Comentarios críticos

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AnteAntiquitas 1
¿Cómo describir la vida entera de una publicación? ¿Cómo describirla, además, cuando se tiene la suerte de contar con una colección completa? Nos referimos aquí al boletín Antiquitas, la herramienta de difusión de la Asociación Amigos del Instituto de Arqueología de la Facultad de Historia y Letras de la USAL: un boletín que se publicó periódicamente durante más de diez años, desde 1965 hasta 1979. Contar con la colección completa de Antiquitas es, como decíamos, un hecho afortunado si lo que queremos es describir sus etapas, hablar de sus cambios o de las notas a las que hizo lugar entre sus páginas. Pero, a la vez, es un hecho equívoco: contar con la colección entera nos puede hacer pensar que podemos reconstruir por completo la vida y vicisitudes de la publicación, que nada puede pasársenos desapercibido, que podemos abordar la revista como un monolito unificado, encerrado completamente en el pasado y, por eso mismo, por completo interpretable y descifrable. Como señala siempre Jacques Derrida, “la huella es, en efecto, el origen absoluto del sentido en general. Lo cual equivale a decir, una vez más, que no hay origen absoluto del sentido en general” (Derrida, 2005, p. 86). Entonces, si podemos pensar a Antiquitas como una huella del Instituto de Arqueología, debemos hacerlo entendiendo que lo que podemos decir hoy de esa publicación no restaura su vida original: diría Derrida, porque esa vida también estaba formada de otras huellas, y así al infinito, hasta comprobar en la práctica eso de que no hay origen unívoco para ningún sentido. Pero, más allá de los vuelcos conceptuales de la deconstrucción, vale aquí, y para estudiar Antiquitas, recuperar esa idea derrideana de huella: una especie de piolín del que podemos ir tirando para crear nuevos sentidos, nuevos discursos para entender y abordar Antiquitas, sin esperanza y sin desesperación, como quería Karen Blixen.

Los nombres
¿Qué es lo primero que se hace ante una publicación, ante un hecho de lenguaje impreso? Parece obvio, pero lo obvio no hace más que revalidar todo el tiempo la relevancia del análisis material de los textos: primero, miramos. Miremos el conjunto, entonces.Antiquitas está compuesta por 29 números, publicados de forma bianual entre noviembre de 1965 y noviembre de 1979. Con unas 16 páginas por número, cada boletín está encuadernado en cartón de color (amarillo, celeste o anaranjado) e impreso íntegramente en blanco y negro, salvo por la tapa. Allí vemos un escudo a color, “reproducción de un fragmento de las Pictografías de Carahuasi, Provincia de Salta, según dibujo de E. Holmberg”. Según se aclara en el primer número de la revista: “Lo hemos elegido no solo por su valor artístico y decorativo, sino también por haber sido el Dr. J. B. Ambrosetti, su primer estudioso y descriptor”. Vemos, también, que hay fascículos dobles: los números 12 y 13, publicados en un solo boletín, de 1971; los 20 y 21, de 1975; los 22 y 23, de 1976; 24 y 25, de 1977; 26 y 27, de 1978; y los dos últimos, 28 y 29, de 1979.
Pero, como toda mirada, la que realizamos sobre Antiquitas también se va construyendo por capas. Más datos objetivos sobre la historia de la revista saltan a la vista revisando la primera página del boletín. Tres direcciones postales: Callao 542, sede del Colegio del Salvador donde funcionó el Instituto desde su creación, el 5 de agosto de 1964. La segunda dirección es Hipólito Yrigoyen 2441: allí se mudaron tanto el Instituto como sus dependencias en el año 1975, y allí funcionó hasta 1979, año en que volvió a mudarse, esta vez a Yapeyú 197, donde funcionaba la Facultad de Historia y Letras de la Universidad. Nombres: fueron dos los directores que estuvieron a la cabeza de Antiquitas. Su fundador, el doctor Eduardo Casanova, fue Director en ejercicio hasta noviembre de 1970, momento en que empezó a ser, según el mismo boletín, Director Honorario. Fue Lidia C. Alfaro de Lanzone quien asumió la dirección desde este punto hasta el final de la publicación. Los nombres del Comité de Redacción, por su parte, incluyen a M. L. Vidal, A. Marini, B. Martínez Soler y Juan Manuel Suetta, quienes lo conformaron desde el primer número. Ya en el segundo, se incorporó Lidia Alfaro de Lanzone. El Comité permaneció igual hasta 1975: a partir de ese año, y hasta el final, estuvo conformado por Catalina Pajar, Blanca Pazos de Tello y Marta Ruiz de Giono.

Las publicidades
Hasta aquí lo que sabemos del boletín a través de una mirada más o menos detenida de su primera página. La historia, de todos modos, se irá completando a medida que la mirada avanza por las páginas de la publicación, por cada uno de sus números. Entonces, sumamos otra capa más a la mirada. ¿De qué otra forma la materialidad de una revista nos habla de su vida y de su circulación? Algo especialmente relevante en Antiquitas es la alternancia del material publicitario que va a apareciendo y desapareciendo a lo largo de los distintos números. Se traza, entonces, un arco: las publicidades son abundantes y diversas durante los primeros años pero, hacia 1969, comienzan a decaer. El material publicitario de la primera época de Antiquitas está conformado por avisos, apoyos y adhesiones: algunos a página entera, en la contraportada y con ilustraciones; otros, con la mera mención del adherente. Así, por ejemplo, encontramos varias publicidades de Foto Ral Cine, que presenta un nuevo proyector: el Elmo Slide. También nos cruzamos con avisos de nuevos grabadores, como el TC-220 de Sony. Estos eran, ciertamente, productos de interés para el área del Instituto: líneas que seguramente apoyaban al boletín porque encontraban en la arqueología un público especializado e interesado.
Pero hay otro tipo de publicidades en Antiquitas: este tipo nos habla del modo en que el boletín circulaba. Encontramos así avisos de comercios cercanos. Es el caso de Librería Resio, de Callao 621; de Librería Huemul, que todavía existe, sobre la Avenida Santa Fe. También hay adhesiones como la de Calzado Guante, la de Escribanía Álvarez García o la de Frigorífico Almagro; y apoyos anónimos, que se anuncian con un recuadro y la simple leyenda “Donación”. Las publicidades, entonces, apuntalan no sólo un área de interés profesional, sino que también indican una zona geográfica de influencia para el boletín, ligada a la primera dirección del Instituto, sobre Avenida Callao, y una lista de comercios con el que, suponemos, el Instituto se vinculaba asiduamente.
En el conjunto de avisos, además, se destacan especialmente dos: una extraña contratapa, la del número doble 26 y 27 con el logo de Cocacola, por un lado; y el listado, en el número 8 de mayo de 1969, de las publicaciones del mismo Instituto: la lista incluye los números del boletín Antiquitas y sus precios (el número 1 a $300 de ese momento; los números 2 a 7 a $250), como así también un conjunto de Guías temáticas elaboradas por el Profesor Suetta, a $50. Sin embargo, pasado el año 1969, como decíamos, los avisos comenzaron a desaparecer, de modo tal que la mayoría de los números publicados entre 1970 y 1979 aparecieron sin publicidades de ningún tipo.

Los registros
A medida que la mirada va sumando capas nos encontramos con otro tipo de material en Antiquitas. A lo largo de los números, hallamos inventarios, resúmenes de actividades y de conferencias, reseñas bibliográficas, memorias anuales del Instituto y, también, resúmenes de gastos. Así, por ejemplo, en el último boletín aparece un resumen de las actividades de 1979. Allí nos enteramos de los detalles de la XIII Expedición Arqueológica a Rinconada, Jujuy, organizada por el Instituto, que permitió “continuar con la exhumación de tramos de la red de canaletas entubadas, el estudio exhaustivo del recinto ‘Boman’ con hallazgo de mucho material arqueológico y el redescubrimiento de la cueva de Chacañayo…” En el mismo año el Instituto también organizó un ciclo de cine de temática histórico-arqueológica, durante el que se proyectaron once cortometrajes. Fue en 1979 que se realizó, como hemos ya mencionado, la mudanza desde la sede de Hipólito Yrigoyen al primer piso de la calle Yapeyú, donde según comenta el resumen de actividades el Instituto contó “con mayor superficie, muebles adicionales, los gabinetes de trabajo necesarios para efectuar con mayor eficacia las tareas de apoyo a las cátedras de Antropología, Arqueología, Etnología y Folklore, y desarrollar los planes de investigación…” La lista de actividades de 1979 se completa con el detalle de las Jornadas de Arqueología del Noroeste Argentino, cuya presidenta fue la directora del Instituto, Alfaro de Lanzone. El número doble, 26 y 27 de 1978, cierra con el “Estado de la Situación Patrimonial y Cuadro de recursos y gastos al 31 de diciembre de 1978”. Allí se detallan tanto los fondos disponibles, en caja y en cuenta bancaria, como también los valores de los bienes de uso, libros, mobiliario, útiles e instrumental científico del Instituto.

La ciencia
Por supuesto una publicación habla de sí misma también desde sus contenidos editoriales. Si los materiales que venimos analizando hasta este punto nos habilitan a pensar en la vida material del Instituto, más allá de su boletín de difusión, los contenidos científicos y académicos, en cambio, nos abren la puerta a un núcleo que condensa todo lo demás: la arqueología, su estudio y su puesta en práctica. Los artículos son numerosos desde el segundo número pues, como veremos más adelante, el primero está dedicado a presentar tanto el boletín como el Instituto y su Asociación de Amigos. El primer artículo da inicio al número dos: se trata de “Nota sobre los petroglifos de Talampaya (Prov. La Rioja)”, de Juan Schobinger (1928-2009), experto en arte rupestre, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Cuyo, donde tuvo a su cargo las cátedras de Arqueología prehistórica y de Arqueología. Fue investigador y docente y se lo considera uno de los pioneros de la arqueología en la Argentina. Entre sus muchas obras, Schobinger fue el editor de La “momia” del Cerro Toro, suplemento al Tomo XXI de las Actas de los Anales de Arqueología y Etnología, publicado en Mendoza en 1966. En él Schobinger compila numerosos artículos sobre el descubrimiento y los estudios somatológicos y culturales relativos a la momia del Cerro Toro, “un cadáver indígena naturalmente conservado por un proceso de momificación parcial, producido por efectos del frío (…) y por el frío seco de la alta montaña” 2. El artículo de Schobinger que abre el número 2 de Antiquitas está dedicado al arte rupestre, especialmente a los petroglifos de la Puerta de Talampaya: “Lo hemos visitado los días 22 y 23 de octubre de 1965”, dice el artículo. Luego de describir la zona y “las curiosas formaciones naturales” de la Puerta de Talampaya, con fotografía incluida, Schobinger señala que “No sólo para su ‘interpretación’ sino también para la mera descripción de sus signos, es fundamental la asociación de los petroglifos con su ubicación y ambiente”. Así, hipotetiza que “la quebrada debió haber sido considerada como representación simbólica de la ‘puerta’ para el Más Allá, del camino estrecho habitado por toda clase de fuerzas o seres que lleva al país de las divinidades superiores”.
Por eso, continúa, “puede suponerse que algunos de los signos representan de algún modo esos seres y fuerzas”. Luego de ese marco general, con numerosas fotografías, el artículo se dedica al estudio estilístico, técnico, comparativo y cronológico de las figuras halladas sobre las paredes de roca. En el texto, y más allá de la exhaustividad del análisis de Schobinger, se lee también el placer de la práctica del arqueólogo: “Mencionemos todavía, entre tanta riqueza, una hermosa escena formada por un hombrecillo de cabeza redonda y grandes pies que sostiene de la brida a un cuadrúpedo…” Se lee asimismo la imposibilidad de, como decía Derrida, rastrear por completo esas huellas:
Como todos los conjuntos de petroglifos del occidente argentino, estos de Talampaya constituyen un atractivo enigma, porque forman parte, como únicos vestigios, de una realidad espiritual más amplia, cuyo conocimiento, no por difícil, debemos dejar de intentar.
Si el artículo de Schobinger es el que abre Antiquitas en 1966, lo cierra en 1979 uno de Lidia Alfaro de Lanzone y de Margarita E. Gentile. Se trata, en efecto, de la última publicación de la historia del boletín: “Investigación arqueológica en Huayuri, Costa Sur Peruana”. El artículo cuenta con mapas de sitios arqueológicos del departamento de Ica (Perú), con ilustraciones de tiestos obtenidos tanto en excavación como en superficie y de tazas, platos, vasos y cantimploras de cerámica hallados en los valles. El trabajo se inicia con una descripción del terreno, el relieve y el clima y con la localización de sitios de habitación, actuales y prehispánicos. Más adelante se analiza en detalle y por capas de excavación el sitio arqueológico de Huayuri y alrededores, dividido en sectores y recintos. Al final del artículo, las autoras afirman que “la ‘ciudad’ fue habitada por un largo período de tiempo (…) se excavaron restos arquitectónicos que permiten inferir por lo menos tres etapas bien definidas de ocupación de la ‘ciudad’”.
Entre el primero y el último, los artículos científicos de Antiquitas son variados, con ilustraciones, gráficos y fotografías. Entre ellos se cuentan, por ejemplo, “Construcciones agrícolas prehispánicas en Coctaca”, de Suetta, en el número 4 y, del mismo autor, “Aportes a la arqueología de Volcán con especial referencia a la funebría”, en el número 8. En general, cada boletín incluye dos o tres artículos y se completa con noticias e informaciones como la que hemos comentado anteriormente.

Las vidas
Pero hay todavía un tipo más de notas que son parte central de Antiquitas: las memorias, notas de vida y homenajes. El primer número de la publicación se inicia, justamente, con dos homenajes: el primero, a Juan B. Ambrosetti (1865-1917) “con motivo del centenario de su nacimiento”; el segundo, al doctor José Imbelloni (1885-1967). Ambas notas surgen de celebraciones desarrolladas en el marco de la USAL. La primera, de una reunión de homenaje a Ambrosetti, realizada el 10 de septiembre de 1965 en el Auditorio de la Universidad y organizada por el Instituto y su Asociación de Amigos. Según detalla la nota, fue Suetta uno de los oradores del encuentro: “Si su vida fue corta, pues su desaparición se produce a los 52 años”, dice Suetta sobre Ambrosetti, “en cambio su obra, a pesar de fragmentaria e incompleta, tiene equilibrio, madurez y absoluta vigencia”. Según nos cuenta la nota, Suetta ubica a Ambrosetti “como integrante y resultado de esa gran eclosión espiritual que representó para el país la llamada generación del ochenta” y define su vida entre el amor por los viajes y el descubrimiento de la profesión: “Ambrosetti fue explorador, viajó no sólo afanosamente, sino inteligentemente; fue arqueólogo, porque con el más alto rigor científico a su alcance, trató de reconstruir la cultura de los pueblos, poniendo al servicio de esta ciencia su dedicación”. Suetta ofrece también un análisis global del trabajo de Ambrosetti y su influencia, de nuevo en consonancia con aquella imposibilidad de rastrearlo todo que la huella, según Derrida, trae consigo:
Surge evidente de este intenso período de actividad la conciencia que tiene de su limitación de posibilidades; la imposibilidad de hacerlo e interpretarlo todo. Veo y noto dos sentidos en sus trabajos; el 1°, descubrir y describir (…) y el 2° orientar su esfuerzo a la exploración sistemática y conocimiento intensivo de ciertos lugares claves.
La segunda nota, de forma similar, registra un homenaje que el Instituto y la USAL organizaron para Imbelloni, Profesor Emérito de la Universidad, americanista, especialista en religiones prehispánicas, Director del Museo Etnográfico de la UBA, “con motivo de cumplir 80 años y por su fecunda acción como organizador y primer profesor de la cátedra de Antropología y Etnología General”. Los asistentes lo destacaron como “antropólogo eminente”, de “estilo sobrio, preciso y ordenado” en sus escritos: “La concepción de Imbelloni está sustentada sobre la idea de la sucesión temporal de los tipos humanos, en conexión con su historia genética y su dispersión antropogeográfica”, sintetiza la nota. Años más tarde, en el número 6 de 1968, aparece una segunda nota sobre Imbelloni: se trata de una nota de vida tras la muerte del antropólogo, el 25 de diciembre de 1967. Se dice allí de su trabajo que “se ha basado sólidamente en los hechos que trasuntaba la existencia misma de los seres humanos”.
No faltan tampoco las notas de vida en ocasión de otros dos fallecimientos que tocan muy de cerca al Instituto: el de Eduardo Casanova y el de Suetta. De este último, en el número doble de 1975, Blanca Pazos de Tello destaca no sólo su trabajo como antropólogo, sino también el que ejercía como docente, y agrega: “lo que más nos interesa destacar es que era una persona capaz de pensar en los demás tanto como en sí mismo, es más, desear a los demás lo bueno que deseaba para él”. El número también doble de 1977 abre con la nota de despedida a Casanova, escrita por Alfaro.
Su labor siempre estuvo sustentada por un espíritu fuerte y una mente clara (…) Su enorme capacidad de trabajo inducía a una sana emulación y su ejemplo cotidiano fue la escuela silenciosa que transitamos sin obligación muchos de quienes tuvimos la suerte de compartir algún momento de su vida.

Principio y final
Si el inicio del boletín Antiquitas, en su primer número, aparece como perfectamente planeado, con palabras de apertura, explicación del escudo de portada y la historia del Instituto, todo lo contrario parece ocurrir con su final. Como se ha comentado, el boletín culmina su ciclo con un artículo científico, sin ninguna referencia a un cierre. El final de Antiquitas, así, parece repentino, al igual que el del Instituto. Por suerte quedan las huellas enteras de sus boletines: la colección completa de Antiquitas no solo nos abre la puerta, como lectores actuales, a las zonas de interés de la antropología de ese momento, no solo nos acerca artículos ricos en información y análisis, sino que también nos habla de las personas que pasaron por el Instituto y por las páginas de Antiquitas a lo largo de los años. Sus vidas conforman una vida más grande que, aunque nunca podremos reconstruir por completo –como decía el mismo Suetta de las intuiciones de Ambrosetti– sí podemos llegar a intuir a través de las páginas de Antiquitas, las que hemos recorrido en esta lectura, en esta mirada.


1Los contenidos completos de la revista Antiquitas se encuentran disponibles en: http://racimo.usal.edu.ar (N. de la Ed.)

2 Registro no. 108 del Catálogo periódico impreso. (N. de la Ed.)

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