Notas de vida

Huellas en Papel VII / No.12 (2019)


Lado A

Werner Hoffmann

I – Correr, inicio del periplo

Esa tarde bordeó el río corriendo. ¿Sería un niño de cinco o seis años? Corre. Juega y se cae. Se ensucia, se pierde en la tierra de Strehlen. Cielo y viñedos. Como en todo niño, su juego esconde una verdad fecunda. Juega seriamente, no corre al azar. Busca, se aleja del Ohle y se pierde. Más tarde lo escribirá en un cuento: el borde del río, los molineros que lo reconocen y auxilian, el regreso con las tías–maestras–madres. Pero antes de la ¿ficción? de la escritura, cuando a los doce años vea por primera vez a Hulda, su madre, Werner volverá a echar la misma búsqueda al centro del corazón. ¿Cómo componer el primer sonido e imagen de los padres? Una certeza: un niño muy pequeño para una distancia grande. Lejos de Silesia, en África, Hulda Müller y el pastor protestante George Hoffmann realizan su misión. Duala puede ser solamente un nombre y no un lugar, un repique de campanas resonando a infancia: hay mucha distancia y hay también mucho tiempo para esa distancia. El pequeño Werner nació en la entonces Alemania unificada. Después del parto, Hulda y George regresan a Camerún donde permanecerían por cincuenta años en el centro misional.

II – Otros extravíos: letra y música

Todavía las ramas sacudían la danza de los pájaros, cuando quedó ovillado al brote, en el final del fragor de un ala. La naturaleza carga con la música del mundo, y se agolpó a sus dedos enlazados a un piano. Werner bebió muy tempranamente el ritmo que se jugaba entre el cielo y la tierra de Strehlen. El ruido de la infancia nunca se pierde, pero se extravía en cada anochecer. Entonces entregó su mundo interno a la letra y la música. Juventud universitaria en Alemania y Francia. ¿La cisura original que todos llevamos dentro se derrama en el lenguaje? La cotidianeidad irrumpe: a veces los Reichsmark se conseguían con clases de griego o latín; a veces era el trueque, un poco de azúcar, un cuarto de libra de café por una hora de enseñanza. Otra opción para un estudiante con una economía endeble en la década de los 20, ya sea en Breslau, Würzburg o París: tocar el piano en los cinematógrafos.

III – Dar el salto

Todo escritor sabe que morirá pobre. Escribe y sueña que pinta el color de las mañanas. Pone las letras una a una sobre el blanco. Las escribe. Apenas tiene algún cuaderno pequeño como mañanas blancas, uvas, la música del árbol. Un escritor huye de los equívocos que muelen el blanco color de la mañana. Cuando el nazismo llegó a Alemania, Werner se marchó de su patria. China podía ser un lugar. China era lo suficientemente lejos para dar el salto hacia la vida. Solo quiere dar el salto. Cruzar los dispensarios, alejarse de los argumentos de las razas. Hoffmann va hacia el salto, hacia la mañana sin las etnias. Se sueña libre o lo que es el mismo sueño, ve que correr por el mundo una sola sangre, un solo rasgo de familia.

Pero ya no había lugar, no había ninguna plaza para migrar a China.

Entonces fue América el lugar donde Werner pudo desentenderse del lastre de las razas.

IV – Conocer América

El continente del sol lo recibió para entregarle aquello que le es propio: la enseñanza del fruto. Ya había aprendido del cielo de Strehlen que solo se puede dar lo que se posee, entonces Argentina fue un suelo fértil en el que se multiplicó en las letras, la música, el teatro. Enseñó, escribió, investigó, fue pianista y conoció, finalmente, el rostro, el idioma y los sonidos de la raza de la piel de bronce. Disponible para la vida, dio letra, música y gajo, Juan Miguel Hoffmann nació a sus treinta y cuatro años. Esta vez padre e hijo nunca se separaron.

Una y otra vez el Cuaderno No. 2 buscará un equilibrio entre las formas curvas y la letra, ya sea que dichas formas refieran a un pie, la cabeza de un pelado o un rollo de papel higiénico. Una gran torta irrumpe en la h.[5], la torta está adornada con pequeñas manos y perfiles femeninos, siguen decorados semicirculares, aparece abundante, apetitosa e invasiva. El texto que la acompaña se distribuye, otra vez, en diálogo armónico con el dibujo para independizarla como ser animado y decir que la torta irrumpe sobre el yo, faltándole el respeto: “se pone en mi territorio”, dice el escritor-dibujante.

V – Andar con los jesuitas

Jesuitas alemanes en Argentina, en Bolivia, en Paraguay, en Chile. Misionar, fundar y escribir. Enseñar. El cruce de tres idiomas, el alemán, el guaraní y el español para comprender un tramo de la historia americana y europea. Unos hombres que viajan, y otros que los reciben en su tierra. Viajeros que escriben. Werner Hoffmann dedicó gran parte de su vida intelectual a comprender el gesto de la vida indígena, y a traducir la letra de jesuitas alemanes que lo antecedieron en uno de los encuentros más sensibles de la historia universal: el encuentro de América con Europa. Ir tras las huellas de otros hombres es ir tras la propia huella.
En el fondo de todo no estoy yo, sino que estamos nosotros.(Rodolfo Kusch)

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