Estudiar las huellas

Huellas en Papel VII / No.12 (2019)


“Se nos ha olvidado cómo viajar”

El prólogo pensativo de El camino de los siete lagos1

El libro Die Fahrt zu den sieben Seen (El camino de los siete lagos) de Werner Hoffmann está dedicado al protector del viaje por los siete lagos de la Patagonia de Argentina. Se compone de siete capítulos y comienza con un Prólogo pensativo. Este breve texto es interesante por varios motivos. En principio, el sentido espiritual que Hoffmann observaba en el hecho de viajar siempre que nos alejemos de la actitud del turista: quien se marcha de su casa, al fin se encuentra a sí mismo, nos dice. Luego, la invitación a viajar para abandonar las costumbres de la vida burguesa, es difícil dejar la zona de confort acostumbrada. Asombra además que en el año en que se publica el libro (1945), una época aún sin Internet ni telefonía móvil, afirme que la sobreexcitación de los sentidos ha producido un alma aburrida, incapaz de percibir el delicado follaje de un algarrobo. Hoffmann interpela a un lector que ya lo ha visto todo en un documental, diciéndole que la vida y su disfrute se encuentra en la realidad, no en la imagen: “¡Duerme sobre la tierra, toma el agua, su sangre; como los que comen los pastores o los leñadores!” Aquí la traducción de Ruth Schwittay del prólogo completo2.

Prólogo pensativo

Es extraño, pero se nos ha olvidado cómo viajar. El joven artesano en su peregrinar aún lo sabía; veía tantas cosas en el camino rural entre dos aldeas como el viajero de Cook en su expedición alrededor del mundo.

De que ya no sepamos viajar se debe principalmente a que nuestros sentidos están sobrealimentados; por ello, el alma ya no desfallece de hambre y de sed; está entumecida, aburrida, sobreexcitada.

Ya hemos visto el Himalaya en una película documental, ¿qué tendrá para decirnos ese montículo que ahora tenemos delante de nosotros? Ya conocimos el mar por medio de innumerables filmaciones: ¿quién se va a asustar frente a su inmensidad, cuando lo enfrentamos en la realidad? Sabemos todo sobre el país al que viajamos: ¿para qué servirá que observemos por nosotros mismos? Habrá aplicados que verificarán si lo que se menciona en los libros y en los informes realmente existe; la persona promedio lo creerá a pie juntillas sin confirmar nada.

Ciertamente, nuestro sentido de la realidad está desapareciendo: el paisaje que se ve por la ventanilla del tren pasa como una filmina: no logramos percibir allí el árbol, allá la casa. Nuestros ojos están apagados, las sensaciones sobresaturadas. El algarrobo nos muestra en vano su delicado follaje, la cabaña a la vera del camino, inadvertida, nos cuenta su historia de la lucha de los habitantes por el pan de cada día. Incluso el ser humano allí es solo una sombra para nosotros, nadie trata de leer su destino en el rostro.

Todo es chato, sin profundidad, sin una tercera dimensión, sin un trasfondo con sentido espiritual.

A ello se agrega algo más: nuestra tendencia a la comodidad. Es difícil dejar la zona de confort acostumbrada. Por lo tanto, cuando viajamos arrastramos nuestra casa en la espalda cual caracol. Nuestros barcos son hoteles flotantes, nuestro compartimento en el coche-cama es una habitación pequeña: no vivimos, comemos ni dormimos muy diferente durante el “veraneo” que en nuestro hogar.

Todas las características particulares se desdibujan: el “turista” vive en Río de la misma manera que en Sídney o en la Ciudad del Cabo, “Copacabana” o el “Ritz” son solo sucursales de la misma agencia. Apenas algunos raídos boliches conservan su color y su peculiaridad...

De esta manera, a lo sumo un pobre diablo tendrá aún la oportunidad de experimentar algo en el camino; un millonario mejor se queda en casa.

Uno casi comienza a creer en una justicia compensatoria.

Los que mejor saben cómo viajar aún son nuestros niños, simplemente con una lona para carpa y una mochila. Ellos cumplen el primer mandamiento de todos los viajeros: ¡Muévete por tu propia fuerza! Solo que para el guía el orden de marcha no debe pasar a ser más importante que el paisaje por el cual está marchando.

Solo inténtalo una vez y conquista tu objetivo por ti mismo, en lugar de usar un vehículo económico. Te sorprenderá cómo tu entorno va tomando forma: el árbol estira sus manos hacia ti y la casa comienza a hablar, te encuentras con seres humanos reales.

¡Duerme sobre la tierra, toma el agua, su sangre; come lo que comen los pastores o los leñadores! Olvida lo que sabes, no veas las rocas frente a ti como un ejemplo de la erosión del período glaciar, no quieras alegrar a tus compañeros con una sabiduría desabrida, conviértete en ojos y deja de ser autómata.

Es cierto que tienes que entender una cosa más: dejarte a ti mismo en casa. Quien lleve sus preocupaciones y esperanzas al viaje, tiene una venda ante los ojos. Sólo quien se deja absorber por el momento se entera de lo que pasa.

Y debes ser un espejo del mundo, no un cristal enturbiado, empañado por el aliento del pasado y cegado por las preocupaciones respecto del qué vendrá, no, más bien sé tan fresco y brillante como este lago ante ti, en el que se baña el sol.

Solo en una cosa no podrás escapar de ti mismo: lo que absorbas y reflejes siempre será tu trabajo. De la calidad del vidrio dependerá la claridad de la imagen; el marco solo lo completa.

Así es que quien se marcha de su casa, al final se encuentra a sí mismo, enriquecido y madurado por la experiencia del mundo.

Porque todos los caminos que puedas recorrer llevan en círculo, y todo viaje tiene en mente el regreso a casa.

1 Hoffmann, W. (1945). Die Fahrt zu den sieben Seen. Buenos Aires, Argentina: Die Brücke. En Biblioteca Histórica HOFFMANN E11-CU4.1.

2En todo el libro aparecen observaciones sobre las características de la vida porteña en particular, y la Argentina en general. De este modo, Hoffmann (1945) afirma que los porteños tienen una imagen distorsionada del hombre del interior de país, quienes “Bis vorkurzemwar die Vorstellung des Durchschnitts porteños vom ‘Hinterland’ eine Mischungaus Martín Fierro, Segundo Sombra und Molina Campos” [Son vistos por aquellos como una mezcla de Martín Fierro, Segundo Sombra y Molina Campos] (p. 12); y que “Argentinien ist kein Land im europäischen Sinn –es umschliesst eine Welt” [Argentina no es un país en el sentido europeo, ella encierra un mundo] (p. 13).

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