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Luchas populares y Estado en la apuesta teórica de Negri y Hardt: entre el consenso de masas y el poder inmanente de la multitud


Graciela Inda*


Resumen

El objetivo de este artículo consiste en identificar y analizar los modos de análisis que ponen en escena Negri y Hardt, referentes decisivos del debate que ocupa al pensamiento crítico contemporáneo, para abordar el problema de la relación Estado/luchas populares, sus derivas y determinantes.

A partir de una lectura atenta a la complejidad del dispositivo teórico desplegado por estos pensadores, identificamos y problematizamos, entre otras, la siguientes tesis: i) las luchas populares tienen primacía sobre los aparatos de Estado y son el motor de una acumulación capitalista reactiva; ii) toda forma de representación y de participación de las clases populares en los canales previstos por el Estado deriva en un consenso de masas regulado; iii) el poder desmovilizador y ordenador de los Estados nacionales, en retroceso ante el poder imperial pero todavía crucial, se basa crecientemente en el uso de la represión. Por ende, la multitud posmoderna, dotada de un poder político potencial e inmanente a su capacidad productiva y comunicativa, constituye la única base posible de un contra-poder externo a las fuerzas del Estado y del capital. La realización democrática y autogestionaria de la multitud no es una utopía sino que conforma un movimiento tendencial.

Palabras claves: Capitalismo global; Poderes nacionales; Aparatos de dominio imperial; Movilización; Organización de clases subalternas.


Abstract

This article aims to identify and analyze the perspectives developed by Negri and (crucial specialistsin the discussion of contemporary critical thinking) when it comes to addressing the problem of State/popular struggles relationship, their drifting and determinants. 

Based on an attentive reading of the complexity of the theoretical device deployed  by this thinkers, we identify and problematize the following thesis: i) popular struggles have primacy over State Apparatus and they are the driving force of capitalist reactive accumulation; ii) every form of representation and participation of popular classes through the channels provided by the State results in a regulated masses consensus; iii) the demobilizing and disciplining power of nation States is based on the increasing use of repression. Therefore, postmodern multitude possess a potential political power, immanent in their productive and communicational ability, which is the only possible base of an external counterforce in respect of State and Capital forces. The democratic and self-management realization of the multitude is not utopian but a trend movement. 

Keywords: Global capitalism; National powers; Dominant imperial apparatus; Mobilization; Organization of subaltern classes.


Introducción

Entre las teorías que ganan notoriedad tras la caída del muro de Berlín por su intento de articular un análisis global del orden social contemporáneo con un proyecto político emancipatorio, la propuesta de Negri y Hardtocupa un lugar destacado. Las provocativas y ambiciosas tesis desarrolladas en Imperio (2002a), luego profundizadas y rediscutidas en Multitud (2004) y Commonwealth (2009), sobre el fin del imperialismo y la aparición de un imperio descentralizado, el tránsito de la modernidad a la posmodernidad, la formación de una multitud inmanente y global potencialmente anticapitalista y el fracaso de las democracias representativas se han convertido en referencias fuertes de las batallas que empecinan a los pensadores marxistas y posmarxistas de nuestra época.

De la primera y más resonante parte de la trilogía se ha dicho que constituye un impresionante esfuerzo teórico escrito con entusiasmo comunicativo y un amplio conocimiento histórico que sienta las bases de una teología de la lucha de clases superadora del marxismo clásico e instala un debate que sólo puede ser beneficioso (Balibar, 2005); una obra que lejos de ser posmarxista enfrenta el reformismo disfrazado de marxismo ortodoxo (Altamira, 2003); un intento poderoso de reescritura del Manifiesto Comunista en el que, sin embargo, la falta de visión concreta es disimulada por la jerga deleuziana de la multitud y la desterritorialización (Žižek, 2001); una seductora hipótesis totalizante con una débil justificación empírica y conceptual (Bensaïd, 2002); una negación insostenible de la profundización del imperialismo (Borón, 2004); un estudio basado en generalizaciones confusas que se deshace de los conflictos de clase y los sustituye por una noción -las multitudes- sin especificidad histórica ni empírica (Petras, 2001); una obra que si bien contiene limitaciones, errores e imprecisiones, y más dudas que certezas, constituye una contribución enorme al pensamiento crítico, aunque más no sea por las discusiones que genera (Kohan, 2002).

Que suscite definiciones tan intensas, desde exaltaciones hasta críticas virulentas, en medio de las cuales algunos consideran que “(…) la lógica argumental de Hardt y Negri suele perderse en el camino” (Viguera, 2002, p. 221), se explica en buena medida por la pretensión de los propios autores de proporcionar un nuevo umbral teórico que trascienda las pequeñas ficciones, dominantes en la escena teórica de los ochenta y noventa, mediante una articulación de los aportes de Marx -que siguen siendo para ellos ineludibles- con las perspectivas analíticas posmodernas. En sus propias palabras:“después de los ochenta, después de la derrota de las luchas, después del triunfo del pensamiento débil, se requería de una sacudida: Imperio la dio” (Negri &Zolo, 2007, p. 39).

Ahora bien, por paradójico que parezca, esa sacudida de la modorra intelectual que muchos atribuyen a la intervención de Negriy Hardtno se sustenta en la formulación de interrogantes novedosos1 sino en la recuperación de los tópicos y disyuntivas surgidos de la derrota de los grandes movimientos populares y de la crisis teórica y política de la tradición marxista patentizados a fines de los setenta2.

En efecto y como mostraremos, a lo largo de su producción, que no se agota en la serie ya mencionada sino que abarca una profusa cantidad de artículos y libros, Negri3 y Hardt retoman con ímpetu algunos de los más potentes interrogantes formulados por las teorías críticas de los sesenta y setenta en torno del Estado y las luchas de masas, sus modalidades, su eficacia y sus vínculos: el poder político, ¿se encuentra concentrado en el Estado o bien es preciso adherir a una concepción microfísica y diseminada? ¿Existen formas activas de consenso de masas en procesos comandados por el Estado o el consenso popular se constituye como modalidad de inclusión dependiente en el campo estatal haciendo necesario que las clases subalternas construyan poder y se organicen completamente por fuera del Estado en formas de democracia autogestionaria?

Las acciones colectivas, ¿resultan espontáneamente de la contradicciones capitalistas o dependen de una instancia de organización y articulación eminentemente política?; la movilización de las fuerzas populares, ¿responde a la lógica de la oposición de clases o se asienta en una dinámica en la que tienen primacía otras lógicas identitarias de la diferencia?, entre otros.

Identificar y problematizar los modos conceptuales mediante los cuales Hardt y Negri recuperan esas disyuntivas heredadas que llegan hasta nosotros cargadas de actualidad y pertinencia, es el propósito general que anima estas páginas.

En medio de la producción totalizante de los autores, que incluye una filosofía del sujeto, una teoría de la globalización, un análisis del mundo laboral correspondiente a la era posmoderna, una historización de la sociedad moderna occidental, una teoría del poder, una ontología del mundo político contemporáneo, una problematización del derecho internacional, entre otros aspectos, centramos nuestra atención en la identificación y el examen de las tesis, nociones y vías de acceso que plantean para pensar la relación Estado/luchas populares, sus derivas y determinantes.

A partir de la convicción de que es preciso ir más allá de la aparente familiaridad de las posiciones y los conceptos elaborados por Hardt y Negri, que a veces sobreviene en la repetición superficial y equívoca de términos y consignas, reivindicamos una lectura que se esfuerza por captar la densidad teórica que respira detrás de cada palabra, el movimiento argumental que envuelve y explica cada concepto, sin renunciar en el camino a identificar cómo intervienen esas palabras y conceptos en el debate teórico que atraviesa de lado a lado la cartografíacrítica contemporánea.


La potencia de las luchas populares

La elaboración de una “teoría de la lucha de clases no teleológica” (Negri & Zolo, 2007, p. 40) con énfasis en el poder de las luchas de las clases dominadas constituye para Hardt y Negri una pieza central de su andamiaje teórico.

Bajo la influencia del operaismo de los sesenta, no dudan en afirmar que “la crisis capitalista no es simplemente una función de la dinámica propia del capital sino que responde directamente al conflicto proletario” (Hardt & Negri, 2002a, p. 244)4. La historia de las formas capitalistas es según ellos una historia reactiva: el capital no encara transformaciones sistémicas por decisión propia sino que lo hace cuando está acorralado por la intensidad de las luchas populares. Son los movimientos sociales los que determinan el movimiento de los capitales y no a la inversa, argumentan.

En su estructura actual, caracterizada por una soberanía que trasciende los anteriores centros imperiales y las fronteras, el capitalismo global es resultado de las diversas luchas populares de los sesenta y los setenta que luego de un largo ciclo alcanzaron su madurez y convergieron, a pesar de sus diferencias radicales, en un proceso de “unidad objetiva” o “acumulación de luchas” contra un enemigo común, el orden disciplinario internacional. En los países dominantes, las luchas de los trabajadores contra el aumento de la productividad del trabajo en las fábricas lograron socavar la estrategia capitalista basada en impedir la unidad de los trabajadores mediante la creación de jerarquías en la división internacional del trabajo al tiempo que indujeron un aumento de los costos del reformismo estatal. Paralelamente, en los países subordinados, los movimientos anti-imperialistas y anti-capitalistas impidieron la posibilidad de transferir la crisis a los territorios subordinados y limitaron la extracción de rentas excesivas (Hardt & Negri, 2002a).

En respuesta a la confluencia e intensidad global de esas luchas obreras, el capital- según señalan- desplegó dos estrategias diferenciadas. Por una parte, apuntó a reconstruir la división del mercado de trabajo privilegiando salarialmente a ciertos segmentos de la fuerza laboral y controlando la movilidad de la misma. Por otra, introdujo una transformación tecnológica que no tuvo únicamente una función represiva sino que apuntó a adaptarse a la nueva composición de la fuerza de trabajo caracterizada por formas inmateriales, cooperativas, comunicativas y afectivas. Esta segunda estrategia marcó un antes y un después porque implicó un cambio del paradigma productivo (Hardt & Negri, 2002a).

El empuje de las luchas sociales de los sesenta y setenta no sólo se tradujo en mayores beneficios sociales y salariales sino que también, y esto es crucial para el enfoque elaborado por los autores, produjo cambios sustanciales en la calidad y la naturaleza del trabajo mismo. Las diversas formas de protesta y experimentación social de los jóvenes, los movimientos feministas, los movimientos contraculturales, que acompañaron las luchas obreras, colocaron en primer plano el valor de la cooperación y la comunicación, inventaron nuevas formas de movilidad y estilos de vida, dieron valor al conocimiento y al trabajo intelectual y elevaron el valor social del trabajo afectivo. Y es esta nueva subjetividad de la fuerza laboral el factor determinante del paso del paradigma disciplinario moderno al paradigma de la posmodernización5.

Una crítica insistente que recibe esta tesis según la cual las luchas de las clases productivas son el verdadero motor del desarrollo capitalista es que subestima la profundidad de los antagonismos inter-capitalistas y el impacto del conflicto entre los centros imperialistas en la conformación del capitalismo contemporáneo. Según Callinicos (2001), por ejemplo, la recomposición capitalista de los setenta y ochenta no puede ser leída como una conquista de las clases dominadas porque se estarían ignorando las derrotas reales en las que el capital efectivamente quebró las formas existentes de organización obrera.


El nuevo proletariado

En oposición a la teoría de Laclau y Mouffe (1985), para la cual la acción política no se sustenta en ninguna lógica social previa sino que requiere de la construcción de antagonismos a partir de una articulación político-discursiva6, Negri y Hardt sostienen que las transformaciones del modo de producción capitalista generan per se un nuevo sujeto potencialmente revolucionario que tiene los rasgos de la multitud. Hay para ellos un potencial de insubordinación y sublevación inscripto en las nuevas subjetividades emergentes de las prácticas laborales7.

Con un tono que nos recuerda la clásica fórmula de Marx sobre el taller oculto de la producción como el lugar en el que hay que buscar el secreto de la explotación capitalista, advierten que “(…) el reino de la producción es el ámbito donde se revelan más claramente las desigualdades sociales y, además, donde surgen las resistencias y las alternativas más efectivas al poder del imperio” (Hardt & Negri, 2002a, p. 18).

Y ese reino de la producción, en cuyo seno hay que buscar las subjetividades posmodernas, tiene como rasgo distintivo la pérdida de centralidad del trabajo industrial. Esta es sin duda una tesis nodal del esquema teórico elaborado por Negri y Hardt.

Mientras que la modernización se caracterizó por el desplazamiento de la fuerza laboral desde la agricultura y la minería a la industria, el proceso de pos-modernización que comienza a mediados de los setenta en los países dominantes se expresa en una migración de la industria al sector de los servicios, caracterizado por empleos móviles que requieren aptitudes flexibles. Si bien la producción industrial sigue teniendo un papel importante, ella misma resulta modificada en sus circuitos de fabricación por la revolución informática. Al mismo tiempo, la capacidad de transformación y la fuerza centrípeta que el trabajo fabril ejercía en los siglos XIX y XX sobre las demás actividades económicas (la industrialización de la agricultura y la ganadera, por ejemplo) resultó desplazada en los últimos decenios del siglo XX por la emergencia y creciente importancia del trabajo inmaterial que produce bienes intangibles (Hardt & Negri, 2002a)8.

Conscientes que desde un punto de vista cuantitativo y a escala mundial el trabajo agrícola sigue siendo dominante mientras que el trabajo industrial no ha declinado, siendo el trabajo inmaterial una parte minoritaria del trabajo global que además se concentra en algunas regiones dominantes del planeta, Hardt y Negri definen la nueva hegemonía del trabajo intelectual, como a la anterior hegemonía del trabajo industrial, en términos cualitativos, esto es, como la capacidad de comandar las demás formas de trabajo y a la sociedad misma (Hardt & Negri, 2004).

Según su línea de argumentación, la hegemonía de la clase obrera industrial correspondió a un momento histórico en el cual el capital podía reducir el valor a una medida. En la era posmoderna, en cambio, se torna cada vez más difícil diferenciar el trabajo productivo del trabajo improductivo y definirlo en términos estrictamente económicos porque todo trabajo (material e inmaterial, intelectual o corporal) produce y reproduce bienes materiales, comunicación, relaciones y formas de vida, en suma, produce la vida social, y en el proceso sufre la explotación del capital (Hardt & Negri, 2002a, Hardt & Negri, 2004).

Si bien estos procesos de trabajo inmaterial que definen al nuevo proletariado admiten una existencia virtual coordinada por redes de comunicación, favoreciendo así la tendencia a la homogeneización y descentralización de la producción, eso no significa, como sostienen algunas lecturas, que la nueva hegemonía haga más gratificante el trabajo ni que disminuya la explotación, la jerarquización y el autoritarismo en los puestos de trabajo (Hardt & Negri, 2004).

Cuando se refieren a las segmentaciones sociales propias del mundo posfordista aclaran que la explotación de clases “por flexible e indiscernible que pueda ser a veces” sigue siendo fundamental para el funcionamiento del capital y la división en clases “esencialmente efectiva en las nuevas segmentaciones” (Hardt & Negri, 2002a, p. 421). En el mismo sentido, Negri sostiene que el concepto de multitud es un concepto de clase en el que la noción de explotación queda definida como “explotación de la cooperación” (Negri & Cocco, 2003, p. 63). De este modo, las interpretaciones que sostienen que el concepto de multitud se encuentra completamente desligado del concepto de clase (Gelado, 2009) o que consideran que conlleva un abandono de la lógica de clases y de la consiguiente distinción entre explotadores y explotados (Petras, 2002; Borón, 2004) se revelan cuando menos apresuradas.

La nueva hegemonía de la forma de trabajo inmaterial respecto de las demás formas de trabajo, podemos insistir a partir de nuestra lectura, no anula las divisiones del trabajo ni las jerarquías salariales, geográficas, raciales, de género, etc., las cuales, por el contrario, son para ellos más dramáticas y profundas que nunca (Hardt & Negri, 2004). No hay que olvidar que la proletarización generalizada, con sus nuevas formas de segmentación9, resulta de una política del capital respecto del trabajo que tiene como principal objetivo bajar los llamados costos laborales. “El temor a la violencia, la pobreza y el desempleo es finalmente la fuerza primaria e inmediata que crea y mantiene estas nuevas segmentaciones” (Hardt & Negri, 2002a, p. 310). Por lo tanto, la topología y topografía de la explotación, que define y gestiona jerarquías y divisiones del trabajo cuyas líneas pasan por encima y por debajo de las fronteras nacionales, es emplazada por nuestros pensadores como una pieza esencial, aunque articulada con otras dimensiones (como veremos enseguida), del dominio capitalista.

En suma, con la categoría de nuevo proletariado no se refieren únicamente a la clase obrera industrial sino a la totalidad de las formas de trabajo socialmente productivas que están subordinadas al gobierno del capital. Por ende, en la misma medida en que el capital globaliza sus relaciones de producción, todas las formas de trabajo tienden a entrar en esta categoría, convirtiéndose el proletariado “en la figura universal de la fuerza laboral” (Hardt & Negri, 2002a, p. 239). Es en este sentido que algunos han planteado que la multitud no constituye una categoría que viene a negar el paradigma clase obrera sino que plantea la “circulación de esta clase en la sociedad toda” (Espinosa, 2003, p. 18).

Podemos volver ahora a la cuestión de la potencialidad emancipadora que Hardt y Negri atribuyen a este nuevo proletariado. Animado por los poderes del conocimiento, el afecto, el lenguaje y la ciencia, produce un trabajo que constituye una actividad que se encuentra “más allá de toda medida” (Hardt &Negri, 2002a, p. 364), no sólo porque produce en todas partes y durante todo el día sino también porque, y esto es clave, involucra en todo momento tanto la facultad de actuar en común como la “inteligencia del enjambre” (Hardt & Negri, 2004, p. 123 y 135). La nueva fuerza de trabajo se conforma así, por su propia dinámica, en una comunidad dotada con la facultad de organizarse autónomamente para oponer resistencia a la dominación del capital.

En consecuencia, si antes el trabajador industrial pudo ocupar una posición hegemónica en las políticas de izquierda, la nueva naturaleza del trabajo, que pone en primer plano al trabajador social o trabajador intelectual (Negri, 2003), reclama de los movimientos anticapitalistas una articulación y una alianza entre trabajo intelectual y trabajo manual, entre los nuevos obreros intelectuales, flexibles y móviles, y los obreros de las fábricas.


La sujeción de la multitud en los tiempos posmodernos

Si bien Hardt y Negri (2002a) afirman que respecto de los poderes constituyentes de la multitud, el gobierno imperial se manifiesta como una “concha vacía” (p. 328), reconocen que sus intervenciones negativas y regulatorias, desplegadas en múltiples formatos y direcciones, producen efectos en las clases subalternas. Apelando a conceptos provenientes de corrientes teóricas heterogéneas, construyen lo que podríamos llamar una matriz multidimensional de la dominación posmoderna que registra las instancias económica, ideológica, administrativa y represiva que la componen.

En lo tocante a la dimensión económica de la dominación entienden que el capital tiene un funcionamiento inmanente y desterritorializador. A partir de los análisis de Deleuze y Guattari aseguran que los mecanismos de la soberanía moderna, que imponían un orden trascendente sobre un territorio social limitado y segmentado, han sido desplazados por una axiomática del capital que no reconoce un centro transcendente de poder y que tiende a destruir las fronteras, a expandirse y a buscar nuevas poblaciones (Hardt & Negri, 2002a).

Atendiendo a la instancia ideológico-comunicativa, subrayan que el poder del espectáculo -concepto que toman de Debord- interviene con más intensidad que nunca en la sumisión/fragmentación de las multitudes disolviendo toda pretensión de una esfera pública y reduciendo la política a una práctica centrada en el consumo. Junto a ese poder, la “política del miedo” (Hardt & Negri, 2002a, p. 295) que implementan las enormes empresas de la comunicación constituye una pieza central de la dominación ideológica posmoderna puesto que funciona como la garantía última de control y pacificación de las segmentaciones sociales, de las luchas entre los pobres por obtener trabajo, en suma, del conflicto en el seno del proletariado imperial.

La lógica de la sujeción ideológica que antes operaba principalmente en los espacios limitados de las instituciones disciplinarias (escuela, familia, fábrica, hospital, etc.) ahora se extiende por todo el espacio social dando lugar a redes y circuitos de control caracterizados por su horizontalidad. En el pasaje a la sociedad de control, que corresponde a la modalidad desterritorializada del capital, el ejercicio inmanente de la disciplina, esto es, el autodisciplinamiento de los sujetos, funciona en dispositivos menos acotados que se entrecruzan con las modalidades disciplinarias modernas (Hardt & Negri, 2002a).

La burocracia también tiene un rol preciso en ese proceso de separación/ segmentación de la población dominada. Si a lo largo de la historia, la segmentación de las multitudes ha sido la condición de toda administración política, que se abocaba a realizar esta tarea mediante un aparato coherente que pudiera integrarlas/reprimirlas, en las condiciones posmodernas la burocracia procura integrar los conflictos no según el principio de universalidad (tratar a todos por igual para homogeneizar) sino mediante la diferenciación y la singularización (tratar a cada uno de manera diferente) (Hardt & Negri, 2002a).

La amenaza de la vida misma a partir de la violencia absoluta de las guerras y la regulación mediante el uso de las fuerzas policiales de las manifestaciones y protestas populares, conforman la lógica o el momento represivo de la dominación. Lejos de subestimar la eficacia de la violencia, cosa que hacen otros teóricos posmarxistas, Hardt y Negri entienden que la legitimidad ficticia del poder imperial se sustenta cada vez más en la represión de las revueltas y en las guerras sin fronteras, así como en las políticas de intimidación y segregación que las acompañan.

El funcionamiento de conjunto del dominio imperial, resultante según nuestro análisis de la confluencia de sus diversas lógicas o dimensiones, todas ellas orientadas al control de las fuerzas de la multitud, se caracteriza por su naturaleza biopolítica, esto es, por funcionar como una forma de poder que regula la vida social desde el interior. Hardt y Negri replican en diversos escritos esta consigna según la cual “no hay nada fuera” del capital, nada fuera del alcance de la violencia, nada fuera de la administración ni nada por fuera de la sujeción ideológica. El dominio se extiende-dicen- sin respetar muros geográficos ni de ningún tipo.

Ahora bien, como ya hemos indicado, a pesar de su eficacia, la dominación imperial no se despliega como un poder constituyente o un poder positivo. A partir de la distinción entre poder y potencia10, el dominio del imperio es captado como una autoridad negativa y pasiva que mantiene abierta la brecha entre la virtualidad y la posibilidad del proyecto de la multitud. Sus intervenciones coercitivas, regulatorias y no constituyentes, conforman reacciones a los actos de resistencia de la multitud, situada del lado de la potencia, esto es, de la cooperación y la creatividad. En este sentido, el poder imperial es un parásito que extrae su vitalidad de la capacidad que poseen las clases populares de “crear nuevas fuentes de energía y valor” (Hardt & Negri, 2002a, p. 329).

En otros términos, a pesar del despliegue de todas sus lógicas, el poder no puede restringir demasiado a la multitud porque también depende de su fuerza. Hay en la trama teórica de nuestros pensadores un conflicto fundamental -volvemos a la cuestión de la lucha como motor de los procesos históricos- entre los poderes constituyentes (pero potenciales) de la multitud y el poder constituido (pero reactivo y derivado) del imperio.


La cuestión del Estado

La concepción de imperio11 -central en el esquema propuesto por la dupla Negri/Hardt-implica de suyo la superación de la soberanía estatal tal como se había desarrollado en la modernidad capitalista. Si el imperialismo resultaba de la expansión de los Estados nacionales más allá de sus fronteras, el imperio que vino a sustituirlo designa una nueva forma de soberanía que trasciende las fronteras permanentes y los espacios finitos y sólo conoce fronteras abiertas, flexibles y móviles12.

Atendiendo el conjunto de su argumentación, puede señalarse que Hardt y Negri llegan a la conclusión de que en el escenario del nuevo poder imperial13 la soberanía de los Estados nacionales se encuentra cuestionada – por lo menos- en tres aspectos constitutivos: el monopolio de la represión y del poder sobre la vida y la muerte, la capacidad de regular la economía y el control de la política ideológica. Veamos.

Desde el momento en que la soberanía imperial desarrolla su actividad militar y bélica como fuerza ordenadora de la escena global, definiendo toda violencia que no sea ejercida en su nombre como ilegítima y terrorista, los Estados nacionales ya no tienen el monopolio de la fuerza legítima. Las guerras -que constituyen el estado permanente del imperio- ya no tienen como ejes a los Estados nacionales. Es más, si no hay poder soberano al margen o por fuera del imperio, hay que concebirlas, señala Negri, como guerras civiles14. “El imperio es guerra, la guerra es guerra civil, la guerra civil se configura como enfrentamiento entre la soberanía imperial y aquellos que la rechazan, este rechazo es criminal, la acción de guerra es acción de policía” (Negri, 2007a, p. 16; 2007b).

Mientras que el monopolio legítimo de la fuerza por parte de los Estado modernos surgió de la expropiación de las armas a las masas en guerra civil y/o erigiéndose en instrumento de defensa contra un enemigo exterior, en ambos casos en salvaguarda de la supervivencia de los pueblos nacionales, ahora la capacidad absoluta de destrucción del imperio pone en peligro la vida misma (Hardt & Negri, 2002a).

Ahora bien, según los autores, la dimensión en la cual más claramente puede visualizarse el traspasamiento de las soberanías nacionales es el de la comunicación. Si la represión y la regulación monetaria aún conservan ciertos pivotes en los Estados nacionales, la red de la comunicación, con su ímpetu desterritorializador y su circulación continua de signos, erosiona por completo los límites espaciales del Estado nación al tiempo que se apodera de sus instituciones culturales y educacionales. “La comunicación es la forma de producción capitalista en la que el capital logró someter a la sociedad por entero y globalmente a su régimen (…) (Hardt & Negri, 2002a, p. 316). No obstante, una vez más, se trata para ellos de una dinámica contradictoria y abierta en la cual el lugar centralizado del poder debe enfrentarse con el poder de las subjetividades productivas de todos aquellos que contribuyen a la producción interactiva de la comunicación.

En lo tocante a la dimensión económica, adhieren a la tesis según la cual en la era posmoderna la capacidad económica de los Estados nacionales ha retrocedido ante el movimiento de expansión y penetración de las grandes empresas transnacionales. En Imperio, toman como punto de partida la fórmula marxista del Estado como junta que administra los intereses de largo plazo de la burguesía en su conjunto, incluso contra la voracidad egoísta y cortoplacista de los capitalistas individuales, para explicar que la forma actual que asume la relación entre capital y Estado marca una ruptura con la fase de consolidación del capitalismo del siglo XVIII y primera parte del siglo XX. Si en esta fase temprana la administración de los intereses del capital global sólo requería de una intervención estatal modesta, pues en los territorios coloniales los capitales tenían poderes soberanos e imponían sus propios monopolios de la fuerza y sus tribunales y en las grandes potencias los capitalistas individuales “se dejaban gobernar” por el Estado en “beneficio propio”, con las crisis capitalistas de la segunda mitad del siglo XIX y siglo XX comenzó un proceso de transformación de la relación entre capital y Estado caracterizado, entre otras cosas, por la dificultad creciente de las capacidades estatales de organizar a largo plazo los intereses del capital colectivo por encima de los intereses particulares.

Llegados a este punto es importante comprender que los autores no proclaman, a pesar de lo que podrían sugerir algunas frases de Imperio leídas en forma aislada, una desaparición lisa y llana de los poderes del Estado nación en la era de la globalización. Dentro del esquema de poder global consideran que le cabe al Estado actuar como filtro del flujo global del capital así como intervenir en el control disciplinario de sus propias poblaciones y ejercer la represión local del conflicto (Hardt & Negri, 2002a).

La dirección que toman en textos posteriores, quizás como efecto de las críticas recibidas, conlleva una profundización de esa postura. No sólo destacan que ningún mercado económico puede sobrevivir sin el poder represivo local necesario para contener las luchas de los trabajadores contra el capital sino que reconocen que los Estados desempeñan un papel relevante y de primer orden tanto en la determinación y el mantenimiento del orden jurídico y económico como en la transformación de la multitud en un pueblo que pueda luego ser representado, esto es, aprisionado en modalidades de participación regulada y controlada (Negri & Cocco, 2003). La conclusión a la que llegan es que los niveles nacional y global del control político y económico no son antagónicos sino que “colaboran mano a mano” (Hardt & Negri, 2004, p. 198), siendo lo decisivo que esas funciones no se orientan según los intereses nacionales sino cada vez más hacia la estructura del poder global.

Esta tesis de la declinación del Estado territorial frente a la economía global, en la que reconocimos matices y complejidades, es rechazada de plano por algunos analistas. Meiksins Wood (2006), por ejemplo, sostiene que el Estado nación es el agente principal de la globalización puesto que el capital depende más que nunca de un sistema de varios Estados nacionales para sostener las condiciones de la acumulación. No es la lógica global del imperio de la que hablan Hardt y Negri -señala esta teórica marxista-, sino la intervención de los Estados nacionales (concretada en subsidios directos, operaciones de rescate de firmas y bancos, políticas de austeridad fiscal y ajuste estructural encaminadas a garantizar mayores tasas de ganancias, devaluaciones de la moneda local, políticas de desregulación de los mercados, reformas laborales disciplinadoras, leyes que facilitan la extranjerización de ganancias, entre otras tantas), la condición de posibilidad de la expansión internacional del capital.

Hay que agregar que el diagnóstico de erosión/transformación del poder de los Estados nacionales que acompaña la crisis de las instituciones disciplinarias y el paso a la sociedad de control, no tiene para Negriy Hardtnada de melancólico.

Por un parte, si bien los autores reconocen que el nacionalismo subalterno ha cumplido la función de arma defensiva destinada a proteger a los grupos subordinados de la dominación externa, esta función siempre se ha integrado con poderosas estructuras de dominación interna. La fórmula de la liberación nacional implica desde su perspectiva una movilización de las fuerzas populares que en la mayor parte de los casos termina supeditada al poder de la nueva burguesía. No sólo es impotente ante el poder económico mundial sino que además contribuye involuntariamente a respaldar su funcionamiento. En estos casos, “el pueblo representa a la multitud, la nación representa al pueblo y el Estado representa a la nación (…). Desde la India a Argelia, desde Cuba a Vietnam, el Estado es el regalo envenenado de la liberación nacional” (Hardt & Negri, 2002a, p. 131).

La propuesta de una desconexión de las periferias respecto de los centros como paso necesario para el socialismo, planteada por algunos teóricos del desarrollo desigual15, es leída por nuestros autores como una interpretación que desplaza el antagonismo principal e ignora la convergencia real de las luchas que se dan en todo el mundo. Además, y esto es central, consideran un error los programas políticos, incluyendo aquéllos que tienen como objetivo un desarrollo nacional autocentrado, que otorgan un papel protagónico a las instituciones estatales y se ilusionan con la capacidad de las clases populares de construir poder propio en el campo estatal para modificarlo desde dentro.

Entroncando con la apuesta teórica de Holloway (2001), según la cual ya no se trata de conquistar el poder estatal para luego transformar la sociedad, como pretendieron las revoluciones estodocéntricas del siglo XX, sino de romper el vínculo entre revolución y control del Estado según el modo de la experiencia zapatista (2001), Hardt y Negri se manifiestan contra toda política que gire en torno del Estado.


Alguien podría objetar que el universo biopolítico productivo aún requiere alguna forma que lo gobierne y que desde una perspectiva realista deberíamos apuntar, no a destruir el gran gobierno, sino a meter mano en sus controles. ¡Tenemos que poner fin a los engaños que plagaron las tradiciones socialistas y comunistas durante tanto tiempo! Por el contrario, desde el punto de vista de las multitudes y su búsqueda de un autogobierno autónomo, lo que tenemos que hacer es poner fin a la continua repetición de lo que Marx lamentaba hace 150 años, cuando decía que todas las revoluciones han perfeccionado el Estado en lugar de destruirlo (Hardt y Negri, 2002a, p. 319).


La inquietud que algunos han manifestado frente a esta posición es que conduce a desarmar toda posibilidad de una oposición real a las fuerzas mundiales del mercado. En su discurso libertario radical -opina Bensaïd (2005)-, Hardt y Negri no caen en la cuenta de que la supresión radical de la soberanía y la autoridad nacional puede reducir la multitud a una suma de corporativismos reivindicativos “sin más nexo que el comodín improbable de lo común” (p. 110).


Del sujeto económico al sujeto político o el problema del devenir-sujeto de la multitud

Retomemos un punto central: no es la autoridad imperial la que crea y sustenta a la multitud, son las luchas y resistencias revolucionarias de las masas oprimidas a lo largo del siglo XX las que crearon las condiciones imperiales (que son así una respuesta) y con ello la emergencia de una nueva subjetividad política, una multitud insurgente contra el poder imperial.

La decadencia del imperio, cuya legitimidad se apoya cada vez más en la efectividad en el uso de la fuerza, constituye el telón de fondo en el que Negri y Hardt reeditan la vieja pregunta de la izquierda por el momento y la/s forma/s de la emancipación.

La constitución política del imperio, como una red de comunicación universal y rizomática en la cual se establecen relaciones desde y hacia todos los puntos o nodos (pues no tiene centro), produce un desequilibrio entre un sujeto político pasivo y efímero y un agente productor y consumidor presente y activo. En esta disyunción entre sujeto económico y sujeto político, afirman en las páginas de Imperio, se conforma el terreno de la lucha emancipadora (Hardt & Negri, 2002a).

En los escritos posteriores ya no insisten con el par sujeto económico/sujeto político y prefieren indicar que la multitud es directamente política. Con esto no quieren decir que requiera para su existencia de una consigna política aglutinante: sólo porque está latente e implícita, porque ya existe y está ocurriendo, porque ya es una potencia real, es posible imaginarla como proyecto político. La multitud “(…) tiene una doble y extraña temporalidad: siempre está ahí pero todavía no está” (Hardt & Negri, 2004, p.259).

En esta segunda instancia, el problema de la emancipación, sin ser radicalmente diferente, se presenta con nuevos ropajes: como tránsito del “trabajo de la multitud” (su riqueza cooperativa) a la “política de la multitud” (capacidad de oponerse de manera eficaz al poder capitalista) (Negri & Cocco, 2003, p. 57), como “el devenir-sujeto” de la “carne de la multitud” (Hardt & Negri, 2004, p. 228), o bien como “el devenir príncipe de la multitud” y el “proyecto de una revolución de lo común” (Hardt & Negri, 2009).

En todo caso, y esto es importante, el tránsito entre poder potencial y poder efectivo, no está nunca garantizado sino que depende de la intensidad y expansión de las luchas de clases, que toman una vez más la delantera.

Las luchas de la multitud pueden acumularse y reforzarse unas a otras, dando lugar a un ciclo en que lo común se movilice extensivamente alcanzando un “umbral de realización acorde a su poder” (Hardt & Negri, 2002a, p. 335; Hardt & Negri, 2004, p. 310), pero también las singularidades de la multitud pueden ser “encuadradas en los ejércitos globales al servicio del capital, subyugadas en las estrategias globales de la incursión servil y la marginación violenta” (Hardt & Negri, 2004, p. 189).

En la misma senda, Virno (2003) subraya que la multitud


(…) es un modo de ser abierto a desarrollos contradictorios: rebelión o servidumbre, esfera pública o base de masas de gobiernos autoritarios, abolición del trabajo sometido a un patrón o flexibilidad sin límites. La multitud es el modo de ser que corresponde al post-fordismo y al general intellect: un punto de partida, inevitable pero ambivalente” (Virno, 2003, p. 19)16.

Que las luchas se potencien unas a otras y amplifiquen sus vibraciones sísmicas hasta producir el “terremoto de la multitud” (Hardt & Negri, 2004, p. 310), depende para ellos del despliegue de un proyecto político que trascienda los movimientos espontáneos. Si bien pueden vislumbrarse expresiones del poder potencial de la multitud (el nomadismo y el mestizaje, la inconmensurabilidad del trabajo, la cooperación productiva) sólo cuando coagulan en programas políticos que enfrentan de manera directa la dominación del imperio (por ejemplo, las demandas por el derecho a la ciudadanía global para todos, por un salario social e ingreso garantizado para todos, por el derecho de reapropiación de los medios de producción junto y el derecho al libre acceso al conocimiento, la información y la comunicación) puede decirse que la multitud se convierte en sujeto constituyente (Hardt & Negri, 2002a)17. Los movimientos antiglobalización, la desobediencia civil (el no pago de los impuestos para la guerra, por ejemplo) y la movilización por la paz son para Negri (2007c) otros modos de resistencia política con potencial constituyente en el escenario global desterritorializado y de guerra permanente.

Puestos a pensar el problema de los vínculos entre nuevas formas de resistencia, insurrección y poder constituyente, buscan alejarse tanto del concepto de contrapoder (Lenin) como del de resistencia (Foucault). Mientras que la idea de un poder proletario contra la burguesía se limita a pensar el momento de la insurrección y hace desaparecer la dimensión constituyente, pues transforma todo avance de ese poder en parte del nuevo poder instituido (el Estado proletario), la noción de resistencia no atiende el momento de la insurrección, que sólo puede producir efectos si supera los actos aislados y se transforma en una revuelta colectiva, ni presta atención al momento constituyente (Hardt & Negri, 2002b).

Algo es seguro para nuestros teóricos: el proyecto de “contra poder” de la multitud, cuyo contenido no se puede prever en detalle pues depende de las experiencias, no puede quedar definido en torno de las formas tradicionales de hacer política (sindicatos, partidos políticos) ni conservar los antiguos referentes (pueblo, etnia).

Entre las críticas que ha recibido la problemática de la multitud, algunas de ellas realmente ácidas y no siempre justas con la complejidad teórica que la caracteriza18, sobresalen aquéllas que denuncian que subestima la capacidad del poder dominante de resistir y ahogar las luchas de la multitud e ignora, o por lo menos desatiende, que la multitud está permeada ella misma por la dominación (Viguera, 2002; Barker, Cox, Krinsky & Nilsen, 2013).

En sintonía, también se ha señalado el riesgo de considerar a la multitud como portadora de una solidaridad espontánea cuando en realidad, como producto de las relaciones de dominación a la que está sometida, se encuentra atravesada por diferencias internas y orientaciones políticas e ideológicas diversas y hasta contradictorias que no necesariamente coagulan en un movimiento común, pudiendo alimentar incluso movimientos de derecha (Bensaïd, 2005).

Respecto de los programas políticos presentados en Imperio, Žižek piensa que si bien esta propuesta tiene el mérito de poner en primer plano la naturaleza contradictoria del capitalismo actual e identificar el potencial revolucionario de su dinámica, contra la visión de aquéllos que quieren todavía rescatar algo del Estado de Bienestar,


(…) es una paradoja que Hardt y Negri, los poetas de la movilidad, la variedad, la hibridación, y así sucesivamente, formulen tres demandas en la terminología de los derechos humanos universales. El problema con estas demandas es que ellos fluctúan entre el vacío formal y la radicalización imposible (Žižek, 2001, p. 2).


Unos años antes de la masiva difusión de la obra de Hardt y Negri, Eagleton (1995) realiza una observación interesante respecto del pensamiento posmoderno que puede aplicarse a la problemática de la multitud: los rasgos de diferencia, hibridación, heterogeneidad y movilidad no son inherentemente radicales sino que compatibilizan con el modo de producción capitalista. Macherey, en la misma línea, entiende que la sola interacción no basta para construir un movimiento transformador, que la noción de multitud, definida como una red sin centro -en relación de espejo con el imperio-, es deudora de la figura posmoderna de la comunicación en red, que por arte de magia disuelve toda limitación y une sin concentrar, en una expansión irresistible, sin preocuparse por la cuestión esencial del contenido político e ideológico de la comunicación (Macherey citado en Negri 2005).


La multitud no es un pueblo o la imposible representación de la multitud

En la medida en que la soberanía nacional retrocede frente al gobierno imperial, la democracia representativa asociada a ese espacio nacional entra en crisis y con ella “la imposibilidad de representar al pueblo se hace cada vez más clara, y el concepto mismo de pueblo tiende de esta forma a evaporarse” (Hardt & Negri, 2002b, p. 160).

La naturaleza ilusoria del pueblo, que nunca constituyó una realidad observable sino una construcción política en la cual los mecanismos de representación transforman la multiplicidad empírica de la población en una identidad que sirve a la acumulación capitalista, se torna más patente que nunca. La mistificación por la cual el pueblo es presentado como compuesto por iguales (el artilugio del contrato) ha quedado obsoleto ante la transformación radical del modo de producción por la hegemonía de la fuerza de trabajo inmaterial y por la cooperación del trabajo vivo (Hardt & Negri, 2002b).

Las nuevas condiciones reclaman una organización “(…) manejada por la multitud, organizada por la multitud, dirigida por la multitud: la democracia absoluta en acción” (Hardt & Negri, 2002a, p. 371). La militancia política ya no puede pretender representar a los explotados sino que debe redescubrir la acción política que siempre le fue propia, es decir, la actividad constituyente. Cuando la lucha se institucionaliza, cuando crea una organización representativa, el capital y el Estado comienzan a usarla en su propio beneficio.

Como sujeto político, esto es, con capacidad de tomar decisiones y actuar en común, la multitud no resulta de un comando organizativo (partido, líder, etc.) pero tampoco de la armonía espontánea de los individuos. “Más exacto sería decir que emerge en un espacio intermedia, en el espacio social de la comunicación. La multitud se crea en las interacciones sociales comunes” (Hardt & Negri, 2004, p. 260).

La multitud no se identifica con las figuras de la plebe y de la masa cuando son usadas para hacer referencia a un todo pasivo e irracional, peligroso y violento, que no se puede gobernar por sí mismo sino que reclama ser dirigido, ofreciendo así un sujeto propicio a la manipulación externa. Además, mientras la masa es indiferenciación, la multitud está compuesta de singularidades que expresan diferencias de cultura, de raza, de etnicidad, de género, de sexualidad así como diversas formas de trabajar, de vivir y de ver el mundo, que en lugar de expresarse en forma anárquica constituye un actor activo que se organiza a sí mismo. Como ya mencionamos, tampoco se identifica con la figura de pueblo asociada al Estado nacional: mientras que el pueblo constituye un cuerpo social y está siempre representado como una unidad, puesto que sintetiza o reduce las diferencias sociales a una sola identidad, la multitud no está unificada sino que se mantiene plural y múltiple, rechazando la representación porque está compuesta por múltiples singularidades (Negri & Cocco, 2003; Hardt & Negri, 2004).

La representación -indican- tiene dos funciones contradictorias: vincula la multitud al gobierno y al mismo tiempo la separa de él (Hardt & Negri, 2004). Constituye un mecanismo para frenar los avances democráticos y aislar la toma de decisiones de las potencias de la multitud mientras mantiene un contacto ilusorio y falso entre los representantes y los representados (Hardt & Negri, 2009).

Virno lo dice de esta manera: si existe pueblo no hay multitud puesto que la multitud no puede ser otra cosa que un conjunto de singularidades, los trabajadores post-fordistas, que actúan en común en la esfera pública “(…) sin confiarse a ese «monopolio de la decisión política» que es el Estado —a diferencia del «pueblo», que converge en el Estado” (Virno, 2003, p. 19).

Desde una posición diferente, que reivindica la vitalidad de la noción de pueblo, Rancière (1996) conviene en considerar que la representación es lo contrario de la democracia- manifestación siempre conflictiva e ingobernable del principio igualitario- porque está totalmente integrada en los mecanismos estatales de una oligarquía que se reproduce y que está muy lejos de funcionar como una mediación para la construcción de una voluntad popular (citado en Savater – Fernández, 2015).

Lo contrario de la absorción de la representación por el Estado, de la confiscación y privatización del poder colectivo, son para estos pensadores las formas de manifestación autónoma del pueblo/multitud.

Idea de irrepresentabilidad que -según advierte Hervás (2009)- resultatributaria de un pensamiento impolítico que considera que toda forma constituida peca de un totalitarismo implícito y excluyente de las singularidades y que, como contrapartida, coloca la instancia liberadora del lado de lo performativo.


Conclusiones

Si el Estado moderno se basa en la dispersión/desmovilización de las clases dominadas mediante la construcción desde arriba de un consenso popular unificador, garantizado por la violencia organizada, un programa de emancipación implica para Hardt y Negri evadir todo mecanismo de representación y toda forma de participación en el campo estatal para crear formas de democracia basadas en la cooperación de la multitud.

Formada por el conjunto de todos los explotados y sometidos al dictado del capital, la multitud, dotada de un poder político potencial que es pura inmanencia, se opone directamente al imperio sin que nada medie entre ellos. Son las luchas de aquí y de allá, las revueltas, los enfrentamientos con el poder, las movilizaciones, en su propio despliegue contagioso, las que potencian y movilizan lo común (prácticas, lenguajes, intelectos, conductas, hábitos, formas de vida, deseos de un futuro mejor) creando un contra-poder por fuera de las fuerzas del Estado y del capital.

La producción de subjetividad y la producción de lo común se refuerzan mutuamente siguiendo lo que llaman una relación simbiótica en espiral, en cuyos meandros la subjetividad emancipadora se produce mediante la cooperación y la comunicación inherentes a la multitud mientras que las formas de cooperación y comunicación son a su vez producto de esa subjetividad, y así sucesivamente.

Esa relación, ese movimiento, en algún momento alcanzará un umbral, imposible de predecir en su forma concreta, en que la reapropiación de los poderes confiscados por el Estado y el capital y la auto-organización de la multitud produzcan la insurgencia de una organización política poderosa que sólo puede ser democrática.

La creación de una democracia alternativa, que vaya más allá de la democracia popular y representativa que siempre reconduce a la dominación, es la única manera de consolidar el poder de la multitud al tiempo que la multitud es el único sujeto social capaz de realizar el gobierno de todos por todos y la radicalización sin reservas de la igualdad y la libertad. Más aún: la realización democrática de la multitud o el devenir príncipe de la multitud es para ellos un movimiento tendencial, una dinámica de transformación que ya ha comenzado, que no es contingente sino posible en cualquier momento y cuyos rastros pueden entreverse intersticialmente, por ejemplo, en las formas de organización internamente democráticas de toma de decisiones y de autogobierno de muchos movimientos anticapitalistas.

Puede decirse entonces que la intervención teórico política que realizan Hardt y Negri se sostiene en el trazado de un vínculo orgánico e inescindible entre inmanencia productiva y comunicativa de la multitud conformada por el nuevo proletariado, contra poder y democracia absoluta.

Los antagonismos no se definen en una esfera política autónoma sino que surgen, como vimos, de las transformaciones del capitalismo actualmente constituido como un imperio sin fronteras que, en un mismo movimiento, expande sus poderes coercitivos, ideológicos, económicos, disciplinares y de control a todas las esferas de la vida social y crea un potencial para la revolución inédito puesto que, entre otras cosas, el nuevo proletariado, empoderado de su capacidad intelectual, está en condiciones de hacerse cargo del proceso de trabajo por sí solo, sin el control del capital19.

En este dispositivo teórico, dotado de una consistenciaque no menospreciamos, queda relegado un problema importante que ya trajimos a colación: lo que denomina multitud en ningún caso constituye un todo carente de contradicciones internas. Las clases, fracciones y capas dominadas, cuya unidad es potencial, están lejos de ser homogéneas y se distinguen según los lugares diferenciados que ocupan en las relaciones de producción, las condiciones de vida y de trabajo, las posiciones políticas e ideológicas frente a la hegemonía burguesa, etc.Más aún, nada impide que ciertos segmentos, en coordenadas históricas determinadas, adopten posiciones de las clases dominantes y luchen por ellas. Quizás haya que insistir con fuerza en que la línea de demarcación entre clases antagónicas no está dada, que no brota de las solas condiciones productivas, sino que es el efecto –siempre inestable– de la lucha política e ideológica.

Como vimos, en su esquema teórico, si las luchas de abajo tienen el poder virtual de transformar ese imperio aparentemente omnipotente es porque están en la base misma de su constitución, porque lejos de responder a su propia iniciativa o dinámica interna, la configuración actual del imperio es el efecto reactivo de las luchas populares de los sesenta y setenta que trasfiguraron las formas modernas de la dominación capitalista. Podríamos señalar aquí que si bien dicho esquema reconoce, contra toda concepción institucionalistao estructuralista,la primacía dela dinámica de las luchasde clases sobre la acumulación y sobre los aparatos del Estado. Subestima, por un lado, que la lucha entre clases dominantes y clases dominadas presenta la particularidad de ser desigual, como lo nota insistentemente Althusser (1975). Por otro, la capacidad organizativa, estratégica y táctica del poder capitalista, el cual difícilmente puede ser definido como meramente reactivo.

El postulado de que a mayor dominación mayor posibilidad de liberación tiene también sus dificultades. Si bien los autores analizan, incluso en detalle, las modalidades económicas, administrativas, represivas e ideológicas de la dominación/sumisión de la multitud en la era posmoderna, luego menosprecian-en la misma medida en que sobreestiman el poder potencial inmanente de la multitud-no sólo su arraigoen las prácticas efectivas del conjunto de los explotados sino también las formas de apropiación/integración de sus revueltas, reivindicaciones y demandas por parte del Estado y de la dinámica capitalista. Como bien señala Balibar (2005), el dominio se basa no tanto en la entronización del proyecto de las clases dominantes sino sobre todo en la universalización de las ideas y los derechos de las clases dominadas que quedan así entrampadas en un esquema de consagración del orden establecido.

Hardt y Negri, sin lugar a dudas, realizan una apuesta teórica fuerte que invita a la reflexión y a la polémica. Mientras que algunos ven en la problemática de la multitud un empoderamiento irreal, una exhortación religiosa que evade el problema crucial de la política y la organización, considerado ya resuelto por la dinámica interna de la multitud.Otros afirman que esa problemática tiene la virtud de poner en primer plano el deseo igualitario y la sustracción plebeya a las operaciones del poder estatal.

La cuestión, según creemos, es que aun aceptando que las formas estatales de acción política limitan y encauzan las luchas subalternas; y considerando que es preciso no descuidar ni por un instante la mecánica propia de las relaciones económicas. Es fundamental reconocer la importancia clave de la intervención propiamente política para aglutinar las contradictorias fuerzas subalternas y organizarlas en torno a un proyecto.Si la acción política no deriva de una teleología implícita en la economía ni tampoco es una esfera autónoma (y mucho menos una instancia meramente discursiva) se hace posible concebirla como una práctica material que rebasa los márgenes del Estado y que articulada con otras prácticas (la económica, la ideológica) resulta definitiva-por su efecto aglutinador y organizador- para la transformación de las relaciones sociales.

Tal vez una de las objeciones más serias que se le puede formular a la teoría de la multitud elaborada por Hardt y Negri es que reemplaza el análisis de la coyuntura como condensación de contradicciones desiguales en la que se despliegan de formas siempre singulares las luchas de las clases subalternas. Esto permite reconocer el eslabón decisivo y el momento oportuno de la iniciativa política, así como los puntos débiles del adversario,en favor de un análisis abstracto obnubilado por la capacidad productiva, subversiva y global del nuevo proletariado.



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Notas

* Doctora en Ciencias Políticas (Universidad Nacional de Cuyo). Pertenencia institucional IMESC-IDEHESI-CONICET/ UNCuyo. Correo electrónico: gracielainda@hotmail.com

1

 Keucheyan (2013) señala que las denominadas nuevas teorías críticas se desarrollan en el marco de las coordenadas políticas heredadas de las décadas de 1960 y 1970, especialmente, de los problemas surgidos de la crisis de los modelos clásicos del movimiento obrero. En otras palabras, “el muro cayó y los movimientos sociales han sufrido profundas derrotas, pero, subterráneamente, los problemas planteados en los años sesenta han persistido y reaparecen hoy más candentes que nunca” (Keucheyan,2013, p.70). El dispositivo teórico de Hard y Negri constituye desde nuestra perspectiva una muestra cabal de esta impronta.

2 Hay quienes van más atrás para indicar que las preguntas del debate teórico actual ya pueden encontrarse formuladas por Lenin en el célebre ¿Qué hacer? publicado en 1902 (Duru & Legros, 2015).

3 Cabe recordar que Negri tiene una larga trayectoria como teórico y militante político. En la década del sesenta fue uno de los impulsores del operaismo, corriente del marxismo italiano anti-sindicalista y contraria a la concepción leninista de la organización partidaria que reivindicaba la autonomía obrera y ponía el acento en el carácter transformador de las luchas obreras. Para muchos, sus tesis actuales proceden directamente de esta tradición. Su exilio en Francia, al comenzar los ochenta, significó el contacto con Althusser y el posestructuralismo francés que también ejercerán una influencia decisiva en su pensamiento.

4 En las citas y referencias bibliográficas hemos considerado el año de edición original y luego, cuando no coinciden, el año de la edición empleada en este artículo.

5 Del mismo modo, la crisis de la geopolítica actual, marcada por el mando unilateral de Estados Unidos, sólo puede ser entendida en función de las luchas contra el orden global que llevan adelante los movimientos contra el neoliberalismo en la India, Brasil, Seattle y Génova y el movimiento contra la guerra de Irak (Hardt & Negri, 2004).

6 Para estos referentes de la autonomía de la política, todas las luchas, tanto obreras como de otros sujetos políticos (feministas, ecologistas, etc.) tienen, libradas a sí mismas, un carácter parcial, y pueden ser articuladas a discursos muy diferentes, incluso reaccionarios y antidemocráticos. No hay un ningún sujeto privilegiado frente al capital. Todo antagonismo librado a sí mismo es un significante flotante, un antagonismo salvaje cuyo sentido es el resultado de una lucha hegemónica. Y es su articulación con otras luchas, a partir de un exterior discursivo, la que le da su carácter, no el lugar del que provienen (Laclau & Mouffe, 1985). Cabe agregar que en una breve reseña, fiel a su problemática de base, Laclau (2005) señala como principal punto débil de la propuesta teórica de Hardt y Negri que en ella la política se torna impensable. La resistencia de la multitud-indica-no es natural ni automática sino que sólo puede resultar de una articulación política, la cual presupone la existencia de antagonismo y hegemonía (Laclau, 2005).

7 En Marx más allá de Marx, Negri (2001) encuentra en los Grundrissede Marx (1857-1858) un concepto de clase obrera antagonista, de crisis y catástrofe capitalista, que indica siempre una subjetividad revolucionaria y una alusión potente al comunismo; una crítica de la revolución desde arriba y una confianza en la revolución desde abajo, una teoría del poder constituyente de la fuerza de trabajo global. Con excepción de las páginas que registran una continuidad con estos cuadernos -desafía Negri- no sucede lo mismo con El Capital, en el cual actúa una concepción objetivista del capitalismo que no tiene centro en el antagonismo y que reduce la crítica a teoría económica.

8 En las páginas de Imperio, indican que hay tres tipos de trabajo inmaterial: 1- el trabajo que se despliega en el seno de la producción industrial a partir del empleo de la informatización y las tecnologías de la comunicación, el cual se combina con el trabajo material de producción de bienes tangibles; 2- el trabajo de las tarea analíticas y simbólicas, también nacidas del uso de las computadoras y las redes, que se realiza en la economía de los servicios, cuya importancia no deja de crecer; 3- el trabajo afectivo de la interacción y el contacto humanos, por ejemplo, el que produce bienestar, emoción o satisfacción en los servicios de salud (Hardt & Negri, 2002a).

9 Los flujos de capitales, señalan, buscan segmentos geográficos donde la pobreza les permita una reproducción de la fuerza de trabajo a un costo inferior, imponiendo así regímenes brutales de explotación. Asimismo, atacan con mecanismos monetarios a los países que mantienen ciertas coberturas laborales y políticas sociales que se oponen a la flexibilidad del trabajo.

10Negri (1993) desarrolla el concepto de potencia como antinómico respecto del de poder inspirándose en Spinoza, cuya filosofía considera una anomalía (acompañada por las de Maquiavelo y Marx) respecto del pensamiento filosófico (Hobbes, Rousseau y Hegel) interesado en la mistificación del poder burgués. El poder es un proyecto para subordinar a la multiplicidad, a la inteligencia, a la libertad. En cambio, la potencia aparece como inherente dinámica de la multitud, constitutiva de lo singular y de la multiplicidad de la inteligencia y del cuerpo, de la libertad y de la necesidad, que sólo se puede realizar contra el poder.

11 Los autores retoman el concepto de Imperio que construyó Polibio para dar cuenta de la antigua configuración romana en la cual se suponía que el imperio era una forma superadora de las tres formas de gobierno –monarquía, aristocracia y democracia– combinándolas en una sola dirección soberana unificada (Hardt & Negri, 2002a, p. 289-291; Hardt & Negri, 2002b, p. 159).

12 Esta tesis sobre la disolución del imperialismo en beneficio de un imperio sin fronteras ha sido criticada, con argumentos sólidos, por Borón (2004; 2009) y Petras (2002), entre otros. Las principales objeciones son que la globalización no sólo no ha disminuido la dominación imperialista sino que la ha incrementado, especialmente la ejercida por Estados Unidos, aumentando la brecha entre los países centrales y los periféricos; que las llamadas empresas transnacionales son en realidad empresas nacionales con sedes en otros países y que los Estados de los países centrales lejos de perder importancia han acrecentado sus intervenciones a favor del capital (políticas proteccionistas, de subsidios, etc.). Para un balance de las objeciones a las tesis de Hardt y Negri sobre el imperio puede consultarse Rush (2003).

13 Empíricamente, el nuevo poder imperial tiene una estructura piramidal cuyo punto más alto está ocupado por la potencia que tiene la hegemonía del uso global de la fuerza, o sea, Estados Unidos y sus aliadas (elemento militar-monárquico), y luego, en orden descendente, los grupos de Estados que controlan los principales instrumentos monetarios y sus instituciones culturales asociadas, y las redes de flujos de capital, flujos de tecnología y flujos de poblaciones de las grandes empresas transnacionales (elemento aristocrático). Recién debajo de esas instancias, ocupan un peldaño el conjunto de los Estados nacionales que pretenden (en forma ilusoria) representar a los pueblos y las organizaciones no gubernamentales (elemento democrático). Al respecto: Hardt y Negri (2002a).

14 La cuestión de la guerra sin fronteras no es menor en sus análisis puesto que constituye para ellos nada menos que la base fundamental de la legitimación del orden global tras los atentados del 11 de setiembre.

15 Uno de los blancos privilegiados de la crítica de Hardt y Negri es el enfoque de Samir Amín (1978), el cual sostiene que en su expansión el sistema capitalista mundial no produce una realidad homogénea e indiferenciada, como quieren las teorías del desarrollo, sino que produce de un lado centros (regiones en donde se ha constituido una hegemonía burguesa nacional y un Estado nacional que controlan el proceso interno de acumulación) y del otro periferias (regiones que no se constituyen en centros y, por tanto, no controlan localmente el proceso de acumulación que está sostenido y dirigido por fuerzas externas).

16 La noción de multitud en torno de la cual gira la reflexión de este filósofo italiano, de peso en la escena intelectual actual, contiene marcados paralelismos con la formulación de Hardt y Negri (en primer lugar, la concepción de multitud como emergente de las subjetividades laborales post-fordistas y su potencial emancipador) pero también diferencias importantes (por ejemplo, sobre el concepto de biopolítica).

17 El nomadismo y el mestizaje en tanto libre circulación de las multitudes móviles que transgrede las barreras particularistas de las etnias, las razas y las naciones expresa el poder virtual de la multitud de recrear nuevas formas de cooperación y apropiación del espacio. Y es tan peligrosa esta circulación, esta movilidad, que el comando imperial no ahorra recursos, incluyendo los más violentos, para controlar las migraciones y los éxodos masivos, de los que por otra parte depende para llevar adelante la producción. La segunda forma de expresión de la multitud está dada por la apropiación que hace del tiempo el nuevo proletariado desde el momento en que resulta imposible medir el trabajo creativo permanente que realiza (ya hablamos de esto). En tercer lugar, el poder potencial de la multitud se expresa en su capacidad para usar cooperativamente las máquinas y las tecnologías regimentadas por el capital (Hardt & Negri, 2002a).

18 En no pocas ocasiones, en diversos artículos y reseñas, se identifica la obra de Hardt y Negri como partícipe de una corriente espontaneísta e insurreccional que ignora por completo la importancia del momento político. Como hemos visto, no es exactamente así. Si bien es cierto que rechazan la autonomía del momento político y priorizan la capacidad inmanente subversiva de la multitud, consideran al mismo tiempo que la transformación de la resistencia en insurrección requiere de un proyecto político no estatal, cuya forma y contenido resulta para ellos impredecible.

19Esta afirmación es en sí misma discutible y habilita una importante y amplia discusión que no puede darse aquí. Simplemente diremos, para contrastar, que para otros estudiosos, como por ejemplo Poulantzas (1984), las relaciones de producción capitalistas conllevan la exclusión sistemática de los productores directos del conocimiento del conjunto del proceso de trabajo que queda en manos del capital o sus lugartenientes, verdaderos monopolizadores de los aspectos intelectuales del proceso productivo. En otras palabras, los productores directos no pueden poner en marcha por sí mismos el proceso de trabajo, porque, en el mejor de los casos, sólo poseen conocimientos fragmentarios, siempre sometidos a la lógica de la reproducción del capital. Al mismo tiempo que no hay ciencia que no esté al servicio del capital, el Estado capitalista se ocupa cada vez más de regimentar la producción de la ciencia que queda así imbricada con los mecanismos de poder que configuran barreras de exclusión de las clases dominadas.


Artículo recibido: 07/10/2016 Artículo aceptado: 16/12/2016

MIRÍADA. Año 9 No. 13 (2015) p. X-X

© Universidad del Salvador. Facultad de Ciencias Sociales. Instituto de Investigación en Ciencias Sociales. (IDICSO). ISSN: 1851-9431