El Petiso Orejudo: primer asesino serial argentino

Del Habla Popular

 

Oscar Conde[1]

 

Mentiras y Verdades Acerca del Lunfardo

Primera aclaración necesaria: el concepto de «habla popular» excede al de «lunfardo». No obstante, en el Río de la Plata ―y a estas alturas, prácticamente, en toda la Argentina― el habla popular contiene como un elemento esencial el uso de lunfardismos. En esta primera columna, me ocuparé, entonces, de definir el lunfardo, sobre cuyo origen hay una gran cantidad de fantasías. La más disparatada de todas es que el lunfardo es un idioma.

Desde el siglo xix, ha habido quienes postularon la existencia de un «idioma nacional». La tesis, sugerida por Juan María Gutiérrez, fue defendida en 1900 por el francés Lucien Abeille que publicó en París un libro llamado, justamente, Idioma Nacional de los Argentinos, donde proponía una especie de mix entre el español y las lenguas indígenas, el francés, el italiano y, en menor medida, el inglés y el alemán. Una suerte de neoesperanto delirante. Es cierto que Abeille no tenía en cuenta el lunfardo, pero sí propugnaba el uso de términos y expresiones populares que, en su momento, horrorizaron a otros defensores de la causa como Mariano de Vedia.

Está claro que el lunfardo no es un idioma. No lo es porque no se puede hablar completamente en lunfardo, como sí puede hablarse en quichua, en guaraní o en portugués. Y esto es porque no existen dentro del lunfardo ni pronombres ni preposiciones ni conjunciones, porque prácticamente, carece también de adverbios y porque ―esto es lo fundamental― el lunfardo utiliza los mecanismos morfológicos del español para la conjugación de verbos, la flexión de sustantivos y adjetivos, y se sirve de la misma sintaxis castellana que hemos estudiado en la escuela. Por más que se haya extendido la expresión «hablar en lunfardo», es claro que lo más que uno podría hacer, en todo caso, es «hablar con lunfardo».

Tampoco es un dialecto, porque un dialecto es una variedad regional de una lengua. Evidentemente, existe un dialecto rioplatense o porteño de la lengua española, pero eso implica la confluencia de distintos elementos, además de aquellos que pertenecen al campo lexical: una fonética determinada ―un modo particular de pronunciar la «s», la «c», la «y», etc.―, la existencia de pronombres alternativos de segunda persona («vos» y «ustedes»), que son distintos de los pronombres del español estándar («tú» y «vosotros»), la consiguiente concordancia verbal con estos pronombres ―«vos podés» y no, «vos puedes»; «ustedes saben» y no, «ustedes sabéis». Claro que también un dialecto se reconoce por sus vocablos y, en todo caso, podría decirse que el lunfardo es un elemento más dentro de todos los que caracterizan a este dialecto de Buenos Aires. Pero en el plano léxico hay, además, otras cuestiones para tener en cuenta que no tienen nada que ver con el lunfardo. Los hablantes de un dialecto seleccionan, de todos los lexemas que integran la lengua, algunos que no son los mismos que eligen los hablantes de esa misma lengua en otros sitios. Por ejemplo, un hablante del dialecto rioplatense llama «frutilla» a lo que un hablante del español peninsular llama «fresa», o «pollera» a lo que el segundo llama «falda».

Si el lunfardo no es ni un idioma ni un dialecto, tal vez sería oportuno recurrir a la etimología de la palabra para ver cuánto puede aclararnos. El profesor Amaro Villanueva (1962) determinó el origen de la voz «lunfardo» a partir de la corrupción de un vocablo del romanesco, es decir, el habla de Roma. Villanueva encontró en el Vocabolario romanesco de Filippo Chiappini (1945) el término «lombardo» con el significado de «ladrón», además de un verbo derivado: «lombardare», con la acepción de «robar». Villanueva explica que la evolución de la palabra, trasplantada ya a nuestro país, habría sido: lombardo > lumbardo > lunfardo. Pudo probar esto gracias a la forma intermedia «lumbardo», que aparece atestiguada, como una forma local de transición, en el folletín Los amores de Giacumina, publicado en 1886 en forma anónima por quien se descubrió después que era el periodista entrerriano Ramón Romero. En dicha novela puede leerse: «Entre los novio que teñiba Giacumina había un lumbardo […]» (s. a. [Romero], 1909, p. 5) Este testimonio del uso de la forma intermedia, aunque con el valor de gentilicio, es decir «nativo de Lombardía», le permite a Villanueva avanzar en su hipótesis, una vez que ha explicado el paso de la «o» a una «u» (lombardo > lumbardo), tal como se da en «pulenta» y en «cumparsita», y de ofrecer algunos testimonios de fonética napolitana, lengua en la que se tiende a convertir la b explosiva del toscano en «v» fricativa, como sucede con el «cravone» frente a la voz toscana «carbone» [carbón] o «lavurante» frente a «laborante» [obrero].

Según Villanueva, el gentilicio lombardo [nacido en Lombardía] llegó a ser equivalente a «ladrón», a partir de un uso que recién habría llegado a Italia en el siglo xviii, pero que bajo la forma «lombart» (y su variante «lumbart») corría ya en francés medieval con el significado de «prestamista», «usurero», en virtud de que los primeros que ejercieron en Francia este negocio eran de origen lombardo.

El hecho de que el término «lunfardo» significara en su origen «ladrón» y con tal sentido corriera en Buenos Aires alrededor de 1870, llevó a conclusiones erróneas a los primeros que se acercaron a estudiar el fenómeno, pues se interpretó que se trataba de una jerga ligada al ambiente de la delincuencia. Lamento tener que decir lo que para muchos puede ser un desengaño, pero el lunfardo no es ―ni lo fue nunca― un vocabulario delictivo. Por una deformación profesional, sus primeros estudiosos (Benigno Lugones, Luis María Drago, Antonio Dellepiane, Luis Villamayor), todos ellos criminalistas o policías, le adjudicaron erradamente ese pecado original. En suma, ni idioma, ni dialecto ni jerga profesional.

El significado originario de la voz «lunfardo» en el Buenos Aires del último tercio del siglo xix al igual que su identificación con una jerga de la delincuencia por parte de algunos autores hizo pensar a muchos ―a Borges, incluso― que se trataba de un vocabulario delictivo. Así puede creerse si es que se toman en cuenta, exclusivamente, algunos testimonios, a saber: un artículo anónimo publicado en el diario La Prensa en junio de 1878, aparentemente por un policía (apud Soler Cañas, 1976, pp. 7-8); dos notas firmadas en La Nación por Benigno Baldomero Lugones, un escribiente del Departamento de Policía, en marzo y abril de 1879 (apud Gobello, 1963, pp. 101-108 y pp. 109-117); el libro Los hombres de presa, que el criminalista Luis María Drago dio a conocer en 1888 y, finalmente, El idioma del delito de Antonio Dellepiane, editado en 1894.

Tanto el periodista anónimo de La Prensa, como Lugones, que era policía, y Drago y Dellepiane, que eran criminalistas, habían oído estos términos ―a los que comenzaron a llamar «lunfardo»― en boca de ladrones o presos. En virtud de ello, creyeron que se trataba de una jerigonza particular, propia del «gremio», digamos. Y muchos son los que comenzaron a creer, junto con ellos, que el lunfardo no era ni más ni menos que el lenguaje que se usaba en la cárcel. Durante varios años, se siguió sosteniendo el origen delincuencial del lunfardo. Otros dos policías, José S. Álvarez (Fray Mocho) en Memorias de un vigilante (1897) y Luis Villamayor en El lenguaje del bajo fondo (1915), siguieron sosteniendo que el lunfardo era un tecnolecto delictivo.

Consecuentemente, algunos estudiosos han creído ―o, peor, siguen creyendo― en el carácter críptico de esta variedad lingüística. Mario Teruggi, autor de Panorama del lunfardo, ha escrito muy lúcidamente acerca del presunto carácter secreto de estos vocablos:

El mentado carácter secreto del lunfardo (o cualquier otro argot) no resiste el menor análisis, como lo han demostrado muchos investigadores serios. Una breve reflexión basta para comprender que si los delincuentes tuvieran un lenguaje secreto, sólo conocido por ellos, al usarlo ante desconocidos o posibles víctimas se pondrían en evidencia, es decir que su idioma cumpliría precisamente la función contraria a la buscada, que es la de despistar. Cualquier individuo que se comunicara con vocablos en parte incomprensibles no haría otra cosa que llamar la atención hacia sí mismo y despertar sospechas sobre sus intenciones (Teruggi, 1974, p. 148).

Lo cierto es que, si no dispusiésemos de ningún otro testimonio antiguo con relación al lunfardo, tal vez deberíamos aceptar la teoría de su génesis como léxico de la delincuencia. Pero sucede que sí lo tenemos. El 1.º de febrero de 1887 apareció en el diario La Nación un suelto que carecía de firma, cuyo título era «Caló Porteño (Callejeando)» (apud Soler Cañas, 1965, pp. 40-47). Con el tiempo Luis Soler Cañas llegó a establecer que su autor fue Juan S. Piaggio. ¿Qué clase de texto era este? Un cuadro de costumbres, donde se describe una noche en el arrabal porteño en la que, con la música de fondo de un organito, dos jóvenes compadritos mantienen un diálogo en el cual resaltan muchas de las palabras consignadas por Lugones y Dellepiane y adjudicadas por ellos a gente de mal vivir, es decir, a «lunfardos». Sin embargo, Piaggio deja completamente en claro que sus personajes no son delincuentes, cuando uno de ellos afirma: «Nunca me he querido ensuciar para darme corte: me llamarán güífaro; pero lunfardo nunca», y el otro le responde: «Bien hecho, compadre. Eso de refalar la mano tampoco nunca me ha gustao: siempre se lo he dicho a la mina: prefiero comer tierra antes que me llamen raspa» (s. a. [Piaggio], 1965, p. 42).

Cito a continuación algunos de los términos o frases utilizadas por estos personajes de Piaggio, muchos de los cuales siguen teniendo hoy completa vigencia: atorrar (dormir), batuque (diversión), bobo (reloj), bulevú con soda (exceso de comedimiento), bullón (comida), corte (figura coreográfica del tango), chafe (agente policial), chucho (miedo), darse corte (hacer alarde de ostentación), dejar tecliando (propinar una golpiza), embrocar (mirar), encanamiento (acción de apresar), ensuciarse (robar), escarpiante (calzado), escabio (borracho), falluto (falso), farra (diversión), firulete (adorno), de mi flor (excelente), a la giurda (excelente), grébano (italiano), jailaife (petimetre), lengo (pañuelo), levantar (seducir ―a una mujer―), lunfardo (ladrón), marrusa (golpiza), mina (mujer), mishote (pobre), morfis (comida), paica (querida del compadrito), parada (simulación), pesao (hombre pendenciero y atrevido), raspa (ladrón), refalar la mano (robar), seneisi (genoveses), tano (napolitano), tocar espiante (irse), trambay (tranvía), vento (dinero), viaba (golpiza).

Un rápido repaso de las líneas precedentes revela que estos términos no eran para nada exclusivos del mundo de la delincuencia, sino que eran usados en general por los jóvenes de las clases sociales más humildes. La existencia de estas líneas escritas por Piaggio ―y en esto coincido con José Gobello, la mayor autoridad mundial en materia de lunfardo― son ciertamente clarificadoras. Con este testimonio, se revela que aquello que Lugones, Drago y Dellepiane habían tomado, por deformación profesional, como una jerga exclusiva de ladrones e ignorada o desconocida por el resto de la sociedad, era en rigor un conjunto de palabras y expresiones utilizados por el populus minutus, esto es, por la clase baja porteña, dentro de la cual naturalmente debe incluirse a los delincuentes. En tanto que los primeros ―Lugones, como policía; Drago y Dellepiane, como criminalistas― habían oído, por su parte, estas palabras de boca de ladrones arrestados y al creer que constituían un lenguaje especial de los lunfardos llamaron con este mismo término «lunfardo» a esos vocablos; Piaggio, que era periodista y tenía el oído entrenado para la calle, supo, por su lado, comprender que se trataba de un repertorio léxico popular y no era en absoluto un tecnolecto.

Así como el tango no fue una creación de marginales, a pesar de lo que se ha dicho tantas veces, tampoco lo fue, en mi opinión, el lunfardo. Aunque, es justo decirlo, sin ser una creación de marginales, el lunfardo es desde el punto de vista lingüístico, un habla marginal, en el sentido de que, término por término, se opone a la lengua estandarizada. Así «otario» se opone a «cándido», «morfar» a «comer», «funyi» a «sombrero», y lo mismo ocurre con las expresiones: «tirar el carro» se opone a «explotar prostitutas», «estar al palo» se opone a «tener una erección», «tener calle» a «ser experimentado», etc.

Sinceramente, pienso que no tiene nada de malo que el lunfardo haya sido desde sus comienzos una porción importante e insoslayable del habla del pueblo de Buenos Aires. Sin embargo, hay quienes no quieren o no pueden apartarse de la idea del lunfardo como jerga ladronil, quizá con la intención de dejar a salvo «el buen nombre y honor» de ese pueblo. En esta línea de pensamiento parece insertarse José Edmundo Clemente, que en su artículo «El idioma de Buenos Aires» señala compulsivamente: «el lunfardo, llamado policialmente lenguaje canero, es una modalidad aparte dentro del vocabulario popular» (Clemente, 1998, p. 66).

Ninguna modalidad aparte, en mi opinión. Pero la perspectiva de Clemente halló eco en otros estudiosos (López Peña o, con matices, Beatriz Fontanella de Weimberg y Susana Martorell), quienes han seguido sosteniendo el carácter delictivo originario del lunfardo. Y se basan en documentos absolutamente parciales, como los escritos de Benigno Lugones o de Antonio Dellepiane, que no eran lingüistas ―y, nobleza obliga, creo que no pretendían serlo tampoco―, sino funcionario policial, el primero, y criminalista, el segundo. Sin embargo, no está de más recordar que esta confusión que ellos tuvieron se ha dado con algunas otras hablas populares del mundo, identificadas en su origen ―a veces con razón (como es el caso del argot francés) y otras sin ella― con el mundo de la marginalidad o la delincuencia.

Para concluir y llegar por fin a lo prometido: el uso del léxico lunfardo nos da a los porteños ―y casi podríamos decir que a los argentinos― un sentido de pertenencia, y hace posible que entremos en confianza con nuestros interlocutores y hasta que nos sintamos un poco cómplices de ellos. Permítanme ensayar una definición propia de lunfardo: es un repertorio léxico integrado por voces y expresiones de diverso origen utilizados en alternancia con las del español estándar y difundido, transversalmente, en todas las capas sociales de la Argentina. Este vocabulario, originalmente compuesto por muchos términos inmigrados, fue usado inicialmente por el hablante del Río de la Plata[2], pero fue extendiéndose después a todo el país. Hasta hace pocos años yo añadía a mi caracterización que estos vocablos y locuciones ―salvo excepciones históricas, como otario, pibe o compadrito― no se encuentran registrados en los diccionarios de español corrientes. Ya no es tan así. El diccionario de la Real Academia ha introducido, en su última edición, la de 2001, varias decenas de términos del lunfardo actual, como berreta, falopa, desbole, grasa, tortillera o ñoqui. Sin embargo, la inclusión de estos en el diccionario académico, en modo alguno, puede modificar su innata condición de lunfardismos.

 

Referencias Bibliográficas

Abeille, L. (1900). Idioma nacional de los argentinos. París: Librairie Emile Bouillon.

Carrizo, F. [Álvarez, J. S.] (1897). Memorias de un vigilante. Buenos Aires: Biblioteca del Pueblo.

Chiappini, F. (1945). Vocabolario romanesco. Roma: Leonardo da Vinci.

Clemente, J. (1998 [1952]). El idioma de Buenos Aires. En J. L. Borges & J. E. Clemente. El lenguaje de Buenos Aires (pp. 53-71). Buenos Aires: Emecé.

Conde, O. (2011). Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos. Buenos Aires: Taurus.

Dellepiane, A. (1894). El idioma del delito. Arnoldo Moen: Buenos Aires.

Gobello, J. (1963). Vieja y nueva lunfardía. Buenos Aires: Freeland.

[Romero, R.] (1909). Los amores de Giacumina. Buenos Aires: La Barcelonesa.

Soler Cañas, L. (1965). Orígenes de la literatura lunfarda. Buenos Aires: Siglo xx.

Soler Cañas, L. (1976). Antología del lunfardo. Buenos Aires: Crisis.

Teruggi, M. (1974). Panorama del lunfardo. Buenos Aires: Cabargón.

Villamayor, L. C. (1915). El lenguaje del bajo fondo. Buenos Aires: La Bonaerense.

Villanueva, A. (1962). El lunfardo. Universidad, 20, 13-42.

 



[1] Doctor en Letras por la Universidad del Salvador (USAL) y Miembro de Número de la Academia Porteña del Lunfardo. Actualmente, es Profesor de Latín en la USAL y Profesor e Investigador en la Universidad Pedagógica de la Provincia de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Lanús. Correo electrónico: oscar.conde@fibertel.com.ar

Gramma, XXII, 48 (2011), pp. 145-151.

© Universidad del Salvador. Facultad de Filosofía y Letras. Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas de la Escuela de Letras. ISSN 1850-0161.

[2] Cuando aludo a la región del Río de la Plata, prácticamente, incluyo la provincia de Buenos Aires entera (con las ciudades de Buenos Aires y La Plata con sus respectivas zonas de influencia), el sur de Entre Ríos y Santa Fe (con la ciudad de Rosario) y la zona urbana del Uruguay (con la ciudad de Montevideo).

 

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