El Petiso Orejudo: primer asesino serial argentino

La Argentina Gallega:

Más Allá de los Estereotipos

 

                                                                                                                                  María Rosa Lojo[1]

 

Nota del Editor

El texto de la siguiente conferencia fue cedido generosamente por la autora para nuestra revista. Fue leído en el ix Congreso da Asociación Internacional de Estudos Galegos (AIEG), 13 a 17 de julio de 2009. Universidades de La Coruña, Vigo y Santiago de Compostela, AIEG, Consello da Cultura Galega.

 

La Argentina fue, en los siglos xix y xx, el destino más importante de la emigración gallega. A su vez, los gallegos, en tanto colectivo etnocultural, constituyeron el aporte demográfico peninsular más considerable a la nación rioplatense, al punto de que su gentilicio se volvió en el país (y sigue siéndolo hasta la fecha) sinónimo de «español». Para la época del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910, Buenos Aires era, sin duda, la mayor urbe gallega del planeta, con ciento cincuenta mil nativos de Galicia que representaban entre el 8 y el 10 % de la población total de la ciudad. Entre 1857 y 1960 solamente, la Argentina recibió por lo menos un millón cien mil gallegos, de los cuales seiscientos mil se radicaron en forma definitiva. Hoy se calcula que unos cinco millones y medio de los ciudadanos llevan en sus venas sangre gallega, lo que supone un 14% de la población total.

La enorme dimensión cuantitativa del colectivo inmigrante y su incidencia cultural no se corresponden con la aún escasa presencia de estudios particulares historiográficos, sociológicos y literarios, ni con el saber parcial, insuficiente y distorsionado que la doxa maneja sobre estos antepasados mediatos e inmediatos. Por eso, a comienzos del año 2003, tres investigadores de Buenos Aires conformamos un pequeño pero sólido equipo cuyo proyecto era interrogarse sobre la presencia de los «gallegos» en el imaginario sociocultural argentino, pasando por la literatura, el teatro (el sainete o «género chico criollo», de 1890 a 1940) y la prensa, representada por la revista Caras y Caretas entre los años 1898 y 1923. Me cupo dirigir esta investigación, de la que participaron la filóloga Marina Guidotti y el historiador Ruy Farías. Los resultados de un trabajo de cuatro años, que estimamos solo parciales porque el campo de exploración es ingente, se han plasmado en el libro Los ‘gallegos’ en el imaginario argentino. Literatura, sainete, prensa, publicado por la Fundación Barrié de la Maza, con el apoyo del Consello da Cultura Galega.

Trataré de resumir, en esta exposición, algunas conclusiones a las que arribamos. En primer lugar, que existe ciertamente un estereotipo conceptual e iconológico de los gallegos en el imaginario argentino. En segundo lugar, que ese estereotipo, aunque adolece de las limitaciones y simplificaciones propias de esta clase de configuración es, con todo, más matizado que la imagen paupérrima presentada en los famosos «chistes de gallegos», sobre todo en las versiones recientes popularizadas en la Argentina por «Pepe Muleiro», seudónimo del periodista Ricardo Parrotta. Y por fin, que las múltiples representaciones de los «gallegos» rastreables en la literatura, el sainete y la revista Caras y Caretas exceden y no solo confirman, los rasgos estereotípicos que también recurren en ellas.

Lo que Antonio Pérez Prado ha definido como «galaicono», o ícono galaico, inmortalizado luego por las caricaturas y los personajes de historieta, como el Manolito de Quino («cabeza grande y cuadrada, corte de pelo de cepillo, cejas frondosas y sin solución de continuidad, quijadas recias y sombreadas por una barba incipiente» (Pérez Prado 1993, pp. 212-221), aparece ya en ciernes en Caras y Caretas, entre los años 1904 y 1919. Claro que, al mismo tiempo, la revista presentaba imágenes, no ya caricaturescas, sino fotográficas, de los gallegos en su vida múltiple y real, donde desempeñaban todo tipo de oficios y profesiones (también las liberales), como empresarios y comerciantes exitosos o como intelectuales y artistas destacados, cuyas obras se reproducían en la misma revista. En este sentido, señala Ruy Farías, «aunque minoritaria al lado de tantos cuentos, chistes, caricaturas y semblanzas ajustadas al estereotipo del gallego en el Río de la Plata, no deja de suponer una asequible y poderosa alternativa al enorme público lector de Caras y Caretas» (Lojo, Guidotti, & Farías, 2008, p. 268).

¿Cuáles son los rasgos del estereotipo galaico, expresado de manera gráfica por el galaicono? Sus características son más o menos las mismas en la literatura, en el sainete, en la prensa. Entre las positivas podemos contar la incansable dedicación al trabajo, la honradez a toda prueba (la honradez gallega, decía hiperbólicamente Francisco Sicardi (1856-1927)[2], «es como veinte honradeces juntas» (Sicardi, 1899, pp. 129-130), la lealtad, el amor a la familia y a la tierra, el agradecimiento a la patria de acogida, la buena fe. Entre las negativas, la torpeza, la tosquedad, la falta de luces, la tacañería, la ingenuidad transformada en franca estolidez, la ignorancia.

Como señala Núñez Seixas (2002), siempre hay en los estereotipos, aun con sus exageraciones y distorsiones, un fondo de verosimilitud que explica en parte su eficacia funcional y su persistencia. Muchos gallegos, sin duda, trabajaron de sol a sol para labrarse un porvenir; solo contaban con el buen crédito de su palabra y la cumplieron; sin olvidar la suya, llegaron a amar la tierra que los recibió y se arraigaron en ella. También es cierto que eran en su mayoría de extracción campesina y de instrucción escasa. Aunque, como bien lo observa Arturo Jauretche (1900-1974), quienes se aventuraban a las Américas y se empleaban en las tiendas, debían de ser además los más audaces y acaso los más avispados de sus aldeas; algo así, dice, como «el Cortés o el Pizarro de la vara de medir» (Jauretche, 2001, p. 41), dispuestos a cruzar el mundo en la nueva epopeya inmigratoria.

Algunos rasgos, no obstante, habrán dado pie a la caracterización menos favorable: los desatinos iniciales típicos del provinciano y el labriego en la gran ciudad (la mayoría llegaba y se instalaba en Buenos Aires), el todavía deficiente manejo del castellano (el idioma gallego, además, no solía ser identificado popularmente como lengua autónoma, sino antes bien, como un español mal pronunciado), y, por qué no, el peculiar humor conocido como retranca que podía ser confundido con una asombrosa candidez, vecina de la bobería, por los «porteños» poco avisados. Aun los menos prejuiciosos y mejor intencionados no llegan a captar del todo esta sorna irónica que permite reírse del interlocutor sin que este se entere, y sin que al chistoso se le mueva un pelo. No puedo resistirme a dar como ejemplo la graciosa anécdota que cuenta María Rosa Oliver (1898-1977) en sus memorias. Se refiere a un empleado, cuidador de la quinta que sus padres poseían en las afueras, y que tenía a su cargo la misión de espantar a los intrusos. El muchacho no dejaba de informar con minucia a su patrona sobre algunos hechos anómalos que sucedían entre los matorrales:

De esas otras cosas la enteró José Iglesias ―el galleguito de unos veinticuatro años que de ayudante en el cuidado de las incubadoras ella había promovido a encargado-comodín― al decirle, ingenuo y concienzudo:

―Sí, señora… junto al río, escondidos entre el pasto alto… Él estaba encima de ella, y ella tenía la falda levantada hasta el cuello…

―Ah, sí, ¿y vos qué hiciste?

―Yo les dije: ¿No saben que aquí está prohibido circular? (Oliver, 1969, p. 328).

Así lo cuenta la narradora, sin hacerse cargo de que tanta ingenuidad no era demasiado verosímil en un joven ya crecido, que seguramente había visto o practicado él mismo similares actividades en la campiña natal.

La fuerza de lo negativo en el estereotipo es, con todo, demasiado intensa. Se remonta a la estigmatización que los trabajadores gallegos habían sufrido ya dentro de España y que siguió hostigándolos en sus destinos fuera de ella. Hasta el día de hoy, en que el contexto histórico ha cambiado de modo radical y en que ya no existen los inmigrantes a los que se asociaba el estereotipo, este continúa teniendo vigencia en algún lugar del imaginario.

En este sentido, no puedo sino relatar una experiencia vivida hace poco tiempo por mi propio equipo de investigación. Nuestro libro sobre las representaciones de los gallegos despertó un amplio interés en la prensa argentina y la española también, bastante inusitado para tratarse de una obra académica, y que se puede achacar, precisamente, a que las configuraciones de las que hablamos están aún muy vivas. Entre otros medios, un matutino de Buenos Aires, el diario Crítica de la Argentina (Miceli, 2009), nos hizo una entrevista sobre el tema. Después de habernos explayado de manera exhaustiva sobre el carácter de ficción o construcción social propio del estereotipo, tuvimos el disgusto de ver salir el reportaje, a los pocos días, con el siguiente título: «Según un estudio, son ignorantes pero trabajadores». La presunta ignorancia de los gallegos, transformada en categoría ontológica, seguía operando, a la manera del habitus naturalizado que tan bien describe Pierre Bourdieu, en las coordenadas mentales del poco acertado titulador.

¿Quiere decir esto que en la Argentina los individuos gallegos o hijos de gallegos, como individuos, son discriminados o motejados de inútiles y torpes? Claro que no, sostenían muchos lectores que se explayaban en los foros de Internet, algunos furiosos casi como si los autores del libro, gallego-descendientes, en vez de ser sus víctimas, hubiéramos inventado el estereotipo. Los enojados tenían razón, pero no porque este concepto general sobre los gallegos no exista, sino porque, en la Argentina, cuando se trata de un individuo al que se aprecia, aunque tenga este origen, no se suele calificarlo o considerarlo como tal, salvo que se quiera hacer referencia a la cualidad positiva por antonomasia del estereotipo (la honradez, la integridad moral). Por eso se habló tanto, y con afecto, del «gallego» Alfonsín en ocasión de los funerales del expresidente. Pero por eso también, en muchos casos históricos, un mismo personaje utiliza el término «gallego» solo cuando tiene intención y connotación desdeñosa, o lo evita, si por el contrario desea elogiar, al margen de cuál sea la realidad objetiva. Tal ocurre con el periodista, escritor y militar Lucio V. Mansilla (1831-1913), cuando califica en Una excursión a los indios ranqueles (1870) como «joven español, lleno de corazón y de talento» (1989, p. 57), a un llorado amigo, el auditor del Ejército Agustín Mariño, y cuando, en cambio, despotrica indignado contra la pluma implacable del «galleguito Soto», famoso caricaturista nacido en Madrid que había sabido poner en ridículo al colérico Mansilla en la publicación llamada Don Quijote.

Esta disociación provoca verdaderas «esquizofrenias» en el seno de las familias, como lo cuenta Ernesto Schóo en su libro de memorias Cuadernos de la sombra (2000). Alude allí a su abuelo materno gallego: Manuel Noya, inmigrante triunfador, nacido en Santiago de Compostela, al que el autor no conoció, pero que sigue siendo respetado y amado en el recuerdo de sus deudos. Se mencionan su eficaz acriollamiento, sus habilidades comerciales que acrecentaron la fortuna heredada por su esposa, su valentía personal, que lo lleva a arriesgar su vida para detener a los caballos desbocados del carruaje cargado con mujeres de la familia. El prestigio indiscutible del abuelo Noya no impide, sin embargo, que su propia viuda caiga en el más prejuicioso lugar común cuando se trata de juzgar el desempeño de una joven niñera que ha descuidado a su nieto (el mismo narrador), y ha provocado involuntariamente un accidente. Así, le que le escribe esto a su hija, la madre del niño: «Me alegro de que al nene no le pasara nada, pero lo que me contás es terrible. ¡Esa mujer, tan bruta como todos los gallegos! Su marido, mi legendario abuelo, ―apunta el narrador, con ironía― había nacido en Santiago de Compostela» (Schóo, 2000, p. 26).

Quizá por eso, cabe pensar, algunos gallegos se metamorfoseaban admirablemente, hasta convertirse en verdaderos paradigmas heroicos de la argentinidad, rurales o urbanos. Es posible citar dos casos históricos. Uno es nada menos que el de Juan Moreira, mítico bandido al que Eduardo Gutiérrez (1851-1889) convirtió en héroe novelesco y que también derivó en héroe por antonomasia del llamado «circo criollo», origen del teatro nacional. Este paladín gauchesco, sucesor de Martín Fierro, similar a él en sus aventuras y desventuras, era, según las versiones más firmes, hijo de Mateo Blanco, gallego de Fisterra y presunto miembro de la Mazorca (el brazo armado de la Sociedad Popular Restauradora que apoyaba, a cualquier costo, a Juan Manuel de Rosas). Luego de la caída de Rosas, la preocupación por evitar represalias contra quienes lo habían servido, llevó a la viuda de Blanco a cambiar el apellido de su hijo Juan. Es probable, dice el biógrafo de Moreira, Marcos Estrada, que el nuevo patronímico, gallego por cierto, no fuese elegido al azar. Estrada lo da por perteneciente a la abuela paterna. Analfabeto y buen intérprete de guitarra, Moreira era entre castaño y rubio, con los ojos verdes, la piel blanca rosada y el cutis algo picado de viruelas. Gutiérrez lo describe, en cambio, como un paisano más afín al tipo árabe atribuido a los gauchos, con la tez mate y el pelo rizoso y negro y le atribuye las habilidades y saberes propias de los jinetes pampeanos, en su más alto grado de excelencia (Estrada, 1959).

Otro gallego que se vuelve hiperrepresentativo de lo argentino, en este caso del «malevo» de Buenos Aires, es Eduardo Dughera, jefe del gremio de los vendedores de diarios, «llamado el Diente por tener uno de oro». Así lo retrata en sus memorias Helvio Botana (1915-1990), hijo de Natalio Botana, fundador del primer Crítica: «Era gallego de nacimiento. Alto, flaco, rubio de ojos claros, configuraba el guapo idealizado por el Malevo de la Púa que le dedicó por algo “La crencha engrasada”» (Botana, 1977, p. 97). Se trata de un famoso libro de poemas escrito en lunfardo y dedicado al tango y a los personajes del arrabal.

El Diente es el adalid de los pequeños revendedores de diarios, los «canillitas», ya desde los quince años. Despliega una lucha, en la que triunfa, «contra los grandes prepotentes» que los explotan. Botana dedica todo un capítulo («La reventa o los ojos de la calle») a narrar la vida de Dughera, un justiciero (que actúa, si es necesario, al margen de la ley), con una valentía a toda prueba. No por ser hombre de pelea el Diente carece de un «alma sensible»: es admirador de los poetas y tiene debilidad por Helvio porque es culto y lee a los clásicos. Deja una leyenda de coraje y astucia y su vida aparece como una gesta romántica para los antiguos colaboradores del periódico, ya aburguesados, pero insatisfechos, deseosos de «volver a los tiempos de Crítica y del Diente» (Botana, 1977, p. 101).

Entre la negación del «gallego interno», y la asimilación del «modelo argentino», hay una vasta gama de matices, desplegados especialmente en la Literatura. Tanto los escritores testimoniales como los de ficción, rompen a menudo los estereotipos. Sobreabundan, es cierto, los modelos de criadas y criados fieles, aunque algo toscos, y los honrados trabajadores. Pero no todas las gallegas, por ejemplo, son la «Ramona» protagonista del sainete del mismo nombre, de Mario Bellini, y creación, asimismo, del dibujante Lino Palacios, sobre similar prototipo, o la «Cándida» de Niní Marshall, ambas bondadosas y rústicas criadas, muy lejos, ambas, de los paradigmas más refinados de seducción femenina. Por la literatura nacional desfilan asimismo otras gallegas y galleguitas: el realismo social del novelista Manuel Gálvez (1882-1962) incluye a preciosas asistentas, por ejemplo en Hombres en soledad (1938), cuya belleza perturba a algunos personajes públicos, obligados a dar ejemplo de decoro; también a inocentes prostitutas, casi niñas y con delicado aspecto de muñecas, víctimas de las circunstancias o de algún seductor o pariente inescrupuloso que se ha aprovechado de su pobreza (cfr. Nacha Regules, 1919). La Bella Otero reaparece en la novela homónima de Pedro Orgambide (1929-2003) (2001); por las mencionadas memorias de Ernesto Schóo cruza la hermosa Adelina, modista de éxito entre las señoras de la burguesía media de Buenos Aires. Roberto Arlt (1900-1942) en sus Aguafuertes gallegas ve, por su parte, en la misma Galicia a mujeres fuertes e independientes como varones, pero al mismo tiempo profundamente femeninas, limpísimas, vestidas con esmero y coquetería aun cuando trabajen en el faenado de sardinas. Del mismo modo Ricardo Rojas (1882-1957), en un viaje gallego retratado en Retablo Español (1938), tiene ocasión de tratar nada menos que a doña Emilia Pardo Bazán, un modelo de mujer intelectual infrecuente entonces a uno y otro lado del océano, y a quien describe como la primera en crear, con su prédica y su obra, una conciencia feminista.

Tampoco los gallegos varones son solo mozos de bar, tenderos o changadores. Juan Sasturain imagina, en Manual de perdedores (1995), a un émulo de Pepe Carvalho llamado Tony García, que deja su clásico oficio gastronómico en un restaurante para lanzarse a las lides detectivescas. No siempre, tampoco, los gallegos literarios son honrados. Mafiosos como el histórico «gallego Julio», tahures y dueños de negocios poco claros pueblan la novela Frontera Sur (1994), de Horacio Vázquez Rial, que incluye a una «Madama» nacida en Galicia, aunque esta al menos no actúa como explotadora, ni recibe mujeres de rufianes: las pupilas de su burdel trabajan por cuenta propia. Hay gallegos estafadores de gauchos, acopiadores de grano y «pulperos»[3] taimados en las novelas rurales de Benito Lynch ―Los caranchos de La Florida (1916), El inglés de los güesos (1923) y El romance de un gaucho (1933), o sacerdotes poco ortodoxos que se emborrachan, bailan jotas y muñeiras y critican a la jerarquía eclesiástica, como el cura Tréllez descrito por Helvio Botana.

Que los gallegos de ambos sexos sean tenaces trabajadores no los convierte necesariamente en personajes sumisos o desinteresados de la política. La figura del militante, del idealista, del defensor o defensora de los derechos laborales, aparece en la narrativa (como en Hacer la América (1984), de Pedro Orgambide o en la mencionada novela de Vázquez Rial); también en el sainete ―señala Marina Guidotti―, aun dentro de la comicidad de obras como ¡Yo quiero ser torero! (1931), de Oscar Beltrán y Luis Cané, o La noche de la Revolución (1932), de José González Castillo. No falta, en alguna novela reciente, como Rosa de Miami (2005), de Eduardo Belgrano Rawson, el retrato de un revolucionario histórico contemporáneo: el famoso Gallego Fernández, héroe de la Revolución Cubana.

Cabe apuntar además que los gallegos antaño negados, los que no se reconocen como parte de la propia familia o de la propia historia individual y colectiva, se van internalizando. Son los antepasados inmediatos de quienes escriben autobiografías o novelas familiares, como las memorias Cuando el tiempo era otro. Memorias de infancia en la pampa gringa (1999), de Gladys Onega, Pasador de piedra (2000), de Clementina Ibáñez, o las novelas Petra (2002), de Stella Bertinelli, Domingo en el cielo (2000), de Ana Sebastián, El buen dolor (1999), de Guillermo Saccomanno, donde padres y sobre todo abuelas gallegas, asumen una dimensión compleja y a veces protagónica.

Es de destacar que en las novelas históricas, gallegos y gallegas aparecen como elementos decisivos en la fundación de la Argentina. Desde los textos ya clásicos de Manuel Gálvez o Manuel Mujica Láinez (1910-1984) hasta otros más recientes, como Vieytes, el desterrado (2001), de Francisco Juárez, que se ocupa de la figura de Juan Hipólito Vieytes, uno de los ideólogos de la Revolución de Mayo, o el El oro de los Césares (2005), de Julio Torres, en la que audaces navegantes, intuitivos cartógrafos, enérgicas cocineras son la avanzada en las colonias españolas del sur del mundo.

Queda, sin embargo, una asignatura pendiente. Las representaciones de gallegos dedicados a tareas intelectuales no abundan, desde luego, en la literatura argentina, aunque hubo no pocos, e influyentes, en la realidad histórica, buena parte de ellos partidarios de la Primera y Segunda República Española que buscaban en América un horizonte de libertades. ¿A qué podemos atribuirlo? Un motivo posible es que la gran mayoría de inmigrantes gallegos llegaban con una educación apenas básica y esto fue lo que configuró el verosímil fundante del estereotipo. Otro, el voluntario distanciamiento de España que, como dijo Borges, se halla en el origen de la independencia política y cultural de la Argentina. Francia es el referente elegido por la llamada Generación del ‛37 (la de Domingo Sarmiento, la de Esteban Echeverría, la de Mitre) que tendría tan decisiva influencia en la organización de la Argentina moderna. A comienzos del siglo xx, cuando la escritora y mecenas Victoria Ocampo (1889-1979) era una muchacha, las lecturas de la clase dirigente eran inglesas y francesas, y España seguía simbolizando el atraso y lo retardatario. Ocampo, educada en francés, ignorante de la tradición literaria y filosófica hispánica, se sorprendió, por ello, al conocer personalmente a Ortega y Gasset en 1916: gracias al filósofo descubrió que «todo podía decirse en lengua española», según confesaría luego (Ocampo, 1981, p. 30).

A pesar del afrancesamiento de las élites, la presencia española fue continua en la cultura argentina. Hacia el Primer Centenario de la Revolución de Mayo, una nueva generación nacionalista rioplatense viajará a España y reivindicará raíces españolas incluyendo, o no, a Galicia (cfr. infra). Más adelante, liberales y pensadores de izquierda recibirán con interés y simpatía a los republicanos exiliados, que tendrán, muchos de ellos, una intensa participación en la actividad cultural, a través de revistas, libros, y fundación de nuevas editoriales. El sello Emecé, vivo y prestigioso hasta nuestros días, fue inaugurado por dos gallegos: Luis Seoane y Arturo Cuadrado. Sus primeras colecciones se llamaban «Dorna» y «Hórreo». La editorial se dedicó no solo a difundir prosa y poesía gallega, sino también temas americanos y argentinos. Siguieron a Emecé las editoriales Nova y Botella al Mar (vigente en la actualidad), y otras pequeñas, ya desaparecidas, en los años cincuenta.

Surgen asimismo en esos años espléndidas revistas, creadas o dirigidas por españoles, muchos de los cuales eran gallegos (De mar a mar, Correo literario, Realidad ―esta dirigida por el filósofo argentino Francisco Romero, pero con numerosos colaboradores españoles). Pese a esta efervescencia literaria y artística, pese a la presencia permanente de figuras como Rafael Alberti y María Teresa León, Alejandro Casona, Ramón Gómez de la Serna, Guillermo de Torre (casado con la hermana de Borges), de Francisco Ayala y Ramón Pérez de Ayala y de los gallegos ya mencionados, a los que podrían agregarse, entre otros, Rafael Dieste y Lorenzo Varela; pese a la admiración que suscitaron poetas visitantes como Juan Ramón Jiménez o Federico García Lorca, ni españoles en general ni gallegos en particular encontrarán a menudo correspondencias ficcionales en la literatura argentina, como protagonistas de la literatura, la ciencia o el pensamiento.

Inspirada por el deseo de saldar esa deuda, y ya no en tanto académica, sino en mi otra vida de escritora, quise colocar a una joven universitaria gallega, Carmen Brey, traductora y filóloga, como interlocutora de Victoria Ocampo y co-protagonista de la novela Las libres del Sur (2004). Carmen, que ha llegado a la Argentina en busca de su hermano, lo encuentra y encuentra también, para sí misma, como tantos otros gallegos antes y después que ella, un destino sudamericano. Galicia, a su vez, llega con esta viajera para quedarse en la tierra nueva, como parte fundamental de su legado: «Galicia, siempre en el borde, península de la península, puro impulso tendido hacia la costa desde el campo interior, ya se había desgajado de sus bordes de roca. Había anclado, toda ella, en otra tierra. Ya no habría separaciones entre los de adentro y los de afuera. Su alma profunda, vegetal e imperceptible, crecería como otra hierba en el suelo del ombú, con la fuerza y la música de un pino, con la oscura pasión de las castiñeiras» (Lojo, 2004, p. 262).

 

Referencias Bibliográficas

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[1] Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires e Investigadora del CONICET. Narradora, poeta y ensayista. Obtuvo numerosos premios, entre ellos, el Konex a las figuras de las Letras argentinas.

Correo electrónico: mrlojo@gmail.com

Gramma, XXII, 48 (2011), pp. 286-297.

© Universidad del Salvador. Facultad de Filosofía y Letras. Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas de la Escuela de Letras. ISSN 1850-0161.

[2] Solo se colocan las coordenadas cronológicas de los autores citados ya fallecidos.

 

[3] La «pulpería», que deriva su nombre de la «pulpa» de carne, era un comercio típico del medio rural argentino, donde se vendían diversos artículos de primera necesidad, y bebidas alcohólicas.

 

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