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Hacia una teoría social lacaniana. Las relecturas contemporáneas de Jacques Lacan para un pensamiento de lo social


Ana Belén Blanco*

María Soledad Sánchez*


Resumen

La enseñanza de Jacques Lacan es crecientemente recuperada por diversos autores contemporáneos –entre los que sobresalen Slavoj Zizek, Ernesto Laclau, Chatal Mouffe, Alain Badiou, Judith Butler–, que han ido traduciendo e integrando, de modos diversos y complejos, su herramienta categorial para el estudio de los fenómenos y dinámicas sociales.

El presente artículo tiene por objetivo trazar un recorrido por algunas de las nociones centrales de la teoría psicoanalítica de Lacan, a fin de mostrar en qué sentido específico su obra (muchas veces considerada oscura y marginal para la teoría socio-política) resulta hoy un punto de partida compartido por una corriente de pensamiento posestructuralista a la que podría denominarse “teoría social lacaniana”. Por lo que no sólo recuperaremos la ontología social presente en los textos de Lacan, sino que buscaremos avanzar en la presentación de las teorías contemporáneas que, herederas de sus desarrollos, han desplegado un conjunto de categorías claves para la reflexión sociológica y política actual, poniendo en evidencia las potencialidades de esta perspectiva analítica.

Palabras clave: Postestructuralismo; Jacques Lacan; Teoría social lacaniana; Campo ideológico; Identificaciones sociopolíticas.


Abstract

Jacques Lacan's texts are increasingly recovered by several contemporary authors – among which stand Slavoj Zizek, Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Alain Badiou, Judith Butler – which seek to translate and integrate in different and complex ways its categorical tools for the study of social phenomena and dynamics.

This article aims to present a review of some of the central concepts of the lacanian psychoanalytic theory to demonstrate in which specific sense his work (often considered obscure and marginal to the socio-political theory) is today a starting point fora poststructuralist perspective which might be called "Lacanian social theory". So, we do not only recover the social ontology articulated in the lacanian texts, but we also advance in the presentation of contemporary theories that develop a set of key categories for the political and sociological reflection highlighting the potentials of the lacanian analytical perspective.

Keywords: Poststructuralism; Jacques Lacan; Lacanian social theory; Ideology; socio-political identifications.


Introducción1

Las diversas teorías sociales postestructuralistas se encuentran entre las perspectivas teóricas más relevantes del último medio siglo. Puede decirse, incluso, que la fisonomía actual de las ciencias sociales en general, y de la sociología en particular, resultaría incomprensible de no tenerse en cuenta las formulaciones analíticas de autores como Jacques Derrida, Jacques Lacan, Michel Foucault, Gilles Deleuze, Jean Baudrillard, por sólo mencionar algunos nombres de una nómina ciertamente más extensa. De hecho, muchos de sus conceptos fundamentales forman parte hoy del vocabulario usual de la sociología, al tiempo que sus postulados generales han sido integrados de un modo complejo a tradiciones diversas (Giddens, 1990; Lash, 2007; Tonkonoff, 2015).

En la pluralidad de textos y de autores que, desde fines de los años 60, son tenidos por postestructuralistas, pueden, sin embargo, reconocerse ciertos rasgos comunes que dan cuenta de la composición de un conjunto en la heterogeneidad. Estos rasgos comunes se vinculan a una doble crítica que opera en todos ellos como punto de partida (sobre el que se articularán luego propuestas heterogéneas): por un lado, la crítica a la concepción estructuralista del lenguaje; por otro, la crítica a la oposición entre un nivel individual y otro social, entendidos como dominios sustancialmente diferenciados, escindidos y autónomos entre sí.

Recuperando los aportes de la lingüística estructural y sus derivas en el campo de la antropología, la sociología, la filosofía y el psicoanálisis, la perspectiva postestructuralista pone en cuestión la comprensión representacionalista del lenguaje. Frente a concepciones tradicionales que lo presentan como simple medio o instrumento de la comunicación, enfatiza su capacidad para construir o performar la realidad y, por lo tanto, los conflictos que se tejen por estructurar la multiplicidad significante. Es por ello que el postestructuralismo es comúnmente considerado como el cabal articulador del “giro lingüístico” en el campo de las ciencias sociales (Canillicos, 1985; Giddens, 1990; Rorty, 1990). Sin embargo, los pensadores postestructuralistas reformulan críticamente las nociones de estructura y signo estructuralistas, herederas de los desarrollos saussureanos, para resaltar la multiplicidad (irreductible) del campo significante (y también de los cuerpos deseantes) (Tonkonoff, 2014, 2015). De allí que estos enfoques se encaminan a problematizar cómo es posible la conformación de sentidos e identidades (sociales y subjetivas), a partir de un conjunto de relaciones o fuerzas que son siempre desbordantes. Se busca romper la llamada “clausura estructuralista”, dando cuenta de que la multiplicidad deseante y significante de los cuerpos sociales y subjetivos no se agota en las composiciones (contingentes y precarias) que se estructuran en un momento dado y, en consecuencia, permanecen abiertas al cambio, a la transformación, a su subversión.

Asimismo, cuestionando la tradicional oposición entre individuo y sociedad, los análisis postestructuralistas han sido promotores de lo que puede llamarse un “giro psicosocial” en las ciencias humanas (Stavrakakis, 2010). Recuperando de modo novedoso los postulados centrales de la enseñanza psicoanalítica de Sigmund Freud, los diversos autores nucleados bajo esa etiqueta general se han orientado a una reformulación de las nociones de deseo e inconsciente, ubicándolas como categorías imprescindibles para la comprensión de las formas de configuración, reproducción y transformación de las sociedades, así como de los sujetos. Deconstruyendo la división esencialista y antitética entre un nivel individual y un nivel social, proponen un análisis de los procesos de objetivación y de subjetivación de forma siempre entrelazada. Acentuando, además, la importancia de comprender dichos procesos en relación con dinámicas semióticas y afectivas que, irreductibles a la caracterización tradicional de operaciones lingüísticas, están siempre implicadas en toda producción tanto social como subjetiva (Elliot, 1995; Stavrakakis, 2007; Tonkonoff, 2014).

Con todo, en ese vasto y heteróclito campo denominado postestructuralismo, un conjunto de autores se ha distinguido por llevar acabo estos giros conceptuales a partir de la recuperación de la perspectiva teórica desarrollada por Jacques Lacan, proponiéndose, a su vez, repensar (incluso, traducir) sus categorías para el análisis sociocultural y/o sociopolítico. La empresa teórica lacaniana se destaca por haber producido una subversión de la teoría estructuralista que se articula con una renovada teoría del deseo de herencia freudiana. Pilares sobre los cuales Lacan construye su propuesta analítica en la que se presenta al sujeto como un sujeto ineludiblemente barrado y al orden socio-simbólico como un orden siempre fallido - abriendo desde allí el espacio para una lectura sociopolítica de la producción de las sociedades y las subjetividades2.

Este trabajo tiene por objetivo, entonces, explorar introductoriamente tanto los desarrollos analíticos de Jacques Lacan, como las re-articulaciones que autores contemporáneos produjeron de su teoría para el análisis sociopolítico. Buscaremos presentar el conjunto de categorías que, a partir del corpus lacaniano, se han redefinido o elaborado para el análisis de los fenómenos y dinámicas sociales tales como ideología, discurso, identificaciones, puntos nodales, investimentos radicales, fantasías y síntomas sociales–, con el horizonte de elucidar los rasgos fundamentales que permiten hacer referencia a la configuración actual de una “teoría social lacaniana”.


Pensar lo social con Jacques Lacan. Las sociedades y los sujetos entre lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real

Reseñar, brevemente, el pensamiento de Lacan parece una tarea imposible, cuando no absurda. No sólo porque su extensa obra (compuesta por conferencias, cursos, artículos y entrevistas) reconoce distintos momentos, que pueden referirse a influencias y énfasis también diversos, sino porque ha tendido a una creciente profundización y rearticulación teórica de sus propias categorías, que cobran novedosos sentidos en su corpus. Complejo edificio teórico que se acompañó de un estilo de escritura barroco, plagado de referencias filosóficas, teológicas, matemáticas, literarias, que se entremezclaban con invenciones de vocablos y oraciones deliberadamente indeterminadas. Quizá por ello la obra de Lacan haya sido en ocasiones acusada de oscurantista, poseedora de una estructura y un estilo que dificultan su comprensión y su difusión.

En relación a su comprensión, no deja de ser paradójico que aquella opacidad, aquella imposibilidad de aprehensión, aquella distancia insuperable, sea una de sus mayores enseñanzas y el punto de partida para la elaboración de un pensamiento sobre los sujetos, pero también sobre las sociedades. Es precisamente porque tanto los sujetos como las sociedades están constitutivamente atravesados por una falta (simbólica, pero también de goce, lo veremos) que tiene lugar el proceso de construcción de la realidad social y de producción de las identificaciones subjetivas. De allí que, tal como señalara Oscar Masotta, el gran introductor del pensamiento de Lacan en la Argentina, “es gracias a esa oscuridad, y no a pesar de ella, que la realidad existe para nosotros” (Izaguirre, 1999, p. 78).

En relación a su difusión, las herencias de Lacan, que exceden con mucho el campo y la práctica del psicoanálisis, hablan por sí mismas. Reconocidos teóricos sociales contemporáneos han recurrido a Lacan como una piedra de toque privilegiada para la construcción de sus propuestas de análisis sociopolítico. Dicha recuperación del pensamiento lacaniano no se reduce a una exploración por su biografía, ni se fundamenta en las inclinaciones políticas manifiestas del psicoanalista francés, sino, antes bien, se trata de una relectura de sus formulaciones teóricas. Es decir, una apropiación de aquellos supuestos y categorías que Lacan ha ido desplegando a lo largo de su extensa producción, de modo tal de poder tomarlos como herramientas heurísticas para la problematización de los órdenes sociales y subjetivos. En este sentido, Jorge Alemán (2009) ha señalado con claridad que la articulación entre el análisis sociológico y/o político crítico y la teoría lacaniana tiene como punto de partida la recuperación del proyecto ontológico presente en los textos de Jacques Lacan. Proyecto ontológico que se sostiene en la construcción de un discurso articulado acerca de la realidad que ya no pretende encontrar un fundamento último para explicarla, ya sea en función de un esencialismo/objetivismo (individual o social) o de una teleología histórica. De este modo, Lacan sienta las bases de una ontología quebrada o des-fundamentada, que coloca en el centro de todo orden (social o subjetivo) una fractura que no puede ser clausurada, un hiato que no puede ser cerrado nunca, pero que, no obstante, motorizará la producción de las significaciones y de las identificaciones. En este sentido, el fundamento ausente se transforma en causa de los imposibles pero necesarios intentos por llenar ese vacío, dando así lugar a un nuevo modo de pensar al sujeto y a la cultura, que ya no constituirán positividades plenas y homogéneas, sino efectos parciales e inestables de procesos de identificación múltiples y contingentes (Butler, Laclau & Zizek, 2004; Laclau & Mouffe, 2010; Zizek, 1998, 2000a, 2011).

El mencionado proyecto ontológico se sustenta en la formulación de un arsenal categorial estructurado en torno a la figura del nudo borromeo, que entrelaza los tres registros acuñados por Lacan: imaginario, simbólico y real. Atender a la primacía que en los textos lacanianos alcanza a tener, para la comprensión de los fenómenos sociales y subjetivos, tal anudamiento, pone de manifiesto la deconstrucción que el autor francés emprende de la división esencialista entre un nivel individual y otro social (Lacan, 2006, 2005b)3. Entonces, ya no puede decirse que su apuesta se trate de la extrapolación de categorías de una psicología individual para pensar lo social, sino precisamente de desmontar esa división, al producir tanto una teoría de la subjetividad no reducida a la individualidad, como una teoría de la objetividad social que pone en cuestión la esencialización de la realidad (Elliot, 1995; Zarka, 2004).Como hemos dicho, esta reflexión es posible en tanto en la obra del pensador francés se produce una particular articulación entre los desarrollos estructuralistas sobre el lenguaje y una concepción del deseo como negatividad (Tonkonoff, 2009, 2014, 2015).Detenernos en la presentación de esta original apropiación de la teoría psicoanalítica freudiana y la lingüística estructural, que va a experimentar relevantes transformaciones a lo largo de su producción, resulta clave para comprender la ontología barrada que el autor impulsa y que es crecientemente movilizada para el análisis de lo social.

Lacan retoma como punto de partida crítico los principales postulados teóricos y metodológicos del estructuralismo –aquel enfoque inaugurado con la teoría lingüística de Ferdinand de Saussure, luego generalizada a las ciencias sociales, entre otros, por Claude Lévi-Strauss (1991, 1995, 2009), Louis Althusser (1970), Roland Barthes (1985).Centralmente, el estructuralismo afirmó que todos los fenómenos sociales y culturales debían ser pensados y estudiados como fenómenos de significación (o signos), cuyo sentido se define relacionalmente, en función de un sistema de posiciones o valores diferenciales – esto es, de un lenguaje en sentido saussureano. Desde esta perspectiva, entonces, las sociedades (o, diremos ya, los órdenes socio-simbólicos) deben ser analizadas como estructuras cognitivas y valorativas. Es decir, como una suerte de grilla de clasificaciones y apreciaciones (y, por lo tanto, de roles y funciones), como un conjunto de posiciones subjetivas (que constituyen a los sujetos precisamente al sujetarlos a su sintaxis) (Barthes, 1985; Lévi-Strauss, 1991, 1995, 2009; Bourdieu, 1973)4.

Es especialmente en los años cincuenta, a partir de la recuperación de los textos de Saussure y Lévi-Strauss, que la producción de Lacan se vuelca a la problematización del lenguaje, que llamará específicamente el registro Simbólico o el Gran Otro. Este énfasis en el análisis del lenguaje producirá importantes desplazamientos sobre sus primeros desarrollos, centrados en la alienación imaginaria del yo que tan excepcionalmente había conceptualizado en el famoso ensayo de 1949 “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je], tal como se nos revela en la experiencia analítica” (Lacan, 2005a, p. 99). De hecho, es por esos años que Lacan conceptualiza prácticamente todas las aristas de aquel registro Simbólico, convirtiéndolo en el elemento más potente y determinante de su análisis, siendo “El seminario sobre ´La carta robada” (Lacan, 2005a, p. 23), “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud” (Lacan, 2005a, p. 461) y “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” (Lacan, 2005a, p. 231), textos centrales de esta etapa. Ahora bien, hay que subrayarlo, la apropiación que Lacan emprende de los desarrollos estructuralistas producirá, en el límite, su verdadera subversión, al aseverar la pérdida irreparable del significado y postular la primacía del significante para la construcción de efectos de significación. Movimiento orientado a dar por tierra la ilusión de que el significante responde a la función de representación de un significado (que, por otra parte, estarían siempre biunívocamente asociados en la unidad de significación que era el signo saussureano): el sentido no es, para Lacan, más que un efecto de superficie; una articulación (parcial e inestable) en el campo plural del significante, posible a partir de la institución de un punto nodal que detiene su infinita deriva metonímica (Lacan, 2005a, 2005b). Así, la afirmación de que la significación es producida retroactivamente por la articulación de cadenas de significantes acaba por ser la vía de salida que Lacan diseña a la clausura del signo concebida por el estructuralismo. Donde Saussure esbozaba una unidad significativa (significante/significado), Lacan traza y enfatiza una división, delineando una barrera resistente a la significación que separa insuperablemente al significante del significado: Nuestro punto de partida, el punto al que siempre volvemos, pues siempre estaremos en el punto de partida, es que todo verdadero significante es, en tanto tal, un significante que no significa nada” (Lacan, 1981, p. 264).

No obstante, si el significado ya no constituye el punto real de referencia del sentido, de ello no debe seguirse que desaparezca en tanto posición estructural, sino que pasa a ubicarse más allá de lo simbólico (Borch-Jacobsen, 1995; Stavrakakis, 2007). Si el significado pertenece, entonces, al registro de lo Real (que, vale destacar, no coincide con la realidad), el significante será presentado como el signo de una ausencia (Lacan, 2005a). En resumen, el significado permanece como el locus de una falta constitutiva que atraviesa todo el proceso de significación. A su vez, permanece también la promesa de alcanzar el significado perdido/imposible, que motoriza el propio juego de la significación, aunque aquellos intentos constantes sólo podrán ser fallidos. Ahora lo sabemos, la ilusión (necesaria) del significado no es sino el efecto creado por el significante en el proceso de la significación.

Una de las consecuencias más radicales de esta perspectiva es que el orden socio-simbólico que presenta Lacan es un orden siempre barrado, que se establece (nunca acabadamente) a partir de Significantes Amo o points de capiton que acolchan el espacio de significación permitiendo la estructuración (parcial) de sentidos. Parcial e inestable, pero no por ello menos consistente en términos de sus efectos (de producción de realidades, cuerpos y experiencias). La siempre ilusoria consistencia de la fijación del sentido se explica, para Lacan, a partir de la yuxtaposición de las dinámicas de lo Simbólico con las de lo Imaginario y lo Real, que le permitirá producir categorías (como las de fantasía, objetoa y sinthome) para dar cuenta de que las construcciones socio-simbólicas de la realidad se anudan íntimamente con la dinámica del deseo y el goce5.

Si la realidad está efectivamente construida simbólicamente, pero ese orden se encuentra necesariamente atravesado por la falta constitutiva de lo real, Lacan sostendrá que, para adquirir cierta coherencia resulta imprescindible el sostén que brinda lo que denominará fantasía (o fantasma). Para decirlo de otro modo, lo que permitirá las clausuras simbólicas a través de la institución de puntos nodales será su producción en un marco fantasmático que recubra aquella falla, en verdad, insuperable. La fantasía es una construcción, una suerte de montaje, que maquilla (y hace soportable) la falta en el Otro a través del ofrecimiento de un objeto a (u objeto causa del deseo) que, en un doble movimiento, nos presenta la falta en el Otro y encarna la promesa de llenarla6. Los límites de lo simbólico, su falta, se positivizan en forma de pequeños objetos a, un significante sublime que permitirá anudar la significación (y organizará nuestro deseo); un elemento ausente cuya presencia está siempre diferida pero que brinda consistencia a nuestra realidad al encarnar esa totalidad imposible/necesaria7. Así, la noción de objeto a evidencia que todo punto nodal requiere, para afianzarse, no sólo efectuar una clausura en términos simbólicos, sino también investirse de la energía fantasmática del deseo y del goce, que explica su fijación. Con todo, esos investimientos del goce, para Lacan, no se formulan sólo bajo el género del placer (asociado a la figura del fantasma), sino también bajo el género del displacer, esto es, en su modalidad sintomática (Miller, 2005). Es que, inevitablemente, cada articulación fantasmática supone la exclusión de significantes y/o afectos que permanecerán, sin embargo, como síntomas de esas formaciones simbólico-imaginarias. Síntomas que invisten secretamente a ciertos significantes del paradójico (y perturbador) goce de lo real y que, al retornar en el campo simbólico, ponen en evidencia sus fracturas, fallas e inconsistencias8.

Puede verse entonces de qué modo el análisis de Lacan atraviesa los límites del estructuralismo, al diseñar un espacio topológico que, anudando las dimensiones simbólicas, imaginaria y real, permite pensar a la realidad social como un esfuerzo permanente y siempre fallido de construcción de sentidos y afectividades. Con todo, debe agregarse que si los desarrollos lacanianos comparten el firme rechazo impulsado por el pensamiento estructuralista a la afirmación del sujeto como una identidad sustancial, dada y estable, presentan la particularidad de no decantar en la negación o el abandono, sino en una reformulación profunda de tal categoría. No conforme con la presentación de un conjunto de posiciones estructurales como forma de desustancialización de la identidad subjetiva – cristalizada en la noción de “posiciones de sujeto”–, Lacan propone considerar al sujeto como un efecto o función del lenguaje, pero nunca reducible a él (Lacan, 2013; Lacan 2005b). El sujeto lacaniano es un sujeto barrado y, por lo tanto, imposibilitado de alcanzar una identidad plena y permanente. Esta imposibilidad constitutiva, sin embargo, motoriza una serie de identificaciones, centrales para la comprensión de la subjetividad. Si, en sus primeros desarrollos, para explicar el proceso de constitución de toda subjetividad, Lacan había avanzado en la conceptualización de la alienación imaginaria del sujeto, con la mencionada incorporación de los postulados estructuralistas se orientará a la problematización de la alienación simbólica que, lejos de negar o sustituir a la anteriormente descripta, será crecientemente articulada a aquella (Masotta, 2008) - y profundizada posteriormente a través de la categoría de lo Real.

Sintetizando los desarrollos lacanianos, podemos decir que mientras que las identificaciones imaginarias darían cuenta de las relaciones especulares a través de las cuales se producen ficciones totalizantes y ambivalentes, las identificaciones simbólicas refieren a las relaciones significantes que introducen clasificaciones y diferenciaciones. Sin embargo, si la conformación del sujeto es, para Lacan, un proceso que supone múltiples y dinámicas identificaciones simbólicas e imaginarias (que se producen y transforman a lo largo de toda la vida del individuo, dando por tierra con la caracterización de etapas progresivas de la formación subjetiva), se trata de un proceso que ineludiblemente fracasa. En otras palabras, la doble alienación imaginaria y simbólica, no cancela la citada hiancia que atraviesa al sujeto, no le permite jamás construirse como totalidad. De allí que el sujeto lacaniano sea “Falta en ser” (Lacan,2000); inevitablemente barrado en tanto está constituido en y habitado por lo Real. Lugar de una identidad imposible y, al mismo tiempo, de un necesario juego de identificaciones, a través de los cuales intenta recubrir al nivel de la imagen y representación esta falta constitutiva9.


Leer lo social como un campo ideológico; pensar la subjetividad a partir de las identificaciones sociopolíticas

Es precisamente a partir de esta ontología desfundamentada propuesta por Lacan que un conjunto de autores contemporáneos – generalmente identificados como pensadores de una “izquierda lacaniana” – impulsarán, de modos disímiles, una renovación en las formas de crítica a los órdenes sociales contemporáneos. Sin dudas, en los desarrollos de Slavoj Zizek, Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Alain Badiou y Judith Butler, el pensamiento lacaniano aparece como uno de los recursos más importantes para un análisis sociopolítico posfundacional (Stavrakakis, 2010; Marchart, 2009)10. La premisa más general que engloba los desarrollos de los citados autores se vincula con la afirmación de que en el corpus lacaniano podrían identificarse elementos cardinales para la construcción de una teoría social potente, que excede con mucho a un marco conceptual para el análisis de la psique individual. La afirmación lacaniana de que todo sujeto está siempre-ya constituido en un conjunto de relaciones significativas y libidinales que lo estructuran; pero que ese orden socio-simbólico y el sujeto que le es correlativo están por definición barrados, se presenta como un potente punto de partida para el análisis sociopolítico.

El mencionado conjunto de autores se propondrá entonces repensar qué teoría de la sociedad y qué teoría de los sujetos son posibles luego de la intervención de Jacques Lacan. Con todo, lo harán integrando tradiciones, conceptos y/o problemáticas disímiles. Debatiendo con Heidegger, la filosofía analítica y Marx, Badiou propone una reflexión en torno a la categoría de sujeto que supone una redefinición de la filosofía política a partir del trazado de una crucial distinción entre ser y acontecimiento. Por su parte, Laclau y Mouffe proponen una relectura de la noción de Hegemonía de Gramsci, integrando también el trabajo de Derrida y Althusser. Zizek volverá a Hegel y a Marx buscando repensar la noción de ideología y renovando la apuesta por la lucha de clases. Mientras que Butler, recuperando los desarrollos de Foucault y Derrida, se centrará en la performatividad de los discursos y las modalidades psíquicas del poder, con una especial preocupación por los dispositivos sexo-género. Sin embargo, como hemos anticipado, no buscamos aquí poner de relieve las tensiones (en el límite, rupturas) que puedan señalarse entre los desarrollos conceptuales de estos destacados pensadores, sino las premisas compartidas, que permiten identificar una afinidad paradigmática entre ellos, centrándonos, en esta oportunidad, en las obras de Slavoj Zizek, Chantal Mouffe y Ernesto Laclau.

Acaso una de las herencias más potentes del pensamiento de Lacan para el análisis sociológico y/ o político haya sido la necesidad de colocar a la sociedad (o a cualquier modo de estructuración) como un interrogante en lugar de un presupuesto explicativo. Qué es y cómo se produce una sociedad pasarán a ser las preguntas que aglutinarán los esfuerzos analíticos de la teoría social lacaniana. Para decirlo con Laclau y Mouffe (2010), a partir de la ontología social propuesta por Lacan, la sociedad (o cualquier forma de identidad) no puede ser ya el principio de explicación de sus procesos parciales. La afirmación lacaniana de que el campo socio-simbólico se estructura en torno a un núcleo imposible, resistente a la totalización o completa simbolización, determina la imposibilidad de pensar lo social como una estructura cerrada (un sistema de posiciones estructuralista), postulando, en su lugar, un orden barrado, incompleto por definición y en permanente re-construcción– pasaje que se relaciona con una creciente atención al rol constitutivo de lo que ese orden excluye (Tonkonoff, 2015). Por lo mismo, abre paso a reflexionar sobre los constantes y fallidos intentos por suturar esa falta primera, esa hiancia constitutiva. El resultado será una teoría no esencialista de lo social orientada a problematizar los modos en los que se construye (y re-construye) la sociedad, a partir del ordenamiento de una multiplicidad de significantes y deseos en pugna. Ordenamiento, siempre inestable y transitorio, que no podrá ser sino el resultado del conjunto de luchas políticas por la institución de sentidos y afectos, socio-históricamente situadas - ya no leídas como reflejos o expresiones de intereses esencialmente constituidos, sino como articulaciones (discursivas y, por lo tanto, prácticas) radicalmente contingentes.

Al poner en cuestión la presuposición de un fundamento último para explicar la sociedad, los autores proponen leer el campo social como un campo ideológico (Zizek, 1998) o discursivo (Laclau & Mouffe, 2010), constituido a partir de las fijaciones parciales de sentido, que se producen de modo precario y momentáneo (aunque, como veremos, no por ello, menos efectivas a la hora de la producción de identificaciones simbólicas y apegos afectivos).

Si lo social no consigue fijarse en las formas inteligibles e instituidas de una sociedad, lo social sólo existe, sin embargo, como esfuerzo por producir ese objeto imposible. El discurso se constituye como intento por dominar el campo de la discursividad, por detener el flujo de diferencias, por constituir un centro. Los puntos discursivos privilegiados de esta fijación parcial los denominaremos puntos nodales (Laclau & Mouffe, 2010).


Con la institución de puntos nodales, que articulan y organizan retroactivamente cadenas significantes, se producen los cierres o fijaciones parciales que estructuran el campo social como un discurso11. La multitud de elementos no-ligados se organiza, entonces, a partir de la institución de un conjunto de significantes privilegiados que, deteniendo el perpetuo deslizamiento metonímico, acolchan y fijan sentidos. Dicho ahora en otros términos, el campo social se constituye como un discurso ideológico a partir de la articulación de elementos (proto-ideológicos, en palabras de Zizek; significantes flotantes, para Laclau y Mouffe) en torno a un punto nodal (o significante vacío) que permite que esos elementos pasen a ser momentos de una totalidad estructurada.

El “acolchamiento” realiza la totalización mediante la cual ésta libre flotación de elementos ideológicos se detiene, se fija – es decir, mediante la cual estos elementos se convierten en partes de la red estructurada de significado (...) Lo que está en juego en la lucha ideológica es cuál de los “puntos nodales”, points de capiton, totalizará, incluirá, en su serie de equivalencias a esos elementos flotantes (Zizek, 1998, p.126).

De aquel postulado se derivan relevantes consecuencias para el análisis sociológico y político. En primer lugar, que la estructuración de un discurso (ideológico) sobre la realidad es radicalmente contingente y, por lo tanto, se transforma socio-históricamente (a partir de luchas políticas, también contingentemente articuladas). En segundo lugar, que estas articulaciones discursivas/ideológicas suponen siempre, desde esta perspectiva, una exterioridad, no por ello menos constitutiva. La producción de la realidad está, en última instancia, siempre imposibilitada por sus (múltiples) fronteras y exclusiones, ya sean antagonismos, dislocaciones, heterogeneidades y/o síntomas12.

Comienza a comprenderse en su espesor porqué aquí la nominación no es la representación de un sentido dado, sino, precisamente, la construcción discursiva/ideológica de la realidad social. Empero, por lo dicho anteriormente, no hay que olvidar que los procesos de nominación están siempre ligados a investimentos libidinales. De modo tal que, desde esta perspectiva, toda construcción discursiva/ideológica resulta irreductible a las operaciones lingüísticas, al estar ineludiblemente ligada a la dinámica del goce y del deseo. Para decirlo de un modo más preciso, ya no puede desconocerse que las condensaciones metafóricas que sobredeterminan el campo del discurso suponen, de modo cosustancial, investimentos afectivos que concurren siempre a la explicación de esas fijaciones parciales de sentido que se producen (Laclau, 2007; Zizek, 1998, 2005a, 2011)13. De allí que las nociones de fantasía y síntoma se presenten en este campo como herramientas heurísticas centrales a la hora del análisis de los procesos sociales.

Como ya hemos anticipado, para estos autores, es fundamental destacar que la institución de un discurso está siempre soportada por marcos fantasmáticos, que permiten una escenificación de la dislocación (falta) constitutiva de todo orden socio-simbólico. La fantasía es definida en un sentido lacaniano, no como una representación ilusoria de la realidad, sino como el soporte (ideológico) de la realidad. O, para decirlo mismo de otro modo, es la realidad la que se estructura en torno a una fantasía ideológica, que permite maquillar su falla constitutiva impidiendo el encuentro (traumático) con el antagonismo fundante de ese orden (Zizek, 1998)14. En términos más específicos, un significante sólo podrá operar como punto nodal (o como el significante vacío, en términos laclausianos) en la medida en que se instituya como objeto-causa del deseo (u objeto a). Es decir, como aquel significante que encarna, simultáneamente, la falta de plenitud y la promesa de su rellenado (Zizek, 1998). De allí que Laclau subraye que la lógica del significante vacío no es similar sino idéntica a la lógica del objeto alacaniana: un significante deviene, en un momento político dado, el nombre de una totalidad ausente (Laclau, 2007)15. Traducido a un lenguaje sociopolítico, desde esta perspectiva analítica, las fantasías sociales por ejemplo, los discursos o fantasmas publicitarios, que construyen a los objetos de consumo como objetos-causa de nuestro deseo en las sociedades del capitalismo tardío, para recuperar el conocido análisis de Stavrakakis (2010) son los escenarios ideológicos en los que se producen y fijan (en un doble sentido, retórico y afectivo) los sentidos e identidades sociales. Esto no quiere decir sino que las fantasías sociales dan forma a nuestras relaciones sociales efectivas, materiales, así como los modos en que se re-producen las subjetividades.

Sin embargo, como establecimos, la estructuración de un discurso o campo ideológico supone siempre la exclusión de un conjunto de significantes (y afectos). Pero, dijimos también, aquella exterioridad constitutiva no es anulada o eliminada, sino que persiste a la fantasía y produce vastos efectos sobre el orden de relaciones sociales. Para problematizar precisamente cómo lo excluido re-emerge en el orden socio-simbólico, cómo lo Real se positiva en campo social, la categoría de síntoma aparece como un elemento clave. Interrumpiendo la aparente consistencia de las sobredeterminaciones discursivas, los síntomas sociales refieren a aquellos sujetos, sentidos, deseos o prácticas que han sido apartados o reprimidos para poder alcanzar una simbolización armoniosa y que, por lo tanto, aparecen encarnando una negatividad violenta o goce excesivo (Stavrakakis, 2007; Zizek, 1999, 2000a). Es decir, los síntomas sociales no pueden ser hablados por los discursos o vínculos sociales establecidos, aunque paradójicamente son la condición misma de su existencia. Los síntomas sociales son las modalidades realmente existentes en las que se manifiesta la imposibilidad constitutiva de la sociedad.

En resumen, partiendo de que la sociedad no existe como una entidad dada (Laclau & Mouffe, 2010) y que son las fantasías sociales las que permiten la estabilización de ciertas relaciones, dando sustento a los discursos existentes, los síntomas se presentan como esos puntos perturbadores, aquellas intrusiones que, no obstante, son inevitables para que las fantasías puedan producirse y sostenerse, “contrapuntos necesarios”, podemos decir con Zizek (1998). Es por esto que analizar sintomáticamente lo social, posibilita una explicación renovada de las coyunturas sociopolíticas, de los condicionamientos sociales, así como de las constituciones subjetivas. Al permitir identificar y atender a los modos en los que distintas formas de alteridad social evidencian los quiebres (y, por lo tanto, las “verdades”) de las fantasías ideológicas, de aquellas ficciones que producen nuestra realidad. Al posibilitar, también, el reconocimiento de su anudamiendo al nivel del goce, permite comprender la persistencia y el apego (cuando no la dependencia) a determinadas prácticas, objetos, sujetos que, aun cuando produzcan afectos displacenteros, dolorosos o traumáticos, se nos presentan como inevitables (cuando no son más que el efecto de la particular estructuración del campo social).

De esta compleja dinámica retórica y afectiva que compone el juego de lo social para los teóricos sociales lacanianos se deriva que la crítica a los sistemas ideológicos resulta ineficaz cuando se mantiene en un plano estrictamente deconstructivo (Stavrakakis, 2010). El análisis sociopolítico debe orientarse a la identificación de los síntomas sociales de una época, identificación que supone un atravesamiento de la fantasía ideológica que da estabilidad al orden socio-simbólico y sus identidades (Zizek, 1998)16.O bien, al análisis de la construcción de hegemonías discursivas, socio-históricamente situadas, identificando no sólo los puntos nodales que permiten su articulación al producir cierres parciales (aquellas particularidades que, encarnando la universalidad imposible/necesaria, dan forma pero también fuerza a los discursos sociales al investirlos radicalmente), sino también, necesariamente, los antagonismos, dislocaciones y heterogeneidades que evidencian su precariedad e imposibilidad última (Laclau & Mouffe, 2010; Laclau, 2007)17.

Por último, debemos señalar que la original teoría del sujeto barrado propuesta por Lacan, renueva la forma en la que se analiza el proceso de constitución de las identidades sociales. Rechazada la presunción de identidades originarias, cerradas y plenas, se abre paso al análisis de los procesos de constitución de las mismas. Éstas pasan a ser entendidas, entonces, como resultados (siempre precarios, contingentes e inestables) del juego político de las identificaciones imaginarias y simbólicas. Comprender a las identidades sociales o subjetivas como resultantes de los procesos de identificación a través de las construcciones discursivas hegemónicas– o, ya podríamos decir, ideológicas– que configuran nuestro espacio social, supone atender a las variadas articulaciones de sentidos y afectos en las que se construyen las subjetividades. Variadas articulaciones que hacen posibles ciertas identificaciones tanto como excluyen o antagonizan con otras (no sólo entre diversos sujetos sociales, sino en un mismo individuo, desustancializando la noción de identidad). Pero, todo ello implica, además, que, al igual que los conjuntos sociales, estas identidades sociales o subjetivas no acaban nunca de ser completamente performadas por los discursos vigentes. Es precisamente en esas fallas donde radica la capacidad transformadora de la política: la creación de nuevos modos de identificación subjetivos, a partir de la promoción de nuevos modos de investimiento en el campo social. Es decir, la posibilidad de la puesta en cuestión (y, en el límite, de la subversión) de las identidades hegemónicas. Atender al carácter libidinal implicado en todo proceso de constitución de los colectivos y las subjetividades supone repensar las posibilidades del cambio social a la luz de una dialéctica compleja de des-investimientos y re-investimientos de los sentidos, los afectos y las prácticas que organizan nuestra vida colectiva.


Conclusiones

En el presente texto hemos explorado algunas premisas cardinales que permiten hipotetizar sobre la producción (aún en curso) de un novedoso enfoque de teoría social al que, siguiendo a reconocidos autores contemporáneos, denominamos “teoría social lacaniana”. A pesar de que en ese campo son generalmente incluidos un conjunto sumamente heterogéneo de autores – entre cuyas producciones existen diferencias (cuando no abiertas disputas) que no pueden ignorarse –, postulamos que ellos comparten una serie de premisas básicas y herramientas heurísticas para pensar lo social, tomadas del corpus lacaniano, que permite reconocer una afinidad paradigmática entre sus desarrollos. Afinidad que sólo puede ser advertida a partir del recorrido por algunos conceptos fundamentales de Jacques Lacan, identificando el modo en que éstos han sido crecientemente apropiados y traducidos para el análisis sociopolítico.

De allí que nos hayamos propuesto, en primer lugar, delinear una aproximación al pensamiento y categorías de Jacques Lacan. En este sentido, hemos buscado resaltar la articulación novedosa que el autor propone entre los desarrollos freudianos sobre el deseo (entendido como una negatividad irreductible) y la noción de lenguaje heredera del estructuralismo lingüístico. Es precisamente esta singular articulación la que lo llevará a postular que todo sujeto está siempre-ya constituido en un conjunto de relaciones significativas y libidinales que lo estructuran. Pero no sólo eso: ese conjunto de relaciones estructuradas al que denomina orden socio-simbólico (y el sujeto que le es correlativo) están por definición barrados. Es decir, ontológicamente imposibilitados de constituirse de manera plena y definitiva, en tanto suponen necesariamente una serie de exclusiones fundantes, que ponen de relieve su imposible completitud.

La recuperación crítica de la enseñanza lacaniana emprendida en las últimas décadas se orienta a la producción de una renovada reflexión sobre los procesos y dinámicas sociales que escapa tanto a los abordajes deterministas como a las teorías voluntaristas de la acción. Así, tomando como punto de partida la ontología desfundamentada lacaniana – el hecho de que la sociedad y el individuo social no existen como identidades sustanciales, ni dadas a priori–, diversos teóricos sociales se propusieron articular de modo específico el conjunto de categorías elaboradas por el pensador francés para la descripción y análisis de los modos en que las sociedades (y los sujetos) se estructuran y desestructuran. Es decir, buscaron reflexionar sobre los procesos y dinámicas que logran, precisamente, construir campos ideológico-discursivos y hacen posibles las identificaciones socio-políticas. Porque, si bien la sociedad es imposible, su producción no deja de ser necesaria. Hemos buscado establecer que, a pesar de las diferencias, tanto Laclau y Mouffe como Zizek, comparten la idea de que son los discursos o fantasías ideológicas las que hacen posibles la producción de los sentidos y las identidades, al articular y estabilizar los significantes y afectos que organizan nuestra realidad. Mostrando que estos autores comparten también, aunque con énfasis y tratamientos diversos, la premisa paradigmática de que esos órdenes socio-simbólicos están siempre dislocados atravesados por exclusiones o heterogeneidades que, emergen como síntomas del campo sociosimbólico, poniendo de manifiesto que éste es siempre una totalidad precariamente suturada. Es precisamente porque las composiciones que se establecen son inestables y abiertas, contingentes y nunca definitivas, que la lucha política por la institución de nuevos sentidos e identidades sociales es posible (y necesaria).


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Notas

* Doctoranda en Ciencias Sociales y licenciada en Sociología (CONICET/IIGG/UBA). Correo electrónico: blancoanabelen24@gmail.com

* Doctora en Ciencias Sociales (CONICET/IDAES/UBA). Correo electrónico: sanchez.masoledad@gmail.com


1 Este texto y sus hipótesis de trabajo son deudoras de las investigaciones, lecturas e intercambios realizados en el Grupo de Estudios sobre Estructuralismo y Postestructuralismo del Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA), así como del Seminario Interno de la Teoría Sociológica “Lenguaje, Deseo, Cultura. Teorías sociales estructuralistas y postestructuralistas” de la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, ambos dirigidos por el Dr. Sergio Tonkonoff. Un agradecimiento a todos los compañeros de aquellos espacios.

2 Consideramos que puede identificarse, asimismo, otra perspectiva posestructuralista, articulada principalmente a partir de los trabajos de Michel Foucault, Gilles Deleuze y Félix Guattari (Tonkonoff, 2015). Partiendo de la afirmación de que toda identidad (social y subjetiva) se constituye a partir de asociaciones entre fuerzas que la atraviesan y exceden, los mencionados autores –y quienes tomarán sus desarrollos como pilares teóricos, como Toni Negri, Michel Hardt, MaurizioLazzarato, Judith Revel, entre otros– se orientan a problematizar las unidades sociales y subjetivas a partir de las nociones de dispositivo y/o agenciamiento. Se trata de conceptualizar dichas unidades como efectos resultantes de relaciones múltiples y variadas, que dan forma a composiciones siempre parciales, inestables y abiertas. Esta perspectiva propone una teoría de la sociedad y de los sujetos alternativa a la vertiente lacaniana, en la que se prescinde de la referencia a la prohibición, estructuradora del discurso psicoanalítico, y se afirma la positividad del deseo y la constitución de su campo de inmanencia.

3 Si bien las referencias a los nudos son tempranas en la obra lacaniana (pueden encontrarse ya en los escritos de los años ´50), es a comienzos de la década del ´70 que el autor se encamina a examinar en profundidad las topologías de los nudos, concentrándose en el estudio del nudo borromeo. Nudo compuesto de tres anillos eslabonados de tal modo que, si uno de ellos se corta, cualquiera sea, los tres se separan. En sus seminarios de los años 72/73 y 74/75, Lacan problematiza con esta figura la interdependencia de los tres registros (imaginario, simbólico y real), así como los elementos que comparten en cada una de sus intersecciones (Evans, 2013).

4 Para profundizar en las premisas teórico-metodológicas del estructuralismo, se recomienda: Deleuze(2005); Culler (1976); Giddens (1990); Sazbón (1973,1993).

5 Puede decirse que Lacan avanza en la tematización de lo Real especialmente en su obra tardía, presentando un nivel cada vez mayor de complejización (Lacan, 2006, 2013). Paulatinamente, el autor irá definiendo lo Real no sólo en términos negativos – en tanto límite alienante de la construcción y la significación – sino que también lo ligará a la jouissance (o goce) como su modalidad positiva. Esto es, la falta lacaniana no quedará reducida al límite del discurso, sino que la falta es también una falta de jouissance desde el punto de vista de la dialéctica del deseo. En otras palabras, la falta en el Otro no es sólo una falta de recursos simbólicos, sino una falta de goce, aquella plenitud que sacrificamos para ingresar al orden socio-simbólico y que se presenta siempre como algo perdido (Zizek, 1998; Stavrakakis, 2007). Este goce o jouissanceno puede representarse con plenitud en el sentido; no está hecho de sentido pero, no obstante, inviste al sentido (Stavrakakis, 2010). Con todo, la categoría de jouissance presenta una extensa (y encriptada) tipología que excede con mucho los fines del presente análisis.

6 El deseo está estructurado, para Lacan, en torno a la interminable búsqueda de la jouissance perdida/imposible, en torno a la promesa de hallarla. La denominación del objeto a como objeto-causa del deseo da cuenta del proceso por el cual el deseo (que carece de objeto fijo, en tanto que el deseo es siempre deseo de lo que falta) se transpone metonímicamente de objeto a objeto. En términos de Zizek, el objeto a encarna “simultáneamente la pura falta, el vacío en torno al cual gira el deseo y que, como tal, causa el deseo y es simultáneamente el elemento imaginario que oculta este vacío, que lo vuelve invisible al llenarlo” (Zizek, 2004, p.266). De este modo, se presenta como un rellenado de ese vacío constitutivo.

7 Antes de referir al pequeño objeto a, Lacan asignaba al Falo la función de significante del deseo, en un juego entre identificaciones simbólicas e imaginarias. Siguiendo a Stravrakakis (2007), podría decirse que el objeto a toma gradualmente el lugar del falo simbólico, aunque complejizando su constitución al incorporar la dimensión de lo real (y del goce) a los registros anteriormente mencionados.

8La problematización del síntoma evidencia, el mencionado desplazamiento en la enseñanza de Lacan, desde la tematización de la dimensión simbólica hacia lo real. Si en sus escritos de los años 50, el síntoma parecía constituir una formación simbólica inconsciente posible de ser interpretada por la palabra, posteriormente Lacan afirmará que el síntoma, como construcción simbólica, se anuda a un núcleo de goce real (y es, por lo tanto, irreductible al primer registro) (Zizek, 1998; Stavrakakis, 2010). Propondrá, entonces, un vocablo específico para dar cuenta de esta articulación simbólico/real: el sinthome (Lacan, 2006).

9 Dice Zizek (2011, p. 11) “El “sujeto” nombra una brecha en lo simbólico, su estatus es real”. Atender a estos desplazamientos quizás permita comprender porqué la propia categoría de sujeto es crecientemente reemplazada por la de sinthome en los desarrollos tardíos de Lacan (Stavrakakis, 2010).

10 En su libro La izquierda lacaniana. Psicoanálisis, teoría, política (2010), YannisStavrakakis ha explorado y trazado coordenadas cardinales para el mapeo de esa constelación de autores contemporáneos y sus aportes para el análisis sociopolítico actual, aunque sin subestimar ni omitir las importantes y, en algunos casos, irreconciliables diferencias entre ellos.

11 Vale aclarar que, lejos de una concepción monista y omnipresente de un discurso único, los autores postestructuralistas reconocen y problematizan la existencia de discursos múltiples en los campos sociales, aunque algunos de ellos alcancen posiciones hegemónicas en la vida colectiva (Hall, 1998).

12 La cuestión de las fronteras o los límites y, particularmente, su tematización en relación a la categoría lacaniana de lo Real, ha sido uno de los debates más productivos (aún en curso) entre los autores de la izquierda lacaniana (al tiempo que ha trazado grandes diferencias en sus conceptualizaciones). Atender al debate entre Zizek y Laclau en torno a la conceptualización del antagonismo propuesta en Hegemonía y estrategia socialista es clave en este sentido (Zizek, 1998, 2000b, 2011; Laclau, 2000).

13 El tratamiento y conceptualización de la dimensión afectiva o libidinal de los procesos sociales es otro de los grandes ejes de los debates en curso en el campo de la teoría social lacaniana. Mientras que Zizek ha abordado de manera abierta e incorporado a su análisis la categoríalacaniana de goce, Laclau, en cambio, ha optado por utilizar la noción de “investimiento radical” frente a las de deseo y/o goce ( Blanco & Sánchez, 2014).

14 En el recordado texto Ideología y Aparatos ideológicos de Estado, Althusser, retomando a Lacan, ya hacía referencia a la relación imaginaria, al contacto siempre mediado que se entabla con las condiciones materiales de existencia. Sentando, de este modo, las primeras bases para una reconceptualización de la ideología ya no entendida como un velo que se limita a ocultar (falsa conciencia), sino como una ficción necesaria, una estructura omnihistórica que produce a los individuos como sujetos (Althusser, 1970). Con todo, esta problematización althusseriana de la ideología aún estaba ligada a la idea de un fundamento último de lo social, que será precisamente aquello que los desarrollos posteriores pondrán en cuestión.

15 Para un análisis más detallado de esta cuestión, nos permitimos referir a Blanco y Sánchez (2015).

16Tal ha sido el camino explorado fundamentalmente por Slavoj Zizek, quien, a lo largo de su vasta obra, ha ensayado diversas lecturas sobre los síntomas propios de nuestras sociedades contemporáneas. En estas sociedades que se autodefinen como multiculturalistas y liberales, el racismo, el antisemitismo, el temor a las multitudes, el terrorismo, los fundamentalismos, por mencionar algunos de los tópicos abordados por el esloveno, aparecen como aquellos síntomas sociales que develan las fracturas, las “verdades” de esas formas de estructuración social. En ellos se ponen en evidencia los mandatos sobre las que se sostienen, los exteriores que construyen, así como las relaciones que se establecen con esos elementos excluidos. En otras palabras, las políticas del goce que caracterizan a una época (Zizek, 2005b, 2010).

17A partir de las nociones de hegemonía y antagonismo, Ernesto Laclauy Chantal Mouffehan analizado la constitución de movimientos políticos e identidades socialesen países europeos y latinoamericanos. Sin embargo, mientras que Mouffe (1997, 2011) se ha inclinado a la problematizacióndela confrontación agonista, la forma de relación entre nosotros/ellos basada en el reconocimiento mutuo; Laclau (1996, 2007) ha buscado redefinir al populismo como la forma paradigmática de construcción de identidades políticas,forma basada en la extensión de cadenas equivalenciales entre demandas insatisfechas.

Cabe agregar además la creciente apropiación de su arsenal categorial para la reflexión sobre variados procesos sociales, políticos y culturales, emprendida por otros teóricos contemporáneos (Hall, 1998; Stavrakakis, 2010).


Artículo recibido: 05/11/2016 Artículo aceptado: 15/02/2017

MIRÍADA. Año 9 No. 13 (2015) p. X-X

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