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Las formas básicas de la interacción social1



José Maurício Domingues*

Resumen

Este texto discute los principios de organización y los principios de antagonismo que hacen posible una reconstrucción de las modalidades básicas de la interacción social entre individuos y subjetividades colectivas. Estos principios operan, respectivamente, a través de mecanismos de coordinación y oposición, mientras que se desdoblan en parte a través de las inclinaciones interactivas de los agentes y demandan, en general como en casos específicos, bases de justificación para legitimarse y cursos específicos de acción y movimiento. Este texto ofrece un análisis sistemático del debate sobre mercado, jerarquía y red, competición y lucha, pero también trata de la justicia y de la justificación tal como se viene presentando en los análisis sociológicos, llevándolas a un nivel más alto de conceptualización. Un esquema analítico parcial es delineado mediante esos giros teóricamente orientados.

Palabras clave: Interacción; Forma; Jerarquía; Mercado; Red.



Abstract

This paper discusses the principles of organization and the principles of antagonism that render possible an analytical reconstruction of the basic modalities of social interaction between individuals and between collective subjectivities. Those principles operate, respectively, through mechanisms of coordination and opposition, while unfolding partly through the interactive inclinations of agents and demanding, generally as well as in specific instances, also bases of justification to legitimate themselves and specific courses of action and movement. The paper offers a systematic synthesis of the debate about market, hierarchy and network, competition and struggle, but also tackles justice and justification as they have recently featured in sociological analysis, taking them to a higher level of conceptualization. A partial analytical scheme is therefore outlined through such theoretically oriented moves.

Keywords: Interaction; Form; Hierarchy; Market; Network.



Introducción

La interacción social es una cuestión central en la teoría sociológica. Puede ser pensada de acuerdo con un modelo interaccionista, donde se la destaca como el elemento más básico del tejido social, de hecho ontológicamente; o puede ser vista según una perspectiva individualista, en la cual constituye un mero resultado de la acción de actores individuales; o, incluso, como el resultado del impacto de fenómenos colectivos, en el caso que los procesos interactivos sean un elemento secundario en la constitución de la vida social. La interacción puede ser vista como algo que sucede entre los individuos, pero también puede ser comprendida como algo que ocurre entre colectividades. Diferentes combinaciones y abordajes de este tipo pueden ser encontrados en la teoría sociológica: la forma “diádica”, así como formas mayores, tal como fueron teorizadas explícitamente por Simmel (1992) y un poco menos por Marx (1968), en lo que refiere a la forma “mercancía” y a las relaciones entre clases sociales entorno al “capital” (reificadas como cosas por la economía política y des-reificadas en su teoría crítica); bien como en el intercambio interactivo entre individuos y colectividades, en Mead (1962), como la más conspicua expresión del proceso social (al que autores como Parsons, 1979), y Habermas, 1981, más tarde aducirán sus propias contribuciones). Una vez que asumen la condición de prácticas regulares y de relaciones sociales constantes, las interacciones se tornan instituciones sociales, como ha sido articulado por el lenguaje sociológico (por lo menos desde Durkheim, 1973)2.

No es mi objetivo aquí profundizar el significado de la interacción, aunque su comprensión como ontológicamente constitutiva de la vida social, tanto entre individuos como entre colectividades, va a guiar mis argumentos en este texto. En verdad, a cierta altura elaboraré parcialmente la idea de subjetividad colectiva con el objetivo de esclarecer el sentido sobre algunas cuestiones que se encuentran en el núcleo de mi exposición. Pero el foco aquí es un tanto más limitado.

Este texto se ocupa de las modalidades básicas de la vida social, incluidas en lo que quiero llamar de principios de organización y principios de antagonismo. Estos procuran mapear y abarcar, en el plano analítico, las maneras por las cuales individuos y colectividades interactúan, con una reivindicación de validez universal. Es decir, los principios que introduciré aquí teóricamente agotan lo que son las inclinaciones interactivas de individuos y subjetividades colectivas, pero también sus desdoblamientos concretos. Son propuestas que en términos analíticos pueden combinarse de modos distintos, dentro del objetivo de los principios de antagonismo y de los principios de organización, bien como entre esas dos modalidades de interacción, aunque también sea posible que aparezcan aisladamente. Esos principios tienen que ser desagregados en otros dos componentes analíticos: los principios de organización dependen de los mecanismos de coordinación, mientras que los principios de antagonismo dependen de los mecanismos de oposición para desarrollarse concretamente en las interacciones. A su vez, ambos dependen de los fundamentos de justificación, internos así como externos a los agentes que participan de las interacciones, salvo cuando apenas las violencias la produce, externamente, posibilidad rara y extrema, que tiende a no aplicarse a procesos interactivos concretos, o a disolverse en ellos. Las justificaciones implican validez en términos lógico-simbólicos, y legitimidad, socialmente. Pueden ser o no internalizadas por los actores individuales (como, respectivamente, normas o reglas, en el primer caso generando motivación y compromiso psicológico): en todo caso, descansan sobre la adecuación social en términos normativos, bien como empírico-cognitivos, esto es, en relación a lo que es socialmente esperado y a lo que concierne a su simple comprensión. Discutiremos en lo que sigue todos estos aspectos, así como contenidos y características más específicas que se relacionan con cada uno de estos aspectos analíticos.

Estos conceptos se introducen en el plano analítico, en las tradiciones kantiano-parsoniana y hegeliano-marxista, como categorías que descomponen la realidad social y nos permiten reconstruirla mentalmente (“realismo analítico”, afirmó Parsons, 1966, apoyándose en Whitehead, en su primer gran libro, más con una trayectoria histórica, como notó Marx (1983), en la famosa “Introducción” a los Grundrisse). No son ciertamente un a priori – es decir, no existen con anterioridad a las generalizaciones empíricas–, en vez de eso, se derivan del movimiento de abstracción que va de generalizaciones empíricas a la construcción de categorías que se encuentran en verdad preñadas de información empírica, a pesar de parecer vacías de contenido. Pretenden cubrir la total gama de posibles interacciones en la vida social concreta, en la cual surgen imbricadas, antes que como tipo puros, como ya se ha señalado. Vale decir además que aquí es el “método de exposición” el que prevalece, con el que el material es recolectado mediante el “método de investigación” y es llevado a un plano analítico superior (ver Marx, 1968). En este sentido, es necesario señalar que las interacciones aquí son pensadas en relación a la díada como unidad básica del proceso social, pero estando igualmente presente en cualquier proceso interactivo, con cualquier número y tipo de agentes. Para construir adecuadamente esas categorías analíticas, precisamos desagregarlas, distinguiendo y teorizando sus varios elementos analíticos (que serán discutidos sucesivamente en lo que sigue y proporcionarán el contenido de las tablas 1 y 2)

La tabla 1, que exploraré en las próximas secciones del texto, resume los conceptos aquí propuestos, retomando aquellos anteriormente esbozados, que deben ser todavía plenamente expuestos, bien como detalles analíticos suplementarios, a ser discursivamente introducidos. Desarrollaré esto en las secciones siguientes en un plano más general, pero ofreceré ejemplos para dar elementos concretos a la discusión y dejar claro el sentido de estas inclusivas tesis (ver tabla 1 al final de artículo).

Antes de proseguir, conviene hacer dos observaciones. Una pequeña advertencia es que la elección de términos para denotar los conceptos aquí propuestos deriva de lo que es ampliamente aceptado en varias corrientes de la bibliografía de ciencias sociales disponible hoy sobre estos temas o se debe a una mera convención, con el fin de hacer distinciones analíticas y sus usos posteriores claros (como aquellas que aparecerán en relación a las inclinaciones interactivas). Otras elecciones de palabras podrían haber sido obviamente admitidas. Aunque sean utilizadas aquí como términos técnicos, muchas de ellas, debido al impacto de las ciencias sociales en la vida social, ya hace un buen tiempo penetraron el vocabulario de la vida cotidiana.

Segundo, en lo que refiere a los fundamentos de justificación, vale notar que lo que propongo aquí es una alternativa a las “reivindicaciones de validez” de Habermas (1981), bien como a las “justificaciones” de Boltanski y Thévenot (1991) y Boltanski y Chiapello (1999), vinculadas a las múltiples “ciudades” (cités) sociales. Las categorías de Habermas son demasiado estrechas y fueron talladas en un plano exclusivamente abstracto, a priori y normativo. Las categorías de Boltanski y sus colaboradores oscilan entre justificaciones cotidianas e intelectuales, en una mezcla incómoda (ver Honneth, 2010), ambas demandando una introyección (en el molde protestante-parsoniano) de normas por los actores individuales involucrados en la interacción. Eso será efectivamente rechazado aquí, como discutiremos más adelante en este texto. Es decir, aunque se suponga que ellas son derivadas, o se aplican, a las interacciones en el mundo empírico, estas justificaciones fueron establecidas a partir de una referencia directa al trabajo de grandes intelectuales europeos. Además, y en una dirección opuesta, ellas se vinculan estrechamente a las cuestiones empíricas y evidencian un fuerte carácter descriptivo. En otras palabras, no son suficientemente analíticas y terminan en gran parte como apenas una clasificación orientada empíricamente de principios de justificación. Este es problema que tiende a aparecer también en la bastante reciente y ya bien conocida discusión de Graeber (2011) sobre la deuda, con una elaboración incompleta de las justificaciones para lo que llama de bases morales de las relaciones económicas.

Por fin, más genéricamente, vale la pena destacar que uno debe incluir estas justificaciones en lo que Castoriadis (1975) llamó de “imaginario”, con su contenido flotante. Eso se acentúa por la mezcla compleja de distintos mecanismos y justificaciones que cruzan la vida social, aunque no sea posible dar cuenta plenamente de ello acá.

La démarche que movilizo procura evitar esas limitaciones, de excesiva abstracción y normatividad a priori, bien como la dificultad de traspasar el nivel empírico, incluyendo cualquier tipo de taxonomía. Recurro a las generalizaciones empíricas–no a casos singulares– y a categorías que ya son parcialmente analíticas y que se pueden encontrar en una gama de autores clásicos y contemporáneos en las ciencias sociales. Esas categorías empíricas y en alguna medida parcialmente analíticas son superadas dialécticamente en un sistema de categorías analíticas cuyo objetivo es proporcionarnos medios para retornar a los procesos interactivos empíricos con instrumentos conceptuales más consistentes. No me detendré, sin embargo, con este tipo de elaboración epistemológica en este plano, tratando de nuevo esas cuestiones solamente en la conclusión3.

Este texto tiene por lo tanto dos objetivos principales. Primero organizar en un cuadro conceptual común los diferentes abordajes de las modalidades de la interacción social, articulando los principios de coordinación y de antagonismo que con mucha frecuencia son tratados de forma separada y no muy sistemáticamente. En segundo lugar, hace esto de un modo multidimensional, ya que focaliza también el aspecto simbólico-hermenéutico, del imaginario, de esas interacciones al tratar de dar centralidad a aquellas “reivindicaciones de validez” y “justificaciones”. Eso es importante no porque la vida social se encuentre siempre saturada de elementos morales o éticos, que a menudo cumplen un papel superficial en las interacciones sociales y en sus intercambios prácticamente orientados. Pero los agentes no pueden, en todo caso, descartarlos, mismo cuando los sustentan apenas de la boca para afuera, salvo en los casos extremos que señalaremos más adelante, luego de exponer la necesidad de analizar adecuadamente el aspecto simbólico-hermenéutico de la vida social de una manera más completa de lo que fue realizado hasta ahora.



Principios de organización, mecanismos de coordinación

La interacción social depende de los patrones específicos entre los agentes para que se desarrolle. Ella ha tenido durante la historia una multiplicidad de aspectos. Con todo, una vez que la observamos de un ángulo más general, aquella multiplicidad se reduce a un número mucho menor de patrones, incluso en lo que hace a sus principios de organización y mecanismos de coordinación. Un comentario de Hobsbawm (1964) a los pasajes de Marx sobre la historia en sus Grundrisse puede servir de punto de partida para tematizar esto. El historiador británico sugirió que hay tan solo tres posibilidades de relación de trabajo: trabajo dependiente, subordinado directamente, de tipos distintos (de la esclavitud a las relaciones serviles, de cuño colectivo o individual4); trabajo asalariado (pago); y trabajo cooperativo, comunal. Se puede agregar que el primer tipo es trabajo básicamente ejercido dentro de relaciones jerárquicas, el segundo es mediado por relaciones libres iniciadas en el mercado (aunque la existencia de clases sociales en su marco conceptual no debe ser olvidada) y el tercero se encuentra implicado en la colaboración voluntaria de los propios trabajadores, dentro de relaciones libres (en las comunidades “primitivas” o prospectivamente, en la asociación de seres humanos libres que Marx (1968) llamo de comunismo). Las relaciones de trabajo se agotan por lo tanto en tres modalidades generales:

  1. Jerárquica, mediada por el mecanismo de comando y obediencia en términos de coordinación. Así una persona puede ordenar a otra que haga algo, mismo contra su voluntad (como Weber, 1980) célebremente puso en cuestión en su Economía y sociedad haciendo uso de la palabra Befehl). Trabajo servil y sobre todo esclavo son basados en la jerarquía, luego en el comando, con niveles variados de autonomía y obediencia de los trabajadores en el proceso laboral y fuera de él.

  2. Mercado, mediado por el intercambio voluntario como mecanismo de coordinación. En este caso los trabajadores son al menos formalmente libres (libres de todo, dirían Marx y Engels, 1939 ) y van al mercado a vender su fuerza de trabajo a los dueños de los medios de producción – algo verdadero también en lo que hace a los profesionales cuyo trabajo altamente cualificado puede ser comprado y vendido (aunque debemos ser precavidos para no adoptar la posición altamente individualista de Weber (1980).

  3. Red, mediada por la colaboración voluntaria en relación a la coordinación – en verdad trabajo conjunto, como se puede discernir directamente la cuestión en la etimología de la palabra utilizada para referirnos a ella. Ese es el mundo de los cazadores-recolectores, de las comunidades agrarias, y fundamentalmente igualitarias, pos-neolíticas, o en emprendimientos modernos cooperativos (tal cual los representados por los emprendimientos experimentales socialistas o anarquistas, bien como en actividades económicas solidarias de tipos variados, como Wainwright (1994), por ejemplo argumentó); y obviamente es el caso de los productores libremente asociados de Marx5.

Concretamente, sin embargo, esas formas simples de trabajo son encontradas de manera entrelazada: comunidades agrarias en la Europa feudal, el mundo Maya pre-colombino o en la China Imperial implicaban comunidades campesinas colaborativas y relaciones jerárquicas entre ellas y, respectivamente, señores feudales, las ciudades-estado y el estado imperial en trabajos colectivos (colonización de pantanos y construcción de irrigación, por ejemplo). El trabajo libre desemboca en una relación contractual mediante la cual los trabajadores entran voluntariamente en relaciones jerárquicas, incluso despóticas, bajo el yugo de los capitalistas compradores de fuerza de trabajo. Emprendimientos cooperativos a menudo utilizan gerentes y supervisores que, al menos por largos periodos de tiempo, ejercitan alguna forma de dominación más laxa o más estricta sobre los propios trabajadores. Podría seguir y ofrecer una lista sin fin de ejemplos en esta dirección.6 Pero movámonos adelante y generalicemos el argumento sobre estas modalidades de organización y sus correspondientes modalidades de coordinación. Pues la afirmación de este texto es que ellas se encuentran en todas las relaciones sociales posibles y las agotan, cualquiera que sea la formación social en cualquier coordenada espacio-temporal. Vale notar aún que el mercado puede estar presente en interacciones y relaciones que no son económicas y que, además, en la economía o en otras esferas de la vida social la deuda representa un proceso de intercambio voluntario no completo, su formalización contractual como tal importa, solamente, en ciertos tipos de relación, lo mismo sucede en cuanto a su eventual finalización (Graeber, 2011).

Por fin, desde que la modernidad, como un tipo específico de civilización, surgió, ha existido una tendencia a reducir las relaciones sociales apenas a dos modalidades: el mercado y la jerarquía. O este era el caso hasta bien recientemente, una vez que, por razones a ser retomadas en la conclusión, la red se tornó un principio de coordinación que ya no puede ser descartado. Polanyi (2002) mostró claramente como una perspectiva utópica mantenida por los liberales hizo del mercado el principio superior en la organización de las sociedades nacionales modernas. Sin embargo, él llevó ese argumento demasiado lejos, como si el arrollador desarrollo de los mercados capitalistas fuese el mero resultado de giros utópicos una vez que adquieren el control del estado. Pero a pesar de esto, Polanyi logró retratar como cierto número de giros oriundos del estado realmente fortalecieron el poder del mercado. Él muestra así como la jerarquía permanece crucial para la sociedad moderna, perspectiva que puede ser completada por ejemplo por la conceptualización de Pateman (1988) sobre los contratos de matrimonio y trabajo como instrumentos para la manutención de la coordinación del comando/obediencia en relación a las mujeres y los trabajadores. En la jurisprudencia positivista inglesa, de Betham en adelante, y de ahí para otras áreas y debates (incluyendo la formulación del propio Weber), el comando ha sido visto de hecho como una cuestión central en la definición del derecho y del estado en relación a la población (ver Austin 1885, , como un precedente en la elaboración de esta categoría).

Polanyi (2002) también mostró como el principio de red fue alejado por los planos modernos para el funcionamiento de la vida social, más allá que a lo largo de toda la historia anterior fue absolutamente fundamental para todas las interacciones sociales, en el corto y en el largo plazo7. De cualquier modo, como una vasta literatura ha dejado repetidamente claro, comenzando por los Estados Unidos y retomada en Francia (con un reconocimiento explícito de eso o no), el principio de la red –como en la “sociedad en red” de Castells (1996) o en la “ciudad de los objetos” de Boltanski e Chiapello (1999) – viene retornando empírica y conceptualmente de manera triunfante en las últimas décadas.

Analizamos los principios de organización introducidos en la figura encima, bien como los mecanismos de coordinación que dependen para operar concretamente. Falta ahora tratar las inclinaciones interactivas y los fundamentos de justificación vinculados a ellos. Antes de eso, examinaremos los principios de antagonismo y sus mecanismos de oposición.



Principios de antagonismo, mecanismos de oposición

Mientras los principios de organización juntan a las personas, quieran ellas o no, los principios de antagonismo –en número todavía más reducido– se calzan en o llevan a situaciones que las oponen unas a las otras. Esto no significa que, en cierto sentido, ellas no se coordinan en su acción, una vez que patrones de relación pueden desarrollarse u ofrecer las condiciones sobre las cuales esos procesos interactivos se desdoblan, en el corto, medio, o largo plazo. Sin embargo, es a través de una oposición entre los actores, que puede ser realmente mortal, que esas relaciones antagónicas tienen lugar. En parte retomando cuestiones weberianas, Elías (2000) mostró exactamente eso, aunque su perspectiva analítica fuese limitada, en especial en lo que concierne a lo que se busca en este texto, en relación a los procesos que en Europa oponían caballeros y reyes en competición, juntando fuerza económica, política y militar, y regularmente convirtiéndose en relaciones abiertamente conflictivas y violentas, en otras palabras, guerra. Es preciso, con todo, utilizando sus ideas, como un movimiento inicial, distinguir más agudamente las relaciones antagonistas, que implican dos principios. Una vez más vale recordar su estatus analítico:

  1. Conflicto, mediado por el mecanismo de lucha, implica choques directos, consistiendo en una disputa que es realizada directamente con actores individuales y colectivos opuestos;

  2. Competencia¸ es un fenómeno más indirecto, en el cual vencedores y perdedores no necesariamente se tocan, el mecanismo deemulación impulsa a los agentes a emprendimientos paralelos, y estos se posicionan para alcanzar la supremacía, sin necesidad de confrontación directa.8

Por ejemplo tomemos la guerra: es en efecto, en el habla cotidiana, un emprendimiento competitivo, literalmente de vida o muerte, en que actores individuales y subjetividades colectivas procuran derrotar sus oponentes en una confrontación directa. Tomemos todavía la competencia de mercado entre firmas comerciales: ellas luchan, de hecho, para superar a sus competidores en términos de lo que compran y venden, pero eso no implica un choque directo, más bien es el conocimiento indirecto de los actores individuales y colectividades que subyace a los posibles resultados de ese tipo de carrera competitiva. El conflicto se basa en el principio de oposición correspondiente a esos choques más directos, a saber, lucha, al paso que la competencia descansa sobre la emulación, esto es, el esfuerzo de cada agente de salir mejor que los otros, más como un incentivo para realizaciones más altas que de una derrota directa del oponente.

La teoría económica ha sido el campo en que la discusión de la competencia tal cual presentada aquí ha sido más plenamente desarrollada, sea en la economía política clásica, en su variante marxista, o en la corriente neoclásica (incluyendo cambios rumbo al neo-institucionalismo y el reconocimiento de las relaciones jerárquicas dentro de las empresas – a saber, por ejemplo en Williamson, 1983). Firmas compiten con otras firmas por porciones de mercado, los trabajadores compiten con trabajadores por puestos de trabajo, profesionales quieren vender su trabajo calificado en el mercado, en las mejores condiciones posibles, luego compiten unos con otros (como, de nuevo, lo afirmado por Weber, 1980). Para esto tienen que ofrecer las mejores condiciones posibles para quien quiera comprar lo que tiene para vender –así como los consumidores (y los productores consumen también) compiten unos con los otros para conseguir los mejores términos posibles de lo que quieren adquirir–. La competición por socios de matrimonio implica patrones similares de comportamiento, para sugerir otro ejemplo. Es por eso que algunos pueden intentar aplicar el principio de organización del mercado (y la “elección racional” que supuestamente lo acompaña) a ese tipo de institución (Becker, 1991; Weber, 1980) tiene más claridad y no mixtura esas distintas especies de relación).

El conflicto ha estado presente en diferentes literaturas de las ciencias sociales. Se destacan las luchas entre las clases y entre los distintos grupos sociales (para las primeras, ver Marx y Engels (1939); para las segundas, en términos de relaciones de “poder” de manera amplia, ver Foucault (2001). Lo mismo es cierto para las disputas entre países y ejércitos como se ha ocupado la literatura de relaciones internacionales, en particular con el realismo (ver por ejemplo Morgenthau, 1967). Confrontaciones directas y el ataque al antagonista, su subordinación y mismo aniquilamiento, están en esta pauta, con la lucha entre los contendientes trazando los contornos de las relaciones sociales, es decir, la pasajera o repetida –y potencialmente de manera estandarizada– interacción entre individuos y colectividades. Si con frecuencia es perseguida la total derrota del oponente, un mejor posicionamiento en relaciones regulares a menudo también entra en cuestión (por ejemplo en las luchas entre trabajadores y capitalistas en torno a los términos del contrato laboral).

Hay que tener presente que la competencia/emulación puede convertirse en conflicto/lucha, como maneras distintas de desarrollar interacciones. Ambas pueden estar presentes todo el tiempo en los procesos sociales concretos. Esto era, como ya fue mencionado, uno de los temas de Elías. Además, por un buen tiempo esos propietarios-guerreros pasaban de la competición al conflicto y de este hacia aquel –en verdad estos dos aspectos estaban estrechamente vinculados en sus actividades concretas–, más tarde la sociedad absolutista de corte los domó y le otorgó destaque al primero. La relación entre competencia (gegenseitige Steigerung do Anstrengung) y conflicto (Kampf) también fortalece en parte la problemática subyacente a lo que Clausewitz (1991, pp. 7-10) se refirió al hablar de las relaciones entre guerra –un “duelo” generalizado– y política, con la primera consistiendo en la continuación de la segunda por otros medios, como un “instrumento político” que procuraba subordinar el enemigo, con Foucault (2001) invirtiendo el adagio, manteniendo su espíritu, pero no su letra. Mann (1986) por su parte observó, al lado de la guerra, la competición regulada diplomáticamente por la generalización de la geopolítica de los estados europeos ascendentes. Todavía, el funcionamiento paralelo o imbricado de la competición y del conflicto, bien como el pasaje de uno hacia el otro, no son universales. Su desarrollo no lleva necesariamente al monopolio en cualquier esfera de la vida social (más allá que Elías haya sugerido concretamente eso): mismo los estados y los mercados puede ser centralizados en oligopolios o monopolios, eso no constituye sin embargo una ley de desarrollo de la vida social (más allá que la “tendencia histórica de la acumulación capitalista” pueda acercarse a eso asintóticamente, según Marx (1968). En particular y por encima de todo, del punto de vista teórico general la diferenciación analítica entre estos tipos de relaciones antagonistas debe ser mantenida.9



Coordinación, antagonismo

Hasta ahora tratamos de dos tipos de principios amplios que dan soporte a la interacción social como si se excluyeran uno al otro; de cualquier modo no se hace mención a su interpretación en la vida social real. Vimos que eso es verdad en lo que refiere a los principios de coordinación y a los principios de antagonismo por sí mismos y podemos ver ahora que estos suelen estar, también entre ellos, imbricados. Mientras que las personas cooperan voluntariamente o las colectividades se construyen sobre la jerarquía/comando/obediencia, ellas pueden competir o entrar en conflicto con otras colectividades que son construidas sobre los mismos principios de organización, o sobre otros distintos. Por ejemplo, tomemos una firma comercial en el mercado capitalista: ella es en general construida jerárquicamente, aunque las cooperativas sean capaces de operar ahí también; con agentes exteriores la empresa mantiene aun así una conexión antagonista mediada por relaciones competitivas de mercado. Pero la misma firma puede operar con otras firmas en una relación cooperativa, en red, o estar subordinada a ellas, total o parcialmente, en una relación basada en la jerarquía (tomemos como ejemplo los distritos industrializados organizados por grandes compañías, a menudo transnacionales, vinculadas a los distribuidores e incluso comerciantes minoristas). Coser (1956) llegó a sugerir hasta que la integración (funcional) de los sistemas sociales se basa en procesos conflictivos, que pueden generar identidad-solidaridad y así proporcionan elementos para confrontaciones con otros sistemas sociales. Para reafirmar la cuestión: todas esas categorías son analíticas; concretamente aparecen con frecuencia mezcladas.



Inclinaciones interactivas

Los agentes (individuos, colectividades), cualesquiera que sean los orígenes y resultados de las interacciones en las que forman parte, y que derivan de su acción individual y movimiento colectivo, se encuentran inevitablemente inclinados a mantener algún tipo de “actitud” o “intención”. Si ellos son individuos podemos hablar de acción social. Para evitar reificaciones y la antropomorfización de las colectividades (que, como veremos, no pueden ser vistas como la mera contraparte de los individuos en el plano colectivo), debemos decir que los agentes son impulsados a alguna inclinación interactiva.

En lo que refiere a los principios de organización, esas inclinaciones pueden ser, en los términos de la estrategia analítica de este texto, de tres tipos: 1) los agentes pueden inclinarse a comerciar una vez que quieran formar parte de las interacciones de mercado (no porque sean fundamental y naturalmente inclinados a “intercambiar, permutar y cambiar”, como pensaba Smith (2014, p. 21), mediadas por el mecanismo de intercambio voluntario (si este se basa en el trueque o es mediado por el dinero en sentido aquí propuesto no es realmente importante); 2)los agentes tienen que estar deseosos de mandar, si están inclinados a relaciones jerárquicas en las cuales los mecanismos de comando operan (engendrando, una vez que la interacciones se vean estabilizadas, sistemas de dominación más o menos rígidos y más o menos abarcativos), demandando “obediencia”, como Hobbes (1996) expresó de manera explícita esta cuestión, en cierta medida implica eso, por otro lado en la aceptación del mando de los otros; 3) o ellos precisan estar abiertos a cooperar, si entran en colaboración voluntaria como un mecanismo vinculado al principio de organización de la red (de modo que realmente busquen desarrollar algo juntos en bases más o menos igualitarias, al menos en lo que concierne a ese emprendimiento colectivo específico) En lo que refiere a los principios de antagonismo, dos son las posibilidades: 1) los agentes tienen que estar dispuestos a combatir si se involucran en conflictos y movilizan sus mecanismos de oposición, confrontarse, para derrotar o subordinar sus oponentes, con alguna “intención hostil”, como sugerido por Clausewitz (1991, p. 2); o tiene que sobreponerse a otros individuos y colectividades si se encuentran en competencia con ellas, emulando su comportamiento y yendo más allá de sus realizaciones de modo de alcanzar sus metas y superar sus oponentes (una suerte de victoria más indirecta o al menos un mejor posicionamiento en relación a los adversarios). Así se completa, mediante la reintroducción de los principios de antagonismo al lado de aquellos de organización anteriormente presentados, el gradiente completo de posibles relaciones sociales en el plano analítico.

En los ejemplos de encima algunos de esos elementos están ya presentes, así que los podemos movilizar de acuerdo con los términos usados en esta sección. Para Polanyi, digamos, aquellas elites liberales estaban enteramente inclinadas a mandar – imponiendo de esta forma el principio del mercado a la sociedad, con lo que, queriendo o no, esta tenía que conciliarse, sus individuos entonces están interactivamente inclinados a comerciar entre si e intentar sobreponerse unos a los otros. Para Marx en vez de eso, la creciente división del trabajo en el capitalismo empujaba a las personas a comerciar y así sobreponerse, como actitudes interactivas. Eso es verdad tanto para la motivación individual cuanto para las inclinaciones colectivas. Para Weber y Foucault las personas se inclinaban a disputas en el contexto de combates y a mandar en la medida en que procuraban poder social, lo mismo que los guerreros retratados por Elías. Por su parte, Marx enfatizaba las futuras inclinaciones cooperativas en el comunismo, que se prefiguraría en las organizaciones que los trabajadores forman para confrontarse a la burguesía en la sociedad capitalista.

Eso no quiere decir que en el curso efectivo de los procesos interactivos la inclinación inicialmente sustentada por un agente será correspondida por otros. Esa inclinación puede mudar o permanecer igual, prevalecer totalmente o en cierta medida, probarse mal colocada o ser inclusive instrumentalmente usada por otros que participan del proceso, en especial si un individuo o una colectividad se inclina a la organización (a través del mercado, de la jerarquía o de la red), en cuanto sus socios de interacción se inclinan hacia relaciones antagónicas y pueden manipular la apertura que aquellos primeros agentes exhiben. Mismo dentro de procesos que se basan principalmente en el principio de organización es posible que se esté propenso a la colaboración voluntaria y terminar –sabiéndose o no– subordinado o comandando o meramente en un intercambio voluntario (en este caso con efecto involuntario); o se puede estar propenso al intercambio voluntario y encontrar su destino en una relación de comando/obediencia una vez que el agente se haya comprometido por medio de la venta de algún tipo de mercancía (como la fuerza de trabajo)

Una vez más hay que tener presente que todas estas categorías presentadas aquí son analíticamente construidas, por lo tanto rara vez operan de forma pura en procesos interactivos efectivos. Eso demanda del analista una fina percepción de las posibilidades que aparecen concretamente en interacciones, bien como en lo que refiere a las inclinaciones interactivas que surgen de ellas. Además, eso impacta y depende de cuestiones, en especial en lo que se refiere a la motivación y a la veracidad, bien como a la adecuación social en el plano cognitivo-empírico, que serán tratadas solamente más adelante en este texto.



Fundamentos de la justificación

Como fue anteriormente señalado, justificaciones y reivindicaciones de validez han estado en las últimas décadas en la línea de frente de la discusión sobre la legitimidad de las relaciones sociales y de los procesos de interacción mediante los cuales se desdoblan. Como ya fue mencionado, esas dos concepciones pertenecen a Habermas y a Boltanskiy sus colaboradores. La idea de “legitimidad” era una contrapartida absolutamente central en la obra de Weber (1980), con la diferencia, en relación aquellos dos abordajes, que eso no significaba la internalización por parte de los actores de alguna perspectiva normativa subyacente y se vinculaba a sistemas de dominación por medio de los cuales las interacciones y relaciones regulares se cristalizan en instituciones sociales.

Esas afirmaciones pueden ser entonces incluidas por medio de la categoría de fundamentos de justificación y la legitimidad conectada a ellas. Eso significa que las justificaciones deben ser ofrecidas cuando son demandadas en el curso de la interacción – más o menos explícitamente y más o menos sistemáticamente, en general mostrándose opaca e incompleta, pero poseyendo cierto grado de consistencia lógica. La legitimación de los patrones de reproducción y cambio de los sistemas sociales –o funcionamiento de las instituciones y su alteración– descansa sobre la plausibilidad y validez de esas justificaciones. Ellos se aplican a todos los principios hasta ahora discutidos. Sistemas de dominación definitivamente demandan justificación y legitimación en la medida en que, como suele ser el caso, individuos y colectividades dominadas deben de algún modo ser incluidos por esas reivindicaciones y en especial aquellos que dominan precisan de argumentos para sermerecedores de aquellas posiciones frente a los ojos de sus dominados (punto elaborado en particular por Gramsci, 1975). Esas justificaciones precisan ser más o menos consistentes internamente y tienen sentido en relación a lo que realmente ocurre (luego, siendo plausible), poseyendo cierto grado de validez, es decir, correspondiendo en cierta medida y de alguna manera a la realidad, a pesar de las inconsistencias, incompletitudes y contradicciones (internas y en lo que refiere a las prácticas sociales) puedan saltar frente a los ojos – como es común que ocurra, en especial cuando al dominación y la explotación se ejerzan en su seno.

Así, el principio de organización del mercado y su forma de mediación, de intercambio voluntario, bien como la inclinación interactiva para comerciar, se encuentran en el reconocimiento abierto del interés mutuo de los socios de interacción (sean un panadero, un carnicero o quién quiera que sea). Esta es la justificación que implica la legitimidad del proceso social basado en aquellos elementos. Eso se amplía por medio de la idea de que eso es benéfico a la vida social de modo general, incluyendo la emergencia espontánea de un orden social basado en “vicios privados” que llevan a “beneficios públicos” y resultados virtuosos (ver Swingewood, 1991; Halevy, 1970). Obviamente las desigualdades de poder en el mercado – luego la jerarquía – pueden ser ocultadas por esos argumentos e influencian profundamente la percepción de los agentes (por ejemplo, posicionamientos desiguales y el control de activos en las sociedades de clase). Jerarquía, comando/obediencia y mandar/aceptar suelen ser justificados por la autoridad que posee un individuo o colectividad por estar en una posición a partir de la cual puede y debe operar de arriba para abajo. Se suele decir, sin embargo, que sistemas de dominación con aspectos más o menos permanentes, producen a veces la idea que se sustentan en una perspectiva mutua, compartida, lo cual es usualmente, en mejor de los casos, parcial, se no simplemente basadas en el puro hecho de diferenciales de poder (Araujo, 2016). Precisamente porque ambos significan relaciones explícitamente desiguales, asimétricas, deben ser emparejadas con posiciones e inclinaciones distintas, que se proyectan en su definición analítica – algo que las distingue de otras relaciones simétricas, analíticamente inclusive. Una vez más eso implica un tipo de justificación que torna legítima la operación de los elementos que pueden estar ocultos antes que evidentes, argumentados y legitimados. Proyectos basados en el principio de la red, la colaboración voluntaria y las inclinaciones cooperativas se remiten todavía más fuertemente al carácter mutuo del emprendimiento. Eso puede ser realmente verdad hasta cuando individuos y colectividades se vinculan a los elementos comprendidos por esa modalidad de interacción, sin embargo, como sugerí anteriormente, la astucia puede atravesar realizaciones concretas. Concluimos así nuestra ronda por los principios de organización.

El mismo tipo de cuestión y raciocinio se aplica a los principios de antagonismo y mecanismos de oposición. Conflicto, lucha y combate se basan en la idea de que el interés de los participantes es justificado y legítimo, a menudo el bien común es el resultado de esos embates. Empero, individuos y colectividades subordinadas no son necesariamente involucradas por esas justificaciones y la legitimidad de los patrones derivados de esas interacciones no se plantea como relevante para las colectividades dominantes en lo que hace a las colectividades dominadas. Luego, se puede decir que en casos extremos no hay necesidad de justificación compartida: la violencia pura, la fuerza, solamente, basta, sin cualquier legitimación a los ojos de los que la sufren. Competición y emulación, bien como la inclinación interactiva para competir, se justifican también según la validez del interés de cada uno, que acaba por constituir el bien común.

Seguramente esas justificaciones son elaboradas y se aplican en la vida cotidiana, el pan de cada día de la fenomenología y de la etnometodología. Ellas son en general remitidas a los “tipos ideales” mediante los cuales los agentes tipifican uno u otro acto en el “mundo de la vida”, tal cual lo discutido por Schutz (1962) y Habermas (1981) en términos menos individualistas que aquel, en consecuencia con la cuestión de la legitimidad indirectamente presente en la idea de “reivindicaciones de validez” la cual puede ser movilizada por los actores). Ellas pueden ser objeto de desafíos y pruebas, en el sentido sugerido por Boltanski y sus coautores (Boltanski & Thévenot, 1991; Boltanski & Chiapello, 1999) bien como por otros investigadores (Martuccelli, 2006; Araújo & Martuccelli, 2012). No obstante, grandes intelectuales, pero también aquellos intermediarios, individual y colectivamente, cumplen un papel decisivo en ese sentido: ellos colectan, inventan y sistematizan los fundamentos de justificación de los patrones interactivos, en términos más generales o más particulares, otorgándoles socialmente legitimación. Por esto aquellas obras de Boltanski pueden recurrir a las ideas de Adam Smith y otros intelectuales importantes, bien como a la enorme literatura vulgar de la administración y gerencia de 1970 y también en los 1980-1990. Sin embargo, él no parece ser capaz de entender la relación entre el tejido hermenéutico de la vida cotidiana y el papel de los intelectuales en diferentes planos de operación. Es verdad que mucho de lo que los autores consultados por Boltanski y sus socios dicen es ideológico, o sea, implica justificaciones que difícilmente correspondan a la historia y a las prácticas reales (como en el caso de emprendimientos que supuestamente dan sustento al moderno “pacto” o “contrato” social voluntariamente firmado por agentes libres, que dieron origen al estado liberal o republicano y a sus desdoblamientos - ver Riley, 1982). Pero eso es verdad también en lo que se refiere a ideas y actores ordinarios, que se encuentran en constante relación de “doble hermenéutica” con especialistas intelectuales (Giddens, 1976, p. 79).

Es preciso aducir que una perspectiva muy fuerte en la filosofía y en las ciencias sociales occidentales debe ser también rechazada. Muchos abordajes, incluyendo las de Habermas y Boltanski, sostienen que esas reivindicaciones no son apenas externas, que se convierten en parte de la personalidad de los actores. Este último autor llega a leer la tesis de la ética protestante en Weber (1988) como si la acción social necesariamente demandase motivación (Boltanski & Chiapello, 1999). Una mejor interpretación desde mi perspectiva sugiere exactamente lo opuesto (incluyendo el hecho de que el capitalismo no carece de ningún “espíritu”), especialmente, que la compulsión externa y la mera “acción instrumental”, privada de motivación y compromiso con los valores que supuestamente subyacen en ella, es lo que realmente dirige a los actores en la sociedad capitalista moderna una vez que el espíritu protestante se disipa. Tal vez ni esta tesis este correcta y sea así que, en una situación matizada, los individuos, colectividades e interacciones se mueven y desdoblan en la modernidad, bien como en otras civilizaciones. En este sentido, una perspectiva que simplemente subraye el carácter externo del horizonte normativo, con los actores no internalizando esas normas sino tratándolas instrumentalmente, tampoco debería ser aceptada. Estamos hablando de comerciar, mandar, cooperar, combatir y sobreponerse como inclinaciones interactivas, que se tengan en cuenta dos posibilidades, que se disponen en un continuo. Las justificaciones de las inclinaciones interactivas, así como la acción y el movimiento concreto (en el nivel individual y colectivo), pueden presentarse a los actores como normas plausibles de ser internalizadas, o pueden permanecer externas, siendo tratadas instrumentalmente, como reglas. Solamente aquellas justificaciones que implican motivación y necesariamente la veracidad subjetiva de los actores individuales y de las colectividades, en cuanto que todas necesitan, para ser socialmente consistentes, demostrar una exitosa adecuación empírico-cognitiva a las interacciones en las que impactan (ver tabla 2 al final del artículo).

La cuestión de la veracidad es especialmente importante en lo que refiere a la justificación basada en proyectos –es decir, en los sistemas interactivos calzados en particular en el principio de red– sin embargo mismo en estos casos no tenemos que esperar que siempre el comportamiento de hecho corresponda a la convicción. En principio, en la medida en que la cooperación está en cuestión, la apertura de los grandes agentes unos para los otros debe ser verdaderamente anticipada, sino es la astucia que se encuentra al servicio de la jerarquía, del conflicto o de la competición, disfrazada. Y es apenas cuando normas son internalizadas que la culpa surge como una sanción al actor individual, como una agresión a sí mismo o si misma que compensa la no observación de los patrones en que él o ella realmente creen, pudiendo ser compartidas colectivamente (en desmedro de contradicciones con otros fundamentos internos).10 De lo contrario las sanciones permanecen solamente externas. Robar en el mercado, abusar de la autoridad establecida en reglas formales o acostumbradas, engañar en emprendimientos cooperativos, puede llevar a la culpa apenas si los valores que subyacen a las justificaciones vinculadas a los principios de organización son internalizadas. Lo mismo se verifica también en relación a la competición como principio de antagonismo y también de conflicto cuando se encuentra normativamente regulado. El comportamiento individual y colectivo expresivo se hace presente, más o menos intensamente en todas las interacciones sociales, mismo cuando los agentes (aparentemente, pero no necesariamente de manera veraz) se esfuerzan para disminuir su peso.

Estas categorías se aplican a los individuos y colectividades, y son siempre propiedad en buena medida tanto de los primeros como de los segundos. No obstante, apenas en el caso de aquellos que se puede hablar de motivación o culpa en el sentido de que es internalizada por el actor, aunque deba ser también vista como una propiedad desigualmente compartida por las colectividades, de modo similar aquellos otros elementos que son compartidos por los individuos que engendran y son engendrados, ontológicamente, por aquellas colectividades.

Parsons (1979) escribió en uno de sus principales libros acerca de las orientaciones de la acción, con una sofisticada y posiblemente excesiva proliferación de categorías. No es el caso de descender a los pormenores aquí. Pero, en cuanto a la inclinación autointeresada de los agentes y su justificación deba tener como contraparte el beneficio de los socios en el proceso interactivo, particularismos pueden aparecer en la acción autointeresada y en el movimiento, en la medida que el carácter común de los beneficios puede quedar escaso frente a la totalidad de los agentes para quién esa interacción importa. De este modo, firmas en red puede tener proyectos como un interés mutuo, pero estos son limitados en la medida en que excluyen, particularmente, aquellos que no pertenecen al emprendimiento conjunto (Castells, 1996). Las redes pueden ser muy universales si incluyen todos los grupos oprimidos que se encuentran en una sociedad, como fue el caso de las recientes redes latino-americanas de movimientos sociales (Domingues, 2009). Mercados son poblados por agentes autointeresados, pero no solamente responden a los socios en interacción: también el conjunto de la sociedad y mismo el mundo se deberían beneficiar, o al menos es eso lo que se argumenta, con su funcionamiento sin trabas (Hayek, 1994). Relaciones jerárquicas, cuando institucionalmente cristalizadas en sistemas de dominación, supuestamente benefician no, o no apenas, a los poderosos, también aquellos universalmente o al menos en parte comandados, y que al menos parcialmente aceptan la dominación, sin evidenciar en general que el mando está realmente involucrado en esas situaciones (al menos que los de abajo no importen, en términos de justificación, para los de arriba) (ver Weber, 1980). Competición y lucha a su vez son legítimos cuando resultan en el bien común, salvo cuando, en casos limites, aquellos que son atacados y derrotados no importan para sus agresores. Interés y bien común se refieren así también al particularismo y al universalismo, como vemos por ejemplo en la justificación de la mayor parte de las empresas coloniales, en África o en otros lugares (Cooper, 2005). Evidentemente, como suele ocurrir en la guerra, en la conquista y en la dominación eso está lejos de corresponder a la realidad.



Conclusión

El sueño de una ciencia social que sería capaz de discernir las regularidades del mundo, de la historia bien como de una perspectiva diacrónica, capturó muchos científicos sociales desde el siglo XIX hasta al menos los años 1970. La física newtoniana, como su elegante conjunto de categorías y el establecimiento de patrones regulares de comportamiento del universo, hasta sus componentes más elementares, fue el modelo para eso. Parsons (1966) llevó adelante la principal tentativa en la sociología para elaborar ese tipo de conceptos y buscar relaciones causales invariables entre ellas, en otras palabras, para establecer leyes generales (“analíticas”) que pudiesen operar deductivamente e inclusive predecir futuros cursos de acción – como hizo Newton con la naturaleza. Mismo cuando Parsons (1979) adoptó la estrategia de aproximación temporaria (como un “second best”) basada en la biología, la ambición perduró, parcialmente descartada más tarde a través de un compromiso firme con el funcionalismo, aunque la idea de uniformidad del mundo social, de modo semejante a la naturaleza, permanece con él hasta el fin, inclusive con la identificación de mecanismos socio-evolutivos (Parsons, 1967). La tesis de Marx (1971) sobre las relaciones ente las “fuerzas productivas” y los “modos de producción”, bien como su visión de la relación entre la “base económica” y la “superestructura”, era otra manera de articular la cuestión, más allá que su principal construcción analítica intentase captar el funcionamiento del sistema capitalista, o sea, un periodo histórico específico y sus tendencias de desarrollo que no serían las mismas en todas las sociedades y civilizaciones. El futuro, la verdadera historia, sería una aventura.

Hoy ese tipo de afirmaciones y tentativas se tornaron mucho más cuestionables, debido a las uniformidades en la vida social (especialmente empíricas) y su desarrollo histórico parece más difícil de identificar y así los abordajes interpretativos tienden a prevalecer (la economía en particular levanta afirmaciones que reiteran ese tipo de cuestiones). Eso no quiere decir, o no debería querer decir, que no se puedan identificar tendencias de desarrollo histórico, aunque eso tenga que ser hecho con mucho más cautela y con una orientación teórica más fuerte que lo realizado anteriormente (Domingues, 2014).

En vez de centrarnos en qué medida alguna de esas perspectivas podría ser retomada, aquí focalizamos en las categorías analíticas (a saber, aquellos dos tipos de principios) que necesariamente proporcionaron el sustrato a ese tipo de sistema teórico general, sin pretender formulaciones científico-legales o tendencias de desarrollo social, aunque esta sea una vía promisoria para retomar. Mismo si rechazamos una perspectiva de cuño científico-legal, deductivista en las ciencias sociales, no hay razón para descartar la construcción de conjuntos de categorías analíticas. Estas permiten una descripción teóricamente orientada de la vida social, en diferentes niveles de generalidad – sea refriéndose a coordenadas espacio-temporales o buscando una perspectiva más abarcadora. Las formas básicas de la interacción procuran exactamente eso aquí. Y, por último, pero no menos importante, ese conjunto de principios nos permite pensar cuando y donde se realiza un consenso y cuando los antagonismos –múltiples– de la vida social se desdoblan, legítimamente. Del mismo modo, se recusa la simplificación supuestamente teórica que reduciría la vida social a la jerarquía y al mercado, dando espacios a la red como forma fundamental de interacción social cooperativa. Es improbable que haya una tendencia poderosa conduciéndonos a ella. Pero ella se puede tornar como un tipo de patrón de interacción social que la especie humana puede venir algún día a escoger de forma más extensiva y predominante y adoptar fuerte perspectiva normativa.11

Una teoría crítica de la sociedad no puede simplemente suponer, sugerir o demandar que todas las relaciones sean horizontales y basadas en la colaboración voluntaria. Además, no se debe imaginar la completa desaparición de los antagonismos sociales, ni de la jerarquía o del mercado, estos tienen un peso determinante en el mundo en que vivimos.

En la construcción igualitaria de un mundo diferente, la red en el sentido preciso que la definí aquí, no puede sino cumplir un papel decisivo, aunque al menos del punto de vista social más general, sobre todo en lo que refiere a la democracia y a los derechos, ella no pueda prescindir de ser –concretamente– cada vez más inclusiva, lo que no es siempre el caso, de modo alguno. Justo por eso es necesario tener cuidado al suponer un “comunismo” básico – del “cotidiano” – en las relaciones sociales, como hace Graeber (2011): si es posible decir que en que mecanismo de la red aparece en forma bastante difusa en las relaciones sociales en general, no apenas concretamente se mezcla con el mercado y la jerarquía, pero solamente si afecta la vida social en forma generalizada y con tendencia efectivamente igualitaria tiene sentido hablar de comunismo (lo que obviamente incluye lo que conocemos como política y economía en la modernidad).

Si la construcción de un mundo igualitario, en que la colaboración voluntaria sería central, una vez que se restringe la jerarquía y el mercado es recusado como principio general de organización, no se pone como dirección del desarrollo social, al menos se vincula ella a una tendencia de autonomización radical de los individuos en la modernidad avanzada, a pesar del aumento del poder jerárquico del estado y de la expansión de la mercantilización en este momento. Para construir lo que algunos definen como el “común” (Dardot & Laval, 2014), activamente – como un modo de retomar la propia idea de socialismo –, la red, en encarnaciones más restrictas o más generalizadas, dependiendo de los ámbitos en que se construyen, puede servir como horizonte normativo en términos de mecanismo de coordinación, con destaque para su concretización práctica y el modo en que se puede justificar. Esta sería la manera que mejor corresponde, todavía no de forma exclusiva, hoy o en el futuro, a la asociación de los agentes que el avance de la autonomía en la civilización moderna engendra.



Tablas y Figuras

Tabla 1. Modalidades de la interacción social


PRINCÍPIOS DE ORGANIZACIÓN

PRINCÍPIOS DE ANTAGONISMO


Mercado


Jerarquía

Red

Conflicto

Competencia

MECANISMOS DE COORDINACIÓN/OPOSICIÓN

Intercambio voluntario

Comando/

Obediencia

Colaboración

Voluntaria

Lucha

Emulación

INCLINACIONES INTERACTIVAS

Comerciar

Mandar/

Aceitar

Cooperar

Combatir

Sobreponerse

FUNDAMENTOS DE JUSTIFICACIÓN

Interés

(mutuo, en general)

Autoridad

(mutua, a veces)

Proyecto

(mutuo, siempre)

Interés/

Bien común

Interés/

Bien común



Tabla 2. Acción individual socialmente orientada y movimiento colectivo




Adecuación Social

Veracidad

Motivación

Sanciones

Reglas

Empírico-Cognitivas

Ausentes

Ausentes

Externas

Normas

Normativa

Presentes

Presentes

Culpa



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Notas

1Traducción de Maximiliano Duarte.

*

* Doctor en Sociología (London School of Economics). Investigador del Instituto de Estudos Sociais e Politicos (Universidad do Estado do Rio de Janeiro). Correo electrónico: jmdomingues@iesp.uerj.br

2

 La reciente formulación, un tanto idiosincrática, de Boltanski (2009) del término “institución” en ese sentido no ayuda nada.

3 Estos y otros temas tratados abajo fueron discutidos extensamente en Domingues, 1995 y 1999, en especial cap. 3; y, en relación a los principios focalizados aquí, preliminarmente en Domingues, 2002 e 2012, cap. 2.

4 Anderson (2013) nota que en la Antigüedad las relaciones de dominación personal se ponían en un continuum de la servidumbre a la esclavitud.

5 Aquí, y a lo largo de todo el texto, “red” es definida de manera muy distinta – y mucho más restricta – que en la mayor parte de la tradición sociológica anglo-sajona (cf. White, 1992), en la cual los lazos entre actores genéricamente están en el centro de la conceptualización.

6 Lechner (2007) por ejemplo propuso ideas semejantes a con relación al estado.

7 Los principios de la economía de Polanyi (2002) –“reciprocidad” y “redistribución”, “simetría” y “centralidad”– se encuentran transversalmente relacionados a los principios de organización aquí discutidos, en la medida en que algunos aparecen como vinculados a las formas del principio de red, pero apuntan para otras cuestiones, que a veces tiene naturaleza ideológica cuando descansan sobre el principio de jerarquía. La “reciprocidad” es más horizontal e implica lo que su nombre directamente señala, la “redistribución” opera de arriba para abajo como una legitimación de la apropiación desproporcional de recursos una vez que las divisiones sociales se establecen. La “domesticidad” (householding), al menos como Polanyi la define, no implica interacción social. Por su parte Karatani (2014) usa el concepto de “modos de intercambio” para alejarse de los “modos de producción”, reteniendo mientras tanto la dimensión económica como fundamental para los desarrollos históricos; en verdad el habla de formas de coordinación en una perspectiva potencialmente multidimensional, a pesar de tender recurrentemente al reduccionismo económico. En otra clave, podríamos pensar en la “dádiva”, en la redistribución y en el dinero como medios de circulación, al paso que el contrato puede asumir formas variadas, las cuales tienen que ser siempre pensadas tomando en cuenta todas las formas de interacción analizadas acá.

8 Weber (1980) claramente distinguió (ideal-típicamente), entre Kampf (lucha) y Konkurrenz (competición). Mi definición analítica aquí es similar, pero en verdad algo distinta de su formulación.

9 Y evidentemente la competición no es genética-biologicamente determinada al contrario de lo que la sociobiología nos quiere hacer creer. Por otro lado, incluso las teorías darwinistas se encuentran atentas para los papeles cambiantes de la competición y del conflicto directo para la sobrevivencia de los individuos y de las especies, lo “más aptos” entre ellos disputando los nichos ecológicos y el éxito reproductivo, bien como cada tanto involucrándose en confrontaciones abiertas intra-especie.

10 Parsons (1979) teorizó ambos componentes, pero enfatizó la internalización de las normas “introyectadas” en el sistema de la personalidad. Esas cuestiones fueron originalmente elaboradas en Domingues (1995) que dialoga también con Bourdieu y Giddens.

11 La “acción comunicativa” de Habermas (1981) implica en verdad una colaboración voluntaria. Antes que verla como fundada en el “telos de la lengua”, sería mejor entenderla como vinculada a la inclinación interactiva de los agentes, con fuertes consecuencias críticas y normativas.


Artículo recibido: 12/10/2016 Artículo aceptado: 20/12/2016

MIRÍADA. Año 9 No. 13 (2015) p. X-X

© Universidad del Salvador. Facultad de Ciencias Sociales. Instituto de Investigación en Ciencias Sociales. (IDICSO). ISSN: 1851-9431