El Petiso Orejudo: primer asesino serial argentino

El cambio

 

Nicolás D’Andrade[1]

 

Nota de Editor

Presentamos este relato de un alumno de la carrera de Letras, a quien acompañamos en su inicio en la creación literaria.

 

No sé cuántos más podré, ni cuántos fueron ya, hasta el día de hoy. Tal vez fueron diez mil, como pueden haber sido cuatro mil. Hoy es la quincuagésima vez que decido dejar de fumar, y espero que sea la última. Quiero prometer que este será mi último y quizás el más preciado de los cigarrillos que fumaré. Los nervios bailan, drogados de frenesí, en mi cuerpo. Los pulmones se quedan sin aire y se agotan. Y por más que desee hacer otra actividad como, quizás, comer, practicar algún deporte, estoy seguro de que no encontraré ninguna ocupación que tome tanto tiempo de mi vida como el fumar.

 

 

Trabajé por más de dos años, en una oficina, sin gastar un peso de lo que cobraba, y viví en casa de mis padres, a lo largo de ese tiempo. Aunque no estoy muy orgulloso de estar viviendo con ellos a los treinta y cinco años, sigue siendo fabuloso. Logré conseguir ahorrar, en los últimos dos años, suficiente dinero para pagar unas vacaciones de un mes en unas playas lejanas de Costa Rica.

Hoy me encuentro en el hotel, sentado en la cama, escribiendo en unas pocas hojas de papel amarillento que traje de casa. Sin duda, esas hojas se remontaban a la época cuando mamá iba a la escuela, de allí el color. Me propuse a escribir mis experiencias sobre cómo dejar de fumar y sobre cuán placentero podía ser. El problema era que tuve que intentar dejar de fumar por diecisiete años, para poder escribir el libro que nunca se escribió. Imaginé que podría ser algo interesante y, a la vez, retrospectivo. De la misma manera, sufrí mucho al evocar las discusiones con mis padres. Escribo unas palabras y duermo una siesta; me despierto y veo esas hojas de papel sobre mi pecho desnudo en la cama para uno. Obviamente, nadie, en Costa Rica, estaba tan loco como para pagar un hotel y, encima, ir solo.

Esta siesta, que recién tomé, fue mejor que la anterior. Duró unas dos horas. Me desperté y me levanté, las hojas cayeron en la cama, y una de ellas se deslizó por el borde entre el colchón y la pared pintada de un color claro como la piel de una cebolla rosada que, francamente, asqueaba. No estaba del todo despabilado como para ir por ella. Caminé descalzo, sobre la alfombra mullida, hasta el espejo de un metro y medio que estaba sobre la pared, frente a mí. Me miré en él. Las ojeras que colgaban de mis ojos me recordaban a mis amigos cuando hacían bungee-jumping. Esto se debía a que había dejado de fumar y no a que había fumado por diecisiete años, pensé, pero me reí, pues ni yo podía creer en tal absurdo pensamiento. Todo se debía a esos cigarros: irritantes, desalmados y crueles cigarros, a esos placenteros cigarros, y a ese exorbitante gusto a nicotina que excitaba mis papilas gustativas diariamente. Fui al baño y me lavé la cara. Volví a la cama y busqué esa hoja que se encontraba en el piso, debajo de ella. Miré los renglones e imaginé que eran varios puchos apilados en líneas grisáceas, delimitados por la tinta azul. No escribí nada.

 

 

Esta condenada promesa que hice de escribir sobre el dolor más intenso de dejar de fumar me jeringuea día a día. ¿A quién engaño? Pasaron dos días desde que estoy en Costa Rica y lo único que quiero es fumar uno. Sentir esa almohadilla entre mis resecos y rojizos labios, e intentar no mojar el cigarrillo con saliva es lo que más anhelo. Dos días encerrado aquí dentro. Podría salir. Iré a la playa.

Volví, tomé dos shots de vodka y no me embriagué, aunque yo creía que mi resistencia alcohólica era parecida a la de un niño de doce años. Vi una mujer en la arena que encantó mis ojos. Era la suma de todos los colores primarios y de todos los colores del mundo, pero que no se convertían en un marrón oscuro, como la profesora de jardín de infantes había explicado, ni en un alma deshecha, sino que se mezclaban y emergían en un nuevo color: uno que contenía todo lo bueno de todos los colores. No recuerdo sus ojos, no recuerdo su cabello, no recuerdo el color de su bikini, ni el de sus sandalias, ni el de su bolso. Solo sé que ella estaba allí y yo también.

 

 

Ya van tres días que no fumo. Quiero salir de este hotel y descubrir el mundo. Tengo miedo de salir y encontrar un kiosco, o a un vendedor con cigarrillos, o a alguien que esté fumando. Estoy aterrado de ver otras personas fumando y que esto pueda inducirme a fumar nuevamente. Quiero dejar este peso, quiero dejar de inspirar y espirar un aire con restos de humo. Quiero toser porque me atraganté comiendo rápido y no porque caminé dos cuadras y el oxígeno es insuficiente en mis pulmones. ¡Qué lo parió! ¡No aguanto más! Aborrezco el hotel, será mejor que salga de aquí.

La vi de nuevo. Y esta vez sí recuerdo el color de su cabello, y el de sus sandalias, y el de su bikini, y el de sus uñas, y el extenso de sus pestañas; como, también, el color dentro del fondo de color que tenían sus ojos. Recuerdo su bolso de playa, que honestamente, podría llevar ladrillos allí dentro. Recuerdo el lugar donde están las marcas en forma recta, que el sol y sus anteriores bikinis dejaron cuando, acaso, se acostó a tomar sol. Aún así, sigo pensando en fumar. Sigo quejándome, pero de alguna forma ya llegué a los seis días. Mañana será una semana. Mañana es sábado.

 

 

Hoy saldré de noche. Iré a un boliche muy conocido, donde la gente baila salsa y música electrónica. Según el muchacho que me ayudó a subir el bolso a mi habitación el primer día, el lugar es muy famoso. Él también fuma, y es que lo he visto en la parte trasera del edificio del hotel fumando con sus compañeros. Es tan solo un muchacho, y me recuerda a mí cuando empecé con esta mugrosa basura. Yo, únicamente, quería que esa chica me mirara, quería sentirme grande, quería sentirme importante, y ahora me siento pequeño, enfermo, débil e ínfimo. No conseguí que me mirara, pero sí conseguí un vicio. Recordar la adolescencia es el peor daño que puedo hacerle a mi alma.

 

 

Bailé con todo el mundo. Bailé con mujeres, y hasta con un hombre o eso creo que era. No me importó, solo quería divertirme. Solo quería bailar. Solo quería olvidarme de ese rollito de papel con nicotina y tabaco. Y así lo hice, me olvidé de él y la conocí a ella. Así es, conocí a la mujer que había estado viendo en la playa. Su nombre era Ignacia. Me dejó pasmado, pero no de miedo, sino de alegría. Su cabello era rizado con puntas negras y doradas; era costarricense. Su tonada me hizo sonreír más de una vez, y ella se dio cuenta. No se enojó. Hasta se rió de mi dialecto, y me preguntó qué se sentía. A mí no me importó en lo más mínimo. A ella tampoco. Escribió su número de teléfono en un papel que me había servido de posavasos, minutos antes, para mi bebida, y lo guardé en algún lugar del pantalón. El color de su piel se asemejaba al de un cedro, intenso y salvaje, mientras que sus blancos y bien lavados dientes contrastaban con su rostro. ¡Qué bello rostro! Llevaba puesto un vestido ligero de diversos motivos que dispersaban las miradas del lugar y las atrapaba en un solo instante, en un solo momento, y las dirigía a sus curvas irracionales, erróneas, espectacularmente sensuales y humanas, dignas de una mujer latina. Le invité unos tragos, pero me dijo que no bebía alcohol, ni que tampoco fumaba. Tal vez, fue una señal, pues no lo sé; tampoco me importó. Bailé con ella y tomamos una gaseosa en la barra. Supongo que se divirtió, porque sus dientes salieron a modelar sobre sus fibrosas encías con mucho agrado y sin miedo, varias veces. Su mirada me perseguía, y sus rodillas, mientras estaba sentada, disparaban a las mías como el cañón de un cazador forma una línea recta hacia el núcleo de su presa. ¿Era yo su presa o era ella la mía?

 

 

Volví a las seis de la mañana y el muchacho del hotel estaba ahí afuera fumando. Le dije que hay cosas más bellas en el mundo que un humo gris y un mal aliento ahuyentador de bestias femeninas. El chico sonrió y tiró el pucho. Lo pisó y se apagó.

 

 

Una semana y media pasó ya. No fumo hace una semana y media, y hoy iré a bailar nuevamente. Ya me vestí, ya me perfumé el cuerpo, como indican los maestros: sobre las grandes arterias para que el espesor de la esencia se esparza sobre mí. Pero hoy no bailaré con mujeres, ni con hombres. Hoy bailaré con ella. Está aquí a mi lado, arreglando esos obstinados rulos, mientras yo escribo y borro, escribo y borro, escribo, repito y borro en este pedazo de papel. Me equivoco una y otra vez, porque esta dulce mujer está semidesnuda mirándose al espejo y yo me distraigo. El cigarrillo está lejos de mí, y allí se quedará.

Puedo ir a bailar, volver y seguir estando con ella, y nada cambiará. Yo seguiré siendo el mismo, y ella seguirá siendo quién es. No conozco más que su nombre: Ignacia.

 

 

Un día más, y sigo contando. Esto se está poniendo divertido. Dejar de fumar fue, definitivamente y lejos, lo mejor que he dejado de hacer en mi vida o lo mejor que he hecho en mi vida. La peor decisión fue empezar. Hoy miro hacia atrás y veo una obsesión y una adicción. Una locura, una demencia. Mi avión saldrá en unas horas y volveré a casa sabiendo que no fumaré más.

 

 

Y hoy: no sé cuánto más podré, ni cuántas veces habrán sido ya hasta el día de hoy. Tal vez fueron diez mil, como pueden haber sido cuatro mil. Hoy es la quincuagésima vez que solo le quiero dar un beso y termino haciéndole el amor. Quiero prometer que esta será la última vez que lo haremos, y la más preciada vez que lo haga. Los nervios bailan, drogados de frenesí, en mi cuerpo. Los pulmones se quedan sin aire y se agotan. Y por más que desee dejar de acariciarla, como mirar las marcas de sus anteriores bikinis con el fuerte sol dejando sus huellas sobre su columna, estoy seguro de que no encontraré otra ocupación que tome tanto tiempo de mi vida como el amor.

  

 



[1] Estudiante de segundo año en la Licenciatura en Letras de la Universidad del Salvador y Corrector Asistente de la revista Gramma. Correo electrónico: nico.dandrade@gmail.com

Gramma, XXII, 48 (2011), pp. 246-250.

© Universidad del Salvador. Facultad de Filosofía y Letras. Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas de la Escuela de Letras. ISSN 1850-0161.

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