
Introducción
La globalización, el postmodernismo y la modernidad líquida instauran nuevas modalidades de acción e interacción que inevitablemente atraviesan a los sujetos. La tecnología significa lo generacional y el vínculo entre pares desde una espacialidad y temporalidad diferentes. Hay novedosas formas y modos de ser/estar en el mundo actual que inciden en las configuraciones vinculares, en la consolidación de la identidad y ofrecen un espacio de socialización. Lo digital/virtual ha producido una transformación en las tramas constructivas de la subjetividad.
En la actualidad, encontramos que en diferentes redes sociales como Instagram, YouTube, X o canales de Telegram, hay diferentes comunidades organizadas, generalmente alrededor de las clasificaciones del DSM, con información sobre diferentes cuadros patológicos.
En otros casos son streamers, youtubers o instagramers que dicen tener ciertos trastornos o síntomas, generando así que algunos adolescentes comiencen a seguirlos y se incluyan en grupos y/o comunidades porque se sienten representados por uno o más de esos síntomas o reflejados en ese cuadro diagnóstico, denominándose bajo esa diagnosis y expresando “Yo soy… autista, Asperger, TDAH o trastorno límite”, entre otros.
Según una reciente investigación, el surgimiento de estos sitios se conceptualizó como un contramovimiento a los servicios profesionales médicos y de salud mental y ha recibido fuertes críticas. Giles y Newbold (2013) describen que este fenómeno ocurre cuando se invierte la cultura de la “enfermedad mental como estigma” y se produce una reestructuración del poder entre los usuarios de estos sitios de salud mental.
En este punto consideramos pertinente diferenciar patología de cuadro psicopatológico y síntoma. El primero designa una entidad nosológica que explica la causa y la naturaleza del cuadro psicopatológico, siendo este un conjunto de síntomas que, agrupados, describen un patrón específico de alteración mental. El síntoma es la manifestación de un problema de salud, lo que el paciente sufre, siente y describe.Tampoco abordamos esta temática desde el desorden de Munchausen’s, en el que un individuo con un trastorno facticio finge o se autoinduce lesiones o enfermedades motivado a “asumir el rol de enfermo”, sino que coincidimos con Cristóforo y Muniz (2023) con respecto a la noción de patologización como aquella en la que un individuo sano se incluye en la categoría de enfermo: “la patologización se refiere a la inclusión de un fenómeno normal en la categoría de enfermedad” (p. 107)
En otra línea, Gisela Untoiglich habla de “procesos de patologización de la vida cuando aquello que es inherente a lo humano se transforma en patología” (2013, p. 327). Por ejemplo, el aburrimiento o el “no hacer nada” es inherente a la adolescencia, y desde estos espacios de aparente desgano es que puede enmarcarse en patología.
Es nuestra intención proponer que, por los cambios epocales, sociales y culturales, se da este fenómeno de patologización en la pubertad y adolescencia que da lugar a nuevas tribus sociales que denominaremos “tribus online”. En este punto, el uso de las nuevas tecnologías permite, a través de la identificación, un lugar de pertenencia, un lugar por fuera de lo familiar y una identidad.
El nuevo paradigma tecnodigital
La actualidad se caracteriza por novedosas formas de ser y estar en el mundo en relación con los usos de Internet en general y las redes sociales en particular. La tecnología permitió y construyó lazos y/o puentes con el exterior que, según Bravetti et al. (2023), son nuevas modalidades de intercambio con el otro que desdibujan las barreras geográficas, pero también los espacios de lo íntimo y lo público.
Han (2012) plantea que en la actualidad nos encontramos en la era de la “sociedad de la transparencia”, que se caracterizaría por “lo igual”, perdiéndose las singularidades y borrándose las diferencias, y junto a ello la inmediatez que llevaría a cierta “obscenidad” en tanto todo es posible y se muestra accesible. Esto implica la ausencia de lo imposible, de la renuncia constitutiva. En esta línea, lo plantea desde la concepción de una “sociedad positiva”, donde lo diferente y lo singular es expulsado de un posible intercambio social, en contraposición a una sociedad de la negatividad, que da lugar al vacío, sufrimiento y dolor. Mientras que en la sociedad positiva los sentimientos están ligados al confort y satisfacción de consumo, el padecimiento proviene de lo real del no tener. Una persona identificada con una sociedad positiva, que tiende a negar (desestimar) aquello de lo que padece, es un sujeto posmoderno positivo que reproduce el statu quo y promueve la persistencia del “todo se puede”. En este sentido, el acceso a los objetos del consumo está dado por un mérito absolutamente personal que lo desvincula de lo mancomunado que tiene el sujeto de una sociedad. Desde esta perspectiva, el inconsciente pareciera no tener lugar y se impone como un ideal posmoderno donde se rechaza no solo el vacío de información, sino que este se plantea como algo a la espera de ser ocupado prontamente.
En esta línea,Giménez et al. (2020) proponen que la sociedad positiva posmoderna interpela a las adolescencias en tanto son o no son productivas dentro de sus parámetros. Sostiene que en el tiempo de espera propio de la adolescencia, el jugar y descansar son vistos como “no producción”, y se observa que se los patologiza como inconciliablescon los modos de consumo actuales. Coincidiendo con Winnicott (1971), propone que el aburrimiento posibilita la creatividad y da lugar a lo nuevo, ya que el pensamiento creador es un elemento esencial de la inmadurez adolescente y forma parte del tránsito por lo saludable.
En la salida del adolescente a lo social, se da precisamente la necesariedad de un reposicionamiento generacional. En este pasaje de lo filiatorio endogámico a la exogamia, se estructura progresivamente un nuevo registro de la temporalidad. La distancia física se ha visto alterada por las nuevas tecnologías donde celulares, tablets y computadoras “ejecutan en el streaming una suplencia del tiempo de antaño al aquí y ahora siempre inmediatos, que trastoca cada vez más aquel tiempo de espera necesario hace no muchos años para la adquisición de ciertos logros” (Maroño, 2022, p. 28).
La construcción de la subjetividad se despliega en distintos ámbitos como la familia, la escuela, el mundo digital/cibernético y lo ficcional: mitos y construcciones virtuales que significan relatos.Esto ha abierto novedosas posibilidades, pero también ha debilitado la función formativa de ciertos discursos que han decaído como referentes identificatorios para las nuevas generaciones. Ante el vacío en la significación y el aumento de incertidumbre, las TIC comienzan a operar como agentes productores de valores, ideales y modelos de acción que delinean un nuevo sujeto. Información veloz, simultaneidad de conexiones, proliferación de imágenes que inscriben multiplicidad de sentidos (Bravetti et al., 2023, p. 19).
Giménez et al. (2020) sostienen que el Otro familiar pierde su voz como referente, su palabra ha sido devaluada no solo por la caída de los padres ideales de la infancia, sino porque, en la actualidad, el saber está depositado en un discurso virtual donde el Otro del saber opera desde Internet. Por lo que en la actualidad nos encontramos ante un nuevo paradigma comunicacional donde los púberes y adolescentes perciben la realidad y los vínculos de manera diferente, ya que desde que nacen hacen uso de diversos dispositivos tecnológicos que los constituyeron, así como también establecieron novedosas formas de vincularse.
La patologización
La patologización comienza a ser parte del imaginario social y nos preguntamos qué función/es cumple en el proceso de subjetivación en púberes y adolescentes. Coincidimos con Gisela Untoiglich (2013) al considerar que se patologiza aquello que es propio de lo humano.
En esta línea abordaremos la patologización como un modo de defensa ante el proceso puberal adolescente, ya que consideramos que los púberes y adolescentes se enmarcan e identifican con un posible diagnóstico patologizando lo que es propio del proceso, y así tal vez evitar los sentimientos que este conlleva.El término puberal adolescente nos permite describir una continuidad en los trabajos psíquicos entre la pubertad y la adolescencia que, si bien se producen de forma entremezclada, podemos sostener que cada etapa tiene y se caracteriza por un trabajo predominante.
En palabras de Maroño (2022):
destacar que cada etapa se ve caracterizada por la presencia de ciertos trabajos psíquicos específicos, situando una suerte de línea continua que describiría cómo aquello que tiene inicio en la latencia, se desarrolla luego en la pubertad, para eventualmente consolidarse y ponerse en práctica en la adolescencia. De esta lógica se deriva que cada uno de estos periodos se constituye sobre la base de cierta predominancia por parte de un trabajo psíquico que, sin desconocer a los otros, tiene claramente un lugar central. (P. 16)
Nos dice la autora que establecer esta distancia de forma lógica permite ubicar las características psíquicas específicas de cada etapa. En la pubertad se debe lograr la representación del nuevo cuerpo en un camino de integración psique-soma que conduce a la transformación e inscripción del cuerpo (erógeno) pregenital en cuerpo genital, así como del objeto familiar en objeto de deseo no familiar. En la adolescencia, en cambio, los trabajos psíquicos estarán más relacionados con el entorno social y sus impactos.
Abandonar el mundo infantil y las figuras parentales se torna central porque:
devienen en este punto una fuerte amenaza, lo que genera a su vez un nuevo conflicto si consideramos que el púber suele encontrarse muy ligado a sus padres en esta instancia de su vida. En definitiva, el mundo familiar, incluyendo los vínculos parentales y fraternos, se ve inevitablemente afectado en función del nuevo cuerpo y las nuevas aptitudes y exigencias sexuales. (Maroño, 2022, p. 23)
Se deberá dar lugar a nuevos lazos que permitan la constitución de nuevas identificaciones en las quesea imprescindible la presencia y la mirada de los pares que actúan como soporte de un proceso de metabolización de lo que se impone inicialmente como extraño para el sujeto, el nuevo cuerpo, favoreciendo la salida exogámica. Por lo que la pubertad y adolescencia son momentos cruciales del desarrollo por el impacto de las transformaciones en el cuerpo, el embate pulsional y el estallido de sensaciones que inundan el psiquismo, lo cual los sitúa ante la tarea de construir y consolidar su identidad y conminan a una respuesta elaborativa.
De ese primer espejo que son las figuras de cuidado a los nuevos espejos grupales y sociales, la identidad como producto intersubjetivo y cultural está construida por identificaciones primarias a las cuales se anudarán otras que tienen que venir desde ese otro no familiar para reestructurar lo ya logrado. Si el discurso parental en un primer momento catectiza al niño y anticipa su lugar en el discurso social, el adolescente deberá confrontarlos en un intento de lograr la separación/individuación y poder dar lugar a lo nuevo. Alejarse de lo conocido para acceder a un entorno por fuera de lo familiar establece una suerte de ley compartida a la que se someten las figuras de cuidado y los hijos. A partir de ello, dar paso a la elaboración discursiva y las nuevas significaciones a través del discurso social, entendido como un conjunto de enunciados, representaciones y prácticas sociales que dan lugar a la subjetividad individual (Unzueta & Zubieta, 2010; Aulagnier, 1986).
En el proceso puberal adolescente hay una sexualidad que pulsa en un territorio nuevo porque se impone el encuentro con un otro por fuera de lo familiar y conocido, que conlleva la falta de respuestas donde las exigencias pulsionales y el proceso identificatorio hacen que los púberes y adolescentes queden expuestos a ideales que los obligan a tener que cumplir con determinados modelos. Todo esto hace que en el proceso puberal adolescente sea esperable un vacío objetal que genera angustia e incertidumbre, incluso tornándose amenazante.
Asimismo, el grupo de pares se presenta de manera especular, acompaña y asiste la salida exogámica mitigando el sentimiento de incertidumbre y soledad en un trabajo de exploración necesaria. En palabras de Córdova (2010), el espejo generacional será “como un espejo versátil y polifacético que va configurando una imagen re-unificada del cuerpo por medio de contactos corporales, miradas, gestos, modismos verbales, musicalidades, modas y rituales, entre otras trazas significantes epocales utilizadas por los adolescentes” (p. 58).
En la actualidad, el proceso de construcción identitaria se encuentra determinado por el contexto sociocultural actual. Los púberes y adolescentes navegan por Internet, actualizan su perfil, envían un comentario, manifestaciones que evidencian que las redes sociales permiten el intercambio con otros y la pertenencia grupal. Habitan también una sociedad que exige respuestas rápidas, instantáneas, exitosas, acotando los tiempos de espera necesarios en las diferentes etapas del ser humano.
Ante este escenario nos encontramos con un lenguaje que nace de la patologización como espacio que da lugar a que los jóvenes se agrupen bajo la nómina de una patología, identificándose con ciertos síntomas de un cuadro patológico. Permite a los adolescentes y púberes formar grupos en los cuales comparten fotos, piden consejos o se alientan a continuar con el objetivo en común; comparten un lenguaje específico y propio con el que nominan ciertas cuestiones, como por ejemplo #edtwt correspondiente a los TCA, o #shtwt relacionado con las autolesiones, entre otras.
Si bien puede ocasionar una suerte de indiferenciación en el sentido de pérdida de lo propio y único de cada sujeto, el encuentro con un cuadro diagnóstico anudaría los sentimientos y/o sensaciones que puedan tener, y es la posibilidad de una vía de inserción en lo social. Patologizar algunos trabajos psíquicos propios del proceso puberal adolescente, donde priman contenidos propios de lo sensorial, se plantea como una oportunidad de dar palabra a lo que aún no la tiene en un intento de nombrar lo desconocido o aún no consolidado en el adolescente.
No desconocemos que se evidenciala desestimación de la mirada de los padres desafiando su función de cuidado, porque el espacio virtual tomaría el lugar de Otro significativo interfiriendo en los modos de subjetivación. En esta línea consideramos también que se plantearía como una huida respecto de los servicios profesionales médicos, ya que los portavoces de estas patologías manifiestan que solo pueden comprender la enfermedad quienes la sufren, por ende, quedan afuera padres y profesionales dificultando la posibilidad de un abordaje adecuado.
Tengamos presente que la identidad encierra en sí misma la noción de imagen y al cuerpo investido por el discurso social, con modelos hegemónicos que pueden perturbar la construcción identitaria y conllevan la frustración por no cumplir esos ideales. Es aquí donde el púber y el adolescente encuentran en la patologización un espacio que da lugar a una identidad “Yo soy autista, Asperger…” como un medio de aminorar el impacto de lograr un posicionamiento en lo social y consolidar la propia identidad. Los adolescentes llegan a identificarse socialmente con un grupo para conocer gente, darse a conocer y, por qué no decirlo, “descubrir su propia identidad” (Krauskopof, 1999).
La patologización les permite clasificar sentimientos del proceso puberal adolescente en relación con criterios descriptivos pertenecientes a categorías diagnósticas. Es por ello que consideramos la patologización como un espacio de pertenencia e intercambio grupal donde la mirada del otro otorga existencia y, en cierto grado, mitiga la angustia de incertidumbre que conlleva el proceso puberal-adolescente como consecuencia del proceso de desinvestimiento de los objetos primarios, la pérdida del cuerpo infantil y el proyecto identificatorio, entre otros. Daría un lugar frente a lo que cambia y/o desaparece en la realidad, una posible salida exogámica y la inserción en un mundo nuevo por fuera de lo familiar.
Las nuevas tribus sociales: las tribus online
Los púberes y adolescentes se encuentran ante una amplia gama de patologías/trastornos que les permiten realizar un autodiagnóstico que enmarcamos dentro de la noción de patologización. Esto les permite conformar grupos o comunidades organizadas alrededor de una patología.
Por los cambios epocales podríamos sostener que nos encontramos ante el surgimiento de nuevas tribus sociales que se multiplican de manera vertiginosa y ofrecen múltiples alternativas y posibilidades, tanto de expresión como de participación.Es así que youtubers, streamers e instagramers o, en otros casos, ciertas comunidades pasan a ocupar el lugar de referentes identificatorios y organizan espacios de pertenencia e intercambio.Proponemos que estas comunidades y/o agrupaciones dan lugar a un nuevo tipo de tribu social que hemos dado en llamar tribus online.
En los años 50, en Estados Unidos y en Londres, surgen agrupaciones impulsadas por un sentimiento de rebeldía adolescente, de discriminación, generalmente compuesta por varones. Desde aquí se conocen infinidad de diversificaciones que se podrían agrupar en dos fuertes tendencias: aquellas tribus que responden a una línea “clásica” —por ejemplo, los skinheads—y las que responden a una “romántica” —como los hipsters, hippies, entre otras—.
En el pasaje de la infancia a lo puberal adolescente, la pertenencia grupal generalmente marca una transición:
Esta particular manera de ingresar al terreno de la adolescencia a través de las masas, no es más que la vía por la que se posibilita el encontrar un lugar con valor identitario desde donde nacerá un reconocimiento y un sentido de pertenencia. (Unzueta & Zubieta, 2010, p. 35)
En un sentido restringido, las tribus urbanas son las pandillas, bandas o simplemente agrupaciones de jóvenes y adolescentes, que se visten de modo parecido y llamativo, siguen hábitos comunes y se hacen visibles, sobre todo, en las grandes ciudades. Su carácter es muy variado y plural, pero suelen presentar algunos rasgos en común: un gusto por el disfraz, un vitalismo rebelde y una búsqueda de (auto)marginación del grupo social más amplio.
Michel Maffesoli (1990) ubica a la tribu urbana como un fenómeno peculiar de la postmodernidad. La define como “la época del Otro que no existe”, o sea una época en la que las consistencias se han derrumbado, el sujeto se presenta sin un fundamento. Sin embargo, Pedroza y Schmalvch (2018) proponen que para algunos adolescentes que integran tribus urbanas, la identidad se resignifica, hay nuevos significados, lenguajes y símbolos y con ello nuevas prácticas discursivas.
Pazoset al. (2007) se preguntan en este preciso sentido por la relación entre el púber o adolescente y lo social, para sostener una apuesta de análisis que pueda determinar “qué acompañamiento encuentra el púber, qué espejo, ya sea en su familia o en su contexto social y académico, que le den sentido a lo que está experimentando” (p. 113). Las autoras señalan que los antiguos ritos de iniciación, “hoy casi desaparecidos, inauguraban un pasaje al mundo de los adultos y otorgaban al púber el acceso a una nueva clase social y estatuto ontológico” (p. 113). Lejos de sostener una visión nostálgica que pregone lo antiguo por sobre lo actual, compartimos con las colegas una inquietud en lo que respecta a cierto ceremonial ausente hoy a nivel social, que solía marcar un momento de transformación en la vida del púber para brindar algo de sentido en la interacción con el ámbito cultural.
Por su parte, Maroño (2022) propone que ante la ausencia de ritos de pasaje surgen nuevos rituales individuales o grupales que pueden brindar un sostén identitario, ya que en el proceso de reconocimiento y afirmación del yo se requiere un anclaje en lo colectivo, tal vez como una primera solución a lo que aún no está representado y, por lo tanto, sin palabra.
Aunque de forma transitoria, es esperable que surja por un lapso de tiempo lo idéntico especular; algo de la masa en detrimento de lo propio singular que arma diferencia. Lo que intentamos situar en este punto es que la pertenencia a un grupo puede en ocasiones producir una suerte de fusión entramada en los códigos morales de la época. Si bien el riesgo de la estigmatización o frustración es alto, parece ser el precio que el púber está dispuesto a pagar para poder incorporarse a una lógica social que le brinde identidad durante todo este proceso de reconocimiento de un cuerpo nuevo y una serie de exigencias pulsionales en principio heterogéneas[1] (Maroño, 2022, p. 152-153).
Las redes sociales contribuyen a la construcción de sociedades colectivas. Asimismo, la pandemia, con el consecuente aislamiento, generó que los/las adolescentes busquen nuevas formas de encuentro social. El ámbito virtual queda en primer plano y se constituye como un nuevo espacio donde queda de manifiesto que ciertas figuras y discursos se han invertido y otros han decaído como referentes identificatorios para nuevas generaciones.
Si bien pueden existir ciertos beneficios en la interacción de estas comunidades como ser el apoyo emocional, la pertenencia grupal, la construcción de la estima de sí, de la identidad y el intercambio con otros, no desconocemos que también conlleva ciertos riesgos. Entre ellos la posibilidad de autodiagnosticarse basándose en ciertos hábitos o comportamientos compartidos en línea, y que en algunos casos esté en relación con autolesionarse, trastornos alimentarios, estrategias para ocultarse de los padres o simplemente expresar su desacuerdo con las figuras de autoridad, entre otros.
Es por ello que estas patologizaciones y las tribus online no presentan la misma “aceptación social” en todos los púberes y adolescentes, ya que en algunos casos demarca necesidades y limita al sujeto. El peligro se encuentra en que la patologización en algunos casos sea utilizada como excusa para no responsabilizarse de tareas y exigencias impuestas por las instituciones y la sociedad, que les evita a los púberes y adolescentes involucrarse, replantearse y posicionarse respecto a su propia responsabilidad con respecto a aquello que los aqueja, borrando de esta manera todo tipo de singularidad: “En este sentido el adolescente construye una narrativa de sí mismo y del otro, en una dimensión virtual que, es a la vez, ficcional y real” (Maroño et al., 2024, p. 48)
Estar atentos al discurso epocal y cuál es el sentido y finalidad en los púberes y adolescentes a la pertenencia de una tribu online, erigida sobre la patologización, dará cuenta de si son movimientos subjetivantes o no. Los recursos propios de cada sujeto construidos a lo largo de su historia, la importancia de mirada del otro o de los otros significativos, el ámbito en el cual se encuentre y un entorno familiar y social que sostenga serán fundamentales para la elaboración esperable y saludable del proceso puberal adolescente.
Nuevos lenguajes y códigos de comunicación inciden en la forma de ver la vida, vivirla y comprender la realidad. Los púberes y adolescentes ante el impacto del entorno social, cultural y tecnológico, así como por los discursos epocales, inevitablemente se verán afectados en los subjetivo, así como en el trabajo intersubjetivo. Las tecnologías median en la creación de vínculos, formas de encuentro (o desencuentro) con los otros con diferentes consecuencias y riesgos que, en el mejor de los casos, serán transitorios.
REFERENCIAS
Aulagnier, P. (1986). Un intérprete en busca de sentido. Siglo XXI.
Bravetti, G.; Longas, C.; Giorno, N.; De Ortuzar, Ma. V.; Quiroga, M.; Galván, N. &Hernández Hilario, V. (2023). Territorios de subjetivación adolescente y nuevas tecnologías[Ponencia]. XV Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología. XXX Jornadas de Investigación. XIX Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. V Encuentro de Investigación de Terapia Ocupacional V Encuentro de Musicoterapia. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina. https://www.aacademica.org/000-009/668
Córdova, N (2010). La creación del cuerpo adolescente. En A. Grassi & N. Córdova, Entre niños, adolescentes y funciones parentales. Psicoanálisis e interdisciplina. (p. 57). Entreideas.
Cristóforo, A; Muniz, A. (2023). Diagnóstico psicológico: su sentido y sus efectos en contexto de patologización. https://www.bivipsi.org/wp-content/uploads/2023-apdeba-controversias-n32-12.pdf
Giles, D., &Newbold, J. (2013), “Is this normal?” The role of category predicates in constructing mental illness online. Journal of Computer-Mediated Communication, 18(4), 476–490.
Giménez, A. C., Roitman, D., Barrionuevo Cibeira, F, &Sanchez, M., L. (2020). Adolescencias y patologización en la era de la sociedad positiva [Ponencia]. XII Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología. XXVII Jornadas de Investigación. XVI Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. II Encuentro de Investigación de Terapia Ocupacional. II Encuentro de Musicoterapia. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina.https://www.aacademica.org/000-007/463
Han, B. (2012).La sociedad de la transparencia. Editorial Herder.
Krauskopof, D. (1999). El desarrollo psicológico en la adolescencia: las transformaciones de una época de cambios. Adolescencia y salud, 1(2), 23-31.https://www.scielo.sa.cr/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1409-41851999000200004
Maroño, C. (2022) Un nuevo transitar ante el espejo. Vicisitudes del proceso puberal. Letra Viva.
Maroño, C, Cardozo, G., Arboleda, M.J., Machiñena, M. G., Sanchez, F.(2024).La red TikTok. Su función subjetivante en la trayectoria adolescente. Revista de Psicología y Psicopedagogía, (9), 44-49.https://p3.usal.edu.ar/index.php/psicol/article/view/7249
Maffesoli, M. (1990).El tiempo de las tribus. Icaria Editorial
Pazos, M., Ulriksen, M., & Goodson, A. (2007). Construcción subjetiva y empuje puberal: crecer y ser. Clínicas Pediátricas del Sur, 107-115.
Pedroza, L. Á., & Schmalvch, A. P. (2018) Tribus urbanas: estudio de caso sobre la construcción del lazo social en el adolescente desde una orientación psicoanalítica.https://core.ac.uk/download/pdf/187496112.pdf
Untoiglich, G. (2013). En la infancia los diagnósticos se escriben con lápiz. Editorial Noveduc. Unzueta, C., & Zubieta, P. (2010). Una Lectura Psicoanalítica De Los Síntomas Contemporáneos En La Adolescencia Dentro De La Era de La Globalización. Ajayu. Órgano de Difusión Científica del Departamento de Psicología de la Universidad Católica Boliviana "San Pablo", 8(2), 29-44. http://www.redalyc.org/html/4615/461545466002/
Winnicott, D. (1971). Realidad y juego. Editorial Gedisa.
[1] “Como en toda lógica de la fraternidad o sororidad, el odio a quien encarna aquello diferente puede llevar a una exacerbada discriminación. Esta suele ser la estructura de las pandillas de jóvenes que sirven de soporte al púber durante todo este período. Lo que no podemos perder de vista es que la construcción de todo grupo encarna la existencia de pertenencias, roles e incluso liderazgos en mayor o menor medida contingentes, para armar identidad grupal que establezca un límite frente a otro colectivo. Cuando estas lógicas masivas denotan una finalidad destructiva, es evidente que algo de la fantasía parricida adquiere ribetes casi culminantes” (p. 153)