El Petiso Orejudo: primer asesino serial argentino

Gramma, XXI, 47 (2010)

© Universidad del Salvador. Facultad de Filosofía Y Letras. Escuela de Letras

 

 

Álvaro Abós, Kriminal Tango

 

Nuria Gómez Belart[1]

 

Datos de la Obra

Abós, Álvaro (2010). Kriminal Tango. Buenos Aires: Alfaguara. ISBN: 9789870413936

 

Kriminal Tango es una crónica cercana, por momentos, al policial inglés en la que el Inspector Muñecas recorre la ciudad de Buenos Aires en busca de indicios que le permitan resolver el caso Levinski: un profesional respetable, padre y esposo ejemplar que fue quemado vivo dentro de un ataúd, tal como se narra en el comienzo de esta compleja novela:

La suma de hechos que después se conocería como el caso Levinski podía resumirse en pocas palabras: a las 12.53 del lunes 19 de mayo, un tal Claudio Levinski, contador, casado, 42 años, salió de las elegantes oficinas de su estudio, en Arenales 1294, casi esquina Talcahuano. Treinta y cinco minutos después fue quemado vivo dentro de un ataúd de nogal del Canadá en la Plazoleta Wilson, un lugar desolado cerca de los muelles del puerto de Buenos Aires (Abós, 2010, p. 9).

En un tono periodístico, el narrador acompaña al Inspector Muñecas en su trayecto durante los trece capítulos que conforman la obra, hasta develar el enigma. Con múltiples inclusiones de discurso indirecto libre, la voz narradora incorpora los puntos de vista de los personajes en el relato.

Juan Muñecas, Inspector de la División Homicidios, tiene la misión de resolver este crimen. Es un policía que se muestra duro ante los sospechosos, pero tras esa fachada impenetrable, hay un alma sensible amante de los tangos y del violín, un hombre que sufre por el abandono de su esposa, Celeste.

En este camino por descubrir la verdad, Muñecas cuenta con la colaboración del Subinspector Valentín Magro y la Perito Rosalía Sarti, contadora pública nacional, adscripta a la Justicia de Instrucción. Los tres personajes forman un equipo dispuesto a correr los riesgos que sean necesarios para resolver el enigma, pero, en la medida en que avanza la historia, se convierten en escudo y contención para poder subsistir en una Buenos Aires que se les vuelve adversa.

El trayecto de la investigación conduce a Muñecas, Magro y Sarti a un mundo de figuras emergentes de la ciudad: abogados y contadores con una reputación discutible, una estrella de rock cuyo suicidio despierta sospechas; seres marginados como Alaska Ramazán o Torcuato Angora, personalidades importantes en el negocio de la basura; una madama que dirige el Estocolmo, una milonga donde el hampa y la violencia son protagonistas…

Los personajes, incluso quienes investigan, se muestran divididos, a veces, amputados, por el entorno. Todos ocultan algo, algunos para subsistir, otros para proteger aquello que los hace vulnerables, el punto en el que descansan de ser un engranaje del sistema y se convierten en seres sensibles.

En este ocultamiento reside la dificultad que implica resolver el caso Levinski, porque Muñecas y su equipo deben recomponer un espejo fragmentado de la realidad en una ciudad laberíntica, llena de recovecos y de caminos sin salida. Entonces, el relato se vuelve un mapa en el que los espacios porteños tienen una importancia fundamental: edificios de oficinas, departamentos y casas refinadas, oscuros monumentos, bares, milongas, avenidas plagadas de carteles publicitarios y calles cubiertas de basura.

 

La Buenos Aires de las Mil Caras

Álvaro Abós es un especialista y un amante de Buenos Aires, y en esta novela, reprodujo el vértigo de vivir en la ciudad a través del trayecto que debe realizar Muñecas para descubrir la verdad.

Buenos Aires tiene un papel fundamental. La urbe se presenta en múltiples facetas, y quienes la habitan son su fiel reflejo: un espacio abierto a las sorpresas, una maquinaria infernal, un laberinto, y, por sobre todas las cosas, la máxima fragmentación.

 

La Ciudad de la Basura

La imagen de Buenos Aires, en esta obra, está asociada a la basura, al punto de que le cambia el nombre y la llama la ciudad de los Fétidos Aires.

Si bien este aspecto se relaciona en lo argumental con el caso Levinski, hay situaciones aparentemente ajenas a él, que insisten en la suciedad, la «roña». Algo está podrido en Buenos Aires, y el Inspector Muñecas debía lidiar con ello.

Muchos de los personajes están emparentados con la basura, la mayoría de ellos forman parte de los sospechosos o los testigos del crimen que investiga Muñecas y, aunque puedan ser vistos solo como criminales, son víctimas de un sistema del cual no pueden escapar.

Ahora, Muñecas tenía frente así a Torcuato Angora. Lo miró atentamente. No era un mulato ni un blanco ennegrecido. Hijo y nieto de basura. Ahora, Muñecas entendía qué había querido decir Magro cuando lo definió como quemero de nacimiento. Desde chico había salido a cirujear. Tuvo que pelear cada metro cuadrado de escoria a las trompadas. Cuando terminaba la faena y volvía a casa de sus padres, en Domínico, tenía una costra gruesa en la piel que su madre no terminaba nunca de fregársela. Tanta suciedad, al final, lo blindó (Abós, 2010, p. 152).

Los personajes de bajos recursos aparecen animalizados y contrastan fuertemente con el mundo «civilizado»: adinerados, profesionales, y la clase media de la que formaban parte el Inspector Muñecas y su equipo.

En esta obra, hay quienes están acostumbrados a vivir con la suciedad y la miseria, y no se observa reacción alguna en contra de eso:

La ciudad estaba sucia a toda hora pero a cierta altura de una noche de mayo la mugre parecía menos impiadosa, quizá porque nadie la codiciaba. Era como una lepra que uno ha visto mil veces en un rostro amado, y ya no llama la atención (Abós, 2010, p. 41).

La basura es el instrumento mediante el cual la ciudad y sus habitantes ocultan lo peor de ellos mismos. En una proyección ad infinitum, los asesinatos, los hechos de corrupción, los engaños, la lucha por sobrevivir, todo se esconde tras una capa de basura que impide descubrir la verdad, tal como señala Muñecas a su compañero cuando le dice que están parados encima del «tacho de la basura», y que la investigación llegó a un camino sin salida, por lo que deben comenzar el trabajo de cero otra vez.

 

La Ciudad que Obstaculiza

Ante todo, Buenos Aires es una ciudad dividida en infinitas partes que coexisten en un sistema en el cual cada una de ellas tiende necesariamente al caos. Tal es la primera imagen que se tiene de esta ciudad cuando el autor señala que la muerte de Levinski comenzó «como un grano en el tránsito».

Primero había sido un parte diario: principio de incendio en el puerto. Fuego en la Plazoleta Wilson […]. Un incendio a la entrada del puerto, sobre una avenida que transitan camiones de gran porte, donde predomina el asfalto sacudido por las toneladas del tránsito. Alambrados que resguardan depósitos, mercadería almacenada, trastos, la resaca del tráfico aduanero en una megaciudad (Abós, 2010, p. 16).

En varias oportunidades, aparece como un laberinto que obstaculiza la labor de la policía. Es como un médano en el que un objeto perdido desaparece y reaparece del modo menos pensado. Y en constantes oportunidades el protagonista se pregunta si podrán encontrar él y su equipo el secreto en el corazón de ese laberinto que es Buenos Aires (Abós, 2010, p. 56).

Pero no solo la ciudad se muestra así. Fiel reflejo de la totalidad, los edificios en los que habitan o trabajan los personajes presentan características similares, incluso, la Central de Policía:

El primer interrogatorio se desarrolló esa misma noche en una oficina de la División Homicidios. La testigo Zito llegó acompañada por el agente que la había transportado en el patrullero. Se la veía mareada por la cantidad de pasillos, recodos, tabiques y escaleras que convertían en laberinto el caserón de la calle Moreno (Abós, 2010, p. 22).

 

La Ciudad que Oculta

Si bien es una forma de obstaculizar, el ocultamiento es una constante en esta novela, y no siempre con el fin de trabar el engranaje de las partes del sistema. En varias oportunidades, se puede encontrar, entre lo que se oculta, un espacio de descanso para los personajes, un impasse que les permite ser otros.

Por lo general, ese tipo de espacio surgen en la noche, cuando la mayoría de las instituciones duermen. En este sentido, la novela muestra muchos recovecos que dan cuenta de una fractura en sus vidas en cuanto a qué se espera que sean y lo que realmente son. Basta citar como ejemplo el caso del Inspector Muñecas, quien tras una larga jornada, se refugia en el Rincón Asturiano:

A alguna hora Muñecas consiguió liberarse y se dejó caer en el Rincón Asturiano, un local sobre la calle Estados Unidos que había sido un centro de exiliados y que sobrevivía algo destartalado, donde Muñecas tocaba el violín. Juanita, la encargada, le guardaba el estuche de su instrumento y les hacía favores a todos los músicos del grupo a cambio de que le tocaran «Asturias, patria querida», el himno de la tierra amada (Abós, 2010, p. 39).

Sus compañeros, Piazzollita, en el bandoneón, y el Viejo, en el piano, le dan al inspector la oportunidad de encontrarse con él mismo, con sus intereses, con algo elevado, como lo es el arte de la música.

Cada noche que puede, Muñecas se junta con su banda y tocan tangos hasta que el fuelle no rezongue más. Al tocar, se sumerge en el tiempo, y a veces, vuelve a vivir episodios de su pasado. Recuerda a su mujer, Celeste, con la que ha iniciado los trámites del divorcio; reflexiona sobre lo ocurrido en la jornada de trabajo; piensa cómo resolver el crimen de Levinski; se emociona con cada una de las notas que brotan de su violín.

 

La Ciudad Infernal

Ya se ha señalado que, en un medio hostil como lo es la Buenos Aires de Kriminal Tango, se oculta lo más preciado para no perderlo o para evitar ser vulnerable. Sin embargo, en un punto de la investigación del Inspector Muñecas, cuando están cerca de resolver el caso, los personajes son atacados por otros que se ven amenazados por el accionar de estos policías.

La contadora Rosalía Sarti, la mujer que realizó las pericias para el crimen del contador, solía refugiarse, por las noches, en su departamento en Larrea y Córdoba, y allí vivía con sus dos cachorros de scotish terrier. Ambos aparecieron muertos en la bañadera y «flotaban en un resto de agua, como esponjas rotas, muertos, bien muertos» (Abós, 2010, p. 218).

En el Rincón Asturiano, durante la madrugada, un grupo de «bárbaros» destruyó el lugar.

Las bestias habían roto las fundas de los instrumentos, que yacían en el suelo. Se habían ensañado con algunos: el violoncello caído como un árbol partido por un rayo, la guitarra destripada con sus vergüenzas al aire. Instrumentos violados, de mala manera. (Abós, 2010, p. 219).

Pero el inspector no solo tuvo que ver cómo destruían su refugio, sino que un poco antes había visto su auto volar en pedazos en la puerta de su casa, así como también vio en llamas varios de los lugares que habían estado investigando con su equipo, en el momento en el que seguían la pista de un oriental que, aparentemente, estaba relacionado con el caso.

Por su parte, el Subinspector Valentín Magro fue secuestrado y golpeado. Muñecas y Sarti, junto con diez comisiones policiales fueron al Estocolmo, una milonga de ambiente cuestionable, donde una Madama lo gobernaba todo. Allí, en el sótano, apareció Magro:

Y sobre la milonga emponzoñada, y sobre la Gran señora y sus discípulos perversos, cayó la Cólera Azul en forma de policías, brigadas, batallones, pesquisas de civil y gigantes con cascos y escudos antibalas y hasta la Guardia de Infantería con sus hombrazos blindados. Y cuando bajaron al sótano, a la celda donde yacía Magro, encontraron a un hombre atado y amordazado, inmóvil como un muerto (Abós, 2010, p. 252).

Resulta llamativo que, aunque estos seres se muestran fragmentados y el lector comprende que, en cada circunstancia, solo dan a conocer un semblante, los criminales consiguen, de alguna manera, unir las partes de los personajes que adoptan la posición legitimada socialmente e infringir el daño en la más vulnerable. Quizá pueda deducirse de esto que la visión escindida proviene del mundo de los profesionales pseudocivilizados —educados, pero altamente corruptos— y no, de los bárbaros.

 

La Ciudad del Tango

Como es bien sabido, el tango es una marca de identidad. En su origen, el tango surge en la Buenos Aires de 1880, que al poco tiempo, en las primeras décadas del siglo xx, adquiere la fisonomía que lo caracteriza, resultado de la fusión de las culturas que se instalaron en las costas del Río de la Plata.

Las temáticas de este género musical tratan cuestiones similares a las historias de los personajes de la novela de Abós: el abandono, la corrupción o la mala vida, el hambre y la falta de recursos, el desamor o la desilusión… Podría verse este aspecto como una puesta en abismo, pero por cómo está construido el relato, da la impresión de que la incorporación del tango en la trama no es deliberada, sino que forma parte de la esencia de la ciudad.

La relación entre el Inspector Muñecas y el tango es sumamente especial. El violín es su mejor compañero y, en él, funciona como un objeto de fascinación. Pero además, así como algunos seres aparecen animalizados o cosificados, el instrumento tiene características de una persona:

Abrió el estuche de su violín y observa una vez más el instrumento que siempre le ha parecido mágico, una cajita de madera barnizada, cuatro cuerdas. Bruñó con una gamuza limpia el arce rojizo y ajustó las clavijas para tensar las cuerdas. No se puede guardar un violín con las cuerdas demasiado tirantes ya que el instrumento respira en su interludio de silencio, soledad y oscuridad, y puede ahogarse, puede estallar esa vida encerrada en la caja: veintiún centímetros de ancho por treinta y seis de largo. Al violín hay que desactivarlo cuando duerme. Como a un cuerpo que se recuesta a descansar y antes hay que lavarlo de tensiones y dilemas para que el sueño lo habite. El violín duerme, y cuando despierta, cuando el músico lo desenfunda, el violín revive y se prepara como un gladiador para la liza (Abós, 2010, p. 129).

El tango es el lazo que lo une a la vida. Cuando hace sonar el instrumento, al cual dota de músculos, nervios y articulaciones, la rutina queda atrás y Muñecas se convierte en el hacedor de algo bello, en un auténtico artista.

Los personajes que lo acompañan en la música —especialmente, el Viejo y Piazzollita— dan cuenta de una vida similar a la del inspector. Hombres solitarios que han sido curtidos por la experiencia y que dejan a un lado los problemas cotidianos para alcanzar el sueño de ser músicos, al menos por ese instante.

La presencia de los grandes compositores del tango en la novela es constante, pero merece especial atención el homenaje que Abós hace a quien es considerado el «Chopin del tango», el maestro Osmar Maderna. Su estilo marcó la década de 1940 y se contrastaba con el populismo de Juan D’Arienzo y el academicismo de Aníbal Troilo. De expresiones precisas y simples, con un perfil cercano al Romanticismo, Maderna compuso obras en las que se nota una marcada influencia de los nocturnos y de los valses de Chopin. Un claro ejemplo de lo dicho es Lluvia de Estrellas.

En la novela, se hace referencia a algunos datos biográficos de Osmar Maderna, puesto que Sid Jarach, una estrella de rock de los Estados Unidos, relacionada con la muerte de Levinski, decide ir a Pehuajó, de donde era oriundo Maderna. Allí, Jarach se suicida de un modo similar a la muerte del maestro del tango.

Alquiló un monoplaza en el aeropuerto de Morón, lo cargó de flores y repitió sus pasadas por el cementerio de Pehuajó. Llovieron flores para Osmar. Luego voló sobre unos campos y directamente apuntó la trompa del Cessna hacia tierra y cayó como un meteorito (Abós, 2010, p. 112).

Jarach se había fascinado con esta música, por su madre, colombiana de nacimiento, quien le cantaba el vals Pequeña, el mayor éxito grabado por Maderna en 1949, con letra de Homero Expósito.

El tango, en este punto, es el lazo que une gran parte de las historias de los personajes en la trama. Es el marco que contiene el mundo del Inspector Muñecas y es el camino por el cual, quizá con ciertas reminiscencias de Sherlock Holmes, descansa la mente del investigador y luego le permite descubrir la clave del enigma.

 

La Verosimilitud y la Ciudad

Resulta evidente, por todo lo dicho, que la verosimilitud de la historia es lo que más preocupa al autor. La narración avanza y crece porque todo lo que hay en ella funciona como un mecanismo de relojería.

Si bien hay referencias que seguramente el autor tuvo que omitir en favor del funcionamiento interno de la obra, constantemente aparecen datos comprobables que le aportan credibilidad a la trama, que hacen que el lector, sobre todo el porteño, relacione o viva fragmentos de la novela en los espacios que habitualmente recorre. Esos datos conducen al lector a repensar la ciudad de Buenos Aires, a verla de un modo diferente, e incluso, a enamorarse de ella una y otra vez.



[1] Licenciada en Letras y Correctora Literaria por la Universidad del Salvador (USAL). Tiene a cargo las cátedras de Literatura Argentina y de Lingüística General de la USAL en la sede de Ramos Mejía. Correo electrónico: nuriagb@uolsinectis.com.ar

Gramma, XXI, 47 (2010), pp. 276-282.

© Universidad del Salvador. Facultad de Filosofía y Letras. Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas de la Escuela de Letras. ISSN 1850-0161.

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