Sobre el diseño de tapa y contratapa

Comentarios críticos, por la Lic. Yamila Bêgné

El cuaderno y el libro
O de cómo escribir dos veces

Sobre Notas de viaje, de Nicolás Repetto1

Un cuaderno de clase es un pequeño mundo profundo. Amplio, heterogéneo, desordenado u ordenado, puede contener de todo. Y de todo es de todo. Desde lo más esperable en un apunte tomado durante una clase, como fechas, definiciones, dibujos o resultados, hasta detalles menos concretos, como notas personales, listas imposibles y apreciaciones emotivas. Todo tiene sentido y todo hace sistema. Esto es porque un cuaderno de clase puede pensarse como dos cosas a la vez. Por un lado, es un representante de un género literario difuso, propedéutico, parecido en ese sentido al bosquejo en el ámbito de la plástica, o a las notas preliminares que se toman para un escrito futuro. Por otro lado, un cuaderno de apuntes es, precisamente, un cuaderno: un objeto presente, irreproducible, irrepetible. Esos dos sentidos, esas dos dimensiones, pueden leerse siempre en un cuaderno de clase. Y son esos dos planos los que aparecen, cruzándose todo el tiempo, enriqueciéndose el uno al otro, en Notas de viaje, de Nicolás Repetto. Son más de cuatrocientas páginas manuscritas y encuadernadas, a lo largo de las cuales Repetto da cuenta de las clases de perfeccionamiento en medicina a las que asistió en Europa, a fines del siglo XIX, entre fines de 1894 y 1897.

Así, como todo cuaderno de clase, el de Repetto nos abre a dos dimensiones: queremos entenderlo como el resultado de los apuntes tomados en el aprendizaje y, a la vez, queremos recorrerlo como objeto, mirar detenidamente sus hojas, apreciar los trazos variables de la pluma y de los lápices, ver de muy cerca los dibujos. Pero, como si no fuera suficiente tentación, el ejemplar nos tienta con muchas aristas más. Su título, en primer lugar: ¿por qué ponerle Notas de viaje a un volumen de apuntes de clase? También nos preguntamos cómo es que dicho volumen llegó donde llegó: a la biblioteca de los doctores Enrique y Ricardo Finochietto, que hoy forma parte de la Biblioteca y Archivo Históricos de la USAL. Y, claro está, queremos saber más acerca de todo lo que contiene el cuaderno, de todo lo que Repetto dejó apuntado allí: ¿qué aprendió Repetto en Francia, en Italia, en Alemania? ¿A quiénes conoció? Las preguntas, de a poco, se van corriendo desde el mundo de la realidad hacia el de la conjetura: ¿quiénes eran los pacientes que aparecen hoja tras hoja bajo denominaciones de caso, mencionados solo con su género, su edad y su patología? ¿Quiénes eran y qué habrá sido de ellos? Las preguntas, más tarde, vuelven a mutar y pasan del terreno de la conjetura hacia el terreno de la lectura y de la escritura: ¿cómo utilizará el mismo Repetto, años más tarde, su propio cuaderno de apuntes? Y, más en general, ¿qué usos tiene la propia escritura? Así de hondo e incierto y envolvente es este cuaderno de clases. El trazo está ahí, esta letra, esta mismísima letra, pertenece a Nicolás Repetto, el mismo que tiene una calle en Buenos Aires, el mismo que fue amigo de Juan B. Justo y que llegó a ser uno de los líderes del Partido Socialista.

Preparativos para el viaje

De los médicos, y sobre todo de los cirujanos, siempre nos sorprende la habilidad que tienen para desentenderse de lo brutal del cuerpo humano y, simplemente, con pericia y profesión, operar. El cuerpo, para un cirujano, se vuelve el ámbito de trabajo. Sobre el cuerpo anota, sobre el cuerpo estudia y sobre el cuerpo opera, cura. Ocurre, entonces, ese hábito del que siempre los no médicos nos sorprendemos. Se trata de un hábito que, no obstante, de hábito no tiene nada; en cambio, sale de un tipo de conocimiento específico, de un tipo de mirada clínica que ha sido analizada en su arqueología por Michel Foucault en su ya clásico libro El nacimiento de la clínica. Esa misma cercanía entre la práctica laboral y los cuerpos humanos salta a la vista en el cuaderno de clase de Repetto (1895), desde las primeras páginas: “Sutura continua del peritoneo con catgut, sutura continua con cutgut del plano y por último sutura de la piel, continua, pero la aguja no atravesaba por el espesor de la piel”, anota en una de las primeras entradas de su cuaderno, durante una práctica junto al doctor Pozzi, en Francia.

¿Cómo llegó Repetto a esta familiaridad de apunte con el cuerpo humano? Todo acostumbramiento, todo hábito, tiene una historia, y el trato familiar de Repetto con el cuerpo no es la excepción. La historia puede ser general: siguiendo la línea de la gran historia, podríamos comprobar los modos en que las descripciones clínicas de Repetto reflejan a la perfección el derrotero que señala Foucault para el desarrollo de la medicina como ciencia del hombre: cómo se va formando un lenguaje específico, cómo ese lenguaje va empezando a enunciar lo que antes no tenía modo de ser nombrado, el interior del cuerpo humano, sus patologías, cómo la anatomía hace de base hermenéutica para el saber médico y cómo la muerte va empezando a ser territorio de avance para un discurso. Todo eso podríamos comprobar en los apuntes de Repetto. Pero también hay otro tipo de historia, más chiquita, más mínima. Es la historia del hombre que toma apuntes todos los días, que intenta dibujar lo mejor que puede. Esa historia comienza mucho antes de que Repetto llegara a estar frente de las páginas de su cuaderno, en Europa.

Nació el 20 de octubre de 1871 y, de niño, vivió justo enfrente de Sarmiento, sobre la calle Cuyo. Luego de pasar por varios colegios, italianos, ingleses y religiosos, termina en el Colegio Nacional de Buenos Aires, y de allí pasa a la Facultad de Medicina de la UBA, en 1888. El viaje de perfeccionamiento por Europa, de algún modo, comienza a gestarse allí mismo. Comienza también en este punto el contacto de Repetto con el cuerpo humano, primero a través de las láminas del Tratado de Anatomía de Sappey, que estudia con afición. Luego a través de los huesos: el primero que le toca investigar a fondo, recuerda en su libro Mi paso por la medicina, es el hueso temporal, “que entre los doscientos ocho de que consta el esqueleto humano, resulta, para los estudiantes que se inician, el más duro de pelar” (Repetto, 1958, p. 12). Al final llega la prueba de fuego: los cuerpos muertos, los restos humanos. Él mismo se sorprende de lo rápido que ocurre la adaptación a ese mundo de carne concreta y es así que Repetto llega a estudiar en la cátedra de anatomía descriptiva. El acostumbramiento se hace eco en el lenguaje: “disecciones magníficas”, dirá más tarde, son las que presencia en ese marco; “aprovechamiento racional de los cadáveres” es lo que tienen que empezar a practicar los estudiantes para que todos tengan oportunidad de aprender anatomía. El imaginario literario nos lleva a pensar en el doctor Víctor Frankenstein que creó Mary Shelley, alucinado de emoción científica, encerrado en su laboratorio mientras ensaya la animación de su criatura. La emoción por el saber médico, por los vericuetos de la anatomía descriptiva, aparece en los años de formación de Repetto, según los recuerda él mismo en Mi paso por la medicina. Está la pasión aunque, claro, sin el elemento oscuro, apesadumbrado y fantástico que propone la novela de Shelley. Ya con el título en mano y todo el hábito en el cuerpo, en 1894 Repetto cruza el océano. Va a perfeccionarse a Francia, a Italia, a Alemania. Es allí donde nos reencontramos con Nicolás Repetto y donde Nicolás Repetto se encuentra con su cuaderno de clases.

Primera parada

Viernes 16 de noviembre.
En la pizarra estaban anunciadas para hoy dos laparotomías, pero no se practicó si no una por falta de tiempo. Pozzi vino al hospital muy tarde, 10.30 a.m. Nos mostró una enferma que había operado de un cáncer de la vagina (pared inferior) valiéndose de una incisión transversal en el periné. El tumor estaba localizado en la parte superior de la pared vaginal pero no invadía el cuello uterino. Después de haber extirpado la parte enferma, suturó la herida. (1895)

Las primeras entradas del cuaderno de Repetto lo ponen en escena en noviembre de 1894, recién llegado a Francia, junto al doctor Samuel Jean de Pozzi, en el Hospital Broca. Diez años antes, Pozzi había abierto la primera cátedra de ginecología en la Universidad de París: sabía de lo que estaba hablando. Aparte de haber sido un pionero en el ámbito de la ginecología, Pozzi fue uno de los primeros médicos en interesarse seriamente en los métodos antisépticos. Antropólogo, coleccionista y gran amigo de Marcel Proust: en el París de fines de siglo, Pozzi era tan conocido que la actriz Sarah Bernhardt no quiso que nadie más que él se ocupara de realizarle una operación.

Durante el mes de noviembre, Repetto toma apuntes y aprende en el servicio de Pozzi. Histerectomía abdominal, histerectomía vaginal, resección del ovario, colpo-cleisis: son las afecciones que ve tratar a Pozzi. La práctica, la experiencia junto al médico francés, funciona como tren para el aprendizaje:
Histerectomía vaginal. No conocía el caso y no sabía por qué la operaban; mujer de unos 60 años que yo suponía afectada de cáncer, pero que la pieza me demostró lo contrario. Hizo Pozzi una histerectomía vaginal clásica (…) examiné el útero y encontré un fibroma del tamaño de una nuez; había en el fondo del órgano dos pequeños fibromas. (1895)

Ya desde el inicio de su viaje, y ya desde el comienzo de su cuaderno, notamos el vínculo cercanísimo entre dos mundos: el de la práctica y el del aprendizaje. “Para que la experiencia clínica fuera posible como forma de conocimiento”, diría Foucault, “ha sido menester situar el lenguaje médico en este nivel, aparentemente muy superficial, pero, a decir verdad, muy profundamente arraigado, en el cual la fórmula de descripción es al mismo tiempo gesto de descubrimiento” (2001, p. 274).

A través de los apuntes de Repetto, entonces, tenemos acceso a una forma de aprender, ligada siempre a la experiencia directa, a la observación del maestro y a la mirada detenida, detallista al punto de la obsesión. Este modo de aprender necesita, para concretarse, de los apuntes de clase, que se convierten en una suerte de espejo de lo que sucede cada día. Se trata, también, de notas que replican el presente de la experiencia: “sería falso decir que no se puede hacer escritura con el Presente. Se puede escribir el Presente anotándolo, a medida que cae sobre nosotros o bajo nosotros (bajo nuestra mirada, bajo nuestra escucha)”, señala Roland Barthes (2005, p. 53) sobre la práctica del apunte. A la anotación y la descripción exhaustiva de cada uno de los procedimientos se suman, en el cuaderno de Repetto, figuras y dibujos que dejan todavía más en claro los pasos de la operación. Entre la realidad y el aprendizaje media la escritura.

Pero no solo de formas del aprendizaje nos habla el cuaderno de Repetto, sino también de modos de practicar la medicina. Es que a través de estas páginas llegamos también a intuir cómo Pozzi seguía de cerca la historia clínica de cada paciente. “Mujer de unos 30 años (…) Pozzi observó a esta mujer hace unos meses y comprobó la existencia de un tumor líquido (…) Hoy Pozzi la vuelve a examinar y constata que el tumor no existe más, pero en cambio el útero está en retroversión considerable” (1895). La transmisión de conocimiento parece cumplirse de manera ejemplar a lo largo de este primer mes. El 23 de noviembre, la última jornada con Pozzi como instructor, después de presenciar una histerectomía vaginal, Repetto anota en su cuaderno una impresión personal sobre los métodos del maestro. La anota y la subraya: “Yo no soy muy versado en cuestiones de ginecología pero el examen de la pieza extirpada me ha dejado la impresión de que sus lesiones no justificaban una intervención tan radical” (1895). Primum non nocere, parece estar pensando Repetto: la máxima hipocrática resuena. Imaginamos entonces a Repetto, un mes ya de experiencia bajo los ojos de Pozzi, un mes ya pasado en Francia. Lo imaginamos con ímpetu, con ganas, con entusiasmo: ¿qué otro impulso, si no el entusiasmo y la confianza, nos lleva a subrayar algo que acabamos de escribir?

Escribirse y releerse

¿Para qué tomar apuntes de algo que se está viviendo? ¿Y para qué subrayar lo que uno ha escrito? En el caso de Nicolás Repetto, la respuesta, en principio, parecería ser una sola: toma apuntes para dejar registro de lo aprendido, para poder, más tarde, bucear en los modos de las incisiones, en las puntadas de cada sutura, en el diagnóstico de cada afección y en los detalles de cada operación. Pero no es mero deseo de aprendizaje lo que lleva a alguien a tomar notas del presente. Jean-Jacques Rousseau tenía una respuesta que redoblaba la apuesta. “Los ocios de mis paseos diarios”, escribe en Las ensoñaciones del paseante solitario, “han estado a menudo llenos de contemplaciones deliciosas cuyo recuerdo lamento haber perdido. Fijaré mediante la escritura las que puedan venirme todavía; cada vez que las relea volverá a mí su disfrute” (1979, p. 33). Se toma nota del presente, entonces, no solo para dejar registro de un aprendizaje, sino también para tener, en el futuro, la posibilidad de releer. Es a partir de esa relectura que se puede volver a vivir, de algún modo, algo que vivimos y que quedó lejos, en el pasado.

Es exactamente eso lo que hace Nicolás Repetto con su cuaderno de apuntes. Años más tarde, en 1958, volverá a leer sus notas, que le servirán entonces de puntapié para el recuerdo. Y ese recuerdo, a su vez, se convertirá en impulso para volver a escribir, esta vez su libro Mi paso por la medicina. Dice allí, sesenta y cuatro años después del viaje que nos ocupa:

Durante mis visitas a clínicas y laboratorios europeos, yo tomaba
notas breves de cuanto me parecía interesante, notas que desarrollaba y asentaba luego en cuadernos y libretas de apuntes. (…) Estos cuadernos de apuntes, que me han prestado muchos servicios en mi carrera docente y profesional, me sirven hoy para revivir con bastante precisión el recuerdo de aquellas visitas y para suministrar ciertos datos que yo no habría podido ofrecer de otro modo. (1958, p. 105)

El círculo de vida y escritura se cierra sobre sí mismo, comiéndose la cola: escribir la vida, primero. Luego, releer los apuntes sobre la vida. Y, al final, volver a escribir. Vida, escritura, relectura, recuerdo, escritura.

La relectura y la reescritura muchas veces refuerzan lo que ya se había apuntado la primera vez: “Tuve la impresión de que también el servicio de Pozzi estaba pagando tributo al exceso de intervencionismo operatorio que había aparecido en todas partes (…) Yo vi practicar dos histerectomías vaginales sin que hubiera, a mi juicio, lesión suficiente que las justificara” (p. 104), anota Repetto en su libro de 1958, confirmando lo que él mismo había subrayado en su propia escritura, sesenta y cuatro años antes. Primum non nocere.

¿Cuaderno de clase o Notas de viaje?

Algo nos había intrigado desde la tapa misma del cuaderno de Repetto. ¿Por qué un cuaderno de clases fue archivado por él mismo bajo el título de Notas de viaje? Recorriendo de a una las páginas de sus apuntes, la pregunta se refuerza: casi no hay ninguna referencia concreta, en el cuaderno, a paseos o impresiones que excedan el ámbito de las clínicas. Sin embargo, es en el juego de las relecturas y las reescrituras que el mismo Repetto hizo de su cuaderno en Mi paso por la medicina que el género “notas de viaje” llega a ocurrir. Aparece allí, demorada, la descripción de París:

Las abundantes lluvias y las nevadas precoces del otoño habían presagiado un invierno excepcional. Y el presagio se cumplió (…) el hielo ponía una nota pintoresca en los árboles, las fuentes, las cascadas, lagos y arroyuelos de los bosques y paseos públicos. (…) El frío intensísimo, las nevadas abundantes y las lluvias frecuentes no habían reducido en lo más mínimo la intensidad y el brillo de aquel excepcional inverno parisiense. (1958, p. 107)

La relectura obra su magia de recuerdo en Repetto y, pasados los años, aparecen los trazos del viajero, de modo que los apuntes de clase, los recuerdos de esos ya viejos apuntes de clase, se unen ahora, en 1958, con un género, el relato o diario de viaje, que tiene entre sus filas a Cristóbal Colón, a los naturalistas viajeros del siglo XIX, como Darwin y Humboldt, a Stevenson, a Sarmiento, a Flaubert. La particularidad de Mi paso por la medicina consiste en hacer confluir las descripciones de prácticas quirúrgicas con las sensaciones ante la capital francesa, las reflexiones sobre la difteria con la imagen de los estudiantes de París y de las fiestas populares.

Mientras que el cuaderno de clase que Repetto produjo durante su viaje se concentra prolijamente en cuestiones de medicina, cirugía y química, su libro Mi paso por la medicina hace ingresar a ese mundo de médicos el mundo del viajero, uniendo ambos en un mismo escrito. ¿Qué pasó en el medio, además de muchos años? Conjeturamos una imagen: Repetto abre su viejo cuaderno de clase y se relee a sí mismo. Tenía veintitrés años cuando tomó esos apuntes; ahora tiene ochenta y siete. Estaba recién aprendiendo el oficio de médico, no había todavía regresado a Argentina, no se había todavía afiliado al Partido Socialista, no había fundado aún El Hogar Obrero, no había sido diputado todavía. Era solo un muchacho, debió pensar Repetto de sí mismo al releerse. Y el recuerdo viene con la relectura. Y con esa misma relectura, imaginamos, llega, al fin, la escritura del viaje: las ciudades, sus temperaturas, sus personas.

Se trata de un relato de viaje postergado durante muchos años, que encuentra su página después de mucho tiempo. Quizás las sensaciones se hayan ido macerando lentamente en el médico viajero, quizás solo de más grande puede Repetto volver a los momentos de ocio de ese su primer viaje, que habían sido puestos de lado, al principio, en su cuaderno, en privilegio de los apuntes clínicos que tomaba para aprender, para mejorar. Como quiera que haya sido, lo cierto es que algo de este cuaderno de clases estrictamente médico debe haber despertado los recuerdos de todo un viaje, ayudando a la memoria del ya viejo Repetto en la escritura del relato de viaje demorado.

Segunda parada

De repente, el cuaderno de clases de Repetto pega un salto temporal.
Estamos, de una página a otra, en 1896, un veinticinco de noviembre. Repetto se corregirá más tarde, en Mi paso por la medicina. Dirá allí que no, que es mediados del mes de abril de 1895: está llegando a Berna, Suiza. “Viniendo de París, claro está que Berna debía parecerme pequeña, pero la encontré también extraordinariamente pintoresca” (1958, p. 121), recuerda en su libro, años más tarde. Lo espera el doctor Theodor Kocher en el Inselspital, un hospital universitario cuidadosamente preparado para avanzar por los caminos del método aséptico. La sala de operaciones es de cristal y vidrio, el material esterilizado es muchísimo y se lo usa tanto como se puede, el instrumental se hierve en un diluido de carbonato de soda. Repetto está encantado: “Todo esto, metodizado, puesto rigurosamente en práctica a fines del siglo pasado, coloca al profesor Kocher entre los primeros cirujanos que comprendieron la esencia de la teoría de la asepsia y la aplicaron de una manera casi perfecta” (1958, p. 124).

La primera entrada de su cuaderno de clase en la clínica de Kocher pone a Repetto frente a un cáncer de estómago:

Hombre de 34 años, tumor muy voluminoso. En la laparotomía se encuentra cáncer píloro, con nódulos en el hígado y en el peritoneo. No hay dilatación del estómago. Kocher resuelve cerrar el vientre, pues le parece que no hay ni la indicación de una gastro-enterestomía. Muerto 8 o 10 días después operación; en la autopsia se ven voluminosos nódulos metásticos del hígado; el tumor del píloro era pequeño y no había gran estenosis. (1895).

Una muerte es el punto final de una historia clínica; una autopsia es el último procedimiento de diagnóstico, tardío, inútil. Pasada la jornada, llegan otros casos, abundantes. Seguirán un pie varus congénito en un muchacho de catorce años, un quiste ovárico en una mujer de cuarenta y tres años, un carcinoma de recto, una artritis tuberculosa, un carcinoma de mama, un doble tumor de cuello. Al frente, siempre, está Kocher; el mismo que, en 1906, todavía estará en Berna, cuando llegue a perfeccionarse junto a él Enrique Finochietto; el mismo que en 1909 iba a convertirse en el primer suizo en ganar un Premio Nobel, por su trabajo en patología de la glándula tiroides. Repetto lo retrata como un hombre de mucha energía, incansable para el trabajo y disciplinado. Las clases con él duraban una hora y cuarto; tenían lugar en un auditorio e incluían gráficos y dibujos. Después de la clase, Kocher se dedicaba a operar durante tres horas, entre las diez de la mañana y la una de la tarde. Mucho sabemos de este profesor suizo a partir de lo que Repetto escribe sobre él en Mi paso por la medicina: su modo sencillo de vida, su forma intensa de trabajar, sus maneras de examinar a los pacientes. Pero también podemos inferir muchas cosas de él a partir del cuaderno de clases de su alumno. Por ejemplo, intuimos el seguimiento detenido de los pacientes y sus historias clínicas. Luego de la descripción habitual del caso de carcinoma de recto, leemos un cambio en la tinta del cuaderno: hacia el final, Repetto pasa de la tinta al lápiz. No solo es un cambio de materialidad: Repetto agrega una nueva fecha y la leyenda “la enferma va bien”. El seguimiento del paciente que realizaba Kocher se ve así reflejado en el cuaderno de su alumno argentino.

Un cuaderno chiquito

Si uno está en ánimo de libre asociación y se le aparecen las palabras
“Berna”, “Suiza” y “Kocher” el resultado dará un out-put literario: Robert Walser. Walser (1999), escritor suizo, como Rousseau y como el fantástico Víctor Frankenstein; nacido en 1878 en el cantón de Berna. Escribió un hermoso libro pequeño que emula, o más que emular quiere directamente ser, un cuaderno de clases: Las composiciones de Fritz Kocher. La coincidencia de apellidos entre el personaje y el gran médico con quien Repetto aprendió durante más de un año es solamente eso, una coincidencia. Pero todo lo otro puede que no, porque llegar al librito de Walser arroja luz sobre qué es o qué puede llegar a ser un cuaderno de clases.

Se dice que de Walser, Kafka aprendió el amor por lo mínimo, por lo que quiere acercarse cada vez más a cero, a ser nada. Walter Benjamin (1986) dice de él que al escribir se ausenta. Hermann Hesse, en su prólogo a Las composiciones de Fritz Kocher, cita a Joseph Victor Widmann, crítico que habla de un modo de escribir sin prisa, sin énfasis. Hesse mismo dice que encuentra en este primer libro de Walser un verdadero amor hacia las cosas. El sujeto, en tanto sujeto pero también en tanto presencia cabal en los textos, parece ocultarse en el libro de Walser. El camuflaje perfecto lo otorga el género literario: un cuaderno de composiciones escolares se presenta como el medio ideal para pasar inadvertido, para que nadie venga a molestarnos, para querer ir acercándonos, de a poco, a ser lo menos posible. Así, de composición en composición, los temas escolares, “El otoño”, “Amistad”, “La profesión”, “Mi montaña”, van construyendo un espacio en el que el sujeto como entidad monolítica puede desaparecer lentamente.

Las mismas ganas de no aparecer como sujeto primario, importante, registramos en el cuaderno de clases de Nicolás Repetto. Vemos ese ocultamiento en los modos de escribir desde un utilitarismo destinado solo a la propia lectura. Repetto, por ejemplo, sustrae preposiciones, “En la laparotomía se encuentra cáncer píloro”, y cae en errores de ortografía sistemáticamente: la palabra “mujer”, cada vez, está escrita con “g”. Hay tachaduras, hay subrayados rápidos, hay cambios de página abruptos, hay dibujos improvisados: el cuaderno de Repetto es solo para Repetto. No está escrito para nadie más y en esa resignación de todo otro destinatario es que el cuaderno va encontrando algo que puede acercarse a una definición: es un lugar casi no lugar, es un escrito casi no escrito, son cientos de páginas manuscritas a lo largo de las cuales el sujeto le cede el lugar a su objeto. El yo personal queda tras bambalinas; el escenario es para su objeto de estudio y para la mirada médica.

Dice Walser (1999, p. 57) en “La composición escolar”, incluido en su libro:

Una composición tiene que ser escrita limpiamente y con letras legibles. Únicamente un mal escritor de composiciones se olvida de esforzarse por la claridad, tanto de los pensamientos como de la caligrafía. Primero, antes de escribir, hay que pensar (…) Descuidar puntos, comas y otros signos es un error que tiene que tener como consecuencia el desorden del estilo. Estilo es sentido del orden. (…) Tachar palabras da un aspecto poco limpio. Inténtese prescindir de esta costumbre.

Walser nos sigue ayudando, ahora por la negativa, para buscar acercarnos todavía más a ese extraño objeto que es Notas de viaje. Parece ser, entonces, que el cuaderno de Repetto es incluso menor, mucho más menor en sus aspiraciones, que un cuaderno de composiciones como el que conjetura Walser. Una composición requiere claridad de la grafía, orden, cuidado en la sintaxis, requiere pensamientos claros previos a la escritura. Es evidente: una composición escolar tiene un destinatario escolar, un maestro. En el caso de Notas de viajes, en cambio, el profesor no constituye ningún destinatario puesto que no va a evaluar el cuaderno. Con la desaparición del destinatario se da también la del emisor como entidad grandiosa e individual. Ocurre entonces que las tachaduras pueden ocurrir, lo mismo que los errores de ortografía. Puede tener lugar también una escritura que es meramente expositiva de un asunto que se está aprendiendo, y puede que ese aprendizaje todavía no sepa a dónde va a llevar. La escritura del que aprende es escritura que aprende: no sabe todavía adónde va, no puede saber adónde va a llegar. No hay ideas que rijan en el cuaderno de Repetto. En este sentido, un cuaderno de clase manuscrito, tomado para sí mismo, sin utilización de ningún truco de estilo, logra la desaparición completa de toda instancia mayor, de toda instancia declamatoria. Podría decirnos Foucault que no, que al contrario, que hay, en este cuaderno, una instancia mayor que se constata a cada página, que esa instancia mayor es justamente la del discurso clínico. Y podría ser, claramente, que Foucault tuviera razón. Pero, de todas formas, frente al cuaderno de Repetto, trazado en grafía pequeña, muchas veces en lápiz, uno casi tiene la sensación de que abordarlo con una arqueología de la ciencia médica significaría ahogarlo, significaría no ver todo lo pequeño. Leído así, el cuaderno de Repetto es más menor que el libro de Walser; y eso es un logro. En ese sentido, aunque sea un sentido construido en la instancia de la lectura que estamos haciendo, ese éxito mínimo es lo que nos acerca tanto al cuaderno: es un cuaderno de clase, nada más y nada menos que eso mismo. Escritura en proceso de aprendizaje.

Las lenguas y las listas

No solo sobre medicina aprende la escritura de Repetto, y Repetto mismo, en Suiza, donde los dialectos y las lenguas se cruzan.
El lenguaje aprende también sobre el lenguaje. En las páginas del cuaderno, así, se va haciendo lugar para listas de palabras en alemán, que luego Repetto buscará en el diccionario.

Cuando hablan entre sí, los suizos de Berna emplean un dialecto nada eufónico, que parece tener su raíz en alguna lengua alemana horriblemente estropeada. Con los enfermos del hospital, el profesor Kocher hablaba regularmente el dialecto bernés. (…) Afortunadamente este dialecto no constituía una dificultad insalvable para mí, porque todos o casi todos los berneses hablaban, más o menos bien, el francés o el alemán. Nadie podría imaginarse los esfuerzos que hice para ampliar y mejorar las nociones de alemán que había adquirido en Buenos Aires en los tres meses que precedieron a mi partida. (…) Apenas llegado a Berna, recomencé mis estudios del alemán bajo la dirección de un profesor y adopté la costumbre de llevar siempre en el bolsillo un diccionario de Heller y una libretita en la que anotaba cuidadosamente todas las palabras que yo oía o leía y cuyo significado me era desconocido. Las libretas especiales queyo usé en las clases de Kocher para tomar apuntes quirúrgicos contienen también muchas palabras alemanas que yo había escuchado durante las clases y cuyo significado buscaba luego en mi cuarto de la pensión. (1958, p. 128)

En Mi paso por la medicina, el mismo Repetto explica en detalle el proceso de aprendizaje del alemán. En su cuaderno de clase, por supuesto, quedan las huellas de ese modo de aprender. Las listas de palabras a traducir aparecen, en general, escritas en lápiz. Cada vocablo va acompañado de un signo de igual, aunque la equivalencia en castellano muchas veces queda sin reponer.

gericht=
belastung=
abstufung = graduación
vestelbung=
herausschlissen=
eingenommen =
bezirk =
einschiebung =
schmieren= untar, engrasar

En los casos en los que la palabra en español aparece, volvemos a constatar esa ida y vuelta desde y hacia las hojas del cuaderno. El cuaderno de clase se convierte así en espacio material para el aprendizaje de la lengua: allí se hacen constar las dudas, los espacios vacíos de conocimiento. Y, más tarde, se vuelve al terreno de las páginas para anotar lo que se ha hallado en el diccionario. Las páginas del cuaderno se van convirtiendo así en algo parecido a una mesa de operaciones: un espacio de apoyo sobre el que ocurre la acción de aprender.

A la lista de efectos personales que encontramos en el cuaderno, se suman ahora las listas de palabras. “La lista es el origen de la cultura”2 , dice Umberto Eco (2009) en una entrevista de la revistaSpiegel a propósito de su libro El vértigo de las listas.

¿Qué quiere la cultura? Quiere hacer comprensible lo infinito. También quiere crear orden, no siempre, pero a menudo. Y, ¿cómo, en tanto seres humanos, enfrentamos lo infinito? ¿Cómo intenta uno entender lo inentendible? A través de listas, de catálogos, de colecciones en museos y de enciclopedias y diccionarios.

Además de ubicarse, según Eco, en el centro mismo de lo cultural, la lista se nos devela en el cuaderno de Repetto como un instrumento de aprendizaje, como un modo de dejar en claro lo que no se sabe para, después, intentar saberlo. La lista como paso intermedio entre el no saber y el saber.

Tercera parada

Fácil es refutar y apartarse de un personaje como Cesare Lombroso mediando el siglo XX, cuando Repetto estaba escribiendo sus memorias médicas. “Lombroso pasaba en esos momento por su cuarto de hora de celebridad. Sus teorías sobre los delincuentes natos habían despertado mucha curiosidad, tanto dentro como fuera del campo médico, creando partidarios entusiastas y detractores implacables” (p. 79), dice Repetto en 1958. En cambio, puede que no haya sido tan fácil, para un joven todavía aprendiendo, en 1894, tomar distancia cuando quien estaba al frente de una clase era Lombroso. Sin embargo, Repetto pudo hacerlo.

En Italia, Repetto asistió a una clase de Lombroso en la que el italiano presentaba cinco casos de epilepsia. Lo curioso es que el modo de escribir de Repetto empieza a construir una distancia en relación a los dichos del profesor. Sin perder el tono expositivo que recorre todo el cuaderno de clase, la entrada que presenta la clase de Lombroso, no obstante, hace lugar a la distancia.

Fuimos al “Depósito”, hospicio de alienados donde hace la clínica. Llegamos algunos minutos después de empezar la lección y pasamos nuestras tarjetas. Lombroso preguntó si veníamos de París, dijimos que sí y continuó la lección. Se ocupaba de un sujeto epiléptico. Este enfermo además de los accesos del mal epiléptico, tenía las facultades afectivas muy perturbadas, o casi carecía de ellas pues no amaba ni a sus propios parientes y no tenía amigo de ninguna clase. Lombroso dijo que en general así eran los epilépticos: malos, perversos, díscolos y capaces de hacer mal a los demás. Lombroso dijo también que los epilépticos son muy peligrosos para la sociedad. 2° enferma. Mujer joven, de estatura baja. Lombroso encontró en los rasgos físicos algunas anomalías. (…) Lombroso estaba interesado en demostrar que esta mujer era mala. (1895)

Ya desde la descripción de la clase, el lenguaje con que Repetto toma apuntes lo distancia de Lombroso, a quien presenta casi como demasiado interesado en comprobar sus raras hipótesis. La grafía, por su parte, se hace más desordenada: mientras que con Pozzi y Kocher imperaba la tinta, la clase de Lombroso quedó registrada, en el cuaderno, con lápiz. Pero es hacia el final del día que el cuaderno de apuntes incluye un pasaje que no se había dado en otros casos, con otros profesores. Se trata de una descripción física de Lombroso:

Lombroso es un tipo bajo, casi viejo, con perita y una fisonomía muy vulgar. Creyó que veníamos de París y nos habló en francés hasta que se apercibió que no éramos franceses. Lombroso me habló en términos encomiantes de Piñero, Drago y otros charlatanes de Buenos Aires. (1895)

La valoración negativa queda reforzada y el disgusto de Repetto se hace evidente en esas primeras impresiones que anota en su cuaderno de clase.

Escribir en espejo

El quinto enfermo de epilepsia que, ese día, presenta Lombroso es, dice Repetto en su cuaderno,

un caso muy interesante porque el enfermo recuerda algunos
accesos epilépticos que ha tenido y los ha anotado cuidadosamente en una libreta, mientras que ha perdido la memoria o no tiene idea de otros accesos, de los cuales otras personas han sido testigos. En una libreta en donde el enfermo anota sus ataques epilépticos se ha visto que el enfermo escribe con la mano izquierda y “scrittura di specchio”, es decir escritura al revés. Con la mano izquierda el enfermo escribe así: ongatsoR. Con la mano derecha el enfermo escribió así: Rostagno. (1895)

Así como el paciente (de quien podemos, como de ningún otro enfermo, suponer su nombre, Rostagno) escribe en espejo, también Repetto ejecuta una suerte de escritura especular de su cuaderno. Repetto usa su cuaderno de clases para escribir, en 1958, Mi paso por la medicina. En los pasajes que dedica a Lombroso queda especialmente claro hasta qué punto utiliza su cuaderno para componer su libro. Dice en Mi paso por la medicina:

Yo lo visité en el depósito del Hospicio de Alienados, Lombroso ilustró la clase con la presentación de cinco enfermos afectados de epilepsia. (…) El primero presentaba, junto a los clásicos accesos epilépticos, una seria perturbación de las facultades afectivas o carecía casi de ellas, pues “no estimaba ni a sus propios parientes y no tenía amigos de ninguna clase”. El segundo caso era el de una mujer joven, en cuyos rasgos físicos Lombroso creyó ver algunas anomalías, que los estudiantes pusieron en duda. (…) El último de los casos presentados lo consideraba muy interesante, porque se refería a un joven que recordaba algunos de los accesos epilépticos que había tenido y anotado cuidadosamente en una libreta, pero había perdido la memoria o no tenía idea de otros accesos, de los cuales otras personas habían sido testigos. En una libreta que llevaba consigo para anotar sus ataques, se descubrió que ese epiléptico escribía indistintamente con ambas manos, pero que con la izquierda trazaba una “scrittura di specchio”, es decir, tal como se ven las palabras miradas por transparencia a través del papel en que están escritas. (…) Antes de despedirme, el profesor me retuvo un rato para hablarme de Antonio F. Piñero, de Luis María Drago y de otros argentinos que mostraron interés por sus teorías y de los cuales hizo un gran elogio. (p. 80)

La reescritura es clarísima, tan clara que saca a la luz las operaciones que Repetto utiliza para reescribir, en 1958, su cuaderno de fines del siglo XIX. Por un lado, en su libro Repetto le sube el volumen a la distancia y a las críticas hacia Lombroso. Utiliza, por ejemplo, las comillas para señalar que algo ha sido dicho por Lombroso y que él no lo comparte. Agrega, también, giros de lenguaje que apuntan a enfatizar la distancia y suma, a la vez, comentarios que no aparecían en el cuaderno: “El segundo caso era el de una mujer joven, en cuyos rasgos físicos Lombrosocreyó ver algunas anomalías, que los estudiantes pusieron en duda”. Por otro lado, la reescritura de Repetto apunta también a mejorar las explicaciones que se daban en el cuaderno de clases original. Así es que, por ejemplo, añade una oración entera para ilustrar qué es la “scrittura di specchio”. Por último, Repetto, ya grande, pule las asperezas y posibles polémicas de sus notas originales: ¿para qué, debe haber pensado, tildar de charlatanes a Piñero y a Drago en un libro de mis memorias?

Cuarta parada

1897. Ya han pasado cerca de dos años desde que Repetto llegó a Europa. Pero falta todavía una parada más antes de que vuelva a cruzar el océano. Alemania. Heildelberg. La primera impresión de la ciudad, según recuerda Repetto en Mi paso por la medicina, es que su “vida parecía dominada totalmente por los estudiantes. Un número extraordinario de pensiones y casas de huéspedes daban alojamiento a millares de estudiantes venidos de toda Alemania y de otros países del mundo” (1958, p. 156). Aparecen en su libro, también, descripciones de la vida social alemana, de los palacios imperiales de Berlín, de sus teatros.

Pero, por supuesto, estas impresiones de viaje no quedaron registradas en su cuaderno: Notas de viaje, una vez más, es pura medicina. En su paso por Alemania, Repetto presencia las cirugías de Víctor Czerny. “Era lo que se llamaba antes un cirujano general, que operaba, con la misma seguridad y destreza, en el cráneo, la cara, el cuello, el tórax, el abdomen y los miembros” (1958, p. 161). Sin embargo, y aunque Czerny terminaría destacándose en oncología y ginecología, Repetto recuerda especialmente el trabajo de su profesor en neurocirugía. De hecho, y según su cuaderno de clase, la primera operación que le ve realizar es una de sarcoma de la bóveda del cráneo. La paciente es una mujer de cuarenta años. Un dibujo en lápiz acompaña los apuntes y deja en claro dónde se encuentra el tumor. “Tiene el volumen de una mandarina”, anota, “está cubierto por la piel sana que se desliza sobre el tumor”, sigue, “no es movible y está sólidamente fijado al hueso”. De nuevo, si leemos el cuaderno de apuntes junto con Mi paso de la medicina, constatamos el trabajo de reescritura: “Primer caso: mujer de cuarenta años de esas sin perturbaciones cerebrales de ningún género, presenta un tumor del tamaño de una mandarina (…) el cuero cabelludo se desliza normalmente sobre el tumor, pero éste se hallaba sólidamente implantado en el hueso” (p. 158). Más tarde, la reescritura del cuaderno de clases se declara abiertamente en el libro: “La historia del tercer operado la hallará el lector incluida en el relato siguiente, que tomo de mi libreta de apuntes” (p. 160). Releerse es, aquí, también reescribirse.

Para no sentir

Los recuerdos de Repetto de Alemania refieren también una inflexión
que bien podría haber salido de “La forma de la espada”, o incluso de “El fin”, dos relatos de Ficciones, de Borges. Se trata de una escena de duelo de iniciación entre los estudiantes:

El duelo entre los estudiantes era en Alemania una práctica muy generalizada, que tenía por principal objeto alcanzar una buena cicatriz facial, “Renommiertes schnitte”, para lucirla luego como testimonio de hombría y de valor. El herido era siempre felicitado por los amigos. En cuanto a la técnica del duelo, ella consistía esencialmente en lo siguiente: con el cuello y los ojos protegidos, a fin de evitar la herida de los grandes vasos y la pérdida de la vista, los duelistas hacían un juego rápido con espadines cortos, para herirse en las mejillas. Yo he tratado de descubrir “renommiertes schnitte” en el rostro de los grandes cirujanos y médicos alemanes que he conocido, pero ninguno de ellos ostentaba la anhelada cicatriz. (1958, p. 157)

Si las heridas no existieran, si no existieran los males del cuerpo, la medicina nunca hubiera ni siquiera asomado la cabeza. “La enfermedad es una lección de anatomía”, piensa un personaje de Silvina Ocampo (2006, p. 185). La herida, la enfermedad, pueden pensarse como el complemento del acto de curar. Una lastimadura no es solo el objeto sobre el que un médico actúa; es también su otro polo, el descontrol que debe controlar. La cicatriz en la cara que recuerda Repetto pone en presencia esa doble dimensión: la de la experiencia de haber sido lastimado y la de haber sido curado. Una cicatriz acusa no solo un peligro vivido, no solo la cercanía de la muerte, sino también un proceso de curación: los dos lados de la moneda. O, en términos de Foucault, ante una herida o una enfermedad, la medicina moderna, la que surge a partir del siglo XVIII, funda una nueva mirada del médico. Y es esa mirada clínica la que construye al herido como paciente:

Lo que hace que el enfermo tenga un cuerpo espeso, consistente, espacioso, un cuerpo ancho y pesado, no es que haya un enfermo, es que hay un médico. Lo patológico, no forma un cuerpo con el cuerpo mismo sino por la fuerza, espacializante, de esta mirada profunda (2001, p. 194).

Pero entre ambos procesos, entre el de lastimarse y el de curarse, y especialmente en el caso de la cirugía, hay un tercero: el de la anestesia. El profesor Czerny, en su primera clase, aborda el tema, y Repetto lo anota en su cuaderno: “Czerny hizo una disertación teórica de una hora y cuarto sobre la anestesia; habló de la historia del éter y del cloroformo, en fin de muchas cosas sólidas y discutidas, pero Czerny no dijo su opinión categórica respecto de los dos anestésicos rivales”. Anestesia, no sentir. Aunque la primera demostración del uso del éter para cirugías ocurrió en 1846, en Boston, la historia del éter se remonta a 1275. Su descubridor Ramon Llull lo llamó vitriolo dulce. El cloroformo, por su parte, no llega tan lejos en la historia: lo descubrieron simultáneamente en 1831 Samuel Guthrie, de Estados Unidos, Eugene Souberrain, de Francia, y Justus von Liebing, de Alemania. La anestesia general se venía practicando ya desde 1844 y, a fines del siglo XIX, cuando Repetto está en Europa, a ese procedimiento, que todavía daba resultados muy inestables, se suman también los protocolos de asepsia. A su vuelta a Argentina, ya habiendo pasado por la experiencia de su propia práctica privada, Repetto toma el cargo médico de jefe de servicio de cirugía en el Hospital Italiano, en junio de 1903. Es allí en donde empieza a perfeccionar
las técnicas de anestesia y poner en práctica tanto los logros como los desaciertos que ha visto en su viaje por Europa. Recuerda
en Mi paso por la medicina:

Yo no traje una impresión favorable de los sistemas de anestesia general por el éter o el cloroformo que había visto practicar en un buen número de clínicas europeas. Kocher, de Berna, Roux, de Lausana y Czerny, de Heidelberg, acaban de sufrir accidentes fatales por el cloroformo y buscaban con empeño la manera de evitarlos. Kocher había propuesto que se extendiera al máximo el uso de la anestesia local por la cocaína y que se redujera la dosis de cloroformo o de éter. (…) Dispuesto a reducir al máximo posible el empleo de la anestesia general, me apliqué a extender y perfeccionar el empleo de la anestesia local por medio de la cocaína. (1958, p. 230)

Los apuntes, lo que una vez tuvo la forma de nota escrita, comienza a ser útil para la vida real, para el quehacer del médico.
Es así que el cuaderno de clases de Repetto servirá no solo como disparador para la escritura de Mi paso por la medicina, sino también como guía para el desarrollo de la práctica clínica.

El partido de los objetos

No solo la reescritura del cuaderno en el libro queda más y más constatada a medida que vamos recorriendo las páginas de apuntes.
También otras herramientas del alumno Repetto se vuelven reconocibles con cada página que pasa. Las listas, por ejemplo. A la importancia de listar para la gran cultura, Eco, en la misma entrevista (2009), apunta también la solidez de otro tipo de listas, las cotidianas, las que todos armamos todos los días, las de uso doméstico: “También tenemos listas completamente prácticas, la lista de las compras, el testamento, el menú: son también logros culturales por derecho propio”, señala Eco. A las listas de palabras en alemán para traducir, en su estadía en Alemania Repetto suma dos listas curiosas, personales, que pueden pensarse, quizás, como el único elemento en todo el cuaderno que nos habla de algo distinto de la medicina, de algo que excede el mundo del quirófano: son dos listas de objetos personales, apuntadas en lápiz, casi invisibles:

2 camisas
6 pañuelos
1 camiseta
7 cuellos
2 pares puños
2 pares medias

Después de la primera lista, Repetto dibuja una línea horizontal, y sigue con la segunda:

1 camisa
4 pañuelos
1 calzón
1 camiseta
2 pares de media
2 cuellos
1 par puños

El hombre Repetto aparece aquí a través de sus objetos, de las cosas cotidianas que conforman su entorno de viaje. Quizás, podemos especular, se trate de una lista de prendas a comprar; quizás sea un inventario de las cosas que le van quedando en la valija, ya cerca de terminar su viaje. Sea como sea, las dos listas nos hacen entrever a un hombre, un hombre que es más que médico, que es más que alumno, que hace otras cosas además de tomar apuntes exhaustivamente descriptivos en su cuaderno de clase. Puede también que haya sido el poder de esas listas, acumuladas en sí mismas, el que haya despertado, en la relectura de Repetto ya grande, las ganas de escribir el relato de viaje que venía demorando hacía ya tantos años. Porque, como todos los recuerdos adentro de una madalena, la totalidad de un viaje puede quedar concentrada, intensamente, en un par de camisas.

El cuaderno y el libro: un viaje reconstruido

Hasta aquí el recorrido según la versión que Repetto da en su cuaderno de clase. Pero es a partir del relato demorado que Repetto hace en Mi paso por la medicina que podemos reconstruir la verdadera cronología de su viaje de perfeccionamiento por Europa. Descubrimos así que, aunque en su cuaderno de clase aparecen primero las lecciones tomadas en Francia y Suiza, luego las que presenció en Italia y después las de Alemania, en verdad Repetto pasó primero por Italia, luego por Francia y Suiza y, hacia el final de su viaje, por Alemania. Es, nuevamente, la reescritura la que ordena. La instancia de la relectura y la reescritura, así, reestablece un orden cronológico que en el cuaderno de apuntes se había perdido, ya fuera por la encuadernación descuidada o por el desorden que, muchas veces, se impone en los apuntes de clase. La distancia temporal acerca un orden que la inmediatez del presente no había podido establecer.

De cualquier modo, la doble cronología es también marca del trabajo que Repetto hace con su escritura original. La escritura cobra espesor, densidad, cuando se puede volver a ella e insinuarle nuevas flexiones, ya sea para ordenar, ya sea para ampliar impresiones. Nos encontramos así con que Mi paso por la medicina se puede entender como una reescritura de Notas de viaje. La relectura del cuaderno lleva a dos movimientos de reescritura en el libro. Por un lado, como ya hemos señalado, Repetto escribe en su libro, y a partir de su cuaderno, un relato de viaje. Y, por el otro, ordena la cronología de su viaje tomando como criterio, justamente, el viaje: el trayecto en alta mar, la llegada, los paseos, los puntos recorridos por Europa.

Notas de viaje y Mi paso por la medicina, entonces, tienen un extraño vínculo entre sí. Mientras que el primero, manuscrito y espontáneo, acopia experiencias médicas bajo un título que prometía aventuras viajeras, el segundo incorpora las sensaciones del viajero bajo un título que nos hacía esperar cuestiones estrictamente médicas. Ambos escritos están, pues, en una relación de complementariedad: el primero aporta el registro del presente, el segundo ordena ese presente cuando los años ya han pasado; el primero promete viajes y presenta medicina, el segundo promete medicina y expone, además, viajes.

La complementariedad llega hasta allí, de todas formas. Porque parece haber una diferencia sustancial entre los dos textos. El cuaderno de clases no tiene una pretensión autobiográfica; Mi paso por la medicina, claramente sí. Como bien señala Jean-Philippe Miraux (2005), “antes de ser la expresión del ajuste con lo real, la autobiografía es un universo autónomo que impone las obligaciones propias de la creación artística literaria” (p. 67): este es el mundo que rige Mi paso por la medicina, el mundo del recuerdo, del examen de sí mismo, del testimonio; en definitiva, de la escritura del yo. El cuaderno que motivó estas líneas, en cambio, es de naturaleza mucho más efímera, mucho más difícil de definir. En el cuaderno aparece el yo, por supuesto, a través, en principio, de la letra manuscrita y, también, haciendo constar fechas, procedimientos y, sobre todo, aparece un yo que subraya, que dibuja, que hace listas. El que aparece en el cuaderno de clases es un yo desagregado, que no tiene la clara intención de contar una historia, ni de sus clases ni de sus viajes; es un yo que escribe utilitariamente para sí mismo. El yo de Repetto aparece en su cuaderno de clase del mismo modo que el yo de un matemático aparece entre sus cálculos en una hoja: está innegablemente allí, entre las páginas, pero no ostensiblemente. El yo de Repetto se esconde en su cuaderno de clase, no quiere estar en primer plano; el sujeto se disimula detrás de su objeto de estudio y detrás de su método médico, a la vez que construye su propia mirada clínica. En el libro que escribirá años después, la cosa será distinta: el yo se hará evidente, querrá hablar de él mismo, querrá hacer la relación de su vida. De algún modo, el libro del futuro lo que hace es descubrir al yo que se había escondido en el cuaderno del pasado. Lo encuentra en el recuerdo, en la letra, en los nombres, en los dibujos, en las listas personales, y con él se lanza a la reescritura, que ahora será toda para el yo. La escritura del yo es siempre una reescritura.

Todos los cuadernos, el cuaderno

Nos enteramos, también a través de la lectura de Mi paso por la medicina, de cómo fue que este pequeño mundo profundo que es el cuaderno de clases de Repetto llegó a la biblioteca de los doctores Enrique y Ricardo Finochietto:

Vuelto a Buenos Aires a fines de 1897, guardé en mi archivo personal todos esos cuadernos y libretas, pero cuarenta y seis años después los ofrecí en obsequio al doctor Ricardo Finochietto, quien había demostrado cierta curiosidad por los mismos y una extraordinaria indulgencia para juzgar mis grotescos diseños. Debo hacer notar, aunque ello debía parecerme obvio, que el doctor Finochietto me ha prestado por el tiempo necesario los que fueron mis cuadernos y apuntes de viaje, a fin de que yo pueda servirme de ellos para fijar fechas, lugares, personas y hechos médicos que figuran en este libro.(1958, p. 106)

El cuaderno de clase que venimos investigando es, además de escritura, además de lenguaje, además de vehículo de aprendizaje,
un objeto, del mismo modo que un libro es, antes de ser cualquier otra cosa, un objeto. En tanto tal, este cuaderno de Repetto
puede también, y lo hizo, de hecho, convertirse en regalo, en gesto de apreciación; puede convertirse también en un regalo que, años más tarde, se pide prestado para generar otro objeto: un segundo objeto que, de nuevo, resulta ser un libro.

Una última anotación. Mi paso por la medicina nos revela que este cuaderno es solo uno entre muchos otros, entre muchas y distintas libretas. Si creemos lo que el mismo Repetto señala en su libro, todos sus cuadernos de clase habrían terminado en la biblioteca de Ricardo Finochietto. Sin embargo, solo contamos con un cuaderno, este del que venimos hablando y escribiendo desde hace ya varias páginas. La pregunta que al principio nos hacíamos en relación a los pacientes que aparecen en el cuaderno ahora se dobla en dos y se aplica también a las libretas mismas: ¿Qué habrá sido de las otras? ¿Qué decían esas páginas que no vemos? ¿Otros maestros, otros pacientes? ¿O quizás hubiera escritas en esas libretas impresiones de viaje directas, las sensaciones del viento de alta mar en la cara, los reflejos de los ríos, la calma de los lagos, en Suiza? No lo sabemos ahora y quizás no lo lleguemos a saber. Sí sabemos, sin embargo, que Nicolás Repetto escribió dos veces su cuaderno: la primera como alumno y la segunda como todo lo demás que llegó a ser. Es que escribir para uno mismo, escribir lo que sea para uno mismo, es como tirar un búmeran en la llanura: la escritura siempre vuelve a ocurrir.

1Se reproducen dos carillas de este cuaderno de apuntes en las ilustraciones 9-10. (N. de la Ed.)

2Traducción propia.

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