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Los hermanos Finochietto o la continuidad de un legado

Enrique Finochietto y el espíritu de su tiempo

En su primer viaje a Europa, Enrique Finochietto encuentra que los tres procesos de vanguardia usados en cirugía eran la asepsia, la anestesia y el diagnóstico por imágenes. A su regreso a Buenos Aires, los puso al servicio de aquellos pacientes que tuvieran que entrar a un quirófano. Referiré algunos aspectos sobre ellos:

Asepsia

El ácido fénico como antiséptico había sido implementado en Argentina, por Manuel Montes de Oca, quien lo hacía vaporizar en quirófanos, ropas, vendas y pacientes. Los métodos de asepsia también los utilizó con éxito el Dr. Ignacio Pirovano, quien había estudiado en Europa con Claude Bernard e incluso con el propio Pasteur. En esos años existía la costumbre de hervir las prendas del equipo de cirujanos. Aún no se había inventado el autoclave1, que lo impondría más adelante Charles Chamberland, ayudante de Louis Pasteur.

El excelente cirujano y prócer médico Ignacio Pirovano tuvo el valor de operar sin saco y corbata, costumbre muy arraigada en aquellos años, y además impuso la costumbre de operar con camisa arremangada y brazos al aire. Finochietto en cambio y al decir de Daniel Cranwell (1944):

[…] se lavaba los brazos con prolijidad en lavatorios de agua corriente, y sumergía repetidas veces sus manos en palanganas que contenían soluciones de bicloruro de mercurio. El Dr. Enrique Finochietto participó de las últimas técnicas para evitar infecciones: la ropa sacada desde un esterilizador, el exhaustivo lavado de manos y uñas con jabón, el rociado de ácido fénico en el cuerpo del paciente antes de las incisiones, y una vez finalizada la operación el pincelado fénico de suturas y vendajes.

Anestesia

En la primera película que se filmó en Argentina, se lo ve al Dr. Alejandro Posadas junto a su ayudante el Sr. Rocatagliatta, volcando una dosis de cloroformo sobre un trapo que taponaba la nariz del paciente a operar. Tres años después, en el Hospital Rawson de Buenos Aires en el año 1900, el Dr. José Sabatini defendió su tesis doctoral con el tema Anestesia por inyección subaracnoidea de cocaína y en 1901, el Dr. Bartolomé Podestá, defendió su tesis Las inyecciones de cocaína en la aracnoides lumbar y su aplicación en 195 operaciones. A diferencia de estos médicos precursores en anestesia, Enrique Finochietto introdujo en 1910 los aparatos vaporizadores de éter para anestesiar, llamados de Ombredanne o de Junker. Con Enrique la anestesia estaba en manos de enfermeras o de hermanas de la caridad, y no en médicos. Finochietto personalmente supervisaba su uso, haciendo altos o haciendo supresión del anestésico, según conviniera en cada caso. Esto aconteció hasta el año 1921, cuando se inauguró el Primer Curso de Anestesiología que estuvo a cargo del Dr. José Arce, el que diera origen a la Escuela de Especialistas en Anestesia con sede en la Facultad de Ciencias Médicas.

Rayos X

El Dr. Jaime R. Costa fue consignado en 1893 Profesor Titular de la Cátedra de Física Médica, y graduado con medalla de oro, se animó a enseñar Electricidad en Física. Luego del descubrimiento de los Rayos X, el Dr. Costa se hizo cargo en 1898 de la materia Radiología, apenas un año después que Röentgen los descubriera. Costa efectuó las primeras radiografías que se sacaron en nuestro país. Pero la gran novedad fue que, entre los años 1905 y 1910, Finochietto obligó a que cada paciente entrara al quirófano totalmente acostado sobre una camilla, portando sobre el cuerpo su placa de rayos x.

 

Ricardo Finochietto según sus colegas

Los días sábados por la mañana, ateneos clínico-quirúrgicos y discusión de diagnósticos. En la Escuela Quirúrgica para Graduados
se formaron en su primer año 2215 médicos. Ricardo fue tan exigente como Enrique.

Algunos discípulos asistentes a esos cursos dejaron comentarios
sobre la estampa de Ricardo. Dijo el Dr. Kaplan (1993):

de piel morena aceitunada, sus ojos chispeantes resaltaban en su rostro firme y alargado. Tenía los labios finos, la nariz aguileña, la frente amplia y el cabello lacio y renegrido. Su sola presencia intimidaba. Podía percibir las más ocultas intenciones y captaba todos los detalles de cuanto sucedía alrededor. Siempre usaba sobre el guardapolvo un delantal de cocinero con un bolsillo ancho en el medio donde guardaba papeles que sobraban de otros usos y lápices para hacer dibujos y anotaciones que entregaba a sus colaboradores con sugerencias, órdenes o bibliografía que debían consultar.

Otra interesante manifestación fue la del Dr. Rabinovich, referido por Buzzi y Pérgola (1995): “…a todas sus características se le agregaba una fortaleza física que jamás vi decaer ni por un instante que, como contrapartida, nos obligaba a los jóvenes a sacarla de donde pudiéramos, para tratar de igualarlo”.

También recuerdo que en el proceso de creación del Museo de la Anestesia, el Dr. González Varela me comentó:

… éramos convocados a cualquier hora del día. Salíamos del quirófano, y ya vestidos de calle, teníamos que esperarlo,
porque todo su equipo, aún yo que no era cirujano, lo acompañábamos a visitar las camas del Pabellón IX del Rawson. El ordenanza encendía las luces fuere la hora que fuere, y mi maestro hacía escuela preguntando a cada paciente sobre su evolución. Él, nos mostraba que recordaba caso por caso, pues Finochietto estaba convencido de que si el paciente era visitado por su propio cirujano, adquiría una autoestima que lo llevaba a una pronta mejoría.

Enrique dejó sus conocimientos fundidos en el bisturí de Ricardo; ambos Finochietto todavía viven en los quirófanos de Argentina gracias a las manos de sus discípulos. Yo misma clasifiqué 55.000 documentos de la Historia de la Ciencia de nuestro país, descubriendo a los llamados “Hombres de Houssay” y a los “Herederos de los Finochietto”, estos últimos profesionales eximios que moldearon en nuestro país a los formadores de formadores en el arte de operar.
Lic. Amalia Frontini

 

1Aparato que sirve para esterilizar objetos y sustancias situados en su interior, por medio de vapor y altas temperaturas. (N. de la Ed.)

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