madre. Quiero lavar mi alma en este instante, de toda reliquia de antigua enemistad, y saludar las cimas de tus montañas con los mismos ojos con que mis padres las hubiesen saludado. Cuando ellos han cerrado sus ojos en los lejanos climas de nuestro continente, rodeados de felicidad doméstica, tú has sido su último pensamiento de amor y perdida esperanza.”[4]

 

            Para nuestra “emancipación inteligente” el primer paso necesario era una ruptura categórica con las tradiciones estacionarias del espíritu español que impedían nuestra verdadera libertad.

 

“He citado las condiciones de la libertad. Voy a enumerar sus principales escollos en Sudamérica: 1. El primero es la  gloria. La gloria por excelencia en Sudamérica es la gloria militar. Sus más grandes hombres, sus más grandes nombres y celebridades, son todos militares  y guerreros. El origen de esta esterilidad es el siguiente: con motivo de que la guerra le dio todas sus glorias pasadas, a la guerra naturalmente se piden todas sus glorias modernas y venideras; y como su libertad exterior o internacional debió su origen visible a la Guerra de la Independencia, las glorias de la guerra se han confundido con las glorias de la libertad. Lo único que Sud América ha olvidado, es distinguir la guerra del país contra el extranjero, de la guerra del país contra sí mismo; la guerra que da el ser al país, de la guerra que le da muerte; la gloria de vencer al extranjero, de la gloria de vencer al compatriota; la gloria de reivindicar su poder propio a un dominador de fuera, de la gloria de quitarle al propio pueblo.”[5]

 

 

            Luego de señalar las dificultades para la libertad Alberdi reclama que para que esta emancipación sea inteligente, ella exigirá que no se cometa el error en que incurrieron los revolucionarios: haber confundido la parte con el todo, esto es, cargar las culpas de nuestra dependencia en toda la Europa, cuando era ella el elemento, que según la providencia, coadyuvaría a nuestro desarrollo.

 

“Quebrantadas las barreras por la mano de la revolución, debió esperarse que este suelo quedase expedito al libre curso de los pueblos de Europa; pero, bajo los emblemas de la libertad, conservaron nuestros pueblos la complexión repulsiva que España había sabido darles, por un error que hoy hace pesar sobre ella misma sus consecuencias.”[6]

 

 

4. La filosofía americana

           

En Ideas para presidir la confección de un curso de filosofía contemporánea, y el Fragmento preliminar al estudio del Derecho, dos obras de su juventud, Alberdi acomete la colosal tarea de buscar las bases filosóficas de la revolución americana y a la vez, establecer los caminos a seguir. Así Alberdi, una vez deslindada la historia de España y de América, se ocupará de buscar los elementos que nos permitirán cumplir con la ley del desarrollo de la civilización.

            Pronto reconocerá que aún no sabíamos por qué y para qué habíamos entrado en el movimiento de nuestra revolución. Dado que el por qué y el para qué eran las preguntas eternas de la filosofía, concluye que la revolución todavía no tenía una filosofía. Así fijará el programa de los trabajos futuros de la inteligencia argentina que sin lugar a dudas lo coloca en un lugar privilegiado: haber sido el primer autor que haya reclamado la necesidad de una filosofía americana.

            Teniendo en cuenta los autores que influyeron en su juventud, puede entenderse su convicción de que la filosofía de cada época y país había sido comúnmente “la razón, el principio, el sentimiento más dominante y más general que ha gobernado los actos de su vida y de su conducta, y esa razón ha emanado de las necesidades más superiores de cada período y de cada país”.

            Si bien Alberdi reconoce que no hay más que una filosofía, ésta se nacionaliza por su aplicación especial a las necesidades propias de cada país y de cada momento. Una filosofía nacional es la que provee a una sociedad la razón general de su civilización y desarrollo, siendo la civilización no otra cosa que el desarrollo de su naturaleza, el cumplimiento de su fin. Debía existir una filosofía americana que resolviese los problemas del ahora americano.

 

“Nuestra filosofía, pues, ha de salir de nuestras necesidades. Ésta es la clave de todo su sistema doctrinario. Y los problemas de nuestra América que determinaban esas necesidades eran los de “la libertad, los derechos y goces sociales de que el hombre puede disfrutar en el más alto grado en el orden social y político, los de la organización pública más adecuada a las exigencias de la naturaleza perfectible del hombre, en el suelo americano.”[7]

 

            Alberdi, convoca a la filosofía americana desde su cosmovisión europea, sin sufrir por ello contradicción alguna con su planteo ni conflicto de identidad cultural. Temporariamente, deberíamos aceptar la tutoría intelectual de Europa hasta obtener los criterios teóricos necesarios para realizar la tarea de autognosis, imprescindible para crear una sólida identidad nacional.

            ¿Pero cuál era la necesidad del ahora americano? Alberdi sostiene que el objeto específico de la filosofía del siglo XIX es averiguar cuál será la forma y la base de la asociación humana. La tarea entonces era la de dar las bases para una nueva vida en el continente. Alberdi había tenido la originalidad de sostener que habían pasado los tiempos de la filosofía en sí, que ésta sólo se justificaba por su función social y humana.

 

 

Capítulo 5. El período de Independencia

 

La división alberdiana de la historia de América en dos períodos, el de la Independencia y el de la Organización Nacional, favoreció la tarea de identificación de líneas de acción que respondieran a proyectos políticos históricamente relativos.

 

“Dos períodos esencialmente diferentes comprende la historia constitucional de nuestra América del Sud: uno que principia en 1810 y concluye con la guerra de la independencia contra España, y otro que data de esta época y acaba en nuestros días. Todas las constituciones del último período son reminiscencia, tradición, reforma muchas veces textual de las constituciones dadas en el período anterior.”[8]

 

En las Bases Alberdi nos dice que la América de revolucionaria sólo había mirado la libertad y la independencia y que para ellas escribió sus constituciones. Hizo bien, nos dice Alberdi, era su misión de entonces. Este período nos había legado un tipo de libertad personificada en un hombre.

 

“¿Cuál es la índole y condición de la libertad latina? Es la libertad de todos refundida y consolidada en una sola libertad colectiva y solidaria, de cuyo ejercicio exclusivo está encargado un libre Emperador o un Zar libertador. Es la libertad del país personificada en su gobierno, y su gobierno, todo entero, personificado en un hombre. Es la libertad autoritaria; y el  hombre-autoridad en quien se personifica, al estilo romano o latino, pueden con razón decir: la libertad soy yo, como aquel patriota rey, que dijo: la patria o el Estado soy yo. De libertades de esta especie está poblada la América Latina, y sus federaciones son hijas de libertadores de este liberalismo latino, en que cada gobernador puede decir: mi provincia es libre, y su libertad soy yo.”[9]

 

 

Era el momento de echar la dominación europea fuera de este suelo, no era el de atraer los habitantes de esta Europa temida. Los nombres de inmigración y colonización despertaban recuerdos dolorosos y sentimientos de temor. La gloria militar era el objeto supremo de ambición.

 

“Todas las constituciones dadas en Sud América durante la guerra de la Independencia, fueron expresión completa de la necesidad dominante de ese tiempo. Esa necesidad consistía en acabar con el poder político que Europa había ejercido en este continente, empezando por la conquista y siguiendo por el coloniaje; y, como medio de garantizar su completa extinción, se iba hasta arrebatarle cualquier clase de ascendiente en estos países. La independencia y la libertad exterior eran los vitales intereses que preocupaban a los legisladores de ese tiempo. Tenían razón: comprendían su época y sabían servirla.”[10]

 

            Sin embargo, la necesidad de gloria durante la Independencia –destaca– es seguida ahora por la necesidad de provecho y de comodidad. El heroísmo guerrero no es ya la fuente moral para la satisfacción de las necesidades prosaicas del comercio y de la industria, que posee la vida actual en estos países.

           

“¿No es ya tiempo de que la historia de Sud América deje de consistir en la historia de sus guerras y de sus guerreros, como ha sucedido hasta aquí? La historia de su comercio, de su industria, de sus riquezas, de sus mejoramientos materiales, es más útil y necesaria que la de sus guerras, que apenas han producido otra cosa que libertades escritas, glorias vanas. La revolución digna de historiarse es la del cambio, por el cual, países que hace dos tercios de siglo eran colonias pobres, oscuras y aisladas del mundo, han venido a ser vastos mercados, frecuentados por todas las naciones de la tierra.”[11]

 

Así, agotado un proceso histórico, cumplidos los objetivos planteados oportunamente, la mirada debía posarse sobre la realidad presente, para continuar en un camino que era inédito porque así lo eran las necesidades que planteaba, imponiendo a las nuevas generaciones la organización de un nuevo arquetipo histórico.

 

“Antes de 1825 la causa americana estaba representada por el principio de su independencia territorial, conquistado éste, hoy se representa por los intereses de su comercio y prosperidad material. La actual causa de América es la causa de su población, de su riqueza, de su civilización y provisión de rutas, de su marina, de su industria y comercio. Ya la Europa no piensa en conquistar nuestros territorios desiertos; lo que quiere arrebatarnos es el comercio, la industria, para plantar en vez de ellos su comercio, su industria de ella: sus armas son sus fábricas, su marina; no los cañones, las nuestras deben ser las aduanas, las tarifas.”[12]

 

            Esta nueva perspectiva no implicaba que la América olvide la libertad y la independencia como los grandes fines de su revolución sino que, más práctica que teórica, más reflexiva que entusiasta, por resultado de la madurez y de la experiencia, se preocupa de los hechos más que de los hombres y no tanto se fija en los fines como en los medios prácticos de llegar a la verdad de esos fines.

            Por ello los objetivos deben propender a organizar y contribuir a los grandes medios prácticos para sacar a la América del estado subalterno en que se encontraba.

 

“Este problema está por resolverse. Ninguna república de América lo ha resuelto todavía. Todas han acertado a sacudir la dominación militar y política de España; pero ninguna ha sabido escapar de la soledad, del atraso, de la pobreza, del despotismo, más radicado en los usos que en los gobiernos. Esos son los verdaderos enemigos de América; y por cierto que no los venceremos como vencimos a la metrópoli española, echando a Europa de este suelo, sino trayéndola para llevar a cabo, en nombre de América, la población empezada hace tres siglos por España.”[13]

 

“¿De quién estábamos aislados bajo el antiguo régimen colonial? No era de la América ni de la madre patria. Estábamos aislados de la Europa en general, con quien no podíamos tratar  y contratar, sino por el órgano forzoso de la España que nos impedía hacerlo directamente. En eso consistía el antiguo régimen. A pesar de esto, el sentido europeo de la revolución de América se perdió de vista para la política que no supo sentar la cuestión de la emancipación en su verdadero carácter. Desconocido este origen de la revolución, nuestra política ha perdido su sendero. Por unos fue mirado ese movimiento como una explosión del odio americano contra la Europa. Esa opinión hizo consistir el patriotismo americano en una prevención sistematiza a todo lo que es europeo. Era tomar por patriotismo un odio bastardo que nos había inoculado España para hacer de los mismos americanos los guardianes de su propio aislamiento colonial. Era el viejo patriotismo hispano colonial, confundido con el patriotismo liberal, americano y moderno. Por otros fue calificada la revolución como una reacción del americanismo indígena y salvaje contra la conquista de los españoles  y europeos en general. Esa opinión comprendió a los hispanoamericanos en la causa de los Incas, de los Araucanos y de los Pampas y Guaraníes. La revolución así tomada era una reacción salvaje, es decir,  indígena, lejos de ser un movimiento de civilización. No era un cumplimiento hecho a la revolución que se quería exaltar.”[14]

 

 

 

Capítulo 6. El hombre de América del Sur

 

            Dentro de esta tarea de autognosis, y como paso previo a la propuesta de la inmigración europea como elemento superador del espíritu español, Alberdi deberá demostrar que la civilización es sólo la europea y que la América indígena ya estaba vencida. Esta tarea resulta fundamental porque la unidad espiritual de la nación debía preceder a la unidad política.

 

“La unidad no es el punto de partida, es el punto final de los gobiernos; la historia lo dice y la razón los demuestra.”[15]  

 

            Con este fin, en 1845 Alberdi publica en Valparaíso Acción de la Europa en América. Aquí presenta un núcleo de ideas que desarrollará en las Bases referentes al concepto de “patria”, la educación, la población y la inmigración, en el marco de una concepción fuertemente aperturista en relación a la influencia europea.

            La pregunta subyacente en esta y otras tantas obras es: ¿quién es, antropológicamente, culturalmente, y políticamente el sujeto de la historia en Sudamérica? Alberdi no duda en responder que es el pueblo formado por los europeos nacidos en América. Entendida rectamente así nuestra sociedad americana, queda patente para él la falacia de quienes apelaban a un americanismo indígena como patrimonio antropológico y cultural que defender del avance de la civilización europea y la confusión de los que dudaban de la identidad sociológica nacional.

La civilización de nuestro suelo es europea. El descubrimiento, la población que la posee, su nombre, su toponimia, sus monumentos, su idioma, su cultura, su religión, sus leyes, su administración, sus vestidos, sus costumbres, son europeos.

Veía la condición del pobre en Sudamérica como peculiar. No había hambre, un cielo azul, con lluvias siempre oportunas, un clima benigno, una tierra feraz, multiplicaban los animales y las plantas de un modo casi espontáneo. El pobre vivía harto de carne y era propietario de terrenos muchas veces. Si mendigaba, lo hacía a caballo, como un señor.

Por otra parte, advierte que el gaucho es el trabajador insustituible e insuperable para la economía de la campaña. El gaucho era el maquinista educado en el manejo del caballo, “instrumento y símbolo natural de la civilización argentina”.[16] El gaucho es a la civilización del Plata, lo que el marinero o el maquinista son a la civilización inglesa: rudo, inculto, áspero, pero brazo elemental del progreso, que allí consiste en el desarrollo de su riqueza rural.

            Desechada la posibilidad del cambio del espíritu español por la vía del indígena, la mutación consecuentemente debería provenir de las inmigraciones del norte de Europa, penetrando por ríos, caminos y vías férreas en el interior hasta entonces sellado. Esa era la respuesta más lógica, si reconocíamos nuestra ascendencia europea. Y este llamado a nuestras raíces, de ninguna manera afectaba los fines de la Revolución americana ya que el concepto de patria, tal como lo había enseñado en el Dogma, nos dice que la patria no es el suelo. La patria es la libertad, el orden, la riqueza, la civilización en el suelo nativo, organizada bajo la enseña y en nombre del mismo suelo.

            Europa, pues, representaba para Alberdi la única fuente verdadera para que la patria no sea tan sólo un concepto declamado.

 

Capítulo 7. Europa y América

 

“Nuestra religión cristiana ha sido traída a América por los extranjeros. A no ser por Europa, hoy América estaría adorando al sol, a los árboles, a las bestias, quemando hombres en sacrificio, y no conocería el matrimonio. La mano de Europa plantó la cruz de Jesucristo en la América antes gentil. ¡Bendita sea por esto sólo la mano de Europa!”[17]

 

Si la América había podido superar el salvajismo indígena gracias al aporte de una cultura relativamente más desarrollada como la española, en el presente se debía recurrir al mismo principio transformador, con una única salvedad: el agente que operaría el cambio provendría de los hombres que marchaban a la cabeza del mundo moderno, el pueblo inglés.

 

“Desde el siglo XVI hasta hoy no ha cesado Europa un solo día de ser el manantial y origen de la civilización de este continente. Bajo el antiguo régimen, Europa desempeñó ese papel por conducto de España. Esa nación nos trajo la última expresión de la Edad Media, el principio del renacimiento de la civilización en Europa.”[18]

 

“Con la revolución americana acabó la acción de la Europa española en este continente; pero tomó su lugar la acción de la Europa anglosajona y francesa. Los americanos de hoy somos europeos que hemos cambiado de maestros; a la iniciativa española ha sucedido la inglesa y francesa. Pero siempre es Europa la obrera de nuestra civilización.”[19]

 

Así, el gusto por lo nacional, la valorización de las culturas autóctonas y criollas que defendieron las generaciones de la Independencia y que no hacían más que perpetuar aquel espíritu español, debían ser reemplazadas por las exigencias que planteaban las nuevas realidades transformadoras.

Es que el futuro de la América antes española, librado a su propio desarrollo, no podía ofrecer perspectivas halagüeñas; era necesario, por lo tanto, iniciar un proceso de transculturación a través del asentamiento de contingentes inmigratorios. La tarea no consistía en una transformación del ciudadano, sino más bien en una transformación material de las cosas. Pero antes y sobre todo habría que reconocer el fuerte lazo que existía entre América y Europa.

 

“Cada América ha sido  y será lo que  es la Europa de que procede  y se nutre. Hay dos Europas como hay dos Américas: la Europa autoritaria y la Europa libre; la una latina, la otra sajona, por el genio, no por la raza. Cada Europa tiene su correspondiente América, poblada de su pueblo, civilizada de su civilización, y dotada de sus costumbres, creencias, leyes, gustos, servidumbres y libertades. Cada Europa ha dado al Nuevo Mundo lo que podía darle, que es lo que ella tiene: la sajona le ha dado sus libertades; la latina le ha dado sus nobles servidumbres; y si le ha dado libertades, esas libertades han sido libertades  españolas, libertades portuguesas, libertades francesas, libertades italianas, que son especie aparte de las libertades sajonas. La América del Sur puede preguntar a España, a Portugal, a Francia, a Italia si prefieren ellas su libertad latina a la libertad  anglosajona de la Inglaterra  y de los Estados Unidos.[20]

 

El bienestar de ambos mundos se conciliaría casualmente y mediante un sistema de política y de instituciones adecuadas: los Estados del otro continente deberían propender a enviarnos, por inmigraciones pacíficas, las poblaciones que los nuestros deben atraer por una política e instituciones análogas. Ésta era para Alberdi la ley capital y sumaria del desarrollo de la civilización cristiana y moderna de este continente; lo había sido desde su principio, y sería la que complete el trabajo que dejó embrionario la Europa española.

 

 

8. Brasil, Estados Unidos de Norteamérica y la Doctrina Monroe

           

            Otro de los puntos centrales de las ideas de Alberdi se encuentra en el rechazo a la política imperial del Brasil, de los Estados Unidos de América y la denuncia de la Doctrina Monroe.

            El principal punto de animadversión contra el Brasil se debía a factores de equilibrio continental y por ello muchas veces aconsejó que la política de los países de Sudamérica debía propiciar la división del Imperio. Lo denunció por ser punto de apoyo de la expedición española. Ante ese peligro reclama que la Argentina, la Banda Oriental, el Paraguay, Bolivia, Chile y Perú, se unan para contener esa bifronte agresión.

 

“Ocupado el Plata por su influjo, el Brasil tiene tomado a las repúblicas del Pacífico el camino de sus recursos militares y comerciales, para el ataque y para la defensa, es decir, el camino de la Europa; y está constituido en eje y resorte principal de toda reacción ultramarina contra Sudamérica. Dueño de esa base, el Brasil lo es en cierto modo de sus destinos.”[21]

 

           

            La monarquía brasileña no era para Alberdi siquiera de tipo europeo; de corte africano y basada en la esclavitud, amenazaba convertir a los países de Sudamérica “en anexos de una ex colonia de Portugal”. Se infiltraba por olas sucesivas, enviaba sus establecimientos industriales y comerciales vanguardias encargadas de tomar posición indirecta de sus vecinos, y luego sus inmigrantes, que significaban un serio perjuicio, “porque en vez de poblarse con una raza inferior y ambiciosa de expansión, podrían poblarse con las inmigraciones blancas, cultas y desinteresadas de la Europa”.

            No deseaba una política agresiva contra el Brasil, al que deseaba las mayores venturas mientras se mantuviera dentro de sus fronteras, sino intentaba poner en guardia a sus adversarios contra un Imperio que, impelido por la tradición colonialista y anacrónica del Portugal y por el contorno geográfico, se movía inexorablemente en la misma dirección desde hacía siglos.

 

“A la buena causa argentina convendrá siempre una política amigable para con el Brasil. Nada más atrasado y falso que el pretendido antagonismo de sistema político entre el Brasil y las Repúblicas sudamericanas. Éste sólo existe para una política superficial y frívola, que se detiene en la corteza de los hechos. A esta clase pertenece la diferencia de forma de gobierno. En el fondo, ese país está más internado que nosotros en el sendero de la libertad. Es falso que la revolución americana tenga ese camino que andar. Todas las miras de nuestra revolución contra España están satisfechas allí.”[22]

 

           

            La solidaridad americana que reclamaba no exigía que se cercenaran los lazos con la Europa, que tanto podía contribuir al adelanto de América con sus recursos y sus inmigrantes, y menos la adhesión a la doctrina de Monroe, que Alberdi denunció como substancialmente egoísta. La Doctrina Monroe, en su faz positiva, implicaba la no intervención de Europa en América pero a su vez, en su aspecto negativo, no negaba la intervención de los Estados Unidos en el territorio americano.

 

 

“Sólo por una credulidad imbécil puede la América antes española, aceptar como favorable a ella la doctrina de Monroe, que profesan los Estados Unidos. Aunque antítesis de las doctrinas atribuidas a la Santa Alianza, en la América española, la doctrina de Monroe es tan aciaga para la América de origen español, como la de la Santa Alianza. Las dos tienen por objeto la conquista de la América española: la una en provecho de España, la otra en provecho de los Estados Unidos. Ambas doctrinas constituyen la consecuencia de dos ambiciones de que es objeto la América antes española. Entre la anexión colonial de Sud América a una nación de Europa y la anexión no colonial a los Estados Unidos ¿cuál es la diferencia? ¿Cuál es la preferible para Sud América? Como anexión, ninguna: mejor es la conquista de Sud América para los Estados Unidos, como medio de salvarla de su conquista por España, es lo que se llama la doctrina Monroe.”[23]

 

“La doctrina y la política de Monroe pareció un signo de querer entrar en esta vía de generosa participación en la gestión de los destinos del mundo. Esa doctrina es, en cierto modo, el abandono del aislamiento tradicional, pues haciendo suyos los ataques que la Santa Alianza preparaba a las Repúblicas de Sud América, la de Washington intervenía en las luchas de otros Estados extranjeros. La actitud de Monroe era la intervención contra la intervención, es decir, dos veces interventora. Pero, ¿en qué interés intervenía? En el suyo propio, en el de explotar y anexar al suyo los países que aparentaba proteger contra el despotismo extranjero. Dígalo sino la historia de Méjico, diga Méjico ¿es la Europa monarquista lo que de entonces a hoy le ha arrebatado una parte de su territorio?” [24]   

 

 

 

            Evidentemente, Estados Unidos era otro de los peligros para las Repúblicas de América del Sur.

 

 

“¿Qué interés real os vale la simpatía de los Estados Unidos? Alianza militar, protección militar, no esperéis de ellos en ningún conflicto. No nos dieron la más pequeña en la guerra de la Independencia Los consejos de Washington lo estorbarán si trata de socorrernos. Si se trata de extender a todo el continente la bandera estrellada, somos el mundo de una sola familia. Población, emigrados, capitales, manufactura, no nos darán tampoco, porque para ellos los necesitan y ellos mismos los reciben a torrentes de esa Europa a quien no quieren ver en contacto con nosotros. Nos quieren republicanos. ¿Para qué? Para conservarnos débiles, pobres, decadentes al servicio de su ambición territorial.” [25]

 

“La cooperación que Sud América no recibió de Estados Unidos para conquistar su independencia de España, la recibió de la Europa y de los europeos. Empréstitos, buques, armas, generales, todo lo tuvo de Europa que ayudó a la independencia de Sud América, como había ayudado a la de Norteamérica.”[26]

 

 

9. Algunas notas finales sobre el pensamiento alberdiano

 

“¿Si mis escritos hubieran obtenido todo lo que buscaban, qué hubiese sucedido? Que hoy vivirían treinta mil argentinos enterrados en esa guerra que nunca debió tener lugar; hoy contendría el Tesoro cincuenta millones aplicables a las mil útiles empresas de mejoramiento material. El país no conocería el cólera ni el vómito negro; vivirían las víctimas que han hecho esas dos epidemias traídas por la guerra; el Paraguay sería paraguayo, en vez de ser brasileño; la República Argentina tendría ese aliado de su raza; los archivos públicos no habrían necesitado quemarse; ni los trofeos de la gloria argentina desaparecido para ser reemplazados por los del Paraguay.”[27]

 

                                                                                                                                     

            Alberdi fue un fiel representante de la joven generación del ‘37 y como integrante de ella tuvo el mérito de haber descubierto el camino de salvación frente a la guerra entre las dos concepciones de vida que representaban los federales y los unitarios.

            Gracias a su actitud inicial de dirigir su mirada hacia la realidad y la experiencia, encontraría los datos para una interpretación más justa y desapasionada del problema argentino, y de ella recogería las inspiraciones para postular una política renovadora y vivificante.

            Cuando, en 1837, afirmaba en el Fragmento que Rosas era “un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo”, no hacía sino expresar un hecho de la realidad que los unitarios habían desconocido. La realidad del pueblo. Es que a la luz de las doctrinas sociológicas que por entonces se difundían desde Francia, los hombres de pensamiento descubrieron la existencia de un enigma previo a todo planteo político: el enigma de la realidad social. Así, el problema no radicaba, para Alberdi, en la persona de Rosas.

            El conocimiento de esta realidad, su tarea de autognosis, lo llevaría a postular, conociendo qué fuerzas se movían en lo profundo para provocar esa adhesión voluntaria a la tiranía, una política de largo alcance contra el tirano, contra la tiranía y contra las circunstancias que hacían posible su existencia. La preocupación de Alberdi y de su generación fue conocer a ciencia cierta cuáles eran los caracteres sociológicos de esa mayoría, para adaptarlos a una forma institucional que teniendo en cuenta su naturaleza, impidiese una nueva tiranía.

            Esta generación propuso una política constructiva para el futuro, y si esa política fue eficaz –recalquémoslo nuevamente– se debió sobre todo a que su interpretación de la realidad tomó en cuenta elementos que la generación anterior había desdeñado.

            Varios autores han sostenido que la discriminación entre lo político y lo social fue el mérito mayor de esta generación al advertir que las soluciones políticas carecían de fundamento si no se analizaba a fondo la realidad social. Y Alberdi cumplió fielmente ese postulado.

            Hija de Mayo, esa juventud volvía a esos ideales para rastrear la huella del espíritu  revolucionario, olvidada en la práctica, pero firme y profunda. Se preparó para la lucha en la proscripción y cumplió su deber poniendo su inteligencia al servicio de lo que llamó la “regeneración” del país. Regenerar al país era, ante todo, no volver a caer en los viejos errores. Su punto de partida era claro: ni mera restauración de viejos idearios fracasados, ni exageradas concesiones a la realidad espontánea; la tarea debía lograr el triunfo de los ideales de progreso, sobre la base de la transformación previa de la realidad.

            La forma política no podía encontrarse en ninguna de las formas sociales que existían por entonces y que constituían dos concepciones de vida que habían enfrentado al país: la unitaria y la federal. Dos tradiciones parecían hallarse en lucha en todo el proceso histórico desarrollado desde la revolución: la hispanocriolla, heredada y conservada con vigor por las masas rurales y los grupos conservadores, y la europea (francesa especialmente) adoptada con ciega adhesión por las minorías ilustradas.

            Esta nueva interpretación de la realidad y esta nueva política postulada para el futuro triunfaron al fin: estaban arraigadas en los hombres que abatieron a Rosas en 1852 y cristalizaron en la Constitución Nacional sancionada el año siguiente. La acción de los tres primeros presidentes constitucionales de la nación unificada no fue sino la realización de la política postulada por aquel movimiento que se inició en 1837. La labor de Alberdi fue seria y para muchos triunfó porque supo ajustarla a su propia realidad, la única posible por entonces.

            Juan Bautista Alberdi fue el autor de esta fórmula prescriptiva que gozó de perdurabilidad hasta alcanzar su cenit en el régimen político de la generación del ’80. Por ello, no debe asombrarnos que fuera Roca quien, en los años finales de la vida de Alberdi, intentase, aunque sin éxito, que el Congreso le otorgase una pensión. Este gesto evidencia el reconocimiento de una generación a la otra.

            Fue la fórmula alberdiana la que sirvió de guía a esta nueva generación para la consagración exitosa de la República agroexportadora, ciertamente que con una base política restrictiva. Pero no debemos olvidar que la constitución que proponía era de transición y no definitiva.



[1] Ciapuscio divide la obra de Alberdi podría dividirse en tres períodos según los temas centrales que preocupan al autor: Filosófico (entre 1830 y 1840), Doctrinario (desde 1840 y hasta 1860) y  Sociológico (Conf. CIAPUSCIO, Héctor. El pensamiento filosófico-político de Alberdi. Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1985). Según Alejandro Korn (1983), el pensamiento alberdiano habría constituido la ideología tácita de nuestra sociedad a lo largo de tres generaciones, legando un mensaje de libertad, de paz y de civilización (KORN, Alejandro. “Filosofía Argentina”, en Influencias filosóficas en la evolución nacional. Buenos Aires, Ed. Solar, 1983).

[2] Obras Completas. T. I. Fragmento preliminar al estudio del Derecho. Buenos Aires, La Tribuna Nacional, 1886-1887.

[3] Obras Completas. T. I. Fragmento…

[4] Obras Completas. T. II. Veinte días en Génova.

[5] Obras Completas. T. I. Fragmento…

[6] Obras Completas. T. III. Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina.

[7] Escritos Póstumos. T. XV. Ideas, para presidir a la confección del curso de filosofía en el Colegio de Humanidades de Montevideo.

[8] Obras Completas. T. III. Bases y puntos de partida …

[9] Obras Completas. T. VII. Peregrinación de Luz del Día.

[10] Obras Completas. T III. Bases y puntos de partida …

[11] Obras Completas. T. VIII. La República Argentina consolidada en 1880 con la ciudad de Buenos Aires por capital.

[12] Obras Completas. T. II. Memorias sobre la conveniencia de un Congreso Americano.

[13] Obras Completas. T.III. Bases y puntos de partida …

[14] Obras Selectas. T. XIII. Buenos Aires,  Librería la Facultad, 1920.

[15] Obras Completas. T. III. Bases y puntos de partida …

[16] Obras Completas. T. VII, pág. 164

[17] Obras Completas. T. III. Bases y puntos de partida…

[18] Obras Completas. T. III. Bases y puntos de partida…

[19] Obras Completas. T. III. Bases y puntos de partida…

[20] Obras Completas. T. VII. Peregrinación…

[21] Obras Completas. T. VI. Intereses, peligros y garantías de los Estados del Pacífico en las regiones orientales de la América del Sur.

[22] Obras Completas. T. VI. Intereses, peligros y garantías…

[23] Escritos Póstumos. T. VII. América. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2002.

[24] Obras Selectas. T. XIII.

[25] Escritos Póstumos. T. IV. Del Gobierno de Sud América.

[26] Escritos Póstumos. T. I. Estudios Económicos.

[27] Escritos Póstumos. T.X. Ensayos sobre la sociedad, los hombres y las cosas de Sud América.