El gigante egoísta

REFLEXIONES CRÍTICAS Y TRADUCCIÓN DEL CUENTO DE OSCAR WILDE

Raúl E. Narváez1*
Universidad del Salvador
Argentina

Reflexiones críticas

El relato comienza con la descripción de una experiencia de vida que en su esencia nada tiene de excepcional o sorprendente. Sin embargo, lo medular de la acción pasa casi desapercibido al lector desprevenido, quien frecuentemente centra su atención en otros aspectos de la trama. El original reza: “Every afternoon, as they were coming from school, the children used to go and play in the Giant's garden.” La versión que se ofrece reza: «Todas las tardes, al volver de la escuela, los chicos iban a jugar en el jardín de El Gigante».

Así, con tono cándido y despreocupado, se presenta al grupo de chicos que, al igual que tantos otros, regresan a sus hogares después de haber cumplido con las exigencias de la escuela. Pero a estos chicos los perfila un rasgo que los diferencia y singulariza a la vez. Son presa de la acentuada seducción que en el humano ejercen las cosas bellas. Un espacio cercano a lo sobrenatural, símil del Paraíso, los aparta de su camino cada tarde. Los atrae con unfuerte magnetismo al que se entregan sin oponer resistencia. Como chicos que son, se detienen en aquel paraíso para dedicar parte de su tiempo a una actividad creativa que causa placer tanto a grandes como a chicos: el juego. En reali­dad, desde el inicio se destaca la idea del placer implícito en el acto de jugar. Se evitan posibles asociacionescon el término game del idioma inglés.

El uso ha impuesto quesemánticamentegameconnotejuego regido por normas. Así lo expone J. B. Pontalis en la Introducción de Realidad y Juego de D. W. Winnicott. Alude allí a «la distinción en­tre el juego estrictamente definido por las reglas que ordenan su curso (game) y aquel que se desa­rrolla libremente (play)» (2003, p.II).

No hay dudas dequea lo que se entregan estos chicos a diario es al acto de jugar libremente, al play. El relato del narrador omnisciente incluye sólo una referencia, tangencial, al incluir “at their games” en vez de “at play”:

Years went over, and the Giant grew very old and feeble. He could not play about any more, so he sat in a huge armchair, and watched the children at their games, and admired his garden.

Pasaron los años y el Gigante se volvió viejo y débil. Como ya no podía jugar más, se sentaba en su enorme sillón y contemplaba a los chicos que jugaban y admiraba su jardín.

En realidad, la expresión sólo enfatizalo mucho que disfrutaba El Giganteviendo al grupo de chicos jugarsus juegos reglados por ellos, tal como lo venían haciendo regularmente.

Y es que no podía ser de otro modo. Esa actividad placenteralespermitía disfrutar de un estado de felicidadal que cualquier humano desearía tener acceso: «¡Qué felices somos aquí!se decían a gritos».

Este sentimiento exclamado con tal grito sagrado, similar al de libertad de nuestro Himno Na­cional, coincide con la perspectiva que sobre el juego ofrece Freud. Él señala que el juego de los chicosestá al servicio de la realización de sus deseos y su repetición al principio de placer. Su ase­veración aporta un marco teórico adecuado para fundamentarla temprana referencia a la repeti­ción de la actividad que da inicio al relato: “Every afternoon” en el original, «Todas las tardes» en la ver­sión tomada para estas reflexiones críticas.

En Más allá del principio del placer, Freud advierte que «los chicos repiten en el juego todo cuan­to les ha hecho gran impresión en la vida; de ese modo abreaccionan la intensidad de la impresión y se adueñan, por así decir, de la situación. Pero, por otro lado, es bastante claro que todos sus jue­gos están presididos por el deseo dominante en la etapa en que ellos se encuentran: el de ser gran­des y poder obrar como los mayores» (2017, p. 9).

De acuerdo con Mario Buchbinder (1993), en el juego coexisten aspectos esenciales que lo de­terminan. Son, entre otros, la socialización, simbolización, el encuentro con uno mismo y con el otro, la escenificación a partir de la creatividad o fantasía, la apropiación ante la alienación y, tam­bién, el humor.

La socialización permite la relación con un otro y el establecimiento de normas precisas que el grupo operativo, por convención, considera apropiadas para ese juego. Una vez que se ha acorda­do conscientemente el ordenamiento, la realidad lúdicase inviste de rasgos similares a los que ope­ran en el ámbito macrosocial y a la simbolización o tal vez resimbolización del orden o un nuevo orden, al que cada miembro se ha de ajustar. Lo hará a partir de la responsabilidad de no violarlo implícita en el acto de jugar. El grupo dechicosdel relato entiende de normas coercitivas y sus al­cances. Este hecho explica que abandonaran el lugar a toda carrera ante la letra de la ley que en un cartel había colocado El Gigante, para que «ellos» la leyeran.

Felicidad y displacer

Sabemos, partiendo de lo que expresa Freud (1992) en «El malestar de la cultura», que todo es­tado de felicidad se encontrará siempre cercenado en sus aspiraciones de perpetuo.

El displacer estará invariablemente al acecho haciendo sentir su posible intromisión en el ca­rácter frágil, provisorio, discontinuo y eventual de todo estado de dicha. Cabe preguntarse, enton­ces, cuáles son los recursosde los que dispone el displacer para inhibir la intensidad de aquel otro estado tan anhelado por el humano. La respuestaes simple. Las fuentes posibles son tres:(1) el mundo exterior, (2) las relaciones vinculares con otros humanos, (3) el cuerpo.

(1) El mundo exterior

Para los chicos, la hostilidad del mundo exterior aparece simbolizadaen El Gigante y en la leyque él ha impuesto. Lanorma del cartel losconfinaal exilio y, consecuentemente, al displacer. «Los transgresores serán enjuiciados» advierte la exorbitante letra de la ley de El Gigante Egoísta. Sin embargo, ha cometido un error de interpretación. Desconoce que los chicos no pueden ser en­juiciados por el hecho de haber cometido una transgresión. En el más extremo de los casos, serán sus padres o tutores quienes tendrán la responsabilidad de responder por los daños o perjuicios cometidos por los chicos a su cargo.

Para sorpresa de todos, el mundo exterior no solo ha decidido ejercer su influencia nefasta en el ámbito de los chicos. Paradójicamente, el displacer, en este caso simbolizado en la naturaleza, también se ha instalado en el jardín. La descomunal permanencia del crudo invierno tensiona y preocupa a El Gigante Egoísta. La naturaleza se ha revelado y establecido que en aquel ParaísoEl Viento Polar, El Granizo, La Escarcha y La Nievehan de permanecer allí por largo tiempo. De todos modos, a pesar de que estos elementos son portadores de displacer, El Gigante no siente culpa, re­mordimiento ni responsabilidad por lo que está sucediendo. Hasta aquí, no ha advertido la impe­riosa necesidad de tener que producir cambios conductuales, cambios en su esquema referencial (Adamson & Sapia, 2013), que posibiliten el restablecimiento del paraíso que ha perdido. No se verifica en él ningún tipo de tensión entre el «yo» y el «ello». Su controlador del «yo», el «Super­yo», no lo censura. De ahí su absoluto convencimiento de que todos han de coincidir con él en que está en lo correcto. Así, lo oímos decir: «—Mi jardín es mío, es mi jardín —dijo el Gigante— eso lo entiende cualquiera, y no permitiré que nadie juegue en él, sólo yo podré hacerlo». En el original, “My own garden is my own garden.”

(2) Las relaciones vinculares con otros humanos

El gigante egoísta

El gigante egoísta tiene capacidad de amar pero cercenada en sus alcances. Ama solo las cosas que un sistema político le asegura como pertenecientes al ámbito de la propiedad privada. De ahí que el narrador omnisciente concluya en que aquel «Era un Gigante muy egoísta». El intensifica­dor «muy» prefigura la fuente seminal de una realidad que no favorece a nadie, ni a los chicos ni a El Gigante. La pulsión de muerte ha desplazadoa la pulsión de vida de un espacio en el que la ho­meostasis constituía su valor ingénito.

En realidad, el comportamiento de El Gigante lo muestra como un ser egoístayno social a la vez. Un ser que rechaza la esencia de la naturaleza humana, la de establecer relaciones vinculares con otros. Ha olvidadoque el hombre sólo podrá construirse como tal en función de su identidad de ser socialdentro del capital cultural que lo define. El hombre aislado, sin vida social, afirma Gladys Adamson (2014), no ha de superar el estado de animalidad. Tal vez, en este caso, la génesis de semejante comportamiento esté sostenida por su estrecha afinidad con un sistema político que la sugiere o facilita. Según Lacán (1972) el falso discurso del mundo capitalista empuja al individuo a la negación de la falta y al alejamiento de los lazos con otros.

Los chicos

El comportamiento de los chicos acentúa el contraste psicosocial y sociodinámico, entre actitud egocentrista en soledad y actitud de pertenencia y pertinencia grupal. Los chicos, sin advertirlo conscientemente, han reconocido la necesidad de pertenencia que demanda la identidad del ser humano. Diariamente, en grupo, se alejan de la escuela y, también sin advertirlo, grupalmente con­tinúan su proceso de aprendizaje operativo a partir de un fructífero intercambio dialéctico. Si esta estructura se rompe, el proceso de comunicación se paraliza y, consecuentemente, el de aprendiza­je, también.

(3) El cuerpo

Si bien el displacer se instala a partir de la intimidante ley que impuso El Gigante, su cuerpo an­tinatural, transgresor de las leyes de la naturaleza, también aporta su dosis amenazadora. Su gi­gantesco egoísmo, anexado a su rasgofísico diferenciador, lo aleja de una actitud empática saluda­ble y, asimismo, del placer de las relaciones humanas. En realidad, lo marca y estigmatiza. Al igual que todo yo, el suyo no puede sino habitar en su propio espacio corporal, donde toda estructura psíquica encuentra su morada. Siguiendo la tipificación de los estigmas de Eving Goffman (2006), podría ubicárselo en los dos primeros de los tres tipos que propone, en el de las «abominaciones del cuerpo» y en el de «los defectos del carácter del individuo». El de las «abominaciones del cuer­po» establece conexiones directas con las deformidades físicas, con el gigantismo en este caso. El de los «defectos del carácter del individuo», con las actitudes conductuales en extremo tiránicas, aquí un apasionado egoísmo. Sin embargo, para alegría de todos, se comprueba que un lazo vincu­lar establecido sobre la base del amor logra que El Gigante Egoísta se despoje del atributo estigmati­zante que lo estereotipaba y desacreditaba. Su esquema referencial ha producido desplazamientos, cambiosradicales que permiten la expresión de su esencia humana. Ahora disfruta del placer de jugar con otros y de su compañía. Pero como el ciclo de homeostasis no ha de durar largo tiempo, una tarde los chicos entran en el jardín y descubren que El Gigante ha muerto. Sin embargo, no es el cuerpo sin vida lo que ven: flores blancas de un duraznero, de color perla según la descripción de principio del relato, ocultan la marca estigmatizante en su totalidad.

Traducción del cuento The Selfish Giant de Oscar Wilde.

El gigante egoísta de Oscar Wilde. Versión: Raúl E. Narváez.

Todas las tardes, al volver de la escuela, los chicos iban a jugar en el jardín del Gigante.

Era un jardín grande y encantador, con suave césped verde. Acá y allá, por entre el césped, se er­guían hermosas flores como estrellas y había doce durazneros que en primavera se cubrían de de­licadas flores rosadas y de color perla, y en otoño daban rica fruta. Los pájaros descansaban en los árboles y cantaban con tanta dulzura que los chicos solían detener sus juegos para escucharlos.

—Qué felices somos aquí —se decían a gritos.

Pero un día el Gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo el Ogro de Cornualles y se había quedado con él durante siete años. Pasados los siete años y habiendo dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, decidió regresar a su castillo. Cuando llegó vio a los chi­cos jugando en su jardín.

—Qué hacen aquí —les gritó con voz muy ronca y los chicos, a toda carrera, abandonaron el lugar.

—Mi jardín es mío, es mi jardín —dijo el Gigante— eso lo entiende cualquiera, y no voy a permitir que nadie juegue en él, sólo yo podré hacerlo.

Así que levantó un alto muro para cercarlo y colocó un cartel.

LOS TRANSGRESORES

SERÁN

ENJUICIADOS

Era un Gigante muy egoísta.

Los pobres chicos no tenían dónde jugar ahora. Trataron de jugar en el camino, pero en el ca­mino había tanto polvo y tantas piedras duras que no les gustó. Con frecuencia, después de las clases, rondaban por las cercanías de las altas paredes y hablaban del hermoso jardín que había dentro.

—¡Qué felices éramos ahí! —se decían unos a otros.

Luego llegó La Primavera, y toda la región se pobló de florcitas y pajaritos. Sólo en el jardín del Gigante Egoísta todavía seguía El Invierno. A los pájaros no les interesaba cantar en él porque no había chicos y los árboles se olvidaron de florecer. Una vez, una hermosa flor asomó su cabeza por entre el césped, pero cuando vio el cartel sintió tanta pena por los chicos que se deslizó nuevamen­te dentro de la tierra y se puso a dormir. Las únicas que estaban contentas eran La Nieve y La Es­carcha.

—La Primavera ha olvidado este jardín, —gritaron—así que viviremos aquí todo el año.

La Nieve cubrió el césped con su enorme capa blanca y La Escarcha pintó de plata todos los árbo­les. Luego invitaron a El Viento Polar a que viniera a quedarse con ellas, y El Viento Polar vino. Estaba envuelto en pieles y rugía todo el día por el jardín y derribaba los tubos de las chimeneas con sus ráfagas.

—Éste es un lugar delicioso —dijo— debemos pedirle a El Granizo que nos visite.

Y El Granizo vino. Todos los días, durante tres horas, repicaba en el techo del castillo hasta que rompió casi todas las tejas, y luego rondaba y rondaba por el jardín lo más rápido que podía. Esta­ba vestido de gris y su aliento era como de hielo.

—No entiendo por qué tarda tanto en llegar La Primavera —dijo el Gigante Egoísta que, sentado a su ventana, contemplaba su blanco y frío jardín. —Espero que haya un cambio en el tiempo. Pero La Pri­mavera nunca llegó, ni tampoco El Verano. El Otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín de El Gigante Egoísta no le dio ninguno.

—Es demasiado egoísta —dijo.

Por eso siempre era invierno allí, y E1 Viento Polar y El Granizo y La Escarcha y La Nieve bailaban por entre los árboles.

Una mañana, el Gigante estaba en su cama despierto cuando oyó una encantadora música. Sona­ba tan dulce a sus oídos que pensó que debían ser los músicos del Rey que pasaban por el lugar. En realidad, era un pequeño jilguero que cantaba en la ventana, pero había pasado tanto tiempo desde que oyera el canto de un pájaro en su jardín que le pareció la música más hermosa del mun­do. Entonces, El Granizo dejó de bailar por encima de su cabeza y El Viento Polar cesó de rugir y un delicioso perfume llegó hasta él por la ventana abierta.

—Creo que por fin ha llegado La Primavera —dijo el Gigante; y saltó de la cama y se asomó a mirar.

¿Y qué vio?

Vio una escena realmente maravillosa. Arrastrándose a través de una pequeña abertura en el mu­ro, los chicos habían entrado en el jardín y ahora estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol que veía había un chiquito. Y los árboles estaban tan contentos con el regreso de los chicos que se habían cubierto de flores y con suavidad mecían los brazos por encima de las cabezas de los chicos. Los pájaros revoleteaban por todas partes y trinaban con deleite y las flores, ergui­das, sonreían por entre el césped verde. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón seguía to­davía El invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y en él permanecía de pie un chiquito. Era tan pequeño que no lograba alcanzar las ramas del árbol y daba vueltas a su alrededor, llorando con amargura. El pobre árbol estaba aún cubierto de escarcha y de nieve y El Viento Polar soplaba y rugía por encima de él.

—¡Subite, chico! —dijo el árbol— e inclinó sus ramas lo más bajo que pudo, pero el chico era muy pequeño.

Y el corazón del Gigante se ablandó al ver esta escena. “¡Qué egoísta he sido! —dijo. —Ahora sé por qué La Primavera no quería venir.

En realidad, estaba muy apenado por lo que había hecho.

Entonces, sigilosamente, bajó por las escaleras y abrió la puerta del frente con mucha suavidad y salió al jardín. Pero cuando los chicos lo vieron se asustaron tanto que se alejaron corriendo y El Inviernoocupó el jardín nuevamente. Sólo el pequeño muchachito no corrió porque sus ojos esta­ban tan llenos de lágrimas que no vio que El Gigante se le acercaba. Y El Gigante, sin hacer ruido, se le acercó por detrás y lo puso suavemente en su mano y lo colocó en la copa del árbol. Y el árbol, al instante, se cubrió de flores y los pájaros vinieron y se pusieron a cantar en él y el muchachito tendió los dos brazos y los arrojó al cuello de El Gigante y lo besó. Y los otros chicos, cuando vie­ron que El Gigante había dejado de ser malo, regresaron corriendo y con ellos volvió La Primavera.

Este jardín es de ustedes ahora, chicos —dijo el Gigante y tomó una enorme hacha y derribó el mu­ro. Y cuando la gente se dirigía al mercado a las doce vio al Gigante jugando con los chicos en el jardín más hermoso que hayan visto alguna vez.

Jugaban todo el día y al atardecer se acercaban al Gigante para despedirse de él.

—¿Pero dónde estás compañerito de ustedes —dijo— el muchachito que puse en el árbol?

El Gigante lo quería mucho porque lo había besado.

—No sabemos —respondieron los chicos—. Se fue.

—Díganle que venga mañana — dijo el Gigante. Pero los chicos dijeron que no queno sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes; y El Gigante se sintió muy triste. Todas las tardes, después de las clases, los chicos iban a jugar con el Gigante. Pero al muchachito que el Gigante amaba tanto nunca se lo volvió a ver. El Gigante era muy amable con todos los chicos, pero aun así, siempre anhelaba poder ver a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

—¡Cómo me gustaría verlo! —decía.

Pasaron los años y el Gigante se volvió viejo y débil. Como ya no podía jugar más, se sentaba en su enorme sillón y contemplaba a los chicos que jugaban y admiraba su jardín.

—Tengo muchas flores —dijo— pero los chicos son las flores más hermosas de todas.

Una mañana de invierno, mientras se vestía, miró hacia afuera por la ventana. No odiaba al in­vierno ahora, pues sabía que sólo era el sueño de La Primavera, y que las flores estaban descan­sando. De pronto, se restregó los ojos maravillado, y miró y miró. Era un espectáculo maravilloso. En el rincón más apartado del jardín había un árbol totalmente cubierto de encantadoras flores blancas. Sus ramas eran de oro y de ellas pendían frutos de plata y parado debajo de él se encon­traba el muchachito que había amado.

Corriendo bajó las escaleras desbordantes de alegría y salió al jardín. A toda prisa caminó por el césped y se acercó al niño. Y cuando estuvo junto a él su rostro se enrojeció de enojo y dijo:

—¿Quién se ha atrevido a herirte? Pues en las palmas de las manos del niño se veían las marcas de dos clavos y las marcas de dos clavos se veían en sus piecitos.

—¿Quién se ha atrevido a herirte? —gritó el Gigante— decímelo para que tome mi enorme espada y le dé muerte.

¡No!— respondió el niño—. Éstas son sólo las heridas del Amor.

—¿Quién sos? — dijo el Gigante y un extraño temor cayó sobre él y se arrodilló ante el niñito.

Y el niño sonrió al Gigante y le dijo:

—Una vez me permitiste jugar en tu jardín, hoy vas a venir conmigo a mi jardín, que esel Paraíso.

Y cuando los niños entraron corriendo aquella tarde, encontraron al Gigante que yacía muerto al pie del árbol, todo cubierto de flores blancas.

Referencias

Adamson, G. (2014). La psicología social de Pichon Rivière. Buenos Aires: Lugar Editorial S. A.

Adamson, G. & Sapia, P. (2013). Psicología Social para principiantes, Buenos Aires: Era Naciente.

Buchbinder, M. J. (1993). Poética del desenmascaramiento. Buenos Aires: Editorial Planeta.

Freud, S. (2017). Más allá del principio del placer. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1992). El malestar de la cultura. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Goffman, E. (2006). Estigma: la identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu.

Lacan, J. (1972, mayo). “Del discurso psicoanalítico”. Presentado en una conferencia llevada a cabo en Milán, Italia.

Winnicott, D. W. (2003). Realidad y Juego. España: Ed. Gedisa, S.A.

Notes

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* Doctor en Lenguas Modernas con Especialidad en Lengua Inglesa por la Universidad del Salvador (USAL); Traductor Público en Idioma Inglés por la Universidad de Buenos Aires (UBA); Profesor en Inglés por el Instituto Superior «Jesús María» (A-85). Correo electrónico: ranarvaez1945@gmail.com

Ideas, V, 5 (2019), pp. 1-6

© Universidad del Salvador. Escuela de Lenguas Modernas. Instituto de Investigación en Lenguas Modernas. ISSN 2469-0899

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