El Petiso Orejudo: primer asesino serial argentino

El Diluvio

 

               Susana Villalba[1]

 

Nota del Editor

Este poema en prosa fue publicado por primera vez en el volumen Plegarias, editado por Mercedes Roffé, para Pen Press (Nueva York, 2002), y por Valeria Sorin, para La Bohemia (Buenos Aires, 2004).

 

 

Por mi culpa llueve, por mi grandísima sed, por tanto fuego que apagar, porque el vacío es el infierno invoca una materia celeste que lo colme, que ahora lo desborda, desvaría el agua. Estalla y truena. Y en la tierra no suena a derrumbe, sino a hueco, lo nunca levantado, concluido, el óxido que no creció en el tiempo, sino al nacer en abandono, en la pereza del desmoronamiento original. Un barro de ciudad que no respira, no pudre, no germina, no religa la pegajosa cercanía. Ese fastidio que se seca, se agrieta y cae. Supura lo que resta. Concentra el agua sobre sí como un tropismo a sumergirse, corazón de sed eterna.

Eso que suena a quebrarse, lo que parece azul que se desgarra no es lo que pretendió llegar al cielo. Es el rumor de lo que arrastra por llegar a tiempo con el mundo.

Tropieza, chapotea, se resbala, se adhiere en muchedumbre de pelos pegados a la cara. Si algo faltaba, llega el frío. Esa melancolía que es especie, como quien dice aquí nace el hornero, los mojados, los vientos, la tacuara, los que miran pasar un río inmóvil que, sin embargo, arrastra por su peso.

Pésame Dios mío un corazón municipal, la hilera de cajones, el raid, el ascensor, la página borrada igual que una mirada, la bruma del video que zumba como un tiempo de hotel al paso que mañana tampoco voy a dar.

Después, ahora es para siempre. La calle un río, los techos no se ven, el aire es agua, la ventana da a un cielo de agua. Al fin es todo el fin de una vez, definitivamente gris. Nada más que anegamiento, una saturación. Hasta que vuelva a aparecer una raza disputando la foto en una nota de color. El miedo al reptil, dice Animal Planet, es a nuestro pasado pisado el agua, caminado. Respirando por pasillos y trámites bancarios de neón en corredor inmobiliario.

Confieso no haber sabido derivados, nada estaba en su lugar, cada cuenta no daba, saldaba por mi culpa, por mi grandísima ignorancia remitía, sangraba por su margen, drenaba en acueductos. Confieso la fatiga de un lento alud horizontal.

Confieso vivir en una calle de adoquines con casa de regalos, almacén, tapicería, deambular en agua turbia, recuerdos que se empastan en una alcantarilla en remolino de papel. Pesa mirar el resto acumulado, nada se pierde, se transforma en la espuma grumosa de llantas y lavarropas arrumbados.

Me arrepiento del musgo, del reflejo en la pared, de los gatos durmiendo en guardabarros, de la botella rota, filo pulido en el run run, en un pulmón de arena. Me arrepiento del asma, de las piedras, de las gaviotas rebuscando en la basura, de su lengua chillona y de las hojas de otoño sobre el zinc. Me arrepiento de hablar y del silencio. Yo pecadora de murmullo confieso la desidia en lo que escurre, obsolescencia, laxitud, la grasa de los días en el vidrio.

Por mi grandísima ausencia de sentido de proporciones con la tierra pido a las nubes una pausa, al cielo luz, al agua aire. El mundo no entra en caja, no da, todo el paisaje no cabe en una inspiración, no tengo nada que decir que no se haya viciado, vaciado en un hastío programático.

Pantallas refractaban en un campo tan feudal, un descarrilamiento de fibra óptica, es demasiado tarde, demasiado pronto, ropa usada de mother, sistema clonado a otro pirata, decimal, decimonónico en su forma de medir lo majestuoso por el modo de caer, como la tempestad.

Confieso que Dios estaba harto de nosotros hartos de no ser más que nosotros. Fue el diluvio. Cayó el cielo como cae un mundo de agua para borrar no la vergüenza de su crimen, sino de su evidencia. Hartos del mar, revueltos en la arena, perdida la posibilidad de decidir de qué se es náufrago. Pasillos de hojas, ventanillas, colectivos, sucesiones, nichos, subtes, cajeros automáticos. Estalla una burbuja y surge otra. Los cómplices torpes, los hinchados. Manada de búfalos corriendo hacia su propia costumbre de correr, hacia el agua hasta que el agua se sature de nosotros.

Fue diluvio, confieso haberlo visto desde un octavo piso, después en el cable, en diferido ahora por la noche confieso no poder dejar de repetirlo, desear que no termine hasta empezar, si la palabra empezar fuera completamente sola. Un virus terminal en el lenguaje hasta que surja alguna novedad. No tengo nada que decir, confieso ser vulgar, contarme historias con la punta de la almohada apretada entre los dedos en medio de la noche que cada noche cae un poco más.

Confieso agazapada la violencia del reptil, su misma frialdad, su límite de barro, el terror si no aparece el sol en todo el día. La tormenta ni siquiera interrumpía alguna idea que no había sobre algo mejor que hacer o no. Y ni siquiera fue el diluvio de verdad. Todo a medias en medio de otra historia en que los tiempos no coinciden. El tiempo del alcohol, el de los viajes, el de una inundación en Laferrere, el tiempo que se tarda, dice el diario, en llegar del Ñunquijo al hospital, solicitan un caballo. Me pregunto el tiempo que tarda en escurrir el palier de planta baja. Me pregunto cómo se ve la lluvia en el medio del mar. Miro los peces en escuadra y ni una sola palabra armó la formación.

Ni un solo pensamiento, todo es agua, la nieve amarilla de los plátanos, el kiosco, el cartel de Interama, la parabólica montada en la autopista. Los autos comienzan a flotar. De pronto, me doy cuenta de que el sauce no cayó, sino que lo cortaron y el mundo se vacía un poco más. Nada está quieto y nada va ni desemboca ni el río es más que un discurrir sobre los cuerpos en el fondo. Cada naufragio hizo su costa de aguas movedizas y del agua para acá solo la idea de que somos los que estamos.

Detenidos en el barro. Empantanados en creer que el pensamiento se sostiene bajo el viento. El alma hace en la casa mundo y fuera un barrio volviéndose dibujo impresionista. Borroso por la lluvia el diario de una vida en intersticio en que los tiempos precipitan al cielo a pronunciarse: Si se escribe una ley es porque existe un corazón con dientes de caimán.

Mientras tanto el big bang transmite en vivo, el universo se despliega cuando ya se desintegra en otra parte. La cabeza, la boca, el coletazo del pasado, de mañana la mordida. La noche es una piel que el día va dejando. La noche se estrangula, el vacío se expande como pantalla que se apaga de pronto el mundo termina como empieza, con un corto circuito.

Una tormenta sobre otra, bajo los pies y sobre la cabeza agua como noche. Un tiempo en el costado de la sombra. La vieja historia de llegar cuando apagan las luces, cuando empieza a llover, caer como una vieja película quemada. No es la memoria, sino estado de conciencia de ser cuerpo, barro, orilla de un confín, precisamente ahora, siempre. Nunca. No diluye, concentra el momento de nosotros: siempre nunca.

Confieso haber creído que la lluvia se empoza en la mirada. No es el que mira, la lluvia es un lugar que solo entiende un cuerpo sin término de sitio, un alma sin orilla. Una manera del mundo suspendido refluye en un sentido propio. Y no es nosotros. Y es, en el sentido de que el agua devuelve la parte que no traga.

Pésame de cada corazón lo que se encharca, los sueños ofendidos, la tierra merecida, la palabra perdida por obra u omisión, pero de todo corazón me pesa el cielo que boquea.

Yo me confieso intrascendente, breve, líquida, revuelta, inconsistente en este ahora y en el agua herrumbre innecesaria, cruz en el mapa de un viaje que siempre está empezando en su final.

 



[1] Dramaturga, directora, poeta, periodista, gestora cultural. Obtuvo numerosos premios y distinciones. En 2011, obtuvo la Beca Guggenheim. Correo electrónico: adavil21@yahoo.com.ar

Gramma, XXII, 48 (2011), pp. 228-231.

© Universidad del Salvador. Facultad de Filosofía y Letras. Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas de la Escuela de Letras. ISSN 1850-0161.

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