Reseñas históricas

Entre libros y artistas

El regalo u obsequio es una práctica cultural tan antigua como el hombre en sociedad según lo han revelado las investigaciones antropológicas y sociales (“homo ciologicus”). La entrega de objetos, o el intercambio de los mismos, ha sido considerada una de las formas simbólicas de comunicación en la etapa protohistórica de la escritura. Gelb refiere una serie de ejemplos de este tipo de comunicación en la antigüedad y en las diferentes culturas (Gelb, 1985, p. 21-24).
Desde esta perspectiva simbólica, los objetos obsequiados cobran una dimensión que trasciende al objeto mismo en la esfera de lo humano, como explica Tamayo-Acosta en el siguiente pasaje de su obra: “En un tercer momento, los objetos entran en el mundo de la persona y adquieren contornos humanos, cobran interioridad y trascienden el carácter objetual de las cosas, que se convierten así en símbolos reveladores de la interioridad de sí mismas y del ser humano. El símbolo añade un nuevo valor a un objeto o una acción, convirtiéndolos en algo abierto” (Tamayo- Acosta, 1995). El obsequiante, el objeto y el obsequiado entran en una relación que, más allá del objeto, revela los rasgos sociales y psicológicos de esa relación: la ocasión, los sentimientos, el vínculo, etc.
Ahora bien, el libro es, por antonomasia, un objeto simbólico, dado que su propia naturaleza así lo determina; es decir, está constituido por signos. Por lo tanto, si se permite la disquisición, aunque más no sea a guisa de hipótesis, el libro como objeto de obsequio es doblemente simbólico. Esta noción es rica en matices. Por ejemplo, ¿es el obsequiante el autor del libro? ¿Existe un nexo entre el contenido del libro respecto de la relación obsequiante-obsequiado y cuál es su intensidad? ¿Hay una intencionalidad explícita en el “obsequio-libro”?, etc. Frente a estos interrogantes un elemento digno de tenerse en cuenta, cuando existe, es la dedicatoria manuscrita del obsequiante como manifestación explícita del simbolismo; como así también, de su relación con el obsequiado y el objeto en sí. Ya se ha desarrollado en parte esta temática en el número anterior de Huellas en papel 1. La parte del Fondo Bergara seleccionada para el catálogo de este número de la revista consta de 180 libros dedicados, en su gran mayoría autógrafos, pero, en otras ocasiones son libros no dedicados por el autor del mismo sino por personas allegadas al destinatario. Esta diferencia implica una distinción interesante, dado que el autor de un libro puede, dependiendo del caso, regalar y dedicar su obra como un acto de gentileza o reconocimiento para con otra persona; en cambio, el regalo de un libro sin ese condicionamiento de su autoría tiene el potencial de una mayor connotación, pues sugiere que el obsequiante asimila de alguna forma el contenido del libro con la personalidad o los gustos del obsequiado o de lo que representa para él. No obstante, cuando se trata de las dedicatorias de gente del arte, ambas formas son igualmente relevantes, pues la dedicatoria de un artista suele constituirse en una pequeña obra de arte en sí misma cuando el artista da rienda suelta a su creatividad a través del lenguaje y la ilustración.
La referencia al vínculo entre la dedicatoria de un libro y los artistas tiene en consideración el subyugante mundo creado por Eduardo Bergara, objetivado en su casa, museo y centro cultural: la “Botica del Ángel”. Ese espacio al cual supo poblar con la presencia y la obra de los artistas argentinos, de los cuales él formaba parte; pero, sobre todo, por su extraordinaria creatividad e imaginación. Allí convivían y se descubrían artistas plásticos, músicos, escritores, amantes del arte y todo bajo ese ámbito de libertad, abierto tanto a los “clásicos” como a los “vanguardistas” sin restricciones. Esa explosión de arte que se expandía siempre al público en general a través del espectáculo: el arte como una filosofía de vida.
De vuelta por los libros, se constata que éstos, en tanto “objeto-obsequio”, no podían faltar en ese mundo artístico a ultranza.Es por ello que este breve ensayo ha focalizado su interés en las dedicatorias de los libros regalados por artistas a Bergara, haciendo especial hincapié en aquéllas en las que los obsequiantes plasmaron su ingenio. Debido a la gran cantidad de ejemplares que respondían a este criterio se han seleccionado algunas muestras paradigmáticas.
Uno de los libros que la artista plástica Marta Minujin* regaló a Bergara Leumann fue la singular edición de Portée de chats de Siné* (seudónimo de Maurice Sinet, París, 1928-?). Este pequeño libro de humor gráfico (14 x 10.5 cm.) fue publicado por primera vez en París en 1957 y reimpreso en numerosas oportunidades. Está compuesto por dibujos caricaturescos de gatos con un breve título que acota el sentido de la imagen. Los felinos son representados de diversas formas (como objetos, personas, profesiones, etc.) y en situaciones cotidianas, siempre con un humor satírico y ácido de indudable talento. Presenta una encuadernación en rústica con solapas, los dibujos se ubican en un solo lado de la hoja y en blanco y negro. Otra característica distintiva del libro es su editor: Jean-Jacques Pauvert (1926-2014). Pauvert revolucionó el mundo editorial con la publicación y reedición de obras cuestionadas o de nuevos autores vistos como marginales a fines de los ‘50 y comienzos de los ‘60. El propio Siné* era considerado un extremista de izquierda hacia la fecha de la publicación de Portée de chats. Sus transgresiones le valieron a Pauvert todo tipo de censuras e idas y vueltas por los tribunales.
Minujin* adquirió el ejemplar en París, según se desprendede su dedicatoria. Esta ocupa, en forma apaisada, la contratapa anterior con su solapa incluida y la primera página remanente del libro. A este ejemplar le faltan la guarda y la portada que se presume fueron arrancadas por los vestigios revivientes de los bordes; es muy probable que el libro fuera adquirido en estas condiciones, lo que queda en evidencia por la continuidad de la dedicatoria. El término que más se repite en el texto de la misma es “arte”, distinguiéndose un juego de palabras donde Minujin* adosa dicho término a los nombres de Bergara, su casa y a su propio nombre: “Boticarte”, “Bergararte” y “Minujinarte”. En la cabecera de la primera página escribe: “Los gatos de la Botica”, luego reitera “Bergararte”, “Boticarte” y bosqueja tres pequeños gatos (ver Ilustración 1). Lamentablemente, la artista no registra la fecha en la dedicatoria. A partir de lo expresado por José Luis Larrauri en la entrevista publicada en este número, la relación con Minujin* es posterior a su época juvenil (década del 60) y la califica como más íntima en los años 90; por lo tanto, el obsequio debe ser muy posterior a la fecha de reimpresión del libro (1960). Además, el hecho de que sean tres los gatos dibujados rememora, indefectiblemente, a las tres gatas de Bergara (Milonguita, Victoria Botica y Morocha) que lo acompañaron hasta su muerte en 2008.
Otra de las dedicatorias de Marta Minujin* es aún más extrovertida y expansiva pues se ve incentivada por las dimensiones del libro (30 x 24 cm.). La misma ocupa 4 páginas preliminares (Ver Ilustraciones 2-5) incluyendo la guarda y la anteportada de la obra. La primera de ellas, dorso de la guarda,se compone por completo de texto y las tres siguientes están plagadas de dibujos de perfiles de rostros. El libro en sí es una publicación realizada para conmemorar la exposición pictórica y escultórica de Minujin* que se llevó a cabo en el Museo Nacional de Bellas Artes en 1999, cuya denominación fue Vivir en arte. Muestra antológica de Marta Minujin. Mientras que el título de la cubierta es Marta Minujin en el Museo Nacional de Bellas Artes, el título de la portada es simplemente el nombre de la expositora. El autor del texto bilingüe (español-inglés a dos columnas) es Jorge Glusberg* quien era el director del Museo. Es una típica edición de arte visual, muy cuidada, en papel ilustración, con excelentes fotografías y reproducciones de las obras.
Como ya se ha expresado, la dedicatoria ocupa cuatro páginas preliminares. En el texto de la primera página la autora comienza con cierta austeridad verbal: “Para Eduardo con arte y libertad”; para luego explayarse con una serie de adjetivos en sucesión libre sobre la personalidad de su amigo de acuerdo con sus sentimientos: “amiguísimo”, “imponente”, “satírico”, “bondadoso”,“brillante”, “a veces contradictorio”, “mi amigo de un trozo de mi alma” entre otras adjetivaciones. Todas esas palabras que encuentra para manifestar su entrañable amistad de la cual sus dedicatorias dan fiel testimonio. Las restantes tres páginas están habitadas de trazos de perfiles a mano alzada que representan rostros yuxtapuestos y confrontados en una actitud como de compartir una misma visión y un espacio de encuentro, al pie de las ilustraciones se distingue su autógrafo.
El pintor Adolfo Nigro* también le regaló un libro sobre su obra condedicatoria ilustrada a Eduardo Bergara. Se trata de la obra titulada Adolfo Nigro: pintor rioplatense de Nelly Perazzo*.Nigro* nació en la ciudad de Rosario a orillas del Río Paraná. En su composición pictórica aparecen constantemente elementos vinculados a ese paisaje fluvial y ribereño. Néstor Candi* apunta en uno de sus escritos sobre el pintor: “Inventó un repertorio enorme de signos alusivos a su visión costera, a la melancolía del delta del Paraná y de la costa uruguaya: Aguas Dulces, La Paloma, y el Río-Mar de La Floresta. Signos que refieren a pequeñas criaturas que intentan sobrevivir al sol, como recuerdos.” (Candi, 2003). Entre dichas criaturas, una de las más recurrentes es el pez, como lo señalan la mayoría de los críticos de arte que se abocaron a la producción pictórica de Nigro* (Nigro, 2007). El mismo Candi* afirma, parafraseando a Jorge Luis Borges*, en otro fragmento de su citado estudio: “Nigro no tiene nostalgias porque muestra un pececito: muestra un pececito porque tiene nostalgias.” Todas estas consideraciones tienen por objeto adentrarse en los símbolos de la dedicatoria propiamente dicha de Nigro* (Ver Ilustración 6). El pintor escribe “Para Eduardo-“Boticario” con todo mi afecto y admiración Adolfo” en la anteportada del libro que registra sólo su nombre resaltado en negrita. Al pie, data el manuscrito: “BS. AS. Abril 1996”. Acompaña su dedicatoria con una suerte de friso ilustrativo que realiza aprovechando los trazos de la inscripción mencionada de su nombre. En este diseño utiliza los elementos compositivos característicos de su pintura, en especial el pez. El más notorio de los dos peces dibujados parece emerger del primer trazo vertical de la letra “N” de Nigro*. Este pez alado está señalado por una flecha con la leyenda “el Ángel-Pez”. La conjunción del escrito y la ilustración remiten simbólicamente a la “Botica del Ángel” como es obvio inferir.
Lo interesante de estas dedicatorias, al menos desde la perspectiva de la historia del libro, es que el artista que las acompaña con sus ilustraciones, reproduce los matices y los elementos encontrados en las composiciones de su propia obra, lo que convierte a la dedicatoria en una obra de arte en miniatura, un extracto de la obra mayor del artista. Esto invoca el hecho de que alguna vez el libro fue una obra de arte donde los iluminadores y miniaturistas medievales, los grabadores del Renacimiento, los pintores barrocos, entre otros, dejaron plasmados su genio en las páginas, las viñetas y los frontispicios de piezas bibliográficas que son el tesoro de los bibliófilos y de las grandes bibliotecas del mundo. Aún cuando las dedicatorias ornamentadas son exclusividad del obsequiado, pueden, como en los casos expuestos, transformarse en patrimonio cultural de la comunidad.
Sin embargo, no todos los artistas plásticos que dedicaron libros a Bergara tenían la costumbre de ornamentar sus dedicatorias. Algunos de estos amigos entrañables tuvieron una actitud “tradicionalista”: se expresaron sólo verbalmente y, a veces, con cierta austeridad. Raúl Soldi* es un ejemplo de lo antedicho. Soldi* le obsequia a Bergara un precioso libro que reproduce su descomunal obra de los frescos de la Iglesia de Santa Ana en Glew (provincia de Buenos Aires)2. El volumen está encuadernadoen tapa dura e incluye reproducciones de excelente calidad a hoja completa (34 x 24.5 cm.) y a doble faz. El texto que acompaña a esta edición pertenece a Manuel Mujica Lainez* y añade comentarios de personalidades de la cultura nacional y extranjera (Julio E. Payró*, Rafael Alberti*, Federico Peltzer*, entre otros). Dicho sea de paso, esta exquisita pieza bibliográfica fue realizada por Marchand Editores (Buenos Aires, 1979) con exclusividad para la Liga Argentina de Lucha contra el Cáncer (LALCEC) con motivo de su campaña de recaudación de fondos para la realización de sus obras benéficas. En el centro de la anteportada aparece la dedicatoria (Ver Ilustración 7).
De la misma manera, Zdravko Dučmelić* no ilustró su dedicatoria. Dučmelić*, quien fuera considerado por la crítica como un pintor surrealista y emparentado artísticamente a Xul Solar*, ilustró obras de poetas y escritores argentinos; las más conocidas se relacionan con el poeta Alberto Girri* y con Jorge Luis Borges*. Delicadas ediciones de este último autor, a quien retrató en varias oportunidades, están ilustradas por Dučmelić*, como una edición de “Laberintos” (Editorial Joraci y Ediciones de Arte Gaglianone, 1977), para nombrar sólo un ejemplo de los muchos existentes. Es justamente en una edición especial de gran formato en homenaje a Borges* editada por Gregorio Gordon, donde se encuentra una escueta dedicatoria del artista citado. Más precisamente, se trata de una carpeta de grandes dimensiones (45.5 x 35 cm.) que contiene 13 dibujos originales de Zdravko Dučmelić* que fueron trasladados al papel artesanalmente. Cada una de las reproducciones fue certificada, numerada y firmada por el artista. También aparece a manera de prólogo un breve texto del escritor argentino Ernesto Sábato*. En la contratapa anterior del ejemplar, entre otras dos dedicatorias (Ver Ilustración 8), en primer lugar la del editor Gordon y en último lugar la de María Kodama*, Dučmelić* expresa con estilo lacónico: “Con gran amistad” y a continuación estampa su firma. Esta modalidad de dedicatoria se encuentra también en otros artistas como Ricardo Cinalli*.
La notable artista plástica Raquel Forner* adopta una original manera para dedicar su libro. Este no contiene inscripción alguna, pero está acompañado de un catálogo de la exposición de la pintora llevada a cabo en París hacia 1978, donde Forner* deja la impronta de su dedicatoria (Ver Ilustración 9). El ejemplar aborda el recorrido artístico de Raquel Forner*, el título es homónimo y su autor Guillermo Whitelow, quien fue historiador y crítico de arte de nivel internacional y se desempeñó como director del Museo de Arte Moderno (1971-1983) y del Museo Nacional de Bellas Artes (1983-1986). Este ensayo sobre Forner* se destaca en la bibliografía de Whitelow como uno de sus escritos más importantes en el campo de la crítica del arte. La edición de este libro de 1980 estuvo a cargo de una imprenta y editorial especializada en la publicación de libros de arte y programas para espectáculos: Ediciones de Arte Gaglianone. La editorial incluyó esta publicación dentro de su serie denominada Colección Maestros de la Pintura. Reúne todas las características de una edición de obras de arte ya citadas más arriba. Pero, como ya se ha manifestado, la dedicatoria se encuentra en un catálogo de exposición. Este programa de delicada manufactura fue realizado en ocasión de la muestra de Forner* auspiciada por la Unesco en Place Fontenoy, París; allí expuso, entre el 2 y el 16 de febrero de 1978, veintiocho óleos de la serie Mitología Espacial. Este catálogo tiene formato de tríptico impreso de ambos lados. Contiene, además de dos reproducciones de cuadros exhibidos, un comentario sobre la serie pictórica citada firmado por Pierre Restany*, datos curriculares de Raquel Forner* (exposiciones individuales, premios obtenidos, obras en museos y comentarios) acompañado por un retrato fotográfico de la artista; por último, la lista de las obras expuestas con su número, título, dimensiones y datación. La breve dedicatoria está ubicada en el reverso del tríptico: “Para Bergara Leumann cordialmente Raquel Forner 1978”.
En una primera aproximación podría suponerse que los artistas “clásicos o neoclásicos” del arte contemporáneo argentino optaron por dedicaciones manuscritas más escuetas y formales,mientras que los artistas considerados “vanguardistas” prodigaban creatividad y estilo en sus dedicatorias. Sin embargo, pese a que evidentemente existe esta tendencia, sería aventurado caer en esta conclusión dado que no se ha hecho un número de observaciones representativas del total del Fondo. Para finalizar se comenta una dedicatoria muy original, porque involucra a la obra artística del propio Bergara; tal vez, como se intentará señalar luego, podría tratarse de una “auto-dedicatoria” o simplemente de un espacio asombroso e inusual para su arte: la portada de un libro. En el ángulo inferior derecho del tratado de Susan Sontag* Sobre la fotografía, aparece una rúbrica en la que se puede leer el nombre: “Silvina”. Al inicio se pensó que se podía tratar de la firma de la escritora Silvina Ocampo* o de la artista plástica Silvina Benguria*. Sin embargo, Yolanda Acuña y José Luis Larrauri, afirmaron que se trataba de una amiga personal de Bergara ya fallecida; y revelaron que el dibujo y la inscripción que ocupan el resto de la página pertenecen al propio Eduardo Bergara Leumann (Ver Ilustración 10). Aquí se abre un necesario paréntesis. Es sabido de la intensa y multifacética labor artística de Bergara; en cambio no se ha valorado y difundido en toda su magnitud su obra pictórica. Dicha obra es muy rica por su calidad, originalidad y su personalidad en el empleo de técnicas mixtas según han señalado prestigiosos críticos de arte. Asimismo, sus dibujos y pinturas fueron expuestos, a partir de la década de 1970, en los principales centros culturales y artísticos del mundo, como París, Nueva York (Galería Brentano’s y la Gran Manzana) y otras ciudades de los Estados Unidos: Los Ángeles, Boston, Houston y Washington. Con posterioridad, desde fines de la misma década hasta los años ‘90, fue profeta en su tierra y realizó sucesivas exposiciones en su Buenos Aires natal (v.g.: galerías porteñas, la librería y café Clásica y Moderna con sus series de “Balcones” y “Ángeles de la Botica”, Galería De Santis, etc.)
La ilustración de Bergara en la portada del libro de Sontag*, pese a que no fue firmada ni datada, muestra un perfil típico de sus composiciones más originales que, debido a ciertos matices, trae a colación un fragmento de la obra biográfica de Seisdedos & Annecca que hace referencia a los últimos años del creador: “Hará del dormitorio del segundo piso un seguro búnker que le resulta más penoso abandonar día a día, pero mantendrá hasta el final crear dibujos, esos perfiles tan característicos que como un signo de su ánimo irán perdiendo los colores que siempre les otorgó hasta utilizar solamente el negro para sus obras” (2013, p. 106). En efecto, ese perfil de trazo simple y monocromo representa un rostro triste de cuyo ojo deja caer un pequeña lágrima. El dibujo se inserta en medio de la frase “Para que haya un imagen clara, tiene que haber un negativo”. Esta reflexión,que alude a términos técnicos de la fotografía, deja entrever una proyección: una alusión a la existencia humana como parte de un pensamiento trascendente con un atisbo nostálgico. ¿Por qué Bergara elige este libro para su creación? ¿Por el contenido metafórico de su pensamiento? ¿Por su estado de ánimo? Lamentablemente no será posible develar el secreto, sólo se tiene la certeza de haber hallado un tesoro escondido: una obra de arte del creador camuflada en la portada de un libro. Este conjunto de libros dedicados a Eduardo Bergara Leumann parece ser un émulo bibliográfico de la Botica del Ángel.Desfilan por sus volúmenes todos aquellos artistas que supieron engalanar las noches de la Botica, aquellos que hoy son miembros selectos del arte contemporáneo argentino. Por lo tanto, no sería extravagante referirse a ella como “La Biblioteca del Ángel”.

1 Véase “A usted, Dr. Paz”, Huellas en papel, Año III No. 5 (2014).
2 Esta fue la primera experiencia importante de Soldi* en la técnica del mural (comenzada en 1953). Cabe recordar que Soldi* luego se encargaría de pintar la cúpula del Teatro Colón de Buenos Aires (1966) exponente arquitectónico de la música lírica nacional e internacional.

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